Vigilancia
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Varios
Noción. En su genuino sentido, la v. se identifica con la diligencia, por la que el hombre "por cierta habilidad de ánimo, emprende rápidamente lo que debe obrar" (S. Tomás, Sum. Th. 2-2 q47 a9). Se trata, pues, de una cualidad de la prudencia (v.), cuyo acto principal es decidir y mandar, después de deliberar y tomar consejo (cfr. ib.). Y como "conviene obrar rápidamente una vez tomada la determinación, aunque ésta se ha de tomar con calma" (Aristóteles, In VI Eth., cap. 9, n° 2), la diligencia o v. asegura la puesta en marcha y la ’realización de las decisiones de la prudencia con sagacidad y rapidez de movimiento.Ahora bien, la v., en el sentido más actual y corriente de la palabra, añade a la diligencia un matiz nuevo: el control sobre la verdad u oportunidad de las decisiones de la prudencia, para volver sobre sus pasos, si es conveniente; y el control o solicitud necesarios para que esas decisiones se estén llevando a cabo tal como se tomaron, de modo que se pueda rectificar oportunamente. En efecto, de un lado, aunque los dictámenes de la prudencia son prácticamente ciertos, tienen una certeza imperfecta, tal que no pueden excluir toda solicitud; hay siempre un riesgo en las decisiones prudenciales (riesgo que no puede ser eliminado por perfecto que sea el acto de la virtud). Y la prudencia, conocedora de este riesgo, acude de nuevo y constantemente sobre sus actos, por medio de la v., para advertir posibles errores, olvidos, etc., y remediar la situación, corrigiendo la decisión convenientemente.De otra parte, en la realización de la decisión prudente, con diligencia y prontitud, aparecen obstáculos de todo género -interiores o exteriores-, que podrían desvirtuar la decisión primera que dirige nuestras acciones; y de nuevo, la v. acude solícita para asegurarse del buen camino y advertir las posibles desviaciones. Esto quiere decir S. Agustín cuando afirma: "La prudencia está en guardia y en vigilancia diligente, no sea que, insinuándose poco a poco una mala persuasión, nos engañemos y caigamos" (De moribus Eccl., cap. 24). No se trata, pues, de una actitud negativa procedente del temor -aunque el temor de Dios es principio de toda prudencia (cfr. Prv 1,7)-, sino de una actitud eminentemente positiva, nacida del Amor eficaz hacia el bien, que mueve la prudencia: ésta es la "inteligente proa" (Claudel) que dirige la navegación; y en ella, la v. es el vigía fiel y atento que custodia la ruta y advierte los obstáculos y las posibles dificultades.El instrumento ascético con el que cuenta de modo particular la v. para realizar su cometido es el examen de conciencia (v.). Aunque esta virtud, como la misma prudencia, no puede limitarse en su ejercicio a unos momentos o actos concretos, ya que es una "constante inquietud de la mente" (Cayetano, In 2-2, q47), inseparablemente unida al actuar humano, es indudable que, dada la complejidad de la actividad del hombre y la incertidumbre a la que antes aludíamos, una virtud tan decisiva requiere tiempos o momentos propios. Tanto en los negocios simplemente humanos como en los que se refieren más directamente al último fin, el hombre se para con la frecuencia necesaria para comprobar si, efectivamente, marcha hacia la meta debida, ’o si se ha desviado de ella, para asegurarse de que no hay obstáculos nuevos o imprevistos que puedan exigir un cambio de ruta. Y este ejercicio de la virtud de la v. se realiza de modo particular en el examen de conciencia.Extensión. La v. -al igual que la prudencia- interviene en toda ordenación de los actos del hombre hacia su fin. Y en primer lugar, para ver si realmente el mismo fin al que tiende la vida es el auténtico, el verdadero, el querido por Dios: es una v. "a largo alcance", que ha de estar presente al menos dé forma implícita en todos los actos humanos, como procedentes de una íntima, última, intención recta del corazón, según la amonestación de Cristo: "¿Qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?" (Mc 8,36). Y de un modo más inmediato, "a corto alcance", la v. mira las situaciones concretas (trabajo, amistades, relaciones, lecturas, etc.) y las acciones particulares en las que se desarrolla la vida. Y es en todas y cada una de ellas la "custodia atenta y salvaguarda eficaz" de la efectiva realización de las decisiones prudentes, para que no queden desvirtuadas por peligros que proceden del interior o del exterior del hombre.Naturalmente, la v., lo mismo que la prudencia, se extiende tanto a los actos personales del hombre como a los actos de gobierno del mismo. Y lo mismo que hablando de la prudencia se dice que existe una prudencia política, social, familiar, etc., así la v., y todo lo que se dice de ella en este artículo, se puede aplicar al campo político, social, familiar, etc., en el hombre que tiene la responsabilidad de las respectivas comunidades.La vigilancia en la Sagrada Escritura. Del mismo modo que las alusiones a la prudencia son abundantes en la S. E., para asegurar al hombre un recto caminar hacia la meta, no faltan tampoco las llamadas a la v., para asegurarse de que el camino emprendido es el justo y se está recorriendo en la buena dirección. Estas exhortaciones no faltan en el A. T., pero es especialmente en el N. T. donde más abundan y es más rico y más profundo en llamadas a la vigilancia. a) En primer lugar, el N. T. hace con frecuencia una llamada a vivir en perpetua vigilia sobre la vida del hombre en general, con los ojos puestos en la realidad de la muerte, que marca el paso a la vida eterna: "Velad, pues, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor. Esto sabed, que si el amo de la casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, velaría y no dejaría abrir un boquete en su casa" (Mt 24,42; Lc 12,37); "si, pues, no vigilares, vendré como un ladrón, y no sabrás a qué hora vendré a ti" (Apc 3,3). b) No faltan tampoco exhortaciones a vigilar para no dejarse llevar de la tentación diabólica (v. DEMONIO II, 4) o de las falsas seducciones de Otros hombres: "Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces" (Mt 7,15); o para no sucumbir a las tentaciones interiores o exteriores, en los momentos difíciles de la vida: "Velad y Orad para que no entréis en la tentación; el espíritu, sí, está pronto, mas la carne es flaca" (Mc 13, 37; Mt 26,38). c) Y en esta v., el hombre no puede contar sólo con sus fuerzas, que acabarían traicionándole y no serían suficientes: "Si Dios no guarda la ciudad, en vano habrá vigilado el guardián" (Ps 126,1). Por eso debe unir la v. a la oración (v.), a la fortaleza (v.), templanza (v.) y demás virtudes: "Perseverad constantemente en la oración vigilando en ella con hacimiento de gracias" (Col 4,2; cfr. 1 Cor 16,13; 1 Petr 4,7; 2 Tim 4,5; etcétera). Y esta v., en la presencia de Dios, ha de ser constante, en todas y cada una de nuestras acciones (cfr. Ps 62,2). Y como premio de esta vigilia constante, con la ayuda del Señor, recibe la recompensa de Dios: "Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, guardando las jambas de mis entradas" (Prv 8,34).Vicios opuestos. Todos los vicios que se oponen a la prudencia son de algún modo defectos contra la vigilancia. De manera especial suelen citar los autores la negligencia o falta de solicitud debida, que procede de cierta desidia de la voluntad, "lo cual impide que el entendimiento sea impulsado y excitado a imperar lo que debe o en la forma que debe" (Sum. Th. 2-2 q54 a3). Hay también una aparente forma de v. que merece destacarse, y que podríamos calificarla de vicio por exceso: la solicitud exagerada por las cosas temporales (ib. 2-2 q55 a7), que nace de una prudencia falsa o desvirtuada.Como se ve, el cristiano debe saber compaginar virtudes aparentemente contradictorias: la justa preocupación por el futuro y la v. sobre sus actos, con la magnanimidad (V. FORTALEZA) y la audacia (v.). La v. no se opone a la magnanimidad: la aparente contradicción de la expresión "el magnánimo es perezoso y tranquilo", recogida por S. Tomás, se explica sólo por el perfecto equilibrio y armonía que se dan en el tejido de las virtudes cristianas: todas se reclaman entre sí, se compenetran bajo la dirección de la prudencia. Mas, en la naturaleza caída, este equilibrio y esta dirección de la prudencia no se darían plenamente si las virtudes teologales no dieran al cristiano la dimensión plena y los medios necesarios para su vida en camino hacia Dios.V. t.: PRUDENCIA.J. DE CELAYA Y URRUTIA.
BIBL.: S. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, 2-2 q47-55; R. GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires 1944, 625-638; J. PIEPER, La prudencia, Madrid 1957; L. E. PALAcios, La prudencia política, Madrid 1957, 93-111; M. MEINERTZ, Teología bíblica, I, Madrid 1965, 64 ss.
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