Verhaeren, Émile
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Biografía GER
Poeta y dramaturgo belga, en lengua francesa. N. en Saint-Amand-les Puers (Amberes) el 21 mayo 1855 y m. en Ruán el 27 nov. 1916. Después de haber cursado estudios medios en Bruselas y Gante se graduó en Leyes por la Univ. de Lovaina. Ejerció la abogacía, sin grandes ilusiones, en Bruselas, porque desde muy joven le había subyugado la apasionante bohemia literaria. El impetuoso ardor de Víctor Hugo le fascinó en principio, pero su ansia de libertad le hizo seguir derroteros muy varios, que se plasmaron en una obra extensa, desigual, aunque siempre inspirada y potente. Participó activamente en la renovación del panorama literario de su país. Primero, a través de la revista La Semaine; más tarde, su amistad con Camille Lemonnier, le llevó a colaborar en La Jeune Belgique y le cupo el privilegio de ser el paladín de la nueva lírica franco.belga. Su enorme vitalismo se trasvasó tanto a poemarios innumerables como a su propia existencia bohemia e irrefrenable. Avido de nuevas sensaciones, la monotonía de su entrañable paisaje flamenco no tuvo fuerza suficiente para retenerlo y en una alocada carrera vivió la febrilidad de las grandes ciudades. París, Berlín, Londres, Europa entera, fueron motivo de inspiración constante durante una larga etapa de su vida. Fruto de su creencia en el progreso y de su ansia europeísta fueron colecciones, grandiosas unas, alucinadas otras, tales Les villes tentaculaires (1895), Les forces tumultueuses (1902), La mul. tiple splendeur (1906), Les rythmes souverains (1910) y Les blés mouvants (1912). Mitigado su excesivo vitalismo, volvió a refugiarse en la soledad de su Flandes natal, donde el recuerdo de sus comienzos líricos se remansó en bellísimos poemas de amor a todos los pueblos ya los hombres. Esta ilusión se truncó con la I Guerra mundial, y fruto de la invasión de su país fue el canto desesperado de Les ailes rouges de la guerre (1917), obra póstuma del infortunado lírico, muerto trágicamente en la estación de Ruán.Un desenfrenado idealismo, visionario y espiritual, recorre sus primeras colecciones líricas; así vemos cómo pasó de un realismo crudo en Les Flamandes (Los flamencos), 1883, hasta un exaltado misticismo en Les moines (Los monjes), 1886. Esta última actitud se plasmó en una trilogía fatalista sobre el destino del hombre: Les soirs (Las tardes), 1886; Les débicles (Desastres), 1888; Les flambeaux noirs (Los antorchas negras), 1890, son buena prueba de ello. El simbolismo cósmico de la poesía francesa fin de siglo constituyó una obsesión, casi de alucinado, en los violentos poemas de Les apparus dans mes chemins (Los aparecidos en mis caminos), 1891; Les campagnes hallucinées (Los campos alucinados), 1893, y Les villages illusoires (Los pueblos ilusorios), 1894. El verso fluye potente y libre, sin trabas; sus experimentos polimétricos, la audacia de sus brillantes metáforas, constelan bellísimos poemas, donde el hombre y el paisaje se funden como en un único destino. Este excesivo vitalismo fue el que le condujo, peregrino de amor, por las ciudades de Europa, sin olvidar el recuerdo de las infinitas llanuras sombrías de su querido Flandes. Les heures claires ( 1896), el drama Les aubes ( 1898) y su extensa antología Toute la Flandre (1904-11) son remansos de paz y de nostalgia interrumpidos por su deseo de ser el cantor de todo un continente. En distintos momentos de su vida se acercó al teatro como desahogo de su extraordinaria personalidad, sí en Le cloitre ( 1900), Philippe II (1901) y Hélene de Sparte (1912).
P. CORREA RODRÍGUEZ.
BIBL. : E. STARKIB, M. A. OXON, Les sources du Lyrisme, dans la poésie d’Émile Verhaeren, París 1927; F. CASNLLO NÁJERA, Un siglo de poesía belga, Bruselas-Madrid 1931, 83-137.
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