Antropología del dolor
Reinaldo Bustos (Chile), Universidad Alberto Hurtado
Bienestar › Dolor y sufrimiento
Los significados del dolor. La vivencia más primaria que une las nociones de corporeidad, cuerpo vivido y medicina es el dolor (Kottow y Bustos, 2005). Referencia central en la actividad médica, es sin embargo descuidada en su contextualidad debido quizás a cierta rigidez en la enseñanza de la medicina o a una manera fragmentada de pensar propia de un paradigma científico-positivista, que domina el “mundo médico” hasta nuestros días. Sin embargo, la Asociación Internacional de Estudio del Dolor, en 1986 definió el dolor como “una experiencia sensorial desagradable, asociada a una lesión tisular, real o potencial, o descrita en términos que evocan tal lesión”, con lo cual rompe el vínculo exclusivo entre dolor y estímulo periférico que perduraba desde Descartes, padre epistemológico del modelo médico (Bustos, 1998). Con ello, le da credibilidad a las manifestaciones dolorosas vividas por los pacientes aun en ausencia de lesiones, y asimismo a la expresión diferenciada al rostro del dolor, siempre personal aunque su manifestación sea cultural (Zborowski, 1952). En efecto, a lo largo de la historia, los hombres han tratado de interpretar la significación y la justificación del dolor (y del sufrimiento) a través de recurrir a los dioses, los ritos o las religiones, incluyendo a la medicina moderna que ha transformado la experiencia del dolor, convirtiéndolo en un problema técnico, en un sinsentido. Nada más falso, dice Le Breton, para quien el dolor es un hecho personal, encerrado en la concreta e irrepetible interioridad del hombre, censurando de este modo el organicismo dualista de nuestra tradición occidental que reduce el dolor a una mera disfuncionalidad de la maquinaria corporal (Le Breton, 1999). De hecho, ninguna ley fisiológica puede dar enteramente
cuenta de esta “experiencia múltiple”, que es a la vez hecho de la naturaleza y experiencia altamente simbólica: garantía de reivindicación, sustituto de amor para paliar la ausencia, modo de expiación, medio de presión, etc., hasta alcanzar a veces ser un eficaz instrumento de sostén de la identidad personal. Pero como también el cuerpo y el dolor participan de la condición característica de lo humano como construcción cultural y social al interior de infinitas variedades, el dolor del cuerpo y el sufrimiento del hombre no escapan a la eficacia simbólica en medicina del efecto placebo, testimonio evidente de que la realidad corporal se arraiga en el corazón de un mundo simbólico y cultural.
El dolor y el mal. La relación entre el mal y el dolor encontrada en todos los relatos religiosos impone su marca en el comportamiento y valores de los individuos a la manera de un inconsciente colectivo de naturaleza cultural. No ocurre solo con el Cristianismo: para los cristianos la muerte de Jesús en la cruz es un relato de redención, modelo que posibilita a los creyentes participar del sufrimiento de Cristo acercándose a él con su propio sufrimiento; sino también con el Islam: los musulmanes no se revelan frente al dolor o al sufrimiento, no se confrontan como los católicos a la paradoja del justo sufriente, ellos entienden que el dolor es el castigo que será reservado en el más allá a los ateos y a los hipócritas. El dolor como figura del mal vinculando enfermedad y culpa y recordándonos nuestra precariedad humana se traduce también en el mundo moderno en que el imaginario del sida recoge lo mismo: una carne sufriente es una carne en falta. No en vano aquellos infectados a través de transfusiones sanguíneas se sienten y son percibidos como “inocentes”. Y es que la atribución subjetiva es la que reviste de sentido a su dolor y le permite una coherencia en su mundo de valores, rechazando así el miedo y manteniendo su identidad. La integración del dolor en una cultura que le da sentido y valor es para los individuos un soporte simbólico que le otorga consistencia a su capacidad de resistencia: todas las sociedades al definir implícitamente una legitimidad para el dolor están indicando lo esperado o lo esperable. Así se explica la variabilidad de respuestas frente al dolor, su dramatización, como en el caso de judíos e italianos estudiados por Zborowski y más tarde por Zola, a diferencia de los irlandeses y americanos de viejo cuño, quienes vivían su dolor en consonancia con que la vida es dura y difícil testimoniando un nivel de resistencia ante una molestia más que un síntoma de una enfermedad. El ámbito cultural, en tanto entidad compleja que contiene el conjunto de usos, costumbres y convicciones más o menos compartidos por todo un grupo social, no solo proporciona la gramática y la técnica,
los mitos y los ejemplos de un arte de “bien sufrir” (Illich, 1978), sino también las instrucciones de cómo llenar ese repertorio. La crítica de Illich a la medicalización del dolor es que esta ha fomentado la hipertrofia de uno solo de estos modos –su manejo por medio de la técnica–, reforzando la decadencia de todos los demás y, sobre todo, que la medicina ha hecho incomprensible o escandalosa la idea de que la habilidad en el arte de sufrir pueda ser la manera más eficaz y universalmente aceptable de enfrentar el dolor. Con ello nos dice que el dolor y el sufrimiento deben tener una misión o un sentido que es necesario desentrañar. Responder a la pregunta de para qué sirve el dolor ayudará también a responder a la inquietud de qué hacemos frente a él. Más allá de la constatación de que el dolor como el miedo son señales de alarma que permiten al individuo defenderse frente al peligro, la experiencia dolorosa constituye un “hecho total” que se instala en todo nuestro ser, susceptible como tal de cumplir variadas “funciones” psicosociales. Así sucede en los pacientes hipocondríacos, dotados de una identidad provisional donde el dolor supone un camino de acceso al ser, una ayuda para instalarse físicamente en el mundo. También en aquellos casos más extremos donde el dolor es el sostén de la subjetividad, sin el cual sería difícil la existencia personal o mantener su lugar en el seno del grupo social. El dolor y el sufrimiento serían en esos casos la moneda para pagar el precio de la pena, la privación o la aprehensión, que evita exponerse así a situaciones más difíciles, satisfaciendo en parte la defensa de sí mismo.
Pragmática del dolor. En relación con la demanda de eutanasia por parte de muchos sufrientes, Le Breton señala que a menudo esta nace de la renuncia vital de un enfermo cuyos últimos días carecen de significado, privado de reconocimiento de los otros, enfrentado a la indiferencia o reprobación del personal sanitario, sin que su dolor sea tenido en cuenta suficientemente. Nada otorga valor a una existencia que el enfermo considera residual y hasta indigna. La inminencia de la muerte es una experiencia dura, pero humana, que consume la economía vital y vincula de modo más estrecho a todos aquellos que la viven y que requiere ser vivida con el mismo valor que el resto de la vida. Por ello, cuando el enfermo es acompañado, escuchado y contenido en su dolor y sufrimiento, se le restituye su control moral frente a lo incierto y se le permite ensanchar su mirada, recordar el precio de su existencia, restituir su dignidad. La demanda de eutanasia como de analgésicos disminuye considerablemente. Por tanto, ¿qué hacer frente al dolor? Un recorrido por el texto nos permite diferenciar dos grandes épocas históricas: 1) la
premoderna, en que las divinidades y los dioses eran las referencias últimas frente a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte y la pluralidad de significados atribuidas a estas experiencias eran paliativos eficaces, creadores de sentido al servicio de la vida con conciencia clara de finitud, y 2) la época moderna, en la que la medicina después de la Revolución Francesa empieza a erigirse como un principio de certidumbre al servicio del orden social capaz de desterrar aquella parte del caos que puede implicar para la convivencia humana la presencia de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. La evolución reciente de la medicina tecnológica es testimonio evidente de este sueño del progreso de desterrar para siempre estas manifestaciones ruidosas insoportables para el funcionamiento social. En lo que atañe al dolor y el sufrimiento, estos son vividos en el mundo actual, de acuerdo con Le Breton, como un sinsentido absoluto, aún más inexplicable que la muerte, un anacronismo absoluto, no solo cruel sino un equivalente moral de una tortura inaceptable, que la medicina se siente llamada a desterrar. Illich, por su parte, en una visión macrosocial, dice que en la actualidad el dolor es concebido como una maldición social, y para impedir que las masas maldigan a la sociedad cuando están agobiadas por el dolor, el sistema industrial les despacha matadolores médicos. Así, el dolor se convierte en una demanda creciente de más drogas, hospitales y servicios médicos y otros productos de la asistencia impersonal, corporativa, y en el apoyo lícito para un ulterior crecimiento corporativo, cualquiera que sea su costo humano, social o económico. La sociedad anestesiada mediada por la medicina es la respuesta a esta evolución, pero sin que tengamos una lúcida conciencia de sus efectos finales de drogas, violencia social y horror como los únicos estímulos que todavía puedan despertar una experiencia del propio yo. Para Le Breton no sería diferente el desenlace de la fantasía de una supresión radical del dolor por parte de la medicina: sería una imaginación de muerte, un sueño de omnipotencia que desemboca en la indiferencia de la vida. Precisamente el gran aporte de la Antropología a la Medicina es re-humanizarla para dignificar la vida.
Referencias
R. Bustos, Las enfermedades de la Medicina, Santiago de Chile, Cesoc, 1998. - I. Illich, Nemésis médica, México, Ed. J. Mortiz, 1978. - M. Kottow, R. Bustos, Antropología médica, Santiago de Chile, Mediterráneo, 2005. - D. Le Breton, Antropología del dolor, Barcelona, Seix Barral, 1999. - M. Zborowski, “Cultural components in response to pain”, Journal of Social Issues, Nº 8, pp. 16-30, 1952.
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