Victoria, Tomás Luis de
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Biografía GER
La vida de este gran compositor español del s. XVI presenta algunos puntos oscuros, que los especialistas aún no han aclarado. Uno de ellos es la fecha de su nacimiento. Puede fijarse entre el a. 1547-48 (era el séptimo de los diez hijos de Francisco Luis de Victoria y Francisca Suárez, casados en 1540) y el a. 1550 (V. entra el 25 jun. 1565 en el Colegio Germánico de Roma, donde se exigía para la admisión haber cumplido los 15 años). Como niño cantor en la catedral de Avila, sú ciudad natal, inicia los estudios musicales, que abarcaban desde el solfeo hasta el contrapunto superior. En Roma, considerada el centro de la polifonía y etapa obligada en la vida de todo maestro, "no sólo me dediqué -escribe a Felipe II en la dedicatoria de su Missarum Libri Duo- durante algún tiempo a otros nobles estudios, sino que empleé mucho trabajo y esmero en el arte de la música". En las clases del Seminario Romano se encuentra con los hijos de Palestrina, Rodolfo y Angel, compositores, y sobre todo entra en contacto con el padre de ellos, maestro de capilla e instructor de canto y música (66-71) de los alumnos de dicho seminario. En enero del 69 abandona el Colegio Germánico y, sin dejar sus estudios, ejerce el oficio de cantor-organista (maestro de capilla) en la iglesia española de S. María de Monserrat. En el 71 es readmitido en el Germánico como músico que enseña a los alumnos. En este mismo año sucede a Palestrina como maestro de capilla del Seminario Romano (según Casimiri a propuesta del mismo Palestrina). Aquí permanece hasta el 73 en que pasa nuevamente como cantor (maestro de canto) al Germánico. Durante estos años V. encuentra en el card. Otón Truchsess un generoso mecenas, a quien dedicará en prueba de gratitud sus Motecta (1572). El Colegio Germánico establece (75) su nueva sede en el palacio de S, Apolinar, donación, como la iglesia adjunta, de Gregorio XIII. Se crea una capilla musical, de la cual V., moderator musicae del Germánico, es nombrado maestro. Durante estos años continúa prestando sus servicios en las iglesias españolas (Monserrat, Santiago, Trinidad). El domingo 28 ag. 1575 es ordenado sacerdote en la iglesia de S. Tomás de los Ingleses. Al abandonar en el 78 el Colegio Germánico se retira como capellán a S. Jerónimo de la Caridad, donde permanecerá hasta el 7 jun. 1585; allí, durante cinco años (hasta el 83) con- vive con S. Felipe Neri y comi~nza para V. una época de intensa religiosidad, al entrar en la órbita espiritual y artística del santo.Se considera como el año más probable de su regreso a España el de 1594. Casimiri cree que se encuentra en Roma a principios del 94, basándose en la carta que Felipe II escribe (21 en. 94) a su embajador en Roma, comunicándole la concesión de un beneficio "en favor de Tomé de Victoria, clérigo presbítero dé: la diócesis de Avila y Capellán de la Sersima. Emperatriz (María), ni muy chara y muy amada hermana". Sin embargo, en un documento hallado por J. M. Llorens, fechado en Madrid (22 feb. 1587), se habla de "il Vittoria" de forma que se deduce su presencia en España. Todo se aclarará si se logra documentar la existencia de un viaje a España y regreso a Roma. Así se explicaría, también, la fecha (Romae, Idibus Novemb, 1592) que aparece en la dedicatoria de su Liber Secundus de Misas y la carta de Felipe II antes citada.
Lo cierto es que desde el 1596 vive en Madrid, ejerciendo las funciones de capellán de la emperatriz María, que en 1584 se retiró al convento de las Descalzas Reales. Al morir en 1603 la emperatriz, para cuyas exequias compuso el Officium Defunctorumy que dedicó dos años más tarde a su hija la princesa Margarita, V, continuará hasta su muerte (Madrid, sábado 27 ag. 1611) en humilde y recogido anonimato como organista de las Descalzas, donde fue enterrado. Al enjuiciar la obra y Ia personalidad de V. es indispensable tener muy en cuenta que el arco de su vida recubre casi exactamente la cronología del movimiento artístico llamado manierismo. Justamente el apogeo de este movimiento, lazo de unión, o de ruptura, entre las dos grandes manifestaciones del arte denominadas Renacimiento y Barroco, coincide con los años de la plena madurez artística de Victoria. "La posición de los jóvenes artistas con respecto al Renacimiento era singularmente complicada; ellos no podían renunciar a las conquistas del arte clásico, al mismo tiempo que eran completamente extraños a dicho sistema". Por eso trataban de disolver la regularidad y la armonía demasiado simples del arte clásico y tendían a sustituirlas por obras más subjetivas y sugestivas. "A esta ruptura con el clasicismo renacentista se llegaba, en ciertos casos, a través de una experiencia religiosa más profunda e íntima y de la visión de un nuevo mundo espiritual; en otros, por un extremado intelectualismo, o por la excesiva madurez de un gusto refinado". Sin duda que el camino seguido por V. fue la aguda vivencia de una nueva espiritualidad,
Por esto, "la expresividad de sus Motetes, y aun de sus Misas, le sitúa más allá de la estética renacentista, tan rigurosa en el estilo palestriniano". En esta espiritualidad, y en su expresión, deseada y buscada previamente, se descubre otra de las características del manierismo, en el cual "La conciencia creadora del artista interviene no sólo en la selección de los medios que corresponden a su intento expresivo, sino también para decidir la dirección de ese mismo intento". En la dedicatoria de su Libro de Misas a Felipe II escribe: "... y ya desde el principio me propuse no fijarme en el solo deleite de los oídos y del ánimo y de contentarme con este conocimiento; antes bien, mirando más allá, resolví ser útil dentro de lo posible, a los presentes ya los venideros... ¿a qué mejor fin debe servir la música sino a las sagradas alabanzas de aquel Dios inmortal de quien proceden el ritmo y la medida, y cuyas obras están dispuestas en forma tan portentosa que son la manifestación de una armonía y canto admirables?".
En la formación de su espiritualidad confluyen influencias muy potentes y varias. No puede mencionarse su patria de origen, Avila, sin asociarla a sus contemporáneos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz; como tampoco se pueden olvidar los años de formación con los jesuitas de Roma y, sobre todo, la íntima convivencia espiritual con S. Felipe Neri. Es también importante recordar que V. llega a Roma en pleno clima posconciliar tridentino. Compárese el decreto conciliar que dispone que "se ex- cluyan del templo las músicas, tanto para órgano como para canto, de contenido lascivo o profano", con las palabras de V. en la citada dedicatoria a Felipe II, y que bien pueden considerarse como su canon ético-musical: "... emprendí la tarea de poner música sobre todo a aquella parte que a cada paso se celebra en la Iglesia católica. Por lo cual se ha de juzgar que erraron gravemente y merecen ser castigados sin compasión quienes, practicando un arte muy honesto y muy a propósito para aliviar las penas y recrear los ánimos con un goce casi imprescindible, lo dedican a cantar amores deshonestos y otros indignos asuntos". Estos movimientos de renovada espiritualidad en la vida de la Iglesia los registraba su sensibilidad de artista genuino, auténticamente religioso, y los sintetizaba, como afirma Pedrell, "en un misticismo a la manera de Teresa y de Juan de la Cruz... músicos- poetas que saben hallar en la exaltación de su alma el acento de aquella música divina que, habiendo encontrado su expresión justa y sublirrie belleza en la interpretación de la divina palabra, permanece inmutable, como belleza primitiva, inspiradora de todas las bellezas posteriores".
En este juicio de V. se prescinde intencionadamente de toda comparación con los ilustres maestros de la época y de modo especial con Palestrina. Sin negar el decisivo influjo, sobre todo técnico, que ejercieron sobre él, la personalidad de V. es tan limpia, tan neta y precisa que toda comparación resultaría deformante. A su formación técnica, enriquecida con el estudio de las obras de los compositores flamencos, italianos y españoles (no olvidemos que Morales fue maestro de capilla de A vila del 1526 a 1530), V. une una singular disposición para la música (principalmente sagrada y eclesiástica), "... a la cual me siento inclinado por cierto natural instinto... Conociendo que esto se debe a una gracia y beneficio de Dios, procuré no ser del todo ingrato con Él... si enterrara el talento con que me ha dotado" (Dedicatoria de los Himnos a Gregorio XIII); "trabajé mucho en el estudio de la música, a la cual mi misma naturaleza me guiaba por un cierto secreto instinto e impulso" (Dedicatoria a Felipe II). La mecánica compositiva no tiene secretos para V. y su perfección técnica está fuera de discusión. Sin embargo, es necesario profundizar en su genial perfección, en busca de esa fuerza interior, característica del genio, que domina y condiciona los elementos materiales de que dispone, dándoles un toque de mágica y trascendente perennidad. Él mismo, con clarividencia y conciencia asombrosas, nos indica el camino, "... antes bien, mirando más allá, resolví..." (Dedicatoria a Felipe II).
Esta conciencia de su mensaje artístico a presentes y venideros es la que hace de V. el más genuino representante en el campo musical de la inquietud artística y de la problemática de su tiempo, comparable al Greco o a Tintoretto en la pintura ya Teresa y Juan de la Cruz en la mística. Este anticiparse a su época, adentrándose en las profundas interioridades del espíritu, se realiza en él, como escribe Mitjana, "por un instinto, por una intuición maravillosa; llevado por su potente genio, penetra en el elemento primordial de la música moderna, de la obra de arte del porvenir, o sea, la expresión musical de la vida interior". Instinto, intuición de los cuales es, sin embargo, bien consciente. Es justamente esta penetración del artista en un nuevo mundo espiritual la que alimenta su empuje de superación del clasicismo renacen- tista. La búsqueda de cimas más altas y aún inexploradas del expresionismo es para su alma de músico y de místico una impelente necesidad.
Como afirma A. CoIling, "música y mística son dos aberturas hacia el infinito", rara pero preciosa coinciden- cia, ya que "el misticismo auténtico es tan raro como el genio artístico y hace falta un concurso muy excep- cional de circunstancias psicológicas para que el encuen- tro de las dos facultades se realce en el mismo ser", y añade: "de Victoria se puede decir que su música es la música de la pureza mística"; en esto y por esto "rebasa a todos sus contemporáneos, por la fuerza y sobre todo por la pureza. No intentó esbozar una obra profana que proyectase su sombra sobre la obra sagrada. Nada impide en ella la ascensión de un alma que el cielo solicita incesantemente, su música es de una limpieza perpetua y absoluta. Comienza con el recogimiento, se eleva por acentos, insensible, hacia las más suaves polifonías y termina en el éxtasis, en el deliquio".
Su Oficio de la Semana Santa es la síntesis perfecta, la expresión acabada de todo lo dicho. Es música que está entre el cielo y la tierra; es el fruto de una humanidad (artista) que ha logrado entrever, por su profunda espiritualidad (místico), las inenarrables bellezas de lo divino. Es un homenaje del hombre a Dios y, a la vez, un don de Dios al hombre. La síntesis perfecta de este maravilloso dualismo es la que hace incomparable su obra. Bien significativa es, en este sentido, la intención de V. al dedicar la obra a la "... summa Deus Trinitas". Siéndo un homenaje directo a la Divinidad, parece natural que su alma sensibilísima le ofreciera el fruto que conside- raba más sazonado y auténtico. Estamos ante un compositor de raza, "músico de la sangre, de la piedad y del dolor" (Mitjana). Su música se caracteriza, como afirma Pedrell, por "la individualidad prepotente y soberana, inconfundible con ninguna otra, con subjetivos medios de expresión propios". Esto explica que algunos críticos de la época hayan clasificado su estilo de "demasiado español", o hablen de una música "con sangre mora" y lleguen incluso a definirla como "producto bastardo ítalo- español", o cosas por el estilo. Esta incomprensión da la justa medida de la grandeza y trascendencia de Victoria. Como tantas veces sucede en la historia, la crítica no logra encuadrar en sus esquemas habituales al artista y, al no aceptar ser superada por el genio, trata de clasifi- carlo utilizando comparaciones aproximativas y, en la mayor parte de los casos, peyorativas.Las palabras certeras y proféticas del Epigráma que el oratorio Juvenal de Ancina, admirador y "ya de antiguo muy amigo suyo" , compuso para acompañar los Motetes que V. dedicó al príncipe Carlos Manuel de Sa- boya, servirán de colofón a esta semblanza crítica: "Victoria te dedica sus sagradas canciones... compuestas con arte admirable. Inspiradas para ti desde el cielo... son dignas de tus oídos... Si diez veces las oyeres, tanto más te gustarán. Príncipe, jea! , no desprecies al hombre al que la Roma piadosa ensalza como gloria inmortal de sus jóvenes maestros. Cuando llegue a la madurez, ¿qué se dirá de él? Tal es Victoria, ferviente siervo de Cristo, honra y prez de su Avila natal".
Las Obras Completas de V. las publicó, preparadas por F. Pedrell, Breikopf et Hartel (Leipzig 1902-13), en 8 vol. Mons. Anglés cuidó la nueva edición crítica, de la que se han publicado 4 vol. (Roma 1965-68, CSIC). Los títulos originales de las obras de V. son: Motecta(Venecia 1572), Liber I. Missae, Psalmos, Magníficat... aliaque complectitud (Venecia 1576), Cantica B. Virginis vulgo Magníficat... una cum quatuor Antiphonis B. Virg. per annum... (Roma 1581), Motecta, (Roma 1583 y Milán 1589), Hymni totius anni... una cum quatuor psalmis... (Roma 1581), Missarum Libri Duo... (Roma 1583), Offi- cium Hebdomadae Sanctae (Roma 1585), Motecta festo- rum totius anni, cum Communi Sanctorum (Roma 1585), Cantiones Sai:rae (Dillingen 1589), Missae Asperges et vidi aquam... Liber II (Roma 1592), Missae, Magníficat, Motecta, Psalmi et alia (Madrid 1600), Officium Defunc- torum... (Madrid 1605).
M. ALONSO GÓMEZ.
BIBL.: A. COLL!NG, Música y espiritualidad, Valencia 1959; F. PEDRELL, Estudio biogrático-bibliogrático de Victoria, 8 vol. R. MITJANA, Estudios sobre algunos músicos españoles del s. XVI, Madrid 1918; H. COLLET, Victoria, París 1914; F. X. HABERL, Tomás Luis de Victoria, Ratisbona 18; J. M. LLORENS, Músicos españoles durante el s. XVI en la Cap. Pontit. de Roma, "Cuadernos de trabajo", VII, Roma 1955; R. CASIMIR!, 11 Vittoria, Psaltrium 2, Roma 1934; F. SOPEÑA, Tomás Luis de Victoria, en La Música, IV, Turín 1966; J. SOLER, Victoria, Barcelona 1983.
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