Zuloaga y Zabaleta, Ignacio
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Biografía GER
Pintor vasco no adscrito a ninguna corriente artística de la época, inspirado en las esencias tradicionales con incorporación de elementos impresionistas. N. el 26 jul. 1870, en Eibar (Guipúzcoa). Desde niño comenzó a reproducir, con pluma y lápiz, dibujos de revistas ilustradas. La afición incipiente se fue consolidando hasta culminar en la adolescencia en un conflicto familiar, ya que su padre pretendía que estudiase ingeniería. Pero la falta de afición por los libros se hizo cada vez más patente, y la decisión de seguir los caminos del arte fue prosperando, a pesar del castigo paterno que obligó a Ignacio a practicar el oficio del damasquinado y asistir a la forja del taller familiar de Eibar. Las primeras obras son ingenuas, de autodidacto, con temas de obreros junto al yunque y otras escenas de trabajo. Las únicas enseñanzas recibidas en arte se las debía a su padre, Plácido, viejo damasquinador, que dirigió los primeros pasos de Ignacio en la disciplina del dibujo y le acompañó en 1886 a Madrid, donde tuvo oportunidad de copiar en el Museo del Prado a grandes maestros: El Greco, del que mantuvo gran admiración durante toda su vida, y Velázquez. Todos los precedentes anteriores reafirmaron a Ignacio en su vocación y despejaron dudas. Sería pintor .Periodo parisiense. Después de pasar la infancia y la adolescencia en la casa paterna de Eibar, realizó un viaje a Roma, en 1889, y se instaló en un taller de la Vía Margutta, donde trabajó con dos artistas asturianos: el escultor Folgueras, malogrado modelador de esculturas, y el pintor Martínez Abades. En Roma pintó El forjador , que presentó a la Nacional madrileña de 1890. La estancia en la Ciudad Eterna fue breve, tal vez porque Roma era, en aquellos momentos, poca cosa en el arte de vanguardia. y se marchó a París, a vivir en compañía del cronista de un periódico de Barcelona, Santiago Rusiñol; un paisano vasco de Vitoria, Pablo Uranga, al que le uniría en lo sucesivo una amistad, y el crítico de arte José María Jordá. Instaló su estudio en una casa que en su día fue hogar de burgueses de suburbio: "islotes de paz discreta -en palabras de Lafuente Ferrari- que con el pasar de los años quedaron en descuidero ruinoso, como albergue propio de artistas incipientes, de febriles luchadores del arte, de fracasados sin redención y gente de turbia vida, bienhallados en esta posición marginal, frente a la corriente urbana de París, para intentar soñar su anhelada conquista".
z. en París era uno de tantos ’que emprendió la aventura del arte, buscando un estilo propio, a costa de apartarse de la familia y abandonar el taller de damasquinado y las calles estrechas de su pueblo guipuzcoano. Pintó a media luz fondos oscuros, cabezas veladas en la sombra. Allí conoció a los principales protagonistas de la pintura más avanzada. En 1891 expuso dos cuadros -Mendigo y Bulevar exterior- en la galería del marchante Le Barc de Bouteville, junto a obras de Gauguin, Van Gogh, Toulouse-Lautrec y Émile Bernard.
Z. no permaneció definitivamente en ningún sitio concreto, pasó casi toda la vida de viajero infatigable. Esto.no impide que haya unas etapas claves para comprender su obra y las posibles influencias recibidas. Dos de ellas radican en su tierra natal y en París; las otras corresponden a Andalucía y Castilla.
Periodo andaluz. La etapa andaluza la inició con un viaje en 1892 a esta tierra. "El mozuelo gitano", pintado en Alcalá de Guadaira, es una ’obra representativa del comienzo del mencionado periodo, así como los primeros lienzos de pintor maduro, entre los que se incluye el retrato de su padre, Plácido. Al año siguiente fue a Inglaterra e Italia; este último viaje, en compañía de Santiago Russiñol. A pesar de aventuras y viajes, Z. pintó siempre. Las andanzas no fueron obstáculo para enviar al Salón de la Société Nationale de París dos cuadros, que se expusieron en la primavera de 1894: El enano D. Pedro y Retrato de la abuela. En 1895 se instaló en Andalucía, donde residió tres años que significaron un ahondamiento en la vida española. Volvió seducido por una bohemia muy diferente a la de París, integrada por gitanos, romerías, guitarras y fiestas de toros, en las que intervino como lidiador. Con los cuadros pintados en Sevilla, Le Barc de Bouteville abrió una exposición con seis lienzos, sobre asuntos andaluces, que fue la primera que tuvo eco importante en la crítica de París, y, a partir de ese momento, Z. mantuvo un éxito permanente en todas sus creaciones. La etapa andaluza alcanzó el clímax en 1897, año en el que Ignacio pintó un autorretrato en traje de cazador, que destinó a ser exhibido en el Salón de la Société Nationale. Al año siguiente logró una importante distinción en España, con su cuadro Víspera de la corrida, presentado en Barcelona y premiado con medalla de oro.
Periodo castellano. Una nueva experiencia protagonizó Z., esencial para su formación artística y humana. En 1898 se instaló en Segovia y "descubrió" Castilla. Es el antagonismo de sus vivencias anteriores. De la España bulliciosa y la bohemia inquietante de París, se encuentra ahora ante una vida concentrada en una ciudad llena de sabor antiguo, silenciosa, tranquila y con un nuevo tipo de gente. Allí nacieron sus cuadros más famosos, los que le dieron renombre universal. Con el éxito y la fama; una discusión acompañó al pintor más allá de su existencia. Comenzó a decirse que Z. presentaba en sus cuadros una España falsa, peyorativa, llena de concesiones y prejuicios extranjeros. La polémica rebasó el orden estético y la orientación seguida fue consecuencia de una visión nacionalista más que una repulsa ante una creación artística determinada. El 18 mayo 1899 casó con Valentina Dethomas, de quien nacieron sus dos hijos, Lucía y Antonio, y quedó emparentado con una familia francesa de alta posición social. Ignacio era ya un. artista cotizado, y su vida se ordenaba por temporadas: pintando en Madrid, el invierno 10 pasaba en París y en otoño trabajaba en Segovia.
Proyección internacional. La primera década del s. xx corresponde a los años de proyección internacional. Presentó exposiciones en Alemania -en 1901 obtuvo medalla de oro en la Nacional de Dresde-, Hungría, Francia, donde en 1908 exhibió en el Salón de la Société Nationale Las bruias, El botero y Carmen, que le valieron ser el gran triunfador del año en París. Poco después realizó el primer viaje a América: expuso en Estados Unidos, México, Chile y Argentina. En 1912 se confirmó el éxito europeo: expuso en Viena, Dresde, Budapest, Munich y Amsterdam.
Al iniciarse la I Guerra mundial, Z. se trasladó a la recién terminada casa de Zumaya (Guipúzcoa), futuro museo de sus obras. En 1917 emprendió el segundo viaje por América, en el que su obra encuentra un amplio reconocimiento internacional. Luego, de nuevo en Madrid, pintó retratos a mucha gente aristócrata. Durante el verano de 1919 Alfonso XIII visitó, en varias ocasiones, el estudio de Z. en Zumaya. Pintó al rey de España, pero el c1,1adro ha desaparecido. Z. volvió a abandonar su retiro vasco en 1925. En compañía de Uranga, realizó un nuevo y triunfal viaje por América; presentó una exposición en las Galerías Reinhardt de Nueva York que culminó en uno de los más rotundos éxitos de un artista europeo en Estados Unidos. La siguiente exposición destacada la exhibió al año siguiente en Madrid, con motivo de la inauguración del nuevo edificio social del Círculo de Bellas Artes; se componía de 39 cuadros, entre los que figuraban algunos de los más importantes retratos pintados en Madrid. Repitió otra exposición similar en 1929, en Barcelona, que representó la definitive consagración en España, con reconocida fama entre un público que admiraba y discutía su obra.
La Guerra española sorprendió a Z. en Zumaya, pero tuvo la fortuna de salvar la familia, los cuadros y la casa. En 1936, repartió el tiempo entre España y Francia, y en 1938 envió 37 obras a la Bienal de Venecia, que Consiguieron el máximo galardón del concurso internacional: el premio ’Mussolini. Al finalizar la Guerra española, Ignacio fue objeto de admiración de altas jerarquías del Estado. Retrató a Franco y su familia, pintó a ministros y aristócratas, en tanto que el maestro eibarrés gozó de momentos de aire oficial y apoteosis pública, que culminaron con una exposición presentada en 1941, en el Museo Moderno. M. el 31 oct. 1945, en la capital de España, de un infarto de miocardio. Los años posteriores no corresponden a la fama que Z. mantuvo en vida; su figura y su obra siguen siendo polémicas; se le admira o se le ignora intencionadamente. De todas formas, no hay que perder de vista las palabras de su más destacado biógrafo, Lafuente Ferrari, que sintetizan los méritos de su creación artística: "Sólo una mirada atrás a la dura lucha ascensional que los años de la vida suponen para un hombre que no ha perdido su tiempo consuelan de la incomprensión ajena y tonifican contra los que sólo juzgan de las cosas reloj en mano para saber si nuestra hora va con la suya".
BENITO MIRAVALLES.
BIBL. : E. LAFUENTE FERRARI, La vida y el arte de Ignacio Zuloaga, Madrid 1950 (contiene bib1. y catálogo de obras del pintor); I. M. DE AROZAMENA, Ignacio Zuloaga. El pintor, el hombre, San Sebastián 1970; I. RODRfGUEZ DEL CASTILLO, Ignacio Zuloaga. El hombre, Zarauz 1970.
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