Amor y odio
Dalmiro Bustos (Argentina), Instituto Moreno de Buenos Aires
Bioética › Conceptos éticos
Amor y odio como figura maniqueísta. Pocos vocablos hay tan repetidos en poesía, literatura y psicología como el del amor. ¿Qué definición no parcializaría su significado y qué cultura no se apoderaría de su contenido para justificar sus costumbres? Se persiguió a miles de personas “por amor a Dios”, y por “amor a la Patria” se justificaron guerras y genocidios. No se trata entonces de un valor absoluto, sino que tiene un alto contenido cultural, cuyas pautas varían según normas, tradiciones y creencias. Hay, sin embargo ciertas constantes. La figura maniqueísta domina casi todas las culturas. Amor y odio, dios y el demonio, el bien y el mal, la virtud y el pecado. El temor a la visión integrada nos hace crear barreras que separan diametralmente ambas experiencias. En términos generales, se asume como propios el amor y sus consecuencias y se proyecta el odio en los demás. Esto tranquiliza la angustia de estar traicionando un ideal individual y, por primitiva que sea la organización de una comunidad, siempre se cree obrar en nombre del amor.
Amor, acciones e idealizaciones. Ya que la simple palabra no nos dice mucho, necesitamos prestar atención a las acciones que de ella emergen. Un dicho popular expresa: “Porque te quiero te aporreo”. De ese modo, los castigos a los que puede someterse al ser amado pretenden admitir justificaciones que validen una acción que desde otro ángulo sería leída como proveniente del odio. Hoy la globalización parece ser un acto de amor en integración, pero observando los hechos solo se trata del englobamiento de culturas locales por parte de las dominantes. Así, por temor a aquellas acciones amorosas que al final acaban destruyendo a un ser humano, se recurre a la idealización. Y el amor “puro”, el amor eterno, va siendo soñado desde muy temprano en la vida. Este ideal se constituye en objetivos dirigidos a la búsqueda de la “cara mitad”. Alguien que nos complemente totalmente y que se convierta en artífice de la completud. Lo perenne e inamovible es buscado para evitar la angustia de pérdida y, por ende, la muerte. Unos versos ilustran sobre la esencia del amor: “Tomé un puñado de arena en mi mano, bien cerrada./Con el amor pasó igual,/Abrí mi mano y... nada” (Atahualpa Yupanqui). Pasado el enamoramiento durante el cual los amantes se esmeran en ser lo que el otro desea, aparece la realidad, la desilusión, el ver que no era exactamente así. Esta segunda fase es la secuencia obligatoria de la idealización salvo en los casos en que se prolonga la ilusión a partir de una simbiosis. Con esta se resiste el paso del tiempo, creando un blindaje
vincular, que aísla del mundo y desconecta con las frustraciones, al precio de reducir a cada uno a una mera representación de los deseos del ser amado. Cuando esta salida no ocurre, la frustración y su consiguiente agresión se instalan. Muchas parejas sucumben en esta etapa y la separación es la única salida sacrificando el todo para preservar las partes. Los medios colaboran con esta idealización, como es el caso de las películas (en especial las de la meca de la mentira, Hollywood), que casi siempre terminan en el momento supremo del amor eterno, con mentiras que ayudan a forjar metas imposibles de alcanzar. Los rituales de casamiento, civiles y religiosos, solo se realizan a través de la promesa de “hasta que la muerte nos separe”, o de una fidelidad que rara vez se sostiene. Y van generándose sensaciones profundas de fracaso cuando se trata de los humanos avatares de dos imperfectos y cambiantes individuos. Por eso muchos sufrimientos podrían ser evitados (así como divorcios), en la medida que no fueran referidos a tan exigente ideal. La única perfección a la que puede llegarse a través de una relación amorosa es la de la conciencia de la imperfección. Los miembros de una pareja van cambiando a través de los años, no siempre en el sentido del ideal del otro. Muchas veces esto es sentido con culpa, es como una traición a la promesa de inmutabilidad. Y la culpa se instala en el vínculo trayendo tensiones que alejan y perturban. ¿Cómo alguien puede ser el mismo a los treinta y a los cincuenta o sesenta? Así el amor idealizado va dando paso al resentimiento y el nido que antes cobijaba y defendía de la temida soledad va transformándose en una cárcel de la que se quiere huir. Pero al huir debe enfrentarse la misma soledad de la que se pretendía huir.
El amor solidario. Las consecuencias de estos actos amorosos pueden destruir a un ser humano. Pero esto no niega la profunda capacidad transformadora del amor. Estudios de científicos dedicados a la física cuántica presentan pruebas del poder transformador del amor. Estamos viviendo un momento histórico de confluencia en que los hallazgos de las experiencias físicas confirman los supuestos de la perspectiva psicológica o espiritual, confinados en otro momento al plano de la fe o de formulaciones teóricas con escaso margen de comprobaciones. De las múltiples experiencias que están realizándose puede mencionarse una: un científico japonés reúne a un grupo de personas que meditan y rezan frente a un gran caudal de agua; y al medir la estructura química del agua antes y después de la oración se registran profundos cambios en su estructura molecular. Si esto ocurre con el agua, y el ser humano está conformado en su mayor porcentaje por agua (formando parte de su sangre, líquido intersticial, músculos, etc.) podemos pensar en los
cambios que puedan producirse a partir de una energía poderosa a la que llamamos amor. Todos sabemos y experimentamos el cambio que se produce en situaciones de amor profundo (la paz, la alegría y la plenitud que se sienten). Y si esto es muy claro cuando emerge de un vínculo de pareja, en la intimidad amorosa o durante una relación sexual, o con los hijos o amigos, también se experimenta durante momentos de entrega a la lucha por un ideal. Ese amor que excede lo individual y que representa el bien común permite que el otro, para quien se produce la entrega amorosa, pueda no ser alguien concreto y tangible, sino alguien a quien tal vez nunca se llegue a ver. Así, el amor solidario deja una huella de grandeza y desprendimiento que trasciende los límites del amor hacia otro ser presente y tangible.
El amor en la mitología. Podemos entender por mito aquellas “verdades” que no admiten demostración, que están construidas con el material de los sueños y que reflejan el inconsciente de los pueblos. En la antigüedad, Grecia y Roma ofrecieron sus versiones míticas sobre el origen del amor. Haremos referencia solo a dos: Afrodita –diosa del Amor– y Eros –dios del Amor. Hay múltiples versiones sobre su genealogía y no cabe exponerlas a todas aunque mencionaremos una de ellas. Afrodita, diosa del Amor en versión griega, o Venus, en su versión romana, es considerada (en la versión que seguimos) hija de Urano, cuyos órganos sexuales son cortados por Cronos, dios del Tiempo, los que al caer al mar, engendran a Afrodita, la mujer nacida de las olas o nacida del semen del Dios. Bella, celosa, famosa por sus iras y maldiciones, con su marido Hefestos no tiene hijos y solo los tiene con Ares, dios de la Guerra. Hefestos se venga atrapándolos en una red y exponiéndolos a la burla de los otros dioses olímpicos. El amor y la guerra pueden fecundar pero quedan atrapados en la misma trampa. Eros (en versión de la misma fuente), hijo de Afrodita y Ares, tiene varios hermanos: Anteros, Harmonía, Fobos y Demos. Los dos últimos son la representación del Temor y el Terror. Salvo Harmonía, los hermanos de Eros (el Amor) son temibles. Y es interesante que Harmonía no tiene demasiada relevancia en la mitología. Curioso porque sigue sin aparecer demasiado en la vida actual. Eros solo puede amar de verdad (sea esto lo que cada cual imagine) a Psiqué, una muy bella y humana representación del alma. Para esto recurre al ardid de decirle que es un terrible monstruo al que no debe ver para no asustarse. Psiqué, curiosa, lo alumbra con un candil y descubre la apariencia de un rosado niño. Al ser descubierto en su vulnerabilidad, Eros huye y se refugia en casa de su madre, Afrodita, quien, como buena suegra, condena a Psiqué a innúmeros castigos. Eros finalmente rescata a su amada
de los sufrimientos y pide que se le conceda la inmortalidad. Como podemos ver, amor y odio conviven desde los tiempos inmemoriales. Solo nuestro miedo a enfrentar la aventura de amar los cubre de idealización. Amor puro, amor sin manchas, amor eterno, amor desprovisto de egoísmos, amor sin sufrimientos, amor... mentiroso.
El amor y el odio como aprendizajes. Otro modo de abordar la temática es desde el principio de la evolución individual, refiriéndonos a la teoría de roles de Jacob Levi Moreno y su concepto de clusters. El efecto cluster es la trasmisión experiencial entre los roles, los cuales se agrupan –cluster quiere decir racimo– según similitudes dinámicas. Los tres roles básicos son: los pasivo-incorporativos, los activo-penetrantes y los simétricos, que pueden dar lugar al compartir, competir o rivalizar. En el comienzo de la vida el sistema nervioso es solo un rudimento y esto nos hace semejantes, en ese período, a los animales de escala inferior. Dice Daniel Goleman: “La parte más primitiva del cerebro, compartida con todas las especies, que tienen más que un sistema nervioso mínimo, es el tronco cerebral que rodea la parte superior de la médula espinal... A partir de la raíz más primitiva, el tronco cerebral, surgieron los centros emocionales (situados en el mesencéfalo). Millones de años más tarde en la historia de la evolución, a partir de estas áreas emocionales evolucionaron el cerebro pensante o neocorteza”. Al no tener posibilidad alguna de registros más evolucionados, el bebé se confunde dentro de su entorno. Él es todo lo que lo rodea. Los brazos de su madre o de quien cumpla la función de cuidador, mediatizan su entorno. En estos momentos la ternura es fundamental. Sin registros emocionales o racionales, se incorporan las experiencias en forma masiva. Las experiencias nos permiten acceder a la necesidad de ser cuidado, alimentado, recibir, sin la ansiedad que nos anticipe algo peligroso. Sin saber recostarse en alguien como algo natural y placentero, no es posible establecer una relación amorosa. Depender puede también ser una experiencia temida si se anticipa abandono o quedar preso en quien nos alimenta. La tensión nos indica el rechazo a estas experiencias. Con el desarrollo psicomotor, el bebé siente necesidad de probar sus propias fuerzas y la figura del padre –o quien ejerza la función paterna– aparece para guiar, cuidar y limitar los movimientos de autonomía. En el mundo al alcance de las manos el otro sigue siendo necesario pero en grado menor. El triunfo del autoabastecimiento se suma a la capacidad de ser nutrido. Se aprende a dar, a afirmarse, y se establecen los rudimentos de la fundamental capacidad de tomar decisiones. Pero la falta de normas o de límites en nombre del cuidado es un nuevo generador de angustia y surgen necesidades de control del otro,
de dominar para evitar el abandono. O la clara sensación de ser incapaz de dar, de decidir. En estas dos primeras etapas se establecen relaciones asimétricas, con roles de desigual responsabilidad, que van disminuyendo en número en la vida adulta pero persisten como ansiedades anticipatorias de experiencias tempranas. A medida que progresamos hacia la madurez los pares aparecen. Ya nadie es responsable por cuidar al otro. La dependencia se trasforma en interdependencia. Se aprende a luchar por el espacio, a competir, queriendo dar lo mejor de sí, de superarse; a rivalizar, o tratar de hacer que el contrincante no avance; y, lo que sería el ideal vincular, a compartir, donde cada cual pone lo que tiene para conseguir un propósito común. Esta última instancia es casi una utopía en tiempos de la consagración del narcisismo como ideal social, en el que el individualismo sustituye al bien común. Pero aún como utopía es indispensable mantener esta opción o de lo contrario nuestro mundo irá suicidándose gradualmente hasta llegar a la aniquilación.
La disociación entre lo bueno y lo malo. En todas estas etapas surgen sentimientos que hemos calificado, en nuestra tendencia a disociar, como buenos: amor, gratitud, ternura, compasión, etc. Y otros como malos: envidia, celos, rivalidad, codicia, etc. Ocurre que absolutamente todos son sentimientos naturales de cada etapa del desarrollo. Al disociarlos en buenos y malos se construye un ideal del yo que necesariamente consagra la represión. Nadie deja de sentir envidia –el más proyectado de los sentimientos humanos– o celos. La diferencia fundamental es la relación que cada uno establece con esos sentimientos. Y esta manera depende en gran parte del camino recorrido en las primeras etapas de la evolución. Si el sostén precede a la afirmación y esta a la capacidad de compartir, guiados por la ternura como elemento esencial, catalizadora de la madurez, entonces sabremos metabolizar esos sentimientos sin idealizar unos y demonizar otros. Al excluir tantos aspectos como indeseables en sí mismos estamos dando paso a un nuevo denominador de nuestra cultura: la culpa. Como barrera para la actuación destructiva hubiera sido deseable que Hitler, Videla, Pinochet, Bush o sus semejantes la hubieran sentido. La culpa actúa cuando falla la responsabilidad que quiere decir “alguien que responda”. Pero es esta responsabilidad y no la culpa, la que permitirá la lucha para preservar la naturaleza que está siendo devastada, o la hambruna impune que mata a cientos de miles de niños. El individualismo y el predominio de la imagen versus el contenido impulsan a líderes internacionales capaces de mentir impunemente, amparados en un poder que privilegia los valores económicos frente a los primordiales y humanos valores de protección de la
vida. En este sentido no hemos evolucionado demasiado desde los tiempos de la ley del más fuerte. Solo ha cambiado el arma y la fuerza bruta ha sido sustituída por la no menos bruta fuerza del dólar. Creer en el propio poder creativo y hacerse responsable de todo lo que nos rodea es la única manera del infinito acto de amor que significa ayudar a la transformación del mundo. El depósito del amor en el amor a Dios es una forma de delegar la responsabilidad, a menos que cada uno tome una actitud activa en el proceso de cambio.
Referencias Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Buenos Aires, Paidós, 1981. - Jacob Levi Moreno, Fundamentos de la sociometría, Buenos Aires, Paidós, 1962. - Dalmiro Bustos, Perigo: amor a vista, Alef, Brasil, 2ª ediçao, 2001. - Daniel Goleman, La inteligencia emocional, Buenos Aires, Javier Vergara Editor, 1996.
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