Vestido
Categoria:
Varios
En sentido lato, ropa que sirve de cobertura o abrigo y que se lleva sobre el cuerpo. Cuando el uso de un tipo determinado está reservado a un grupo específico se denomina hábito o uniforme. El hombre ha utilizado toda clase de recursos para confeccionar v., adaptando las materias primas que el ambiente podía ofrecerle. Así, los habitantes de la selva las encuentran en las plantas fibrosas típicas de las zonas calurosas. Los mongoles, turcos y antiguos habitantes de las llanuras de Asia fabricaron los primeros fieltros conocidos en la industria textil, comprimiendo fuertemente las fibras de pelo o lana. En la zona templada, cuna de la civilización, ha tenido lugar el desarrollo del v. y, con él, el de la industria textil, que aparece cuando el hombre ha pasado ya de la fase paleolítica de nomadismo a la neolítica de sedentarismo.Funciones. No agota la comprensión del v. su consideración como una prolongación del sistema térmico corporal. Es obvio que cumple la función de proteger del frío, etc., pero ello no da razón suficiente de la aparición de semejante elemento entre los hombres: si el v. es un uso común de la Humanidad, su razón de ser habrá que buscarla en factores constitutivos de la esencia humana. Una primera razón se encuentra en el sentido de la intimidad, que resulta protegida -o desamparada- tanto por el lenguaje y la vivienda como por el vestido. El cubrir el propio cuerpo significa que éste se tiene en posesión, que no está a disposición de nadie más que de uno mismo y que, por consiguiente, se está en condiciones de entregarlo a una persona o de no entregarlo a nadie. Más aún, que no es una mera cosa, sino algo que forma parte de la propia persona y que, por tanto, no debe ser usado como un simple objeto, sino vivirlo en un contacto espiritual. La indiferencia respecto al v. o al propio hogar, que a veces se han manifestado en algunas comunidades humanas, son resultado de una pérdida del sentido de la intimidad personal y, consiguientemente, del pudor (v.), provocadas por crisis espirituales, proceso de masificación o factores análogos.El v. se relaciona también con otra de las dimensiones más profundas de la personalidad humana: la creatividad. El hombre no es un mero elemento de la naturaleza, condicionado por la misma, sino ser espiritual capaz de dominar y dar un, sentido a lo que le rodea, y un sentido que trasciende a la utilidad inmediata: no se limita a lo pragmático, sino que revela su espiritualidad a través de lo que, desde una perspectiva superficial, parecería inútil e innecesario, pero que en realidad es manifestación de dimensiones radicales de lo humano. El arte (v.) y otros muchos elementos de la cultura, nacen de allí, y entre ellos el vestido. El v. es, por eso, factor de comunicación interhumana, realidad a través de la cual la manera de ser propia de una persona o de una época se expresan y dan a conocer. En esta línea de expresión de la personalidad, el hombre puede verse tentado por la vanidad (v.) a caer en exuberancias recargadas y excesivas; y ello ha ocurrido también en lo referente al v. (cabe incluso decir que, históricamente, se advierte una cierta oscilación entre épocas de exuberancia y épocas de austeridad o incluso de rigidez); sería, sin embargo, un error grave acusar de ello al v. mismo, o ver en él sólo una expresión de la vanidad, ya que entronca con realidades mucho más hondas. La escuela freudiana (v. FREUD) ha querido explicar el v. y su evolución -especialmente la del v. femenino- como condicionados fundamentalmente por el servicio al atractivo sexual; sin negar la influencia que ello pueda tener, sobre todo en algunos momentos, digamos que un tal reduccionismo es explicable sólo a partir de un planteamiento cultural y antropológico extremadamente pobre.Otro factor muy importante en el desarrollo e historia del v. es su función social. El v. tiende, en efecto, a adecuarse a la tarea y labor social que desempeña quien lo lleva; y ello tanto para facilitar la realización de los trabajos de que se trate, como para identificar mediante el v. la función y razón social del individuo que lo porta. De ahí esa variación de vestimentas que van desde el atuendo simple para el trabajo del taller, la bata del médico o del químico, etc., hasta el traje de deporte o el elegante v. que se emplea para asistir a una fiesta. Y también la existencia de v. especiales para significar la profesión u oficio (uniformes, hábitos); y el hecho de que, en determinados actos más importantes o solemnes, festivos o luctuosos (actos académicos, judiciales, cívico-políticos, etc.) se emplean determinadas prendas, emblemas, insignias (v.) estereotipadas, es decir, especialmente fijadas para esas ocasiones; realidad que se da tanto en la vida civil como en la religiosa (v. VESTIDURAS LITÚRGICAS). No cabe duda de que en ello puede haber, y hay de hecho, exageraciones p. ej., si conduce a un formalismo antinatural, si es reflejo de la existencia de clases o castas sociales cerradas o instrumento para impedir la necesaria movilidad social, etc.-, pero es, en sí mismo, manifestación de una tendencia espontánea de la naturaleza humana que acompaña a la diversificación de los trabajos y tareas y al enriquecimiento de la vida social, facilitando las relaciones entre los hombres y la dignificación de las tareas y acontecimientos sociales. Por eso dañan al vivir humano tanto una estratificación rígida como una masificación.Historia. La historia del v. es tan antigua como la del hombre y la de la moda (v.). Ante la imposibilidad de dar una panorámica de todos esos siglos y civilizaciones, nos vamos a limitar a una breve síntesis de la historia del v. en la civilización occidental. Comenzaremos por la Roma del s. I a. C. En esa época se dio un paso importante para adaptar la vestimenta a las líneas naturales del cuerpo. Tres eran las prendas que constituían el atuendo masculino y femenino: la túnica, que alcanzaba las rodillas en los hombres y el tobillo en las mujeres; la dalmática, larga y recta, que cubría la cabeza; y un echarpe de seda echado sobre los hombros y recogida por sus extremos con un broche. Los tejedores bizantinos del s. III idearon un procedimiento para obtener telas labradas y durante el mandato de Justiniano se inició, por primera vez en Occidente, la cría del gusano de seda. Tales avances tuvieron efectos trascendentales en la evolución del v. europeo. La moda bizantina y su influencia pervivieron durante muchos siglos. El v. conservaba muchas características del grecorromano primitivo: se estilaban las túnicas, mantos y sandalias, pero las telas ofrecían más vistosidad y colorido. El influjo de los bárbaros trajo consigo la difusión del pantalón como elemento del vestuario, que fue poco a poco ganando popularidad, de modo que en el s. V ya estaba generalizado su uso entre los caballeros. Hacia el s. X la influencia nórdica se acentuó en toda Europa; los borceguíes y las calzas eran prendas consagradas del atuendo masculino.Con el crecimiento de la riqueza y la ampliación de los gustos culturales en la segunda parte de la Edad Media y el Renacimiento., el v. se desarrolla, enriquece y complica. En el s. XVI la indumentaria de las clases elevadas hizo gala de gran ostentación en el adorno, reflejo fiel de una época que veía ensancharse los horizontes del mundo casi a diario. El v. femenino experimentó cambios radicales: la túnica más o menos sencilla de los siglos anteriores evolucionó hacia creaciones llenas de complicados adornos y provistas de ajustados corpiños, enormes mangas y rígidas faldas abombadas por medio de miriñaques. El v. masculino también era profuso en adornos. En Francia e Inglaterra los hombres llevaban capas cortas, jubones, cuellos doblados hacia el pecho, largas calzas sujetas por vistosas ligas a la altura de la rodilla y sombrero de ala grande y ondulada. Los zapatos eran de tacón muy alto y pala hasta la pantorrilla. Estaban de moda los guantes con múltiples adornos. En la última parte del s. XVII, la falda de medio vuelo, el ceñido corpiño, el escote bajo, las mangas hasta el codo y la gran cantidad de volantes de encaje dieron elegancia al atavío femenino. El famoso miriñaque fue eliminado del mundo de la moda hacia 1630. El s. XVII marca una austeridad en el vestir masculino, sobre todo en España desde Felipe II, que impuso la severidad de su estilo.El periodo de la Revolución francesa introdujo cambios radicales en la manera de vestir, que afectaron a toda Europa. Con la caída de la monarquía francesa, caen las pelucas empolvadas y desaparece la extravagancia en el vestir que había caracterizado el estilo de los últimos borbones. Pasó a ser aceptado el sencillo "traje de ciudadano". La mujer adopta un vestido de líneas sencillas y airosas, casi desprovisto de adornos; el cabello se lleva corto o recogido en un moño. A los empinados zapatos de 7,5 cm. de tacón les sustituyen unas sandalias enlazadas con cintas de cuero. En la indumentaria masculina, el principal cambio operado fue el paso de los calzones a los pantalones, sujetos con tirantes, y una chaqueta corta abotonada en el talle.En la primera parte del s. XIX, la indumentaria femenina continuó su evolución, siguiendo la tendencia a amoldarse a las líneas naturales del cuerpo; es, no obstante, en esta época cuando hizo su aparición el polisón. Mientras tanto el atuendo masculino experimenta escasa variación y su monotonía en líneas y colores no se ve alterada hasta la llegada del s. XX. Al comenzar el nuevo siglo las mujeres del mundo occidental usaban apretados corsés, las faldas eran largas y un cuello alto y rígido remataba el v.; el sombrero ocupaba parte muy importante en el ropero femenino. En 1921, la mujer decide acortar su falda e introduce la moda del talle caído, que dura al menos diez años. Hacia 1925 se opera una revolución en el vestir femenino: las mujeres abandonan sus corsés de ballenas, muestran sus brazos desnudos, y la falda se acorta más. La era de la revolución industrial tiene, por otra parte, grandes efectos. Las fibras sintéticas y artificiales inundan los mercados con trajes inarrugables y fáciles de lavar, siendo ello, probablemente, uno de los factores que más han marcado el vestir del hombre de hoy, ya que, al abaratarse los tejidos y aparecer nuevos colores en el mercado, se alteran las líneas tradicionales de la moda y comienza una era de cambios vertiginosos en la indumentaria: a partir de mediados del s. xx la moda cambia casi cada año y no cada mitad o cada cuarto de siglo como venía sucediendo anteriormente. La incorporación de la mujer al mundo laboral obliga a la creación de una ropa cómoda y barata también para ella. El v. gana en utilidad, no sólo en diseño. Aparecen las prendas deportivas y prácticas, que dan libertad de movimiento y prendas a la vez funcionales y estéticas tendentes a satisfacer las exigencias de una vida más activa. Los hombres han comenzado a desechar las tonalidades oscuras y los tejidos conservadores en favor de un nuevo tipo de indumentaria de mayor colorido y libertad. La fabricación en serie da lugar a una mejor uniformidad en el vestir; los grandes almacenes y la moda prét-dporter triunfan sobre las líneas de la alta costura y su precio asequible hace que las diversas creaciones puedan extenderse a distintos ambientes sociales, provocando una amplia democratización de la moda.V. t.: MODA; INDUMENTARIA.NIEVES FONTANA.
BIBL.: L. KYBALORÁ, O. MERBENOVÁ, Y M. LAMADOVÁ, Encyclopédie ilustrée de la Mode, Praga 1970; A. SIMMEL, Cultura femenina, Madrid 1961; Enciclopedia Marín, VI; I. SOLER, Diferenciar el vestido del disfraz, Barcelona 1971; C. O’SHEA, Historia y moda, "Telva" 1974; J. CHOZAS, Un mundo sin intimidad, un mundo en peligro, "Telva" 1973; VARIOS, Dress, en Encyclopedia Britannica, VII, Londres 1968, 675-684.
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