CRUCIFICAR, CRUZ
(stauroun, stauros)
Pablo emplea 10 veces la palabra «cruz», con algunas precisiones como «cruz del Señor», «cruz de Cristo», «su cruz». El verbo stauroun, «crucificar», se aplica a Cristo en 1 Cor 1,23; 2,2.8; 2 Cor 13,4; Gal 3,1. Agarrado por el Resucitado, Pablo descubre la realidad de la cruz con sus efectos para los hombres (Gal 5,24). En 1 Cor 1,23 se resume el significado de la pasión: predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría
de Dios.
La muerte de Cristo en la cruz es un escándalo y una locura (cf. Morir, Sufrir, Entregar, Sacrificio), pero revela el carácter salvífico de los sufrimientos de Cristo para la liberación de todos: Cristo murió por nosotros (Rom 5,6.8.10); Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras (1 Cor 15,3).
«Sufrir» (2 Cor 1,5; Flp 3,10), aplicado a Cristo, implica siempre la cruz. Para Pablo, se trata de conocerlo a él y experimentar el poder de su resurrección, compartir sus padecimientos y morir su muerte, a ver si alcanzo de esta manera la resurrección de entre los muertos (Flp 3,10-11).
Las epístolas ofrecen tres maneras principales de considerar la cruz:
1. En Gal 3,13, Pablo aplica a Cristo la maldición que la ley lanza contra el patíbulo: ¡Maldito el que cuelga de un madero! Pablo hace comprender la novedad realizada por la cruz: libera de la ley (rescate). En adelante, todas las naciones paganas tienen acceso a la fe sin distinción de origen, ya que Cristo toma sobre sí la maldición que pesaba sobre los pecadores (Gal 3,1; 5,11.24; 6,12.14).
2. Dirigiéndose a los corintios, Pablo opone la cruz, locura de Dios, a la sabiduría de este mundo (1 Cor 1,13.17.18.23; 2,2-8). La muerte de Cristo crucificado realiza la salvación, pero es un escándalo para los judíos y una locura para los paganos. Este lenguaje de la cruz (1 Cor 1,18) se traduce también por la identificación del apóstol con la persona de Cristo crucificado: Nunca entre vosotros me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2,2). La cruz confiere su verdadero sentido a la resurrección, ya que el Señor glorioso ha sido crucificado por las potencias que, en su ceguera, no vieron nada en él (1 Cor 2,8).
3. Finalmente, en la tradición paulina, la cruz se convierte en el signo y en la realidad de la reconciliación (2 Cor 5,14-20; Col 1,20; 2,14; Ef 2,16).
De estas tres maneras (rescate, sabiduría, reconciliación), la cruz nos brinda una novedad de vida. El crucificado y la cruz están en el corazón de las interpretaciones de la muerte de Cristo, muchas de las cuales se encuentran en 1 y en 2 Cor: expiación, sustitución, entrega, rescate, sacrificio, alianza, liberación, solidaridad, victoria. Salvación para todos, su muerte es el signo de su humanidad verdadera compartida con todos (2 Cor 5,14-15).
La muerte de Cristo es la victoria sobre el enemigo último de la humanidad, la muerte, el poder de la muerte. La muerte de Cristo es la muerte de la «Muerte», absorbida en la victoria (1 Cor 15,51-58). En el himno de Flp 2,5-11, el rebajamiento de Cristo se acaba en 2,8 con: se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Cristo comparte entonces la totalidad de la condición humana afectada por la muerte; pero, sobre todo, la «muerte en la cruz» pone de relieve el carácter salvador de esta muerte.
Para Pablo, lo que es verdad para Cristo, lo es también para el cristiano: el creyente es «crucificado». Las tres afirmaciones de este tipo pertenecen todas ellas a la carta a los Gálatas. En Gal 2,19-20, Pablo dice: Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ese «yo» se aplica a todo hombre, empezando por el mismo apóstol. En Gal 5,24, después de haber opuesto las dos conductas humanas, según la carne y según el Espíritu, Pablo termina su exposición afirmando: Los que son de Cristo Jesús han crucificado sus apetitos desordenados junto con sus pasiones y apetencias. En efecto, la vida cristiana comienza cuando ha sido crucificada la carne. La cruz de nuestro Señor Jesucristo es entonces el único título de gloria: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gal 6,14). Finalmente, Pablo tiene una expresión más fuerte todavía en Gal 6,17: Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús, o sea, las llagas, signos de pertenencia a Jesucristo y huella de las heridas y malos tratos sufridos en su servicio.
M. C.
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