Veracidad y Santidad de la Biblia.
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1. Introducción. 2. Dificultades y ataques contra la veracidad bíblica. 3. Doctrina católica sobre la veracidad de la Biblia. 4. Santidad de la Biblia.1. Introducción. La consecuencia formal más importante de la inspiración divina de la Biblia (v. in) es la veracidad y santidad de la Sagrada Escritura. Estas prerrogativas de la B. proceden de la naturaleza misma de la inspiración divina; en otras palabras, proceden de que la B. tiene a Dios por autor principal, verdad, sabiduría y santidad sumas, que no puede ni engañarse, ni engañarnos, ni inducirnos al pecado (v. DIOS IV, 56).La veracidad y santidad de la B. son, en parte, algo empíricamente perceptible: la simple lectura humana de los libros que componen la B. lleva a percibir el hondo espíritu religioso que los anima, así como a advertir que sus autores actúan con honradez y autenticidad. Ahora bien, entendidas no meramente así sino con toda la radicalidad con las que las profesa .la doctrina católica, presuponen la aceptación del dogma de la inspiración (v. III), y, por tanto, la aceptación de la intervención especial de Dios en la historia de la Revelación que va. desde Abraham hasta Cristo. En otras palabras, la aceptación de la veracidad bíblica en toda su extensión, tal como la Iglesia la ha confesado a lo largo de su historia, implica la aceptación de la fe cristiana en Jesús; aquí radica la importancia y gravedad del tema. La doctrina, pues, de la veracidad de la S. E. pertenece al dogma católico, como consecuencia necesaria del dogma de la inspiración divina de la B.; es doctrina mantenida siempre, a través de los siglos, por el Magisterio de la Iglesia y por la fe de los cristianos. A modo de ejemplo, he aquí las recientes palabras del Conc. Vaticano II: "Como, pues, todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación" (Dei Verbum n° 11; cfr. también: Conc. de Trento, ses. 4, De Canonicis Scripturis, Denz.Sch. 1501; León XIII, Providentissimus Deus, EB 121, 124, 126, 127 = S. Muñoz Iglesias, Documentos Bíblicos, 117, 120, 122, 123; Pío XII, Divino af flante, EB 539 = Muñoz Iglesias, Doc. Bib., 624).En cuanto a la terminología usada para significar esta propiedad de la S. E. se advierte una cierta evolución entre el s. XIX y el XX. En el XIX, en el que como veremos luego más despacio: v. 2 diversas corrientes racionalistas pretendieron imputar a la B. numerosos errores, sosteniendo que estaba en contradicción con los descubrimientos de las ciencias naturales e históricas, el tema fue enfocado por los teólogos desde una perspectiva apologética. De ahí que hablaran sobre todo de inerrancia o ausencia de error y se ocuparan muy ampliamente de mostrar la no contradicción entre la B. y las ciencias. La expresión o voz inerrancia es usada repetidas veces también por el Magisterio que va’ desde el Conc. Vaticano 1 (1870) hasta la ene. Divino Af f larte Spiritu (1943). El Conc. Vaticano II, que en su Const. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, adopta en cambio una perspectiva expositivodogmática, reitera que en la B. se contiene la verdad sin error, pone el acento sobre todo en la transmisión veraz del mensaje de salvación, y se inclina, como forma de designar esta propiedad de la B., hacia el vocablo veracidad. Es, como se ve, una diferencia de acento, no carente de interés, pero que no afecta a la sustancia.La tradición, al glosar los fundamentos de la veracidad bíblica, ha puesto de manifiesto dos fundamentales. En primer lugar, que la veracidad está en íntima relación con el fin mismo de la inspiración, de manera que son inseparables: Dios actúa sobrenaturalmente en los hagi6grafos, los inspira, precisamente para que en sus obras se refleje sin error la verdad que quiere transmitirnos; es porque Dios quiere entregarnos unos libros dotados de la cualidad de la veracidad por lo que se da la inspiración. En segundo lugar, que la veracidad está en íntima conexión con la perfección de Dios, suprema Verdad. En efecto Dios, en toda la economía de la redención, y también en la inspiración de las S. E., se ha abajado hacia nosotros, ha condescendido con la limitación de nuestra naturaleza, se ha humillado. Concretamente, por lo que se refiere a la inspiración bíblica, nos habla a través de un lenguaje humano, valiéndose, como de un instrumento, de personas humanas (los hagiógrafos) que tienen limitaciones, carecen, en ocasiones, de especialidades literarias, pueden a veces ser oscuros expresándose y, en cualquier caso, hablan un idioma concreto que no todos entienden y que hace falta traducir... Dios condesciende con todo eso, es decir, con la limitación, pero no puede condescender con lo que tiene razón de mal, como es el error. El ser Dios autor principal de las S. E. implica en éstas la propiedad de la veracidad.Como decíamos, la veracidad bíblica es un dato de fe. Una explicación teológica de la misma implica poner de manifiesto de qué manera se extiende no sólo al mensaje salvífico, que es su objeto directo, sino también a las otras afirmaciones que sobre la naturaleza y la historia humana se hacen en los libros sagrados al presentarnos el contexto en el que acontece la Revelación. Ése es precisamente el objeto del tratado teológicoexegético De veracitate Sacrae Scripturae.Finalmente, los documentos del Magisterio y de la literatura teológica suelen mencionar, al lado de la veracidad o inerrancia de la S. E., la santidad de la misma. La santidad de la B. se entiende desde diversos aspectos: por su origen principal divino, por su finalidad religiosa, etc. Pero debido a la problemática surgida, paralela en cierto modo a la mencionada sobre la inerrancia, la literatura moderna cristiana habla de la santidad bíblica principalmente en el aspecto moral: conformidad de los actos humanos, que en la S. E. se relatan, con la ley moral.2. Dificultades y ataques contra la veracidad bíblica. Aunque se han dado en la Historia cuantas veces se ha atacado los fundamentos o las mismas verdades de la fe cristiana, podemos decir, para ser breves, que las coyunturas culturales del mundo occidental han producido tres momentos especialmente críticos contra la veracidad de la B.: los ataques al cristianismo por parte de la filosofía y la sociedad paganas de los primeros siglos de los que constituye un ejemplo singular el Logos Alethes (Discurso verdadero) de Celso, y que motivaron numerosas apologías (v. PADRES DE LA IGLESIA III; APOLOGÉTICA II); el racionalismo de los s. XVII y XVIII que culmina con las polémicas del s. xix y su influjo en el protestantismo liberal y el modernismo (v.); la época actual, con la tendencia secularizarte y el movimiento generalizador agnóstico eincluso el planteamiento filosófico del ateísmo, en sus diversas formas.Con respecto a la época presente no tenemos todavía la suficiente perspectiva para poder sintetizarla; de otra parte, el tema se complica con cuestiones referentes a la filosofía de la religión y del lenguaje que se remiten a cuestiones previas a la de la veracidad bíblica, ya que afectan a la naturaleza misma del conocimiento, etc., de modo que, por lo que se refiere al tema concreto de la veracidad, supuestas ya todas las afirmaciones que implica en el dogma católico, no implican cuestiones nuevas. Por eso nos limitaremos a exponer los otros dos momentos históricos.a. El paganismo grecoromano. Ataques y calumnias contra el cristianismo se dan desde el principio. Un intento de crítica a nivel científico se da, sin embargo, por primera vez, en torno al año 150, con Celso (v.) y su Logos Alethes, que quiere someter a una crítica sistemática, con una posición de principio paladina y acremente adversa, el origen divino de la B. y la veracidad de la misma. Celso ve en la pujanza del cristianismo, introducido ya por amplios sectores de la sociedad del Imperio, el mayor peligro para la sincretista religión romana y el mantenimiento de sus instituciones y hasta para su supervivencia; el férreo monoteísmo cristiano y, en su conjunto, la fe cristiana, son para Celso un peligro terrible al que hay que destruir con toda energía. Su escrito no se sabe si produjo algún efecto práctico; de hecho no se conserva documentación que lo confirme; incluso se ha perdido totalmente, conservándose sólo a través de la refutación de Orígenes (v.) en su Contra Celso.La reconstrucción de la obra de Celso, a través de la de Orígenes, da abundante material, sin embargo, para poder establecer con precisión la argumentación de aquél. Sus ataques se dirigen primero contra el A. T.: éste dice es un rimero de falsedades, supercherías e imposibles metafísicos; las profecías y los milagros, según Celso, entran todo lo más en la línea de los mitos y oráculos de las otras religiones; Celso se esfuerza por desprestigiar todo el elemento sobrenatural del A. T. y su fundamentación histórica. Después pasa al ataque de la figura de Cristo, tal como la presenta la fe cristiana; niega que, en todo caso se hayan cumplido en él verdaderos vaticinios, que hubiera hecho verdaderos milagros...; los libros de los cristianos, en los que éstos apoyan su fe, es decir, el N. T., son, en fin, para Celso unos escritos sin valor histórico, escritos sin espíritu crítico. Las actitudes concretas de Celso y buena parte de sus reproches y de su argumentación, es curioso, se repetirán en adelante, en cierta manera conservándose sustancialmente, hasta nuestros días, sobre todo, la literatura racionalista del s. xlx, adversa a la sobrenaturalidad e inerrancia de la B., coincidirá, aunque orquestándolos con apreciaciones de alta crítica, con los argumentos antiguos de Celso.Otros dos Nombres importantes pueden ser añadidos a Celso en la antigüedad: Porfirio, un siglo después de Celso, con su obra Kata Cristianon (Contra los cristianos), y Marción (v.), contemporáneo de Celso, hereje cristiano, influido profundamente por el dualismo gnóstico. Marción no negaba el carácter divino y la veracidad de la B. indiscriminadamente, sino todo el A. T. y algunos libros canónicos del Nuevo; puede decirse que Marción es el primero en la lista de los mutiladores del Canon de la S. E. Para la historia de la Teología sobre nuestro tema, lo importante es la reacción que en los pensadores y escritores cristianos antiguos suscitaron escritos como los mencionados. Los Padres y escritores eclesiásticos reaccionaron, en efecto, desde una perspectiva teorética poniendo de relieve la realidad de Dios y su capacidad, como creador y Señor del mundo, para intervenir en la historia (es decir, criticando el panteísmo (v.), el deísmo (v.) y el dualismo (v.), más o menos larvado, que subyacía a esos ataques); y, desde una perspectiva históricocrítica, afirmando la veracidad de la S. E. y esforzándose con los recursos que les ofrecía la historiografía de la época por responder a las críticas señaladas. Como expresión característica de la actitud de espíritu con que los Padres se situaron frente a esa cuestión, podemos citar unas palabras de S. Agustín: "Si hallas algo en las Escrituras que no entiendes o te parece absurdo, no te está permitido afirmar: el autor de este libro se equivocó. Sino que debes pensar, o que el códice no concuerda con el original (es decir, que se equivocó el copista), o que erró el traductor al traducir, o que tú no entiendes bien".b. El racionalismo y la "question biblique". La compleja actitud racionalista, que cristaliza en el s. xix y empapa buena parte de la cultura europea, es resultado de la confluencia de una serie de elementos, que no es aquí el lugar de estudiar (v. RACIONALISMO; ILUSTRACIÓN; LIBERAL, TEOLOGÍA PROTESTANTE). Sin embargo, ciñéndonos a nuestro tema, habremos de decir que el criticismo filosófico kantiano en la esfera del conocimiento, y el semirracionalismo en la línea de Schleiermacher, actuando sobre la base subjetivista que habían llevado adelante los reformadores, principalmente Lutero y Calvino, produjeron en el s. XIX, con inercias hasta nuestros días, toda una gama compleja de actitudes adversas a la veracidad de la B., con gran variedad de matices. Tal situación provocó una amplísima literatura apologética cristiana y una serie de intervenciones del Magisterio de la Iglesia, desde el Conc. Vaticano I (1870), la ene. Providentissimus de León XIII (1893), hasta los documentos contra el modernismo (v.) de la época de S. Pío X (Decr. Lamentabili de 1903, Ene. Pascendi de 1907, Motu proprio Praestantia Scripturae Sacrae de 1907, Illibatae de 1910 sobre el juramento para los doctorandos en S. E., Sacrorum antistitum de 1910, etc.).En este clima intelectual, el principio general de la veracidad absoluta de la B., mantenido en cierto modo pacíficamente a lo largo de siglos de cultura en Europa, y aplicado sin especiales complicaciones, fue puesto en revisión por un sector cultural europeo que, tomando pie en los descubrimientos e hipótesis que iban formulando las ciencias naturales e históricas, afirmaban que había contradicción entre esas ciencias y los textos bíblicos, concluyendo de ahí que éstos caían en errores. Desde una perspectiva racionalista todo ello usado como un argumento que pretendía negar el origen divino de la B. reduciéndola a mero libro humano, exponente de una determinada situación cultural. Autores católicos y protestantes intervienen en el debate defendiendo la inspiración (v. III) u origen divino de la S. E., y replicando a las argumentaciones racionalistas (entre las mejores obras de la época se encuentra el estudio en dos tomos del card. Ceferino González (v.), La Ciencia y la Biblia; Madrid 1881, cuyo prólogo, extenso y programático, anticipa algunos de los aspectos tocados por León XIII en la ene. Providentissimus Deus). Resultado de toda esa polémica y estudios (a los que a veces se designa, a raíz de un artículo de Mgr. D’Hulst, como "question biblique") fue un desarrollo del tratado sobre la veracidad de la S. E., precisando cómo se extiende a las cuestiones físicas e históricas. Tratemos esos dos puntos.a) La Biblia y las ciencias físicas. El tema es antiguo conocido en la época patrística, es muy tratado, no siempre con acierto, en la época del Renacimiento, pero reverdece en el s. xix. Traído a la palestra por críticos racionalistas, algunos exegetas y teólogos replican situándose no pocas veces en el mismo terreno y en las mismas perspectivas interpretativas de los adversarios: de este modo surgió la actitud o método del concordismo, que se caracterizó por el intento de hacer concordar los datos de la B. con los de las ciencias. Hubo verdaderos prodigios de ingenio para acoplar, p. ej., el esquema de los seis días de la creación de Gen 1 con las edades geológicas, buscar la localización del paraíso terrenal o el monte donde se habría posado el arca de Noé.Pero proceder así era seguir un camino equivocado, como advirtieron los mejores teólogos y sancionó el Magisterio. Suponía, en efecto, no tener presente que Dios no ha inspirado las sagradas páginas para explicar a los hombres la íntima naturaleza de las cosas (cuestiones que deja a la investigación de los hombres, a los que ha dotado de las facultades para irlo logrando), sino las verdades religiosas en orden a la salvación; y que si los autores sagrados, al hablar de esas verdades, aluden a las cuestiones naturales, como no puede ser menos, lo hacen con arreglo a los usos del lenguaje común en el tiempo en que respectivamente han vivido. Con ese lenguaje nos hablaron infaliblemente de las verdades religiosas, de parte de Dios y bajo el influjo de la divina inspiración; de otro modo, ni ellos hubieran podido expresarse ni sus lectores entenderlos; aún hoy día en el lenguaje común se dice que el Sol "sale" o "se pone".La actitud del lector de la B. y la labor del intérprete es, en primer lugar, encontrar el sentido que los autores sagrados quisieron dar y dieron a sus palabras: cuando éstas pertenecen a estadios tanto más antiguos de la humanidad puede que a veces nos parezca que presuponen un ambiente cultural en el que había unas ciencias naturales poco evolucionadas. Pero sería absurdo tomar pie de ello para acusar de error a la B.: ¿de qué otro modo podrían haberse expresado los hagiógrafos sin constituir un enigma incomprensible, indescifrable durante siglos y siglos? Ni era cometido de la inspiración bíblica enseñar a los hagiógrafos hasta convertirlos, muy anticipadamente, en los mejores científicos de la humanidad postrera, lo que repetimos los hubiera convertido en ininteligibles para sus contemporáneos.Estas ideas que exponen varios teólogos y exegetas de principios de siglo no eran cosa nueva en la doctrina tradicional de la Iglesia ni en la enseñanza de sus teólogos: ya S. Agustín decía que "no se lee en el Evangelio que el Señor haya dicho: os envío el Paráclito, que os enseñará acerca del curso del Sol y de la Luna; sino que quería hacerlos cristianos, no matemáticos" (De Actis cum Felice Man. 1,10: PL 42,525). S. Juan Crisóstomo, por su parte, en varios lugares de sus libros, habla de la synkatábasis o condescendencia divina, por la cual Dios condesciende a hablar con los hombres al modo humano, para que éstos lo entiendan; y de la misma manera que el Verbo de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, así la palabra de Dios en la Escritura se ha hecho semejante a la de los hombres en todo, excepto en el error (cfr. In Genes. 1,4: PG 53,3435; In Genes. 2,21: PG 53,121; In Genes. 3,8: PG 53,135; Hom. 15 in Ioh. ad 1,18: PG 59,97 s.). S. Tomás conoció muy bien esta doctrina, llegando a afirmar que "en la Escritura, las cosas divinas se nos dan al modo que suelen usar los hombres" (Comment. ad Hebr., cap. I, lect. 4) y "Moisés hablaba a un pueblo rudo, y condescendiendo con su simpleza sólo les propuso aquellas cosas que aparecen obviamente a los sentidos..." (Sum. Th. I q68 a3 in c.).El Magisterio eclesiástico, antes del pontificado de León XIII es parco en declaraciones sobre el tema de la inerrancia; pero a partir de esa época, los documentos son abundantes y muy precisos. Así, p. ej.., la ene. Providentissimus (1893) de León XIII, aludiendo expresamente a la doctrina de S. Agustín y S. Tomás, afirma que no quiso Dios enseñar a los hombres la íntima constitución y dinamismo del mundo visible, por dos razones: porque el conocimiento de esas cosas no afecta directamente a la doctrina de salvación, y porque precisamente esas cuestiones las ha dejado a la libre investigación de la ciencia humana; por esta causa, los hagiógrafos aluden a los fenómenos naturales usando las expresiones corrientes de su época yr área cultural, que por pertenecer a épocas antiguas ?suélán acomodarse a las apariencias externas y no a las teo;Ias y experiméftaciones de la ciencia moderna (cfr. EB 121). Pocos años más tarde, la Pontificia Comisión Bíblica, en su Respuesta de 30 jun. 1909 acerca del carácter histórico de los tres primeros cap. del Génesis, insistía en la misma doctrina: "no habiendo sido la mente del autor sagrado, al escribir el primer capítulo del Génesis, enseñar de manera científica la íntima constitución de las cosas visibles y el orden completo de la creación..." (EB 342). De modo semejante Benedicto XV en la enc. Spiritus Paraclitus (1920) (EB 455); Pío XII en la enc. Divino afflante (1943) repitió sustancialmente la doctrina de León XIII (cfr. EB 539).La solución es, pues, clara: la Escritura no pretende darnos directamente enseñanzas en materia de ciencias físiconaturales; los hagiógrafos se expresan al respecto en lenguaje sencillo, que refleja las apariencias externas y sensibles, sin pretender entrar en la descripción o análisis profundo de los fenómenos; en ello no hay error, sino simple utilización normal del lenguaje; ciertamente se caería en error si se pretendiera dar a esas afirmaciones un alcance científico, pero entonces el error no está en la B. sino en quien la lee con una perspectiva equivocada.b) La Biblia y las ciencias históricas. Durante siglos la B. fue prácticamente la única fuente de conocimiento de la historia de Oriente por parte de la ciencia europea. Los progresos en el conocimiento de la arqueología, filología, etc., del Antiguo Oriente medio y próximo, así como la penetración en la historia antigua del hombre y en la prehistoria, presentaban una figura progresivamente más precisa de los remotos periodos históricos en los que se insertan los orígenes de la historia bíblica. La concordancia entre esos nuevos datos y los que ofrecía la B. no siempre resultaba clara. De la antigua actitud de tomar como datos científicohistóricos gran parte de relatos bíblicos, se pasó, en algunos se?Y, res culturales europeos, a desconfiar radicalmente de la historia bíblica. Y los ambientes racionalistas toman de nuevo pie de esos hechos para su crítica del carácter divino de la Biblia.Apenas se reflexiona sobre el tema, se advierte que la cuestión es aquí más complicada que en lo referente a las ciencias físicas: la descripción de la naturaleza es un mero presupuesto para las enseñanzas religiosas que en la B. se dan, mientras que en cambio la historia está intrínsecamente ligada con el mensaje central de la B., ya que ésta además de una revelación de verdades absolutas sobre Dios, el hombre?etc., es la narración de la interveá= ción misericordiosa de Dios en ciertos momentos y áreas de la historia humana (v. REVELACIÓN II y III), de modo que grandes dogmas y algunos fundamentos de la religión cristiana están enraizados muy concretamente en la historia. De ahí la gravedad de la posición adoptada por algunos autores que, influidos por ideas racionalistas o carentes del vigor y la hondura intelectual necesarios para reaccionar frente a ellas, optan por renunciar a todo intento de defender el valor histórico de las S. E. sosteniendo que lo único que importa en ellas es la experiencia o el testimonio de fe. Tal es, en resumidas cuentas, la postura del protestantismo liberal (v. LIBERAL, TEOLOGÍA PROTESTANTE), del modernismo (v.) teológico y, más recientemente, la de quienes, de un modo u otro, se vinculan al proyecto de desmitologización (v.) bultmaniana. Desde esa perspectiva el problema del valor histórico de lasnarraciones bíblicas y el de su concordancia con las fuentes históricas asirias, etc., desaparece; pero desaparece a la vez la B. misma y se produce una ruptura insalvable entre el creyente y el científico. Desde la perspectiva de la fe esa posición se presenta claramente como un fideísmo (v.) producto de una falta de radicalidad creyente. Desde el punto de vista científico como una huida precipitada y absolutamente injustificada, ya que nada autoriza a negar todo valor documental a los textos bíblicos.
Se debe, en suma, dejar claro el valor histórico de las narraciones bíblicas (como lo ha hecho el Magisterio de la Iglesia, desde la enc. Providentissimus Deus hasta la Const. Dei Verbum). Más aún, es necesario ser consecuentes en este punto. Es ello lo que lleva a rechazar los intentos explicativos propuestos por algunos autores. Nos referimos concretamente a la posición de quienes pretendieron restringir el campo de la inspiración divina y, consiguientemente, de la inerrancia bíblica, a las materias de fe y costumbres: así A. RShling en su artículo Dio Inspiration der Bibel und ihre Bedeutung f ür die f reie Forschung (en "Natur und Offenbarung" 18, 1872, 97108) y F. Lenormant en sus obras Les origines de 1’histoire d’aprés la Bible et les traditions des peuples orientaux (2 vols., París 188084) y Manuel Xhistoire (París (1869). A éstos, con diversas matizaciones, siguieron otros como S. Di Bartolo en Italia (1888), M. D’Hulst en Francia (1893) y, con ciertas reservas el card. J. H. Newmann en Inglaterra (1884), que proponía una teoría, menos extrema, sobre las cosas dichas en la B. "de pasada", obiter dicta, en las que no habría por qué exigir la inspiración divina ni, por tanto, la inerrancia (como que el perro de Tobías movía la cola, que Pablo dejara su capote en Troade, etc.). En realidad ello equivale a negar la inspiración introduciendo una separación artificial entre partes del texto bíblico, a la que nada autoriza. Cosas parecidas pueden decirse con respecto a otras teorías como la llamada de las apariencias históricas (según la cual los escritores sagrados habrían recogido lo que sus contemporáneos pensaban sobre lo históricamente acaecido, pero sin garantizar su verdad) o de las citas implícitas (según la cual los hagiógrafos habrían en muchos lugares recogido documentos anteriores, limitándose a citarlos, sin dar fe de su veracidad). Ambas, en efecto, destruyen por entero la veracidad bíblica en materia histórica (la teoría de las apariencias históricas fue rechazada por León XIII en la Providentissimus Deus y por Benedicto XV en la Spiritus Paraclitus; la de las citas implícitas por una respuesta de la Comisión bíblica de 1905 y la enc. Spiritus Paraclitus).La verdad es que la S. E. se refiere a la historia, narra hechos históricamente acaecidos y su testimonio debe ser aceptado no sólo en lo que se refiere a los aspectos salvíficos sino a los hechos de la historia llamada profana relacionados con esos acontecimientos salvíficos. A la vez, y para evitar falsos problemas, conviene no olvidar la peculiaridad de la historia bíblica, a fin de no caer en el error que supondría leerla con otros ojos. Sin pretender ser exhaustivos, señalemos tres puntos importantes:a) Los libros que componen la S. E. narran la historia desde una perspectiva religiosa: se refieren a hechos realmente acaecidos no con la intención de mostrarnos el desarrollo de una cultura o la evolución de una determinada política, sino con la de poner de manifiesto las intervenciones misericordiosas de Dios y la respuesta del hombre a la llamada divina. De ahí que, comparados con una historia política, presenten a veces grandes lagunas, subrayen datos que desde otra perspectiva podrían parecer irrelevantes etc. (hecho que, por lo demás, no es exclusivo de la B.: una historia del arte sumerio presentaría claras diferencias con una historia de la política sumeria, aun refiriéndose ambas a los mismos periodos).
b) Deben tenerse presentes los usos literarios y las formas de expresión propias de la época. Así p. ej., los números tienen a veces en la B. valor simbólico, cosa perfectamente conocida por los contemporáneos de los hagiógrafos y que a nadie inducía a error (v. NÚMERO II); las genealogías no pretenden dar una sucesión detallada de ascendientes, sino mostrar la pertenencia de una persona a un determinado tronco, por lo que no tienen inconveniente en dar saltos por una u otra razón (v. GENEALOGÍA II), etc.c) Hay que atender al género literario propio del libro de que se trate, ya que obviamente no es la misma la forma de expresarse en un libro narrativo que en uno poético. Esto puede presentar a veces cuestiones delicadas, al momento de determinar si un libro es o no histórico, pero el tema trasciende a la presentación general que aquí queremos hacer. Limitémonos por eso a decir que como aconseja la prudencia y ha señalado claramente el Magisterio antes de sostener que no es plenamente histórico (sino dramático, didáctico, etc.) un libro que tradicionalmente ha sido presentado como tal debe contarse con solidísimas razones.3. Doctrina católica sobre la veracidad de la Biblia. La sucinta reseña que hemos expuesto acerca del desarrollo histórico (ataques a la veracidad, respuestas del Magisterio y de la Teología a las dificultades, y progresivo profundizamiento y explicitación de la doctrina católica, muchas veces con ocasión de las mismas dificultades planteadas) permitirá ahora entender el alcance de la doctrina católica sobre la veracidad de la S. E., que resumimos a continuación.1) La veracidad de la B. es una afirmación confesada por la Iglesia desde los orígenes hasta nuestros días ininterrumpidamente. Pertenece al depósito de la fe cristiana. y se explica como consecuencia necesaria de la verdad de la inspiración divina de la S. E.2) Como la misma inspiración bíblica, la veracidad se extiende a todo el contenido de la B., que ha sido inspirado por Dios a los hagiógrafos que escribieron los libros santos en el seno de la Iglesia, tanto neo como veterotestamentaria, libros que han sido entregados a la Iglesia de Jesucristo. Se trata de una verdad absoluta, dada con vistas a la salvación de los hombres y proveniente del mismo Dios.3) El fin de la inspiración divina es la composición de unos libros en los que conste con verdad el mensaje de salvación que Dios ha querido revelarnos. Podemos y debemos acudir a la S. E. con la seguridad, nacida de la fe, de que en ella Dios nos habla comunicándonos su verdad salvífica, dentro de la que se comprenden tanto verdades de orden metafísico (realidad de Dios, inmortalidad del alma humana...), como hechos o acontecimientos históricos salvadores (acciones en favor de Israel, la Encarnación del Verbo, la muerte de Cristo en la Cruz, su Resurrección...), promesas (el anuncio de la Parusía o segunda venida de Cristo, la resurrección de los cuerpos, la visión beatífica para quienes mueran en gracia...) y exigencias éticomorales (el doble precepto de la caridad...). Todo ello, al estar afirmado en la B., está afirmado por Dios, que es su autor, y, por tanto, nos consta su absoluta verdad.4) La inspiración y la veracidad se extienden a toda la S. E., de modo que carece de sentido pretender distinguir partes o sentencias dentro de ella. Sí es en cambio legítimo, más aún necesario, tener presente la intención de los hagiógrafos y de Dios, ya que la intención del autor define el tono de una obra y debe ser tenida presente al leerlo e interpretarlo. La B. es un libro de naturaleza religiosa, en ella no se pretende directamente ni transmitir una enseñanza sobre el funcionamiento de la naturaleza física ni informarnos sobre la historia cultural humana, sino referirnos las magnalia Dei, las obras grandes hechas por Dios para llevarnos a la intimidad con Él. Al hacer eso, al narrar la historia de la salvación y todo lo que implica, en la B. se hace referencia a la naturaleza física y a la historia política o cultural, pero no como objeto directo, sino como contexto de la historia de la salvación. De ahí derivan dos importantes consecuencias:a) No siendo intención de Dios ni de los hagiógrafos ilustrarnos sobre la íntima constitución y dinamismo de los seres que componen el mundo físico, hablan de ellos según las apariencias sensibles, lo que aparece a los sentidos y refleja el lenguaje popular y ordinario, sin entrar en mayores determinaciones.
b) Los hechos de la historia de la salvación están en íntima conexión con acontecimientos de la historia humana, de la que son inseparables (Cristo nació en una coyuntura histórica concreta, etc.); de ahí que los hagiógrafos quieran, al citar hechos de la vida cultural o política, referirse a acontecimientos realmente acaecidos y no a meras apariencias. Se nos garantiza, pues, su realidad. Al leer las narraciones históricas de la B. conviene no olvidar su perspectiva religiosa, ya que eso explica que acentúen algunos puntos y dejen en segundo lugar otros, que haya lagunas en la sucesión temporal, etc.5) Fundamental es tener también en cuenta el principio de los géneros literarios en la B.: la verdad de un escrito viene especificada, entre otras cosas, por el carácter literario del mismo: una parábola, p. ej., una poesía, etc. tienen un modo de significar distinto del de una crónica histórica. Por tanto, los libros y pasajes de la S. E. deben ser interpretados con arreglo al género literario y demás circunstancias que los caracterizan en concreto (v. IV).4. Santidad de la Biblia. Consideramos aquí la santidad de la B. en cuanto adecuación de los actos humanos a la ley moral. En torno a este tema, que no presenta mayor dificultad (la altura espiritual de la B. es patente), suele a veces plantearse como cuestión el hecho de que en ella, al narrar el comportamiento humano, se mencionen pecados y desviaciones en los que incurren no sólo personajes malvados, sino, en ocasiones, los mismos patriarcas, etc. La perspectiva fundamental que hay que tener en cuenta es el carácter progresivo de la revelación bíblica: Dios, como sabio pedagogo, no ha ido exigiendo a la humanidad más allá de lo que ésta podía ir dando;. es otro aspecto del principio de la synkatábasis o condescendencia divina. Así, p. ej., ha de considerarse como un gran progreso en la moralidad social el principio del talión, introducido en la ley mosaica: el "ojo por ojo y diente por diente" limitaba los interminables desquites de la ley de la venganza, en uso entre los pueblos nómadas y seminómadas del antiguo Oriente Medio, de los cuales nació el pueblo de los patriarcas hebreos (v.); constituía, pues, la ley del talión un gran avance en los modos de la justicia frente a la cruel costumbre de la venganza. Igualmente, las medidas muy restrictivas de la ley mosaica sobre el divorcio venían a proteger profundame*te el estatuto social de la mujer en aquel entonces, suprimiendo progresivamente la poligamia sin límites del régimen tribal se preparaba el camino hacia la monogamia y la igualdad de derechos humanos. De este modo, desde los estadios más primitivos de la moralidad israelítica hasta la santidad evangélica, la revelación bíblica ha recorrido el largo camino que va desde las imperfecciones de los comienzos de la historia bíblica hasta la perfección final de la santidad moral vivida y enseñada por Jesucristo (v. LEY VII, 34).Otra perspectiva importante a tener en cuenta es que la B. recoge la experiencia religiosa progresiva del pueblo elegido y de sus personajes principales hasta llegar a Jesucristo. Pero ningún hombre es absolutamente santo, sólo Dios lo es, y por ello sólo Cristo, Dios hecho hombre, es sin pecado: aun los más grandes patriarcas, profetas y reyes de Israel tuvieron sus imperfecciones y hasta sus caídas. Dios nos enseña en la B. el camino de la santidad no sólo con los ejemplos de virtud heroica de los hombres, sino también con la lección de sus debilidades, limitaciones y vicios. Y en la B. aparecen todas estas actitudes humanas, calificándolas moralmente de moda explícito las más de las veces o situando al lector, las menos, en condiciones fáciles de dar él su propio juicio moral recto.,También hay que situarse en una perspectiva histórica para entender en su justo valor ciertas formas de expresar los sentimientos de los personajes bíblicos: no en todos los tiempos y culturas la sensibilidad es la misma. Y así, ciertas manifestaciones que aparecen en los libros del A. T. podrían parecernos muy fuertes 0 menos correctas, si no se sitúa el lector en el medio socia! antiguo en que fueron escritas. Aquí viene muy a propósito la enseñanza de S. Teresa, Doctora de la Iglesia, referida, en concreto, al Cantar de los Cantares: "Pareceros ha que hay algunas (palabras) en estos Cánticos, que se pudieran decir por otro estilo. Según es nuestra torpeza, no me espantaría; he oído a algunas personas decir que antes huían de oírlas. ¡Oh, válame Dios, qué gran miseria es la nuestra! Que como las cosas emponzoñosas, que cuanto comen se vuelve en ponzoña, ansí nos acaece que de mercedes tan grandes como aquí nos hace el Señor, en dar a entender lo que tiene el alma que le ama, y animarle para que pueda hablar y regalarse con Su Majestad, hemos de sacar miedos, y dar sentidos conforme al poco sentido del amor de Dios que se tiene" (Conceptos del amor de Dios, I). V. t.: INTERPRETACIÓN II; VERDAD; RAZóN II.
J. M. CASCIARO RAMÍREZ.
BIBL.: 1. Documentos pontificios: CONC. VATICANO II, Const. Dei Verbum, 1965; PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Instrucción Sancta Mater Ecclesia, junio 1964, sobre la veracidad histórica de los Evangelios; Pío XII, Enc. Humani generis, 1950 (EB 611618); PONT. COMISIÓN BÍBLICA, Carta al card. Suhard, de 1948, sobre el carácter histórico y la autenticidad mosaica de los 11 primeros capítulos del Génesis (EB 577581); Pío XII, Enc. Divino afflante Spiritu, 1943, estudio de conjunto sobre la S.E.; BENEDICTO XV, Enc. Spiritus Paraclitus, 1920, orientaciones acerca de la naturaleza y del estudio de la S. E. (EB 444495); S. Pío X, Enc. Pascendi, 1907, sobre los errores modernistas (EB 257282); PONT. COMISIÓN BÍBLICA, Respuestas 3a, 4a, 6°, 8a, 9a y Ha, de 1906 a 1913, sobre autenticidad y veracidad de algunos libros sagrados (EB 181184, 187189, 336343, 388394, 395403, 406411); LEóN XIII, Enc. Providentissimus Deus, 1893, sobre los estudios bíblicos y la naturaleza de la S. E. (EB 81134); CONC. VATICANO I, Const, Dei Filius, 1870, sobre la fe católica y la divina revelación (EB 7680); Pío IX, Syllabus, 1864, colección de errores modernos, especialmente el na 7 (EB 75); Pío IV, Profesión de fe tridentina de la Bula Iniunctuin nobis, 1564 (EB 73). Pueden verse también estos documentos en
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