Urbanismo. I. Estudio General. HIST.
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Historia
1. Origen e historia de la ciudad. El hombre, con el pasar del tiempo, estabiliza su forma de vida, se hace ganadero y agricultor, reuniéndose en clanes, tribus, etc. Esto, sin ser todavía la ciudad (v.) es ya su germen esencial. Porque unas cuantas casas, palacios, templos, plazas, calles y paseos no son la ciudad. La ciudad es más propiamente el conjunto de personas que viven y conviven en un lugar, y esos espacios y edificios son sólo el receptáculo material que facilita esa convivencia, y es también la expresión plástica de ella.A través de toda la historia de las agrupaciones urbanas se pueden distinguir dos maneras típicas de formarse la ciudad, una lenta y casi vegetativa, sin voluntad programática previa, y otra consciente y, planeada. Lo más corriente es que ni una ni otra forma de desarrollarse la ciudad afecte a su creación completa, sino sólo a aspectos parciales de ella. En la creación lenta y espontánea de la ciudad, no suelen aparecer realizaciones monumentales ni soluciones de conjunto, pero la adaptación al terreno y a las circunstancias climáticas son generalmente admirables. Por el contrario, las soluciones programadas suelen tener intenciones monumentales, ordinariamente efectistas y grandilocuentes, con un mejor o peor trazado racional y geometrizado, y muy corrientemente olvidando o despreciando las características topográficas y climatológicas.Estos dos tipos de trazado urbano responden a dos versiones arquetípicas de las formas políticas de agrupación; de tipo más o menos democrática la de crecimiento lento y orgánico, de mando personal y autoritario la otra.Las grandes ciudades de Mesopotamia (v.), Caldea, Asiria (v.) y Egipto (v.), y en América las de los incas (v.) y mayas (v.), construidas generalmente por la voluntad de un caudillo victorioso, responden a esa característica de geometrización monumental, con vías triunfales bordeadas de estatuas. Como ejemplo singularmente puro de este tipo de trazado se puede presentar el de Pekín (v.), construido para residencia del Emperador y que marca "el centro del universo", con un rígido trazado axial y simétrico y la conjunción de dos escalas; la propiamente representativa, de palacios y edificios oficiales, y otra envolvente y menos concreta que comprende a todo el resto de la ciudad. Con este mismo criterio se han erigido recientemente Brasilia (v.) y Chandigarh (India).Las formaciones urbanas griegas más características (Atenas, v.; Mileto, v.; Delfos, v.) tienen un desarrollo voluntario pero escalonado en diferentes épocas, que, de una parte, no tiene la rigidez de lo que se hace de una vez, y de otra, presenta un equilibrio de tensiones (euritmia) realmente admirable. Las soluciones romanas, y sobre todo Roma (v.), están muy influenciadas de las griegas, pero son mucho más frías y formalistas. Los trazados griegos de ciudades responden a una concepción sobre todo de armonía, los romanos de orden y de razón que cristalizan en la fórmula de castro o campamento rectangular con dos vías que se cortan ortogonalmente: el cardo (norte-sur),y el decumano (este-oeste). Éste es el origen común a todas las ciudades fundadas por el Imperio Romano.La ruptura que supone la invasión de los bárbaros del Norte ocasiona la lenta creación de la ciudad medieval, concebida casi exclusivamente por motivos de defensa: ciudad amurallada, con un perímetro lo más reducido posible, para que haya mayor densidad de defensores, en zonas elevadas de difícil acceso. Con la invención de formas artificiales de defensa (fuertes, castillos, v., etc.) la ciudad va bajándose a espacios más llanos y extendiéndose más geométricamente, hasta regirse en el Renacimiento y el Barroco por trazados rigurosamente geométricos, generalmente en abanico, en donde el palacio del príncipe ocupa el centro; Kalsruhe (Alemania) es ejemplo típico de este trazado. Durante el Pontificado de Sixto V, se realizan en Roma (v.) grandes trazados urbanos; S. Pedro, El Capitolio, Santa María la Mayor, etc., son muestras elocuentes y grandilocuentes de las concepciones urbanísticas barrocas.El u. árabe, que se inicia como una agrupación amorfa de tiendas de campaña alrededor de una fuente, en el desierto, va evolucionando religiosa, filosófica y matemáticamente hacia soluciones axiales bellísimas de las que es un admirable ejemplo la Alhambra (v.) de Granada.Las creaciones urbanísticas en Hispanoamérica, a las que aún no se les ha dedicado la atención que merecen, son la conjunción de tres creaciones urbanas distintas (romana, cristiana medieval e hispano musulmana) y que expresan perfectamente la idiosincrasia de una sociedad cuya característica esencial es el mestizaje.Con la sociedad industrial aparecen nuevas formas urbanas; las grandes metrópolis, las llamadas conurbaciones (término creado por P. Geddes para designar complejos multiurbanos que ocupan regiones enteras como, p. ej., Mannhein-Ludwighafen en la cuenca del Rin) y otras formas de agrupaciones urbanas características de nuestro tiempo, tales como ciudades dormitorio, ciudades industriales, etc.2. Principales teorías urbanísticas. Parece que el término u. lo emplea por primera vez en 1910 Clerget, en el "Boletín de la Sociedad Geográfica de Neufchâtel", aunque hay quien opina que Arturo Soria y Mata lo emplea con anterioridad. En cualquier caso, u. ha venido a ser la palabra con que se designa hoy la ciencia, la técnica y las teorías de las agrupaciones humanas. Esta concepción de los trazados urbanos como ciencia y técnica contrasta con la casi exclusivamente estética anterior, si prescindimos, claro está, de las razones de defensa, que eran razones contundentes de ser o no ser, y comienza en el siglo pasado con filósofos y teorizantes políticos que algunos llaman pre-urbanistas, y ya en ellos se destacan dos tendencias que van a seguir manteniéndose diferenciadas hasta nuestros días. Una de ellas tiene como carácter esencial la idea de progreso, la otra la de tradición: entre una y otra fluctúan todas las teorías científicas y técnicas del urbanismo.Con F. C. Fourier (v.), Proudhon (v.), Cabet, Owen (v.) y otros teóricos (s. XIX), la ciencia de las agrupaciones humanas adquiere un sentido materialista y racionalista que pretende resolver todos los problemas que plantea la ciudad industrial con una ciencia y una técnica progresiva. Para ellos la revolución (v.) industrial es el punto de partida de un futuro feliz de la humanidad.Frente a esta idea progresista, otro grupo capitaneado por Ruskin y Morris mantiene la necesidad de fundamentar los principios que se han de seguir para crear la nueva ciudad sobre las firmes bases tradicionales que sirvieron para trazar las ciudades antiguas, con su unidad orgánica perfectamente enlazada con la naturaleza, y que según ellos será la única forma de contrarrestar la presión desintegradora que introduce la industria en la nueva ciudad. Aunque en todo esto exista algo de verdad, resulta difícil comprender hoy que unas teorías tan arcaizantes y pueriles como las de Ruskin hayan tenido tanto eco en los urbanistas y arquitectos de su tiempo y hay que concederles el mérito de haber sido las bases teóricas sobre las que se han sustentado soluciones prácticas como la Ciudad Lineal de Arturo Soria y Mata (1844-1920) y la Ciudad jardín de Ebenezer Howard (1850-1928) que llegarán, no sólo a tener una formulación práctica y a realizarse, sino que han seguido evolucionando, en soluciones más o menos felices, hasta nuestros días en la URSS y los EE. UU. la Ciudad Lineal, y la Ciudad jardín en todo el mundo, y muy especialmente en los países anglosajones.A Engels y Marx, sin tener una formulación concreta sobre la ciudad, algunos autores les suelen considerar, por sus ideas filosófico-políticas materialistas, como iniciadores de un cierto u. progresista, pero las realizaciones de la ciudad en los países regidos por regímenes marxistas no presentan ningún rasgo esencial que las distinga de las de los países capitalistas, y las soluciones que adoptan son iguales de concepto aunque, en general, más toscas y simplistas.La Bauhaus (v.), fundada por Walter Gropius (1919; v.), que cuenta como teórico del u. del grupo a Hilberseimer, y Le Corbusier (v.) como francotirador, son los principales creadores de las ideas matrices del u. actual, aunque hayan tenido antecedentes en los teorizantes progresistas ingleses del siglo pasado y en Tony Garnier (1869-1948), autor de La ciudad industrial.La Carta de Atenas (1933) es la formulación del u. progresista del hombre masa, igual en todo el mundo y en todas las culturas y cuyas cuatro funciones: habitar, trabajar, circular, y cultivar el cuerpo y el espíritu, son, dentro del seco racionalismo que respiran, objetivos claros para el proyectista y hay también que concederle que contiene una constante preocupación por el contacto con la naturaleza circundante.Aparte de muchos proyectos de remodelación de ciudades, la mayoría no llevados a la práctica, dos capitales de nación, Brasilia (v.) y Chandigarh, se han proyectado siguiendo las directrices de La Carta de Atenas, aunque tanto en Brasilia, con proyecto urbanístico de Lucio Costa (v.) y realizaciones arquitectónicas de Óscar Niemeyer (v.), como en Chandigarh, realizado por Le Corbusier, los valores plásticos se han impuesto sobre los principios racionalistas de que tanto alardean.Una reacción tradicionalista cultural, con cierta influencia, sobre todo en ciertos proyectos ingleses, aparece con la publicación del libro del arquitecto vienés Camillo Sitte en 1889 titulado Del trazado de ciudades según normas artísticas. Posteriormente, Gaston Bardet apoyándose en conceptos intuitivos de la filosofía de Bergson ha querido estructurar una teoría urbanística de raíz cultural, sin resultados realmente prácticos.Se suele citar como una actitud independiente antiurbana y naturalista, la del arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright (v.) (1869-1959). Sus teorías, tan grandilocuentes como vacías de contenido real, vienen a ser como el "mascarón de proa" de una arquitectura y un u. politizados, típicamente norteamericanos.Frente a todas estas teorías tradicionalistas y progresistas, más o menos utópicas, el mundo se ha llenado en los últimos años de un u. elemental, feo y ramplón, que si bien presenta en algunas facetas una cierta influencia de las teorías urbanísticas de actualidad, sobre todo de la de los urbanistas teóricos técnicos, se observa en seguida que existen otros factores que han influido en la concepción y desarrollo de estos proyectos. Ese factor decisivo y configurador de las ciudades de hoy es el dinero. El dinero, pero no considerado como medio, sino como fin de lucro. Para que un plan urbano pueda ser realizable tiene que tener una fundamentación económica, entendiendo por economía la ciencia de obtener un trabajo con el mínimo consumo energético, pero nada tiene eso que ver con el lucro dinerario. En el u. de nuestras ciudades se está dando el contrasentido de que las reformas y ampliaciones, que son disparatadamente antieconómicas, se están realizando a punta de buenos negocios. La especulación del suelo y de la construcción inmobiliaria, en los países capitalistas, y la subordinación en todo el mundo al factor falsamente económico de los buenos negocios, es, sin duda, la causa principal de estas inhumanas ciudades que padecemos. Con una circulación rodada agobiante, con densidades de habitantes por hectárea dobles o triples de las correctas para una grata convivencia, con una atmósfera poluta irrespirable, etc.Una cierta soberbia científico-técnica, muy característica de nuestro tiempo, y que en el fondo es impotencia, hace que se reaccione ante estos problemas de una forma elemental, frontal y directa, sin siquiera intentar eludirlos con un replanteamiento nuevo.A última hora están proliferando soluciones teóricas de tipo progresista técnico de una concepción delirante á base de suponer ciudades de 60 millones de habitantes (Megalópolis) colgadas en el espacio o bien subterráneas, para dejar libre la superficie de la Tierra.Los japoneses (Kenzo Tange, Kiyonoki Kikutake, Irata Isozaki, etc.), que sienten de forma acuciante la falta de territorio para poder asentar la enorme población surgida de su gran crecimiento demográfico, son los más interesados en encontrar soluciones de este tipo, aunque también equipos de arquitectos norteamericanos, ingleses (grupo Archigram) y franceses están presentando utopías, casi infantiles, a fuerza de querer que sean mecanizadas y electrónicas. De otra parte, sociólogos, economistas, higienistas, etc., han planteado el problema de la ciudad humana (Antropópolis), pero que aunque presentan algunos principios interesantes, dignós de tenerse en cuenta para proyectar la ciudad del futuro, no parece que puedan tener una formulación técnica y gráfica indispensables para su ejecución.3. Algunas orientaciones. Ante esta situación tan confusa, me parece conveniente, como resumen, presentar algunos criterios personales que tal vez puedan dar alguna orientación sobre lo que debería ser el u. del futuro.a) Fundamentar el u., siguiendo el camino que han marcado los arquitectos urbanistas progresistas, sobre adelantos técnicos, es condenar la ciudad del futuro a que nazca vieja; dada la rapidez con que evolucionan los medios técnicos, los vehículos automóviles, p. ej., que tienen hoy tanta importancia en el funcionamiento de la ciudad, es muy posible que pronto sean sustituidos por otros cuyas características desconocemos, y que dejarían anticuada la ciudad que se hubiera basado sobre esta circunstancia tan inestable como es la circulación rodada automóvil.b) Una ciudad sólo podrá tener una estructura clara, si lo es su estructura social. Y esa estructura social es la que puede proporcionar bases estables para crear la ciudad del futuro. No se puede olvidar que el problema urbanístico es esencialmente un problema político con todas sus implicaciones sociológicas, económicas, etc.c) Esta fundamentación sociológica de la ciudad del futuro exige una profunda investigación sobre las características deseables de la convivencia, que no debería faltar en un plano vecinal de grupo primario con densidades de unos 300 habitantes por hectárea. Pero a una sociedad evolucionada ha de exigírsele otro tipo de convivencia que podríamos denominar "socializada", ya que su creación y mantenimiento necesita un número elevado de personas que tengan un cierto nivel humano, que haga posible la convivencia cultural (museos, bibliotecas, ópera, salas de concierto, exposiciones, etc.), educativa (Universidad, Escuelas Técnicas, Escuelas de Arte, etc.); recreativa (teatros, circos, estadios, etc.); comercial (grandes almacenes, comercio especializado, etc.); de alta dirección empresarial (bancos, oficinas, etc.); de dirección político-administrativa y de dirección de los servicios de la ciudad, etc.d) Parece que es esta convivencia socializada la que ha de exigir y, par tanto, fijar, el número de habitantes que debe tener la ciudad, para que sea posible esta convivencia en todos sus grados y pleno desarrollo. Este número de habitantes no podrá ser un número fijo, sino que variará según sea el nivel cultural, económico, etc., de sus habitantes. Por los datos que ya conocemos hoy, parece que no podría ser inferior a 300.000 hab., en países muy evolucionados, y hasta de 600.000 en otros de menor desarrollo.Una ciudad que para poder tener un núcleo de convivencia socializada necesite un millón o más de habitantes es señal de que su población no tiene la madurez social necesaria para ese tipo de convivencia.e) No existe ninguna razón para que las convivencias vecinal y socializada, con funciones tan distintas, estén ubicadas en el mismo espacio, por lo cual deberían separarse. La convivencia socializada tal vez en un núcleo compartimentado según sus diferentes usos (cultural, educativo, etc.) y con unas características generales propias de estos servicios tales como transportes exclusivamente colectivos, subterráneos o por carriles aéreos, escaleras mecánicas, etc.La convivencia vecinal no parece que debiera agruparse en barrios mayores de lo necesario para que sus habitantes puedan realizar unas relaciones sociales de grupo primario, con sus servicios religiosos, educativos, de comercio, etc.f) Es de justicia que todos los trabajos que hagan los hombres sean compatibles con su vida y utilización de todos los servicios de la ciudad, y, de otra parte, la conveniencia de separar las convivencias vecinal y socializada, condicionan el esquema de la nueva ciudad más que como un conglomerado urbano de tipo convencional en mancha de aceite, como una ordenación urbanística regional formada por espacios rigurosamente urbanos: los, núcleos de las dos convivencias, y otros totalmente rurales: agrícolas, ganaderos, forestales, etc., envolviéndoles, y por último unos núcleos industriales ubicados en aquellos espacios de la región en donde las materias residuales, procedentes de las fábricas, no puedan perturbar ni ser nocivos para la vida en la ciudad, pero con las comunicaciones y las posibilidades energéticas (electricidad, energía atómica, etc.) necesarias.g) Este concepto regional orgánico que propongo y que podríamos denominar "molécula urbana" (o. c. en bibl.) se debería considerar con un desarrollo limitado, y cuando alcanzara su estado adulto, tal vez con la cooperación de otras moléculas que se encontrarán en situación análoga, podrían dar origen a la formación de nuevos asentamientos humanos, tomando tal vez como base ciudades ya existentes.h) Esta organización territorial, en moléculas urbanas, con sus correspondientes tramas de circulación rodada molecular e intermolecular, reforzaría una organización político-administrativa a escala pequeña (regional) y también las de tipo continental y mundial, que son hoy indispensables para determinados servicios tales como la investigación científica y técnica, los medios audiovisuales, el turismo, etc.i) El u. futuro debe ser el receptáculo, no de una sociedad opulenta, sino de una sociedad culta, en donde la armonía, la justicia, el respeto a la persona humana, fundamentadas en una concepción sociológica cristiana de la vida, pueda proporcionar el medio urbano necesario para que pueda desarrollarse una sociedad verdaderamente humana y feliz.V. t.: CIUDAD; POBLACIÓN.MIGUEL FISAC.
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