Construcción social de la vejez (urbana-rural)
Felipe R. Vázquez Palacios (México), Ciesas Golfo
Vida y vivir › Ciclos vitales
La notable presencia de la población anciana en América Latina y su reclamo por un lugar compatible con sus intereses y limitaciones obligan a la sociedad a construir una percepción distinta sobre el envejecer. Es necesario dar cuenta de las circunstancias del contexto social y del estilo de vida, de las costumbres, creencias, tradiciones, experiencias, prácticas e intereses emergidos de los contactos e intercambios entre individuos, de los recursos de poder y de las interpretaciones que hacen los grupos de sus respectivas posiciones en el orden social. Y también del estado de ánimo y sentido que el sujeto le atribuya al existir y al morir. La vejez, sea rural o urbana, parte siempre de la tensión social entre lo que el anciano vive y experimenta como vejez (interioridad) y lo que la sociedad percibe de ella (exterioridad). Es en esta tensión donde los ancianos construyen cada día su realidad y la domestican, con un sentido práctico y un saber que es a la vez raíz y ligadura entre lo que han sido y han hecho, lo que han gozado y sufrido, entre lo que hacen y lo que son hoy. Dentro de ese proceso, están presentes siempre los recuerdos selectivos de sus luchas, fracasos y triunfos; de las enseñanzas recibidas de padres y abuelos; de los pasos que han dado en la vida; lo que han soñado y realizado; es decir, una práctica reflexiva sobre lo que pudieron, pueden y podrán ser y hacer que los lleva a la aceptación de la vejez, pues la vejez es la única etapa de la vida en la que sentirse realizado depende poco del futuro, puesto que es un sentimiento en el presente, generado de la información organizada y reconstruida sobre lo que se ha hecho en el pasado. Es también en este
proceso donde se capta la vinculación entre la interioridad y la exterioridad del envejecimiento.
En la construcción de la vejez existen dos elementos esenciales: 1. La resistencia frente a situaciones límite como el dolor, la muerte, la pobreza, la soledad, y 2. La capacidad de construir o reconstruir su propia vida en circunstancias difíciles. Es dentro de ese contexto donde se encuentra el potencial de la vejez, pese a su alto riesgo; donde se mantienen competencias bajo la amenaza; donde se es capaz de superar el miedo; donde se tiene la fortaleza de convertir el trauma en una oportunidad para crear sentidos y significaciones, o bien, un profundo entendimiento del existir, donde se encuentra algo positivo en la vida que es capaz de dar coherencia, orientación y construir la perspectiva de la vejez. Pese a lo anterior, el creciente proceso de urbanización, así como la salida de gente joven de los poblados rurales, afecta de manera directa el cuidado y la atención de los mayores que permanecen atados a sus tierras y a sus cultivos. En este contexto, los ancianos miden y evalúan los posibles efectos y esperanzas de vida en su localidad, sea esta rural o urbana. Y mientras se tenga la posibilidad de cultivar la tierra, de trabajar en “algo” en la ciudad y se obtenga el apoyo de la familia, los viejos seguirán resistiendo ahí con sus propias aunque amenazadas costumbres y percepciones de la vida. A veces cambiando sus estrategias de organización económica, otras veces cambiando o sustituyendo sus cultivos por otros; o bien, fraccionando la totalidad de sus tierras entre sus hijos para obtener a cambio atención y cuidados en sus últimos días. En otras situaciones, rompiendo su relación directa con la tierra, yéndose a la ciudad tras los pasos de sus hijos y tomando roles distintos a los que estaban acostumbrados, ya sea como cuidadores del mantenimiento de la casa de los hijos, o dando atención y cuidado a los nietos. O, en el último de los casos, tratando de vender su agotada fuerza de trabajo, que es lo único que les quedaría por vender. En cualquiera de estas situaciones, los ancianos estarán luchando siempre por mantener su deteriorada estructura familiar, sus valores, sus costumbres, sus creencias, a pesar del fuerte riesgo o cumplida amenaza de ruptura y fragmentación. Debemos tener presente que algunos ancianos, solos, discapacitados o con alguna enfermedad crónica o degenerativa, experimentan un profundo sentido de soledad que requiere el apoyo emocional y social de los otros, como la muestra de amistad, amor y compañía que solo los lazos de apoyo incondicionales pueden ofrecerles durante sus momentos de dolor, tristeza, y la angustia que los lleva al sinsentido de sus vidas. En el apoyo humanitario y con amor de los otros puede encontrarse a “un cómplice significativo” que les haga
sentirse parte de este mundo, de la sociedad, del país y de la familia, y por tanto que se recobre la esperanza en la vida. Sin lo anterior, el camino que le queda al anciano puede ser muy arduo y, en cierta medida, impedirle reconocer la razón de lo imperfecto; el aceptar el fracaso con serenidad; saborear la satisfacción de los aciertos y el haber cumplido con sus objetivos; conservar la capacidad de admiración ante lo inesperado; luchar de manera estoica contra las enfermedades y encontrar una respuesta al sufrimiento, para valorar lo que se tiene y lo que se ha perdido, para comprender lo que es la dignidad, el respeto, el amor y para reconocer que todavía se existe. A manera de conclusión, la construcción social de la vejez necesita deconstruirse para poder cimentarse como un producto de contextos históricos y culturales particulares y en una dirección donde se vislumbre una esperanza real y no una vía de escape, donde podamos descubrir el potencial de la vejez, sin negar los problemas que esta etapa de la vida engendra.
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