Valera, Juan
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Biografía GER
Escritor y diplomático español, Juan Valera y Alcalá Galiano n. en Cabra el 18 oct. 1824 y m. en Madrid el 18 abr. 1905. Figura clave de la novela realista del s. XIX, crítico sagaz e inteligente y espíritu fino y cultivado atento a cualquier innovación artístico-literaria.Vida y obra. Aristócrata por su familia y su actitud ante la vida, recibió una sólida formación humanística en el seminario de Málaga y en el Colegio del Sacromonte de Granada. Destinado a la carrera diplomática, se graduaría de Leyes en Granada y Madrid y tras unos intentos fallidos de abrazar la milicia por imposición familiar, ejerció la abogacía libremente y compaginó su trabajo con intensas y extensas lecturas de filosofía, crítica literaria y estética y aprendizaje de lenguas, llegando a adquirir en plena juventud una sólida formación cultural. En 1847 partió a ocupar un puesto de secretario en la embajada de Nápoles. En dicha ciudad residió dos años y vivió como un auténtico aristócrata. Compartió la vida de la alta sociedad con estudios de lenguas clásicas y llegó a ser un excelente dominador de la lengua griega. De Nápoles y en vertiginosa carrera diplomática pasa por Lisboa, Río de Janeiro y Alemania. En 1857 es nombrado Oficial de la Secretaría de Estado y se le destina a la embajada en Rusia. En 1860 regresa a España, ocupa importantes cargos políticos, y se dedica a la literatura de ficción, faceta hasta entonces desconocida entre sus ya múltiples actividades. Fue miembro de la Real Academia Española a partir de 1861. Afiliado al partido liberal, fue elegido diputado en dos ocasiones. Defendió la unidad italiana frente al poder temporal del Papa; presidió el Congreso en 1862; desempeñó un cargo en el Ministerio de Fomento; intrigó para que fuera nombrado rey Amadeo de Saboya y partió con una comitiva de políticos con objeto de ofrecerle )a corona.
Instaurada la república, V. se retiró de la política activa; en el trienio 1873-75 aparecieron sus primeras novelas importantes. Restaurada la monarquía vuelve a la vida activa de la diplomacia y la política. Durante diez años representa a España en Portugal, Estados Unidos, Bélgica y el Imperio. Fue senador vitalicio y se le impusieron las más preciadas condecoraciones públicas hasta que, cansado de la vida activa y aquejado de una enfermedad ocular progresiva, se apartó definitivamente del mundillo político para dedicarse por entero a la redacción de sus últimas novelas. Fue muy amigo de M. Menéndez Pelayo y de Clarín, respetó a Pereda y a Galdós y sintió un profundo desprecio por la obra de Núñez de Arce, Campoamor y Echegaray. Su producción creadora fue variada y extensa.
Como novelista se dio a conocer con Pepita ]iménez (1874). El autor tenía 50 años; la obra resultó meditada y perfecta. Con ella resucita V. la novela epistolar olvidada desde el Siglo de Oro. En un sorprendente crescendo el autor va pasando desde el más encendido amor divino hasta el más entrañable amor humano, siempre con gran delicadeza y dominio del tema. El problema vocacional de Luis de Vargas no provoca problemas confesionales; la tesis amorosa se desliza suavemente en la placidez de las tertulias pueblerinas y el ambiente popular andaluz sirve de marco espléndido al gradual desarrollo de las dudas de Vargas. Una trama simple resuelta ingeniosamente y literariamente lograda. Siguieron a dicha novela Las ilusiones del doctor Faustino, Pasarse de listo y El comendador Mendoza. V. se va liberando de un romanticismo decadente y se hace más realista y observador, aunque ya en esta última obra comienza a apuntar los problemas idealizantes de Pepita ]iménez.
De su deseo de ahondar psicológicamente en los personaies dan fe las novelas Doña Luz y ]uanita la Larga, dos logrados tipos de mujer en una elegante evocación del mundo andaluz. Sus últimas creaciones reviven el ambiente ciudadano o el pasado histórico. Genio y figura y Morsamor fueron presagio y respuesta a la tragedia de España. Contribuyeron a su fama los cuentos, diálogos y artículos como Parsondes, El pájaro verde, Asclepigenia y Gopa, La cordobesa y un ensayo dramático, La venganza de Atahualpa. Para la completa fijación de su personalidad son de excepcional importancia los trabaios eruditos y críticos que sobre filología, literatura, historia y filosofía publicó en A vuela pluma, Ecos argentinos, De varios colores y Estudios críticos. De ellos podemos destacar, por su interés, la adivinación de Rubén Darío, la tesis sobre el estrofismo manriqueño, la interpretación del romanticismo español y los estudios teóricos en torno a la novela. Fue también un formidable traductor. Sirva de muestra la magnífica prosa poética de Dafnis y Cloe. Completan esta fugaz visión sus Poesías y la decantada prosa de sus Cartas, de tan sugestiva temática.
V., como otros muchos escritores de su tiempo, se estrenó en el campo de las letras con la poesía y la crítica. Es también importante su labor como traductor y creador de cuentos. Estas cuatro facetas van a tener una gran importancia en la formación de su estilo, logrado tras múltiples retoques, y sobre él actuará una larga tradición cultural limada año tras año. La base del mismo reposará en la conciencia de lo bello, obsesión a la que todo se sacrifica. La estética constituirá una norma de V. desde Pepita Jiménez hasta Morsam’or, el último ensueño romántico" Pero ese básico esteticismo conducirá al realismo, a una plenitud de arte, porque ese realismo se ironiza suavemente con la elegancia, la gracia y ciertos retoques sensuales adivinadores de un espíritu mundano. El arte de novelar hecho primor de encaje. Este obsesionante esteticismo restará entraña dramática que, por otra parte, no le interesa, a tres novelas que por su problemática podían haber sido maestras. La tesis polémica de carácter confesional es rehuida por cierto escepticismo consciente, y Pepita Jiménez, Juanita la Larga y Doña Luz rozan suavemente la tragedia que no explota su autor, pese a que las circunstancias se la brindaban. El tono amable de fina sátira desemboca en un espiritualismo no del todo católico y que se aviene muy bien con ciertas palabras del escritor: "yo soy hombre de condición piadosa y optimista, aunque no cristiana". V. rozará con su innata elegancia el ensueño de una mística culturizada que le conducirá a abominar cualquier actitud extrema, política o religiosa. Haber sabido mantener ese discreto tono sin romper el equilibrio de la balanza constituye un éxito en aquellos tiempos de apasionadas polémicas literarias.
El hombre que atacó sistemáticamente los ismos se encerró en su caparazón y supo dosificar popularismo y cultura, andalucismo y amplia comprensión europea. Cierto es que su novela no tenía posibilidades de continuidad, que su temática está limitada por unos supuestos muy personales, pero nos ha dejado todo un estilo del que aún se puede aprender mucho. v. se confesó seguidor de la prosa de S. Estébanez Calderón y llegó a afirmar que seguía paso a paso su mundo costumbrista. Justa es una verdad a medias. La cultura de V., muy superior a la del malagueño, no consentía los prosaísmos decadentes del autor de Escenas andaluzas; ahora bien, si no le siguió en el estilo, es muy posible que el gusto sentido hacia los tipos populares y la cantidad de páginas costumbristas de sus novelas se deban a su devoción por la obra del andaluz. No olvidemos que V. hace hablar refinadamente aun a los tipos más vulgares. Un refinamiento natural que le permitió huir tanto del lenguaje cursi y extranjerizante de la alta sociedad, como de la jerga pintoresca del pueblo madrileño. Esto no atenta al realismo sino que lo refina de acuerdo con la fórmula "el arte por el arte". Su auténtico realismo radica en las páginas costumbristas andaluzas y en la verosimilitud de muchos de sus personajes que, aunque seres de ficción, nos producen la impresión de una posible y verosímil existencia. Si bien los escritores del 98, salvo la honrosa excepción de Azorín, no comulgaron con su atildada prosa, tachada por ellos de superficial y de excesivamente elaborada, el no haber hecho concesiones a lo decadente y vulgar hace que aún hoy se saboree con deleite su elegante epistolario y que nos entusiasme la poesía y entereza de sus personajes.
P. CORREAS RODRÍGUEZ.
BIBL.: J. VALERA, Obras completas, nueva ed. con pról. de L. ARAUJO, Madrid 1958; M. AZAÑA, Valera en Italia. Amores. política, literatura, en ClBiblioteca de EnsayosD XIV, Madrid 1929; C. BRAVO-VILLASANTE, Biografía de don Juan Valera, Barcelona 1959; S. MONTOTO, Valera al natural, Madrid 1963; E. PARDO BAZÁN, Don Juan Valera en Retratos y apuntes literarios, 1" serie, Madrid 1908, 217-280; J. A. BALSEIRO, Juan Valera, en Novelistas españoles modernos, Nueva York 1933, 1-55; E. FISHTINE, Don Juan Valera, el crítico, Pennsylvania 1933; L. GONZÁLEZ, Las mujeres de don Juan Valera. Estudio .
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