Van Gogh, Vincent
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Biografía GER
Vida. Pintor holandés, n. el 30 mar. 1853 en Groot Zundert, Brabante. Hijo del pastor protestante Theodorus Van Gogh y de Anna Cornelia Carbentus; éstos habían casado en 1851 y tendrían posteriormente otros cinco hijos, uno de ellos, Théo, el principal amigo y confidente del artista. Vlncent, luego de hacer sus estudios primarios en la escuela de la aldea natal, los continúa, de 1865 a 1869, en Zeven- bergen, el último año en que pasa a La Haya para encargarse de la sucursal, en dicha ciudad, de la casa Goupil, con lo que se familiariza rápidamente con la pintura. En 1873 es trasladado a la sucursal de la misma firma en Londres, donde una contrariedad amorosa comienza a ensombrecer su vida. En la primavera de 1875 es trasladado a París, esta vez a la central de la casa Goupil, con la que rompe poco después, acusando a los marchantes de ladrones.En esos momentos, su interés hacia la pintura es compartido por crisis de misticismo religioso. En 1876 acepta un modesto empleo pedagógico en Ramsgate e Isleworth, Inglaterra, y en 1877, luego de haber trabajado como comisionista de librería, marcha a Amsterdam con propósito de ingresar en Ia Facultad de Teología. Abandona los estudios en 1878, y en noviembre actúa como misionero evangélico en la región minera del Borinage, compartiendo las miserias de los trabajadores. En 1879 actúa como pastor en Wasmes, y en 1880, un tanto alejado de su idea religiosa, acuerda dedicarse exclusivamente a la pintura. Estancias sucesivas en Etten, La Haya y Drenthe, en las que simultanea la pintura con ávidas lecturas y amoríos insensatos y desastrosos. De 1885 datan sus Comedores de patatas, cuadro casi monocromo, en el que es patente el influjo de los intimistas holandeses sescentistas. Documento tanto más decidor de la violencia de su inmediata evolución, ya que, descubierto Rubens, marcha a París y se enamora de las gamas encendidas.
En la capital francesa frecuenta el Louvre y asiste a las clases de la Acad. Cormon en 1886. No tarda en trabar contacto con Toulouse-Lautrec, Degas, Pissarro, Signac, Seurat, Gauguin y Bernard, apasionándose por la nueva estética y coleccionando estampas japonesas. En febrero de 1888, siguiendo consejos de Toulouse-Lautrec, marcha a Arlés, pintando también en otras localidades del Midi. El 20 oct. 1888 llega Gauguin a Arlés, pensando en un trabajo común, que no tendrá lugar, y sí violentas discusiones y diferencias entre ambos artistas, culminando, el 23 de diciembre, con las amenazas de v. G. a Gauguin, la automutilación de la oreja izquierda y el envío del despojo sangriento a una casa de prostitución. Naturalmente, Gauguin huye, y v. G. ha de hacer frente a la hostilidad de la población. Es internado en el asilo de Saint-Remy y cuidado por el Dr. Rey en sus intermitencias de lucidez y de declarada demencia. En 1890 parece encontrarse mejor. Marcha a París, trabaja activamente y fija en mayo su residencia en Auvers, que pinta amorosamente. Pero está lejos de encontrarse curado de su frenesí. La tarde del 27 de julio, en el campo, se dispara un tiro de revólver en el pecho, y m. dos días después, el 29.
Obra. Siendo por completo desconcertante tan agitada biografía, I() parecerá más si recordamos que es la de un hombre bien joven, de 37 años, por una parte; por otra, que este absoluto maestro de la pintura, tan precursor del arte novecentista como Cézanne y Gauguin, sólo ha sido pintor actuante durante el plazo, inverosímilmente breve, de seis años, bien que fecundísimos casi todos. Como si poseyera el presentimiento de su temprano final, como si comprendiera su desequilibrio y su incapacidad para conducirse normalmente, advierte la necesidad de producir sin descanso, movido por una ardiente impaciencia tan patológica como todas sus otras reacciones. Pero aún es más sorprendente comprobar que lo más nutrido y sustantivo de su obra data de riada más que tres años, los de 1888, 1889 y 1890. ¿Razones? Para este hombre de un país de brumas y de un caos total de pensamiento, no importa que perpetuamente religioso y bien intencionado, el descubrimiento del Sur, del sol, de la alegría, resultó ser de tal categoría de impacto que parecía que le iban a arrebatar tales riquezas, por lo que se apresuró a gozarlas. Hay que preguntarse qué habría acaecido al conocer Andalucía o Nápoles. En cualquier caso, era demasiado contraste para su largo complejo de frustraciones y congojas, de titubeos e indecisiones. Pero abandonemos estas consideraciones para acudir a lo que más importa, a la inspección y valoración de su obra infinitamente hermosa y fascinadora. Para enfocarla en sus justos términos, convendrá declarar que en ningún caso hubiera podido nacer en la patria Holanda, y es posible que ni tan siquiera en París. Por lo menos, de seguir en el Norte, se hubiera tratado de una pintura diferente, oscura, sin duda muy trabajada, pero regularmente interesante.
Las preocupaciones sociales que se advierten en el cuadro ya mencionado de Los comedores de patatas o en El telar, de un año antes, preocupaciones que mataban el goce colorista y que contenían gran cantidad de asunto -no olvidemos que uno de los pintores primeramente reiterados por v. G. era Millet-, acaso hubieran llevado al holandés a ser un oscuro secuaz del autor de El Angelus. Por fortuna, no es así, y en París se aclara su paleta, es de suponer que no tanto por conexión con el grupo impresionista acabe afirmar que V. G. nunca fue un impresionista convencido de las razones ópticas de este movimiento- sino por el evidentísimo influjo de la estampa japonesa, ya este propósito vale la pena destacar el retrato Tío Tanguy, hacia 1886, en que el modelo destaca sobre una pared materialmente cubierta de estampas del Japón. Pero incluso esta predilección y sus consecuencias palidecen ante el descubrimiento de Arlés y de la nueva atmósfera.
Nadie debe escandalizarse si afirmamos que, entonces, el artista, ebrio de color, descuida en muchas ocasiones el dibujo y la perspectíva para subordinar toda la expresión del lienzo -el expresionismo, se pudiera decir con más razón- a la seducción del color. ¿De todo color? , cabría preguntarse; de todo color, pero muy concretamente del atribuido al sol, es decir, el amarillo, el que no había existido en sus cuadros obreristas de la primera etapa. V. G., en sus lucubraciones y correspondencias con su hermano Théo, identifica al sol -y, por extensión a cualquier luz, a cualquier lámpara- con el amarillo. Este color se convierte en su obsesión. Es el de mieses, el de los exteriores de las casas, el de muchas flores, el del resplandor que proyectan en el café nocturno unas disparatadas y modestas lámparas. Un tanto absurdamente, uno de sus mejores retratos, el de la llamada Arlesiana (Nueva York, Metropolitan Museum), recorta la figura sobre un fondo amarillo plano, de total audacia. Como quiera que los otros colores primarios, el rojo y el azul, salen de los tubos con el mismo ímpetu, el resultado general cromático es de la más impresionante viveza.
Resulta increíble que obra tan apasionada, tan encendida -también tan irregular y arbitraria- naciera 10 ó 12 años antes de concluir el s. XIX, con la exacta consecuencia de que el glorioso y demencial pintor, del que hoy sería imposible hallar una obra aun depositando millón tras millón, no fue capaz, durante su corta vida, de vender más que un solo cuadro, La viña roja, en la exposición abierta en 1890 por el grupo de "Los XX", de Bruselas. y aún más, ,en nuestros días, siendo muy inferior la producción de v. G. a la masiva demanda de sus obras, puede afirmarse que ha sido el pintor más abundantemente, y aún más groseramente falsificado, acaso sólo a continuación de Corot.
Lo que no es posible falsificar es la autenticidad perenne de su obra cierta, tanto más cierta cuanto más irregular y frenética en su aspecto, cuales son sus autorretratos, especialmente estimable aquel en que se muestra vendado, luego de haberse mutilado la oreja (Chicago, Col. Block); los retratos de la Arlesiana, del cartero Rollin, del Doctor Gachet y del vigilante jefe del Hospital Saint-Paur; Los olivares de Arlés, los vergeles y el fantástico impromptu de La noche estrellada, honor del Metropolitan Museum de Nueva York; y su habitación arlesiana, y el patio de su asilo, y esa maravillosa Iglesia de Auvers, más exacta que la mejor y más fiel fotografía. Obras todas mediante una repentización genial, que se adivina brevísima, exenta de estudios previos, magníficamente irregular. Mucha es la gloria que merece v. G. por su labor, pero acaso sea más amplia la que le corresporide al haber marcado el camino a todo un cuantioso capítulo posterior, el del expresionismo europeo del s. xx.
I. A. GAYA NUÑO.
BIBL. : V. VAN GOGH, Cartas a Théo, Barcelona 1972; A. JUNYENT, Vida y tragedia de Vincent Van Gogh, Buenos Aires 1963 ; CH. ESTIENNE y CH. SIBERT, Van Gogh, Barcelona 1967; P. CABANNE, Van Gogh, Madrid 1970; L. MASINI, Van Gogh, Barcelona 1972.
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