Contexto social
Fabio Álvarez (Argentina), Universidad Nacional del Sur
América Latina › Comunidad y contexto
Se trata del dominio en el que las diversas variables políticas, económicas, culturales, educativas, valorativas y epistémicas interactúan con los seres humanos en general y con cada sujeto humano en particular, cualificando el instante histórico y concreto. Cualificación que dependerá, como mínimo, de dos factores: a) de cómo se articulen las variables respectivas, y b) de la participación crítica y activa de toda la población del lugar, motivada no solo por la pregunta acerca de qué modo de vida es deseable para un buen vivir, sino también por la producción y apropiación de sentido de ese vivir. Desde esta perspectiva, toda administración in-equitativa e irresponsable de las diferentes variables respecto a la población de una determinada región, conduce al detrimento de la condición humana. Afectando, de este modo, al conjunto de elementos que con-forman y sostienen la identidad, la libertad y la justicia de ese ámbito humano. Pues el contexto social no es una entidad abstracta, sino una red de subjetividades conexas. Las mismas que lo hacen y le dan forma a través de la dimensión humana dialógica e intersubjetiva, basada en el decir, en el escuchar al otro en calidad de diferente y en un argumentar que tiene en cuenta los deseos y las necesidades propias de la región históricamente situada.
Relevancia y alcance del contexto respecto a la identidad social. En cualquier ámbito o dominio humano, llámese pueblo, ciudad, país o continente, se presupone un mundo común, un fondo compartido de interpretaciones, reglas y formas de vida o conducta. “Mundo común”, otra de las formas para designar a ese contexto vivido y compartido que nos une al otro; que es la mismísima sustancia de la sociabilidad, de la identidad social. Pues, por un lado, el contexto es ese espacio concreto en el que no solo se interrelacionan las diferentes variables mencionadas, sino también desde donde surgen las utopías personales y colectivas; desde donde se realiza la crítica a todo tipo de ideología injusta y humanamente indigna. Por otro lado, el contexto es ese escenario en el que cada sujeto se presenta como narrador de su vida; escenario que adquiere su identidad y cualidad social de las prácticas narrativas intersubjetivas. Es entonces cuando, de cara al contexto, se desarrollan la praxis social, las acciones individuales y conjuntas, la participación mancomunada dentro de las instituciones. En este plano, es importante destacar la iniciativa que ha tenido la ética del discurso, al señalar la obligación y necesidad comunitaria de institucionalizar los discursos prácticos y resolver los conflictos morales, religiosos, económicos y,
quizá, hasta políticos, a través del diálogo. Adhiriendo a la consigna de que todos los implicados en el conflicto deben participar del debate en cuestión, escuchando y siendo sujetos con derecho a la argumentación. La ética del discurso es una de las éticas que briega por sostener un principio universal. En este caso, de procedimiento: “Solo pueden reivindicar lícitamente validez aquellas normas que pudiesen recibir la aquiescencia de todos los afectados en tanto que participantes en un discurso práctico” (Habermas, 2000). Lo más destacable de la ética discursiva es el hecho de haber marcado los límites de todo comunitarismo exacerbado y cerrado sobre sí mismo, donde el contexto compartido soslaya el plano social, el plano de socialización e intercambio con otros contextos, cerrándolo sobre su propia identidad. Característica que se observa en las posiciones fundamentalistas. En vistas a esto, la ética del discurso también llama al diálogo intercultural, al diálogo con la diferencia, al respeto y a la tolerancia.
El contexto social en relación con las éticas de la particularidad. En nuestra realidad latinoamericana y en nuestra contemporaneidad, hay algo que está más acá del razonamiento y del concepto puro, y es la historia y la tradición que marca nuestro contexto. Hay una comunidad y un proceso de socialización anterior a cualquier tipo de individualismo. Elementos que muestran la búsqueda de una moral sustantiva, de un retorno a la particularidad, a las formas de moralidad concreta, negando cualquier noción ética más allá del horizonte de una sociedad dada en un momento histórico dado. Es decir, se advierte que los “principios morales” deben ser sopesados y, a veces, hasta inducidos, del contexto social en cuestión, históricamente situado, determinado por sus conflictos y necesidades más apremiantes. De este modo, pueden indicarse tres cualidades que presentan este tipo de éticas contextuales al dar relevancia a: i) las formas de sensibilidad moral; ii) el carácter imprescindible del juicio y su índole contextual; iii) el carácter material, histórico y cultural de los valores y de los criterios de valoración morales. En otras palabras, son éticas que procuran “la recuperación de los elementos normativos y sustantivos que determinan, en una tradición moral dada, cuáles son los bienes que deben ser deseados y que han sido decantados del conjunto de prácticas y de discusiones en las que las sociedades han ido definiendo su identidad moral” (Thiebaut, 1996). Por ejemplo, la reivindicación de la sensibilidad moral da cuenta de la complejidad del sentido del hecho moral, de la fragilidad de los sentimientos morales y de los deseos que entran en juego a la hora en que se suscitan los conflictos dentro del contexto sociomoral. De este modo, “en el mundo de lo social, la complejidad es
el estado natural de la realidad, en el que cada momento crea nuevas indeterminaciones y abre amplias probabilidades. Las soluciones están en el mismo proceso y solo advienen a través de la participación y de la implicación de todos los interlocutores” (García Roca, 2001). Pues es dentro del contexto social donde los sujetos forman, con-forman y re-forman su carácter personal, su talante ético, a través de la narrativa que hacen de sí mismos, a través de las narrativas escuchadas y a través de la dimensión humano-dialógica, respetuosa frente al decir del otro.
La particularidad y la interpretación crítica del contexto sociosanitario. Es importante, entonces, este retorno al mundo de vida moral, al contexto social históricamente situado, para dar cuenta del fenómeno moral. Se resalta que no cabe pensar lo justo si no es como forma del bien, y que este tiene una inaplazable referencia contextual. Así, “las formas particulares de la vida moral concreta serían las que determinarían las diversas concepciones operantes de los justos en las diversas esferas en las que aplicamos de hecho esta noción” (Thiebaut, 1992). El problema existiría al ver bajo qué criterios y parámetros normativos se conciben las diferentes formas del bien, oscilando siempre entre el bien individual y el bien común. Problemática que hoy está pensándose desde los Derechos Humanos. Ahora bien, los juicios morales se articulan, como ya se ha dicho, en un determinado contexto y son no solo los que guían cualquier tipo de decisión ética, sino también a través de los cuales se desarrolla parte del proceso de socialización y del encuentro con el otro. Siendo el contexto la amalgama en la cual se entretejen los diferentes discursos (morales, económicos, valorativos, etc.) y el lugar donde van conformándose el carácter y la sensibilidad moral. Dicho esto, es sumamente importante desarrollar una revisión crítica –hermenéutica– en la multiplicidad de relaciones entre la sociedad contextualmente situada y el devenir histórico que la determina, entre el sector hegemónico y el excluido. Esto equivale a tomar una posición contraria a aquellas que naturalizan las relaciones no equitativas. Hoy sabemos, por ejemplo, que la salud –contexto sociosanitario– pervive bajo el accionar del paradigma positivista. Entendiéndose este como “el sistema médico oficial, poco dispuesto a atender las necesidades y demandas de la gente que no se planteen en términos médicos” (Kalinsky-Arrúe, 1996). En otras palabras, es un modelo asistencialista y paternalista que no permite actuar sobre las causas reales de los problemas, anulando al sujeto –al otro, al diferente–, en este caso al paciente, como poseedor de un saber y conocedor de sus propias necesidades. Este estereotipo de accionar médico, además, fija las variables del contexto sociosanitario,
las inmoviliza, y no da espacio alguno para el ejercicio de las capacidades narrativo-biográficas del enfermo. Aquellas que manifiestan la estructura social y personal del sujeto, su entorno, sus anhelos y sus sentimientos. Tarea de revisión que lleva adelante la bioética basada en el modelo narrativo respecto a la relación médico-paciente. De esta forma, puede decirse que en todo contexto social “lo no-sintetizable por excelencia es la relación entre los seres humanos” (Lévinas, 1991). Esencia de todo contexto social con apertura y hospitalidad frente al otro, al diferente.
Referencias
Joaquín García Roca, Ética, ¿un discurso o una práctica social?, Buenos Aires, Paidós, 2001. - Jürgen Habermas, Aclaraciones a la ética del discurso, Madrid, Trotta, 2000. - Kalinsky-Arrúe, Claves antropológicas de la salud, Buenos Aires, Miño y Dávila, 1996. - Emmanuel Lévinas, Ética e infinito, Madrid, Visor, 1991. - Carlos Thibeaut, “Sujeto moral y virtud en la ética discursiva”, en Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, Madrid, Trotta, 12, 1996. - Carlos Thibeaut, “Neoaristotelismos contemporáneos”, en Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, Madrid, Trotta, 2, 1992.
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