Compasión
Celina Lértora (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Bioética › Conceptos éticos
La compasión es un sentimiento cuya característica distintiva es la de participar en una emoción ajena, la mayoría de las veces suscitada por el dolor o la
pena. Por eso tiene connotaciones variadas, pudiendo aproximarse a otros conceptos de la esfera emocional, como piedad, clemencia, conmiseración, o bien a conceptos éticos, como benevolencia; también se vincula, incluso semánticamente, al concepto de simpatía. La compasión como sentimiento o vivencia es de hecho un componente de la esfera ética y de algún modo integra el conjunto de pautas sociales o personales en virtud de las cuales se formulan juicios éticos.
Concepciones clásicas del concepto. Los autores clásicos se ocuparon reiteradamente de este concepto, al que caracterizaron como participación en el dolor ajeno (de allí su proximidad con simpatía). Fue un tema de reflexión ética de los estoicos latinos, en especial de Séneca, quien le dedicó su De clementia. En general, desde el punto de vista estoico, la compasión o conmiseración (commiseratio) era considerada más bien una debilidad, no en el sentido de que rechazaran la eticidad de los actos de bondad hacia los semejantes, sino porque para ellos hacer el bien es un deber moral y no el resultado de un sentimiento. Por eso cuidaron de señalar que la compasión no debe implicar debilidad de carácter, y en ese sentido Marco Aurelio –que repetidas veces se refiere a la compasión– afirma que esta carece de valor a menos que quien se compadece haya templado su espíritu en las adversidades. En el pensamiento cristiano la compasión se vincula al amor al prójimo (caridad) y a la misericordia. Para San Agustín, el amor a Dios es condición del amor al prójimo y de este surge la misericordia. Para los escolásticos la compasión es una tristeza por la cual se sienten como propios los males ajenos, o bien porque el mal ajeno es tan próximo que de algún modo nos involucra. Por eso los débiles y los reflexivos están naturalmente más inclinados a la compasión.
Concepciones de la modernidad. Para Descartes la compasión es una de las pasiones del alma, a la que identificó con la piedad, caracterizándola de modo semejante a los escolásticos, como una especie de tristeza mezclada de amor o buena voluntad hacia aquellos que sufren un mal inmerecido. Spinoza la define de manera similar, aunque no la consideró una virtud superior, pues el hombre que vive de acuerdo con la razón no la necesita, ni puede considerarla como un bien en sí misma. Para los autores pre-románticos y románticos, como Rousseau, se produce una identificación entre quien se compadece y el compadecido, en el acto de compasión. En la compasión hay, pues, una especie de fondo común a todos los hombres, e inclusive a todos los vivientes. De allí que en estas corrientes la compasión deje de ser un acto intencional de la conciencia moral para convertirse en una especie de participación en la totalidad
universal. Schopenhauer, por ejemplo, reduce el amor a la compasión, y esta conduce a la negación de la voluntad de vivir, siendo el acto que precede a la negación misma. Para este autor, la compasión supone la identidad de todos los seres, y el dolor no pertenece solo a quien lo sufre, sino a todo ser. Una posición diferente toma Nietzsche, para quien la compasión, así como el amor al prójimo, es un modo de enmascarar la debilidad humana. Sin embargo, admite que hay una compasión “superior” mediante la cual se impone al hombre “la disciplina del sufrimiento”. Desde la fenomenología se han realizado esfuerzos teóricos para distinguir la compasión de otros sentimientos y actos intencionales que se le aproximan. Se destaca en esto la reflexión de Max Scheler. Así, aunque compasión y amor se vinculen, es propio de ella considerar a la persona digna de lástima, lo que no ocurre en el amor. También, aunque la compasión se relacione con la justicia, puesto que se compadece al que sufre injustamente, la justicia en cuanto tal reconoce a la persona estrictamente lo que le es debido. Asimismo, concepciones de la compasión, como la de Shopenhauer, se vinculan a uno de los aspectos de la simpatía: el que corresponde a la unidad psicovital con el prójimo, con todos los hombres y con todo lo existente. En definitiva, para Scheler la compasión no es un sentimiento unívoco, sino que se abarca varios grados, desde la proyección sentimental hasta el amor en su sentido más puro. Esta gama de actos se caracteriza por su menor o mayor grado de intencionalidad: el primero es el sentimiento en común con la existencia y la conciencia de clara separación de los sujetos; luego la participación de sujetos distintos en un sentimiento único; mayor intencionalidad aparece en la participación afectiva directa como reproducción emotiva de un sentimiento ajeno y, finalmente, una comprensión emocional que no necesita ser reproductiva. En síntesis, para Scheler no son válidas las teorías que basan la compasión (y la simpatía) en la existencia de una identificación vital, porque no tienen en cuenta sus diferentes clases y sus diversos grados de intencionalidad. De allí que rechace, por una parte, a Shopenhauer y, por otra, a Bergson.
La compasión en su sentido moral. Como vemos, en las distintas concepciones de la compasión puede acentuarse alguno de estos tres rasgos: el psicológico individual, el social y el moral. Para la bioética interesan más las que se orientan hacia el tercero. Los filósofos ingleses que adoptan la doctrina del sentido moral (como Hutcheson o Adam Smith) consideran que la actuación moral se basa en un razonamiento por analogía acerca de lo que sienten los demás, con base en la experiencia de lo que sentimos nosotros mismos. De allí que haya en este proceso una imitación inconsciente de los
otros. No puede negarse que la experiencia muestra que en muchos casos los individuos obran de este modo, es decir, son proclives a compadecer a aquellas personas que están sufriendo una situación semejante a la que ellos mismos han sufrido, y con base en ese sentimiento formular juicios morales o llevar a cabo determinadas acciones en la esfera intersubjetiva, mientras que les resulta más difícil comprender situaciones más alejadas de su propia experiencia vital. Esto conduce al resultado de que la compasión es mayor cuanto más semejante sea el sujeto sufriente con el compasivo, y si se adopta como único o principal criterio de compasión, suponiendo una valoración positiva de la misma, se reduce significativamente su esfera de aplicación. Parece necesario distinguir la compasión como función afectiva de los estados que impliquen participación activa, identificación con el prójimo. De este modo se evita identificar la comprensión con la experiencia propia, cuya mayor dificultad acaba de señalarse. En efecto, la teoría del sentido moral tiene la limitación de que conforme con ella solo puede comprenderse bien lo que se experimenta y, por tanto, el sujeto moral queda considerablemente reducido en su capacidad de comprender la significación moral de actos o situaciones que no ha experimentado por sí mismo. En otros términos, Scheler ha señalado que en el simple “contagio” afectivo (que no supera la intuición sensible) no se experimenta lo ajeno como ajeno, sino como propio, y la relación con la vivencia ajena se reduce a su procedencia causal. La compasión puede ser un elemento psicológicamente relevante para iniciar un proceso de comprensión moral, pero no parece que sea suficiente para elaborar en forma completa un juicio moral práctico. La compasión puede orientar una conducta, pero no remplaza al discurso moral, el cual debe fundarse en razones. Además, la compasión, en cuanto se basa en esferas emotivas muchas veces opacas a la autopercepción y a la conciencia de los sujetos, es susceptible de manipulaciones incluso inescrupulosas. Son bien conocidos casos en que las personas, sobre todo a nivel de movimientos masivos, son inducidas a sentimientos de compasión para lograr presión social contra resultados de juicios morales y/o jurídicos fundamentados (por ejemplo, en cuestiones criminales, para presionar por el indulto o la exención de pena por actos claramente delictivos). En este sentido es verdad la advertencia de Nietzsche, de que la compasión puede basarse en la debilidad del carácter o, añadiría, en una insuficiente madurez moral. No obstante, estas desviaciones o falsas compasiones no deben determinar un rechazo global de este sentimiento, sino propiciar una educación moral que permita el cultivo de una compasión razonable y socialmente positiva.
Referencias
Séneca, De clementia. - Max Scheler, Esencia y formas de la simpatía (1912), Buenos Aires, Losada, 1943.
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