IGLESIA
(ekkiésia)
A través de ekklétos, «designado como arbitro en un litigio», ekkiésia viene de ek-kalein, «convocar». La ekkiésia es, en primer lugar, la asamblea legítimamente convocada. En griego clásico y helenístico, el término designa la asamblea de hombres libres que tienen derecho a voto en la ciudad (polis) o derecho a la libre expresión (parrhésia). Aparte de Hch 19,32, el Nuevo Testamento ignora esta acepción de ekkiésia, ya que no conoce más que el significado nacido de la historia de las comunidades cristianas. Este significado abraza, por una parte, a la «comunidad» de los cristianos de un lugar determinado y, por otra, a la «Iglesia», que es esa misma comunidad considerada en sus propiedades esenciales, prescindiendo de su particularidad local. La ekkiésia como comunidad «doméstica» no es ignorada por Pablo; pero éste, en la casi totalidad de sus empleos, le da a ekkiésia una tonalidad teológica. Pablo utiliza la palabra 65 veces (el resto del Nuevo Testamento, 49 veces); se encuentra sobre todo en las primeras cartas (46 veces).
En varios pasajes, en los que el apóstol depende de un uso cristiano anterior, se encuentra la expresión «ekkiésia de Dios». A pesar de una opinión todavía corriente, es poco probable que esta expresión sea una copia de la de los Setenta, «iglesia del Señor» (ekkiésia tou Kyriou). No sería explicable el paso de «Señor» a «Dios», sobre todo si se piensa que los Setenta traducen también el hebreo qahal por sinagoga (synagogé). Puede afirmarse que el uso absoluto de ekkiésia es el compendio de una expresión, de suyo imposible de descomponer. «Iglesia de Cristo» debe interpretarse ciertamente como sigue: «Iglesia que tiene su origen en la gracia de Dios en Cristo», como se puede ver expresamente en 1 Tes 2,14.
Cuando confiesa que ha perseguido a la Iglesia de Dios (Gal 1,13; 1 Cor 15,9), Pablo hace suya la designación que la comunidad primitiva de Jerusa-lén se dio de sí misma: comunidad de los salvados suscitada por Dios en el corazón de Israel en los tiempos del cumplimiento de las promesas hechas a los padres. Confirmado por la Iglesia de Jerusalén en su misión entre las naciones, considerándose como enviado por ella, a quien el Espíritu Santo da a reconocer su dones y carismas, Pablo ve actuando en las comunidades que nacen de su anuncio del evangelio la misma acción salvadora que dio origen a la comunidad-madre. Las nuevas comunidades no son menos «Iglesias de Dios» que la comunidad de Jerusalén. En homenaje, tanto a la unidad de su origen que está en Jerusalén como a la acción salvadora que allí se manifestó, las nuevas Iglesias son llamadas la Iglesia de Dios que está en Corinto (1 Cor 1,1; 2 Cor 1,1), «la Iglesia que está en Cencreas» (Rom 16,1), las Iglesias de Dios que están en Judea (1 Tes 2,14).
La multiplicidad de las Iglesias «particulares», como las califica el uso teológico, no es más que la multiplicidad de las manifestaciones de la única acción salvadora por la que Dios reúne a los salvados en Cristo. Estas manifestaciones son el despliegue de la bendición (Hch 3,26), cuya fuente brotó en Jerusalén el día de Pentecostés. El vínculo que constituye su unidad es la palabra apostólica, «venida» de Sión (Is 2,3) precisamente. Es verdad que ellas se organizan según una misma estructura unitaria (apóstoles-profetas-didáscalos: cf. 1 Cor 12,28). Pero la unidad de las Iglesias (22 veces el plural en Pablo) no es esencialmente ni formal, ni de pertenencia a un solo conjunto que pudiera decirse «universal».
Es en las cartas de la cautividad donde se pone de relieve su naturaleza. Según la Carta a los Efe-sios, la Iglesia está unida a Cristo lo mismo que el cuerpo a la cabeza, principio de unidad y de vida. Es también la esposa que Cristo amó y por la que se entregó, a fin de santificarla, purificándola con un baño de agua acompañado de una palabra (Ef 5,26). De las aguas del bautismo que sumergen a los bautizados en su muerte, Cristo «saca» a su esposa, la Iglesia, para presentársela a sí mismo, resplandeciente (ibíd.). Por medio del bautismo, Cristo hace de nosotros su cuerpo, que es la Iglesia, en la que se ha manifestado la sabiduría infinitamente variada de Dios (Ef 3,10).
M. G.
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