Ambiente, sustentabilidad y riesgos
Walter Alberto Pengue (Argentina), Universidad de Buenos Aires
Medio ambiente
Desarrollo económico e (in)sustentabilidad. Los actuales modelos de desarrollo económico han considerado el ambiente como mero proveedor de recursos naturales. Estos mismos modelos han contribuido a un quiebre fundamental en las formas de administración, gestión y la posibilidad de restauración no solo del capital natural, sino también han impulsado una homogeneización social de consecuencias que hoy en día podemos considerar ya catastróficas. No obstante, ni la sociedad privilegiada, ni los decisores de políticas, y tan solo parcialmente segmentos de la ciencia convencional, perciben este complejo problema. La partición de nuestra ciencia nos obliga a revisar la crisis ambiental en compartimientos estancos que permiten al investigador analizar la situación planteada con una única óptica bajo un prisma
peligrosamente reduccionista. El uso de los recursos naturales tiene límites, y los impactos ambientales producidos por cuestiones antrópicas no son únicamente de efectos directos sino y especialmente complejos en términos caóticos. Estos impactos de nuestras actividades sobre los sistemas ambientales dependen en la mayoría de los casos de su intensidad, extensión, duración y, por cierto, de las tecnologías empleadas. Todos potenciados hoy por el insostenible e inequitativo sistema económico global.
Consumo, ambiente y tecnología. Los seres humanos somos una de las últimas especies en aparecer en la biosfera. Nuestra supervivencia depende de la supervivencia de los demás ecosistemas y especies que evolucionaron antes de nosotros. Las políticas convencionales han fomentado la dominación humana sobre la naturaleza pretendiendo una jerarquía por sobre el resto del mundo natural. La apropiación primaria neta de biomasa por nuestra parte (que alcanza a casi el 40%) es un claro ejemplo de cómo estamos acorralando los espacios de las otras especies y, por cierto, de las desigualdades siempre crecientes entre las demandas endosomáticas (las que satisfacen las necesidades básicas para la vida, como alimento y vestido) y las exosomáticas (consumo superfluo) de millones de humanos (Pengue, 2005). Muchas de las nuevas tecnologías hoy en día disponibles llegan para resolver problemas puntuales pero sin revisión de sus consecuencias (posiblemente irreversibles) en el mediano plazo. El fundamentalismo científico y sus dependencias del mercado pueden llegar a hacer perder el rumbo de lo que es bueno para el conjunto social. La tecnología llega para solucionar un problema de producción y acelerar o mantener estos ciclos. Hoy en día nos hemos convertido en una sociedad en riesgo.
Sociedad del riesgo. Los avances científicos han sido notables y revolucionarios pero muchos de los procesos “naturales” (cambio climático, inundaciones, sequías, hambrunas, maremotos) que enfrentamos derivan más de consecuencias de actividades humanas que de fenómenos asignables a causas exclusivamente naturales. En la década de los noventa se triplicó el número de estas “catástrofes naturales” con respecto a las dos décadas anteriores. En 1998 se daba cuenta que estos desastres naturales afectaron a más de 130 millones de personas en todo el mundo, provocaron más desplazados que las guerras o conflictos sociales y políticos (13,5 millones) y causaron daños económicos por casi cien mil millones de dólares. El delicado equilibrio del planeta se sigue alterando y los resultados de tsunamis recientes dan cuenta también de la parte de responsabilidad humana
en un fenómeno catastrófico y posiblemente repetible. Estas acciones deliberadamente antrópicas sumadas al uso irrestricto de la tecnología para la resolución de problemas económicos nos convierten en una “sociedad del riesgo” (Beck, 1998). La utilización de energía nuclear, tecnologías del ADN recombinante, clonación humana, nanotecnologías, son adelantos científicos incontrastables como resultados inmediatos directos, pero por su incumbencia y alcance deben ser revisados con una mayor amplitud, en tanto sus efectos negativos pueden llevarnos a consecuencias impredecibles como especie. Una nueva tecnología posiblemente venga acompañada de una nueva tecnopatogenia. Esta nueva forma de revisar con un pensamiento complejo a la ciencia y la tecnología, especialmente la de alto impacto, no puede seguir pensándose a través de compartimientos estancos: amerita la participación y discusión ciudadana. Aparecen de esta forma líneas científico-sociales que ofrecen revisar la situación del ambiente, los riesgos implicados y la sustentabilidad socioambiental y cultural con enfoques holísticos como los de la ciencia posnormal. Funtowicz y Ravetz (1994) postulan así que los problemas ambientales complejos que enfrenta la humanidad requieren una nueva forma de toma de decisiones a la que se han referido con el nombre de ciencia posnormal, que ya no dejan librada al buen juicio científico sino que amerita una participación, información y opinión de la sociedad involucrada. Según ellos, dos son las características de dichos problemas que exigen que el mecanismo de toma de decisiones sea diferente al de la ciencia normal. Se trata de la importancia de lo que se pone en juego y de la elevada incertidumbre de los sistemas implicados.
Externalidades. En la economía capitalista, la “naturaleza” es el punto de partida de la producción y el punto de llegada como reservorio de desechos (de la industria y el consumo) que llegan a tener una gran concentración espacial y se convierten, más temprano que tarde, en contaminación. Muy por el contrario a como nos muestran los textos de la economía clásica, el circuito económico no es un flujo constante y circular de bienes y servicios que se intercambian por dinero. Visto en términos ecológicos, este “circuito” es un ciclo abierto, en donde entran y salen materiales, en bruto y transformados de distinta calidad y que funcionan respetando los dos principios básicos de la termodinámica. El hombre ha transformado este sistema natural en otro económico pero a costo de una creciente destrucción de la que no se hace cargo. Justamente hablamos de estos costos (degradación ambiental, contaminación, enfermedades, pérdidas del paisaje o destrucción del hábitat) no incluidos en los balances económicos y que
llamamos externalidades. Tan solo si el sistema económico se hiciera cargo de las mismas, se lograría, siquiera parcialmente, ordenar económica y ecológicamente el uso de varios recursos. La economía ecológica da cuenta de la identificación, evaluación y, cuando fuera posible, de la valorización de estas externalidades y de los métodos científicos más apropiados para su adecuada consideración.
Economía ecológica. Puede entenderse como la disciplina de gestión de la sostenibilidad que intenta poner en balance las serias discrepancias que el mundo occidental encuentra entre la ecología y la economía. Pretende construir un sólido puente, bajo una misma estructura radical “ecointegradora” que permita asegurar y restaurar la estabilidad ambiental. La economía ecológica contabiliza los flujos de energía y los ciclos de materiales en la economía humana, analiza las discrepancias entre el tiempo económico y el tiempo biogeoquímico, y estudia la coevolucion de las especies con los seres humanos. El objeto básico de estudio es la (in)sustentabilidad ecológica de la economía, sin recurrir a un solo tipo de valor expresado en un único numerario. Por el contrario, la economía ecológica abarca a la economía neoclásica ambiental y la trasciende al incluir también la evaluación física de los impactos ambientales de la economía humana (Martínez Alier y Roca Jusmet, 2000). Como destaca Leff (1986), hoy día los impactos negativos son recogidos por los precios del mercado, y a veces dan lugar a movimientos de resistencia que utilizan distintos lenguajes sociales. Son movimientos que a veces no se leen a sí mismos como ecologistas, pero que en realidad lo son. Pueden ser movimientos sociales espontáneos, sin liderazgos individuales a la vista, como los que en algunas ciudades de la India quemaron automóviles y buses que habían atropellado a trabajadores ciclistas pobres, entre los pobres. O aquellos indígenas y gentes urbanas de la ciudad de Cochabamba que lucharon durante días para que el agua de su ciudad no se privatizara y pasara a corporaciones extranjeras. Otros, como hicieron en el Beni y Santa Cruz, lo fueron uniendo a chiquitanos, guarajos y ayoreos contra las concesiones forestales a empresas madereras, protestas que usan un vocabulario de derechos territoriales indígenas y no necesariamente un vocabulario explícitamente ecologista. O bien, el conjunto de la población boliviana (golpeada desde siempre por la explotación de sus recursos y vidas) que, reivindicando derechos ambientales, sociales y económicos, expulsaron a dos presidentes en momentos alternados y lograron erigir, mediante el voto popular en el marco democrático, a un primer presidente indígena. Es claro que aquí la discusión es por los recursos y por el territorio, en
términos de agua, suelo, petróleo, minerales o biodiversidad y sobre sus formas de apropiación y usufructo, en lo que hoy, en el siglo XXI, conocemos como nuevos conflictos ecológicos.
Conflictos ecológico-distributivos. El capitalismo darwiniano que se yergue sobre una buena parte de la humanidad hace que se generen conflictos permanentes por la lucha y apropiación de los recursos naturales y los territorios, especialmente en los países en vías de desarrollo. Esta situación involucra siempre un conflicto que no está en situación de ser resuelto en los términos convencionales de una evaluación de impacto ambiental o una valoración supuestamente adecuada para facilitar el acceso a ese bien por parte del actor más poderoso. La situación no se soluciona solamente con instrumentos técnicos, sino que se fuerzan nuevas y novedosas participaciones sociales que ameritan a su vez originales aportes en términos de políticas ambientales. Ya en la cuestión de gentes y menos en recursos, el problema había sido muy bien planteado por el economista argentino Raúl Prebisch y la Cepal desde 1949. Pero hoy en día, en términos de los recursos y las formas de apropiación, el argumento ya no es suficiente, dado que el pensamiento económico de la época no supo incorporar las cuestiones ecológicas. Actualmente, los conflictos ecológico-distributivos involucraron una fuerte actividad social y formas de abordaje inéditas para resolver no solo las mejores formas de acceso y uso de un determinado recurso sino sobre quién, dónde, cómo y por qué se coloca una carga de daño ambiental. El fuerte movimiento social para detener el avance de una mina de oro a cielo abierto que destruiría el principal recurso natural (paisaje) en la localidad de Esquel (Argentina), el conflicto de las papeleras entre Argentina y Uruguay que movilizó a toda la ciudad de Gualeguaychú, la movilidad social en Piura (Perú) para desalentar el avance de una mina que pretendía explorar debajo de sus propios pies, o los movimientos sociales contra los alimentos transgénicos, son otros tantos ejemplos de reacciones sociales a decisiones políticas (o a la inexistencia de ellas por el motivo que fuera) que afectan y ponen en riesgo la vida humana a distintas escalas y que en conjunto aúnan eventos cuya complejidad amenaza nuestra estabilidad planetaria.
Estabilidad ambiental del Sur. La única manera en que el sistema occidental puede mantenerse “sostenible” en términos económicos es facilitando el acceso a bienes y servicios ambientales ubicados generalmente en el Sur y a precios subvaluados. Ello involucra un proceso de sobreexplotación creciente de recursos que agota hasta los supuestamente recursos renovables (tierras). Estos procesos afectan la estabilidad ambiental del Sur y la
continuidad de las estructuras sociales de estos mismos territorios. Producir soja, café o pasta de papel no es malo en sí mismo. Pero sí puede serlo si para ello se destruyen recursos de manera insospechada. Para producir el anillo de oro que tiene usted entre sus dedos, amigo lector, fue necesario eliminar muchísima vegetación, mover ingentes cantidades de tierra y materiales y contaminar demasiada agua. Para tomar un delicioso “café veneciano”, comer una sustanciosa “pasta italiana”, vestir con el mejor “algodón escocés”, beber un “buen té inglés”, consumir una “verdadera hamburguesa norteamericana”, tomar una “cerveza alemana”, vestir los mejores “zapatos de cuero europeo”, probar el “tofu japonés” o deleitarse con un sabroso “queso francés”, muchas veces se ha hecho menester importar esas materias primas (café, trigo, leche, algodón, carne, malta, té, etc.), desde regiones donde literalmente se está aniquilando el propio hábitat. Existe así un daño directamente no reconocido en los costos de transacción de la economía global. Por eso es que se llama deuda ecológica al reclamo de los países subdesarrollados a las naciones industrializadas por el saqueo de sus recursos naturales, a cuenta de pasadas y actuales emisiones tóxicas, por el uso del espacio ambiental, por el robo literal de sus recursos genéticos, por la apropiación y posterior privatización del conocimiento indígena, por el dumpin ecológico y por la suma de los daños ambientales que las transacciones económicas hoy día no incluyen en las cuentas de ganancias y pérdidas nacionales. La conocida aseveración del Informe Brundtland (1987) nos dice que sustentabilidad implica “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Pero si se tratase de mantener el patrimonio natural, cualquier uso de un recurso no renovable sería incompatible con la sustentabilidad. Así lo explicaba Nicholas Georgescu–Roegen (1975): “Si la actividad humana degrada recursos de baja entropía (combustibles fósiles), no solo existirá un límite a la capacidad de sustentación de cada periodo, sino también a la vida humana que la tierra puede sostener”. La sustentabilidad es una cuestión de grado y de perspectiva temporal. En el sentido de sustentabilidad fuerte, solo una economía basada en fuentes de energía y recursos renovables (ecología productiva) y en los ciclos cerrados de la materia puede potencialmente ser sustentable a perpetuidad, situación de la que estamos alejándonos con pasmosa velocidad.
Referencias Ulrich Beck. La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós, 1998. - Silvio Funtowicz y Jeremy Ravetz. Epistemología política. Ciencia con la gente,
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1994. - Nicholas Geordescu–Roegen. “Energía y mitos económicos”, Madrid, El Trimestre Económico, Vol. 42, Nº 4, 1975, pp. 779-836. Enrique Leff. Ecología y capital, México, Siglo XXI, 1986. - Joan Martínez Alier y Jordi Roca Jusmet. Economía ecológica y política ambiental. México, Fondo de Cultura Económica-Pnuma, 2000. - Walter A. Pengue. Agricultura industrial y transnacionalización en América Latina. ¿La transgénesis de un continente?, Buenos Aires, Pnuma-Gepama, 2005.
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