Uruguay. IV. Historia de la Iglesia. HIST.
Categoria:
Historia
Tres fueron las regiones por donde penetró el Evangelio en este país. Las costas atlánticas, las márgenes izquierdas del estuario del Plata y del río U. y las pampas septentrionales. Tres fueron asimismo los tipos de contacto que en un principio se dieron entre el paganismo y el cristianismo en el territorio de esta nación, dando lugar a diversas modalidades evangelizadoras. La primera constituye el tipo más puro de cristianización, o sea, con menores vinculaciones político-económicas. Fue precedida por náufragos o desterrados que deambularon por sus costas y las vecinas de Patos y S. Catalina. En 1538 los franciscanos Armenta y Lebrón dejan la expedición del veedor Alonso de Cabrera en la que venían embarcados, y se quedan en esta región con tres seglares que, amparados en su desgracia por los nativos, les prepararon el camino de la salvación. Tras la predicación administraron el Bautismo, siendo los viejos quienes con más ardor esparcieron entre los demás la fe que acababan de recibir, la cual se llegó a extender en un radio de unos 480 Km. Se había implantado una organización de la vida cristiana donde los frailes y sus ayudantes españoles llevan una vida con características predominantemene indígenas. Este primitivo cristianismo, así establecido, no provocó choques culturales pero tampoco pudo evitar la rapacidad de los esclavistas que casi acabaron con él en un plazo de cuarto de siglo.En el s. XVII penetraron por la región septentrional los jesuitas, fundando las reducciones del U. que hoy se hallan en territorio brasileño. Este conocido sistema elevó culturalmente a los indios, les hizo abandonar su vida nómada y adquirir una envidiable posición económica, pero tales cambios provocaron fuertes tensiones internas y externas que lograron sofocar creando la milicia guaraní, que en repetidas ocasiones llegó a tomar la Colonia del Sacramento. Las misiones de la Compañía de Jesús duraron hasta poco después de la expulsión de sus miembros.Por último, se dio el establecimiento de la Iglesia en las zonas marginales del Río de la Plata, donde la encomienda, luego reducción o pueblo de indios, tenía la carga del servicio personal y era zona de luchas coloniales; y, sin embargo, paradójicamente aquí se dieron los pueblos cristianos que han permanecido más fieles hasta hoy. Durante el s. XVIII Montevideo fue casi la única parroquia y fueron las circunstancias que atravesó este territorio durante la guerra de la Independencia las que motivaron la creación de una circunscripción eclesiástica en él. Su primer gobernador eclesiástico fue Pedro Antonio de Portegueda; le sucedió Dámaso Larrañaga, notable biólogo y pedagogo, que dependió fugazmente de Río de Janeiro. El enviado papal, mons. Muzzi, reguló la situación en 25 en. 1825, dando atribuciones de vicario apostólico a Larrañaga. El 19 oct. Pío VIII nombró vicario apostólico de Montevideo con carácter episcopal a Pedro Alcántara Jiménez, designación que hubo de ser revocada por Gregorio XVI debido a haberse ejecutado bajo influencia brasileña y contra la violenta oposición de España. Reconocida la independencia se reafirma el vicariato de Larrañaga, respaldado por Muzzi y recomendado por Medrano, obispo de Buenos Aires, y el nuevo gobierno uruguayo. La situación de independencia quedó asegurada, pero las circunstancias no permitieron la erección de la diócesis hasta más adelante.El clero uruguayo fue desde un principio favorable a la independencia, proporcionando las mayores preocupaciones a los jefes regalistas. La carta de Vigodet al obispo Lué y Riega pone de manifiesto el favor que párrocos y órdenes religiosas prestaron a la independencia. En el convento de S. Francisco se organizaron tertulias patrióticas que desterró el gobernador Elío. A este respecto se destacaron D. Santiago Figueredo y Fr. Manuel Belda, cura de Porongos. Precisamente la primera tentativa frustrada de adherirse al movimiento rebelde de Buenos Aires corrió a cargo del párroco de Paysandú. La postura de la jerarquía fue distinta debido a las vacilaciones de la Santa Sede mediatizada por las presiones regalistas de Fernando VII.La independencia dio fisonomía al país y a todas sus posibilidades. El crecimiento ’fue inmigratorio con aportes españoles e italianos principalmente hasta fin del s. XIX. País pequeño y de sociabilidad simple, la vida religiosa sufrió las sacudidas provenientes de su lucha contra un Estado cada vez más escéptico. Durante más de medio siglo la Universidad difundió una cultura agnóstica, la legislación incorporó leyes secularizadoras y laicizantes y el Estado se separó definitivamente de la Iglesia. Ésta quedó en medio de la calle, sin más auxilio que el de los fieles, ni más bríos que los de su intrínseco y eterno apostolado. Ésta es la realidad desde comienzos del s. XX, y, sobre todo, desde 1916. El Estado no contribuye con suma alguna al sostenimiento del presupuesto de la Iglesia. El sostenimiento de las diócesis con sus seminarios y demás servicios, de las parroquias y de las obras católicas, se hace por contribución privada de los fieles; no obstante, el número de templos y casas de enseñanza, así como circunscripciones eclesiásticas erigidas desde 1916, es mayor que durante los periodos anteriores.La Iglesia tiene una situación de libertad sin privilegio. Los obispos se eligen directamente por la Santa Sede y se consagran sin intervención alguna del Estado. La vida religiosa es mucho más profunda que extensa. Una minoría que puede ser el 20% vive integralmente su fe. Ésta se tiene que enfrentar con generaciones que se han formado en el Estado laico o que provienen de un torrente inmigratorio indiferente por desarraigo, dos fuerzas de escepticismo incrementadas por todos los métodos contemporáneos de paganización de una sociedad. El problema de la enseñanza es una de las grandes preocupaciones de la conciencia católica del país. Está ejercida casi totalmente por el Estado, bajo el doble signo de la "gratuidad" y "neutralidad". Se imparte al 90% de toda la población estudiantil. La enseñanza libre sólo alcanza al 10% restante y sólo el 8% pertenece a la enseñanza libre católica, que se suministra por escuelas y liceos con matrícula pagada y en la que se da un alto porcentaje de alumnos gratuitos.En líneas generales puede decirse que existen unos factores negativos tales como: laicización, anticlericalismo en la enseñanza, carencia de recursos por parte de la Iglesia, falta de sacerdotes e ignorancia religiosa. Por el contrario, también los hay positivos, como lo es un clero piadoso y ferviente, grupos de seglares conscientes de su función eclesial, apostolado social y movimientos de Acción Católica, incluyendo ramas especializadas, aparte de otras asociaciones de fieles. De igual manera se encuentran en buena situación la acción caritativa y social, con diversas organizaciones y, en cuanto a la enseñanza, existen agrupaciones como la Unión Nacional de Enseñanza Católica, la Federación de padres de alumnos católicos y la Asociación "Santa Elena", encargada de formar institutrices católicas.En cuanto a la organización eclesiástica, en 1973 todo el país constituye una provincia metropolitana con cabeza en la archidiócesis de Montevideo, que tiene como sufragáneas las diócesis de Canelones, Florida, Maldonado-Punta del Este, Melo, Mercedes, Minas, Salto, San José de Mayo, Tacuarembó. Los datos estadísticos de todas estas circunscripciones se resumen en el cuadro de pág. siguiente.Los protestantes cuadriplicaron sus miembros en estos últimos años. En 1961 contaban con 167 pastores nativos, 80 extranjeros y 243 lugares de culto. Las principales confesiones son: valdenses (20.000 miembros), luteranos (5.000), metodistas, adventistas y ejército de salvación (5.000 cada una), baptistas (4.000).L. TORMO SALAZ.
BIBL.: A. ZUM FELDE, Proceso histórico del Uruguay, Montevideo 1963; I. F. SALLABERRY, Los jesuitas en Uruguay, Montevideo 1935; A. YBOT LEÓN, La Iglesia y los eclesiásticos en la empresa de Indias, 2 vol-, Barcelona 1954-62; D. REGULES, Uruguay, en R. PATTE, El catolicismo contemporáneo en Hispanoamérica, Buenos Aires s. a.; Anuario católico del Uruguay, 1973; Ann. Pont. 1973; P. LETURIA, Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica, Roma-Caracas, 1959.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.