Diversidad lingüística y sistemas de significación
Frida Villavicencio Zarza (México), Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas)
América Latina › Diversidad cultural y lingüística
Valoración de la diversidad lingüística. Cuando las personas interactúan crean significados mediante prácticas comunicativas, las cuales pueden ser verbales (lenguaje oral, lenguaje escrito) o no verbales (gestos, música, pintura, etc.). Entre todos los sistemas de significación humana, las prácticas lingüísticas, es decir, las lenguas, constituyen la forma predominante. Las prácticas lingüísticas adquieren formas diversas a través del tiempo y el espacio; esta diversidad se manifiesta en las distintas lenguas que se han hablado y se hablan en todo el mundo. En las últimas décadas del siglo XX empezó a reconocerse que la diversidad lingüística, lejos de representar un problema, es fuente de innovación y creatividad y fortalece la identidad de los pueblos; como tal, constituye parte del patrimonio cultural de la humanidad, por lo cual debe ser reconocida y preservada para las generaciones futuras. El reconocimiento y valoración de la diversidad lingüística por parte de organismos internacionales, gobiernos, investigadores y hablantes se ha materializado en diversas declaraciones y legislaciones; la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos (Conferencia Mundial de Derechos Linguísticos, 1996), la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural (Unesco, 2001) y la Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (Unesco, 2005), son ejemplo de esta nueva actitud.
Extinción, desplazamiento y dominación. Es un hecho que el futuro de muchas lenguas está comprometido. Actualmente existen entre cinco mil y siete mil lenguas en todo el mundo; sin embargo, las condiciones sociolingüísticas que presentan son
muy diversas; varían en cuanto al prestigio, la vitalidad y el reconocimiento legal que se les otorga. Existen lenguas con una larga tradición de escritura en tanto que otras se consideran de tradición oral; ciertas lenguas gozan de gran prestigio cultural, pero la mayoría carece de él; algunas son habladas por millones de personas y presentan una alta difusión geográfica, en tanto que otras solo cuentan con unos pocos hablantes que habitan territorios reducidos. De todas las lenguas del mundo, solo doce superan los cien millones de hablantes: chino mandarín, inglés, español, hindi, bengalí, árabe, portugués, ruso, urdú, japonés, penyabí y alemán. Aproximadamente la mitad cuenta con menos de diez mil hablantes y unas mil quinientas con menos de mil. Cálculos moderados estiman que cada dos semanas asistimos a la muerte de una lengua; de seguir así, al finalizar esta centuria habremos visto desaparecer una cuarta parte de nuestro patrimonio lingüístico, lo que constituye una verdadera catástrofe. Aunque en diversos grados, todas (o casi todas) las lenguas indígenas de América están siendo desplazadas y se encuentran en peligro de extinción. Estas lenguas son minoritarias y presentan una situación sociolingüística desfavorable, producto de las relaciones económicas, políticas y sociales que a lo largo de la historia se han establecido entre los distintos grupos del área. Se trata de lenguas de tradición oral, con poco número de hablantes que habitan un territorio cada día más reducido y que se ubican en los niveles socioeconómicos más bajos. Aunque algunas de estas lenguas –como el náhuatl o el quechua– han gozado de cierto prestigio cultural que aún hoy se les reconoce y han fungido como lenguas francas en amplios territorios, históricamente todas las lenguas originarias del continente han establecido una relación asimétrica con las lenguas de los conquistadores y colonizadores europeos que llegaron al continente en el siglo XVI. A partir de entonces las lenguas indígenas han experimentado un paulatino y constante desplazamiento a favor de las lenguas europeas, como el español, el inglés, el portugués y el francés, que se constituyeron en las lenguas de los sectores dominantes de los distintos países americanos.
Investigación lingüística y reflexión ética. En las últimas décadas hemos presenciado un incremento de la investigación en torno a la diversidad lingüística del continente americano. Sin embargo, el estudio y la documentación de las lenguas americanas no han ido siempre a la par con una reflexión de las cuestiones éticas que se plantean en torno a la diversidad lingüística y las implicaciones de su estudio, preservación y desarrollo, en especial en nuestro continente. En cuanto a la investigación científica, es imperativo llevar a cabo una reflexión profunda sobre el papel de los investigadores interesados en las lenguas. Ante prácticas comunes, como el
pago de informantes, las grabaciones de “habla espontánea” y la utilización de “observadores internos”, cabe preguntarse: ¿cuáles son los principios éticos que deben regir la recolección de datos (producto de la actividad lingüística de los hablantes) y la conformación de corpus para investigaciones lingüísticas? ¿Quién puede usar un dato lingüístico y para qué? ¿Quiénes pueden o deben ser los repositorios de los corpus lingüísticos y quiénes sus usuarios? Surgen aquí temas de la máxima importancia, como el respeto a la vida privada y a la confidencialidad de los hablantes, o bien, la relación entre los intereses y bienestar de los individuos y las comunidades y la libertad de investigación científica. Dos cuestiones fundamentales para la bioética resultan especialmente pertinentes para el caso que aquí nos ocupa: los principios de libertad y equidad. El principio de libertad tiene que ver con el derecho que tienen los seres humanos de tomar decisiones fundamentadas en información adecuada. El principio de equidad es una expresión de la justicia social.
Libertad en el uso de las lenguas. Las lenguas tienen como peculiaridad ser un patrimonio intangible; como tal, no constituyen objetos ni lugares, sino actividades realizadas por individuos particulares en cuanto miembros de comunidades históricas. En tanto manifestación de una actividad individual, la lengua es creación, o mejor dicho, recreación; en tanto actualización de una tradición histórica, es un hecho social. Este doble carácter es el que permite entender los complejos fenómenos asociados a las lenguas y a las implicaciones éticas que estos conllevan. En cuanto a los individuos, podemos decir que una lengua vive mientras haya hablantes que la usan, es decir, en tanto exista un grupo social que utiliza dicha lengua como medio de comunicación cotidiana. Un primer punto de reflexión gira en torno al papel que desempeñan los hablantes en relación con sus lenguas maternas. ¿Son estos depositarios, usuarios o dueños del patrimonio intangible que constituyen las lenguas indígenas? Y, como tales, ¿qué derechos y deberes tienen sobre ellas?
Equidad en el uso de las lenguas. La muerte de una lengua es un proceso paulatino (excepto cuando se trata de una situación extrema de genocidio), los hablantes dejan de utilizar la lengua progresivamente. Lo hacen reduciendo los espacios sociales en los que esta funciona como medio de comunicación; esta reducción va del ámbito de lo público al ámbito de lo privado; la lengua en cuestión se utiliza cada vez menos hasta quedar reducida a un espacio estrictamente familiar. El principio de equidad tiene que ver con el hecho de que los hablantes de lenguas minoritarias (individuos y comunidades) tengan la posibilidad efectiva de recuperar los
espacios perdidos y utilizar su lengua materna en la escuela, los medios de comunicación, el sistema de salud, la legislación, etc., y no solo en el hogar. Está pendiente una reflexión ética sobre la apropiación y el uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación como un nuevo espacio de interacción comunicativa en el cual las lenguas minoritarias están aún por definir su participación. La equidad está en relación directa con la posibilidad real que tengan estos hablantes de acceder al desarrollo social y económico. La marginación, la pobreza y el analfabetismo aceleran la muerte de las lenguas minoritarias, por lo cual cuestiones éticas que tienen que ver con la desigualdad social, la disponibilidad y accesibilidad de los adelantos científicos y tecnológicos y sus aplicaciones también atañen a la diversidad lingüística.
Conclusiones. La lengua no solo es una forma de ver el mundo, es una forma de decir y hacer cosas. Cada lengua es un ejemplo único e irremplazable de la variedad del lenguaje humano; cuando se abandona una lengua se pierde esencialmente una forma de vida, una forma de pensamiento, una forma de valoración, por eso es tan lamentable la pérdida de un idioma. Es deber de los gobiernos reconocer la importancia de la diversidad lingüística y las responsabilidades de los seres humanos para con ella y legislar en pro de la salvaguarda y promoción de este patrimonio de las generaciones presentes y venideras. Este ejercicio legislativo requiere una profunda reflexión ética que tenga en cuenta los contextos culturales, sistemas de valores, tradiciones y creencias de los individuos y sus comunidades lingüísticas. Pero no basta con legislar, debe también crear las condiciones socioeconómicas y políticas para que los hablantes de las lenguas minoritarias puedan seguir utilizándolas, si así lo deciden libremente, sin que ello implique prácticas de discriminación o estigmatización.
Referencias Conferencia Mundial de Derechos Lingüísticos, Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, 1996. - Unesco, Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, 2001. - Unesco, Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, 2005.
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