Toro Ii. Religiones No Cristianas. REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
1. Introducción. El t. y representaciones suyas aparecen desde la Prehistoria como símbolo en el que se aúnan creencias religiosas con realidades cratofánicas, es decir, con manifestaciones de poder y fuerza. Dejando de lado las representaciones del t. y otros bóvidos que se hallan en el arte rupestre (v.), a las que se dan hipotéticas y a veces fantásticas interpretaciones, puede decirse que la consideración del t. como símbolo, epifanía o manifestación de algo sagrado o divino aparece en el Creciente Fértil (Anatolia, litoral siriopalestino, Mesopotamia, Egipto y mundo egeo), coincidiendo con la irradiación del Neolítico (v.) y los testimonios de agrarización, a partir del 9000 a. C. Ello ha dado base para pensar que ciertos cultos al t. se configuran a partir del Neolítico junto con prácticas rituales o religiosas relacionadas con mitos (v.) referentes a la potencia tribal, a la de los dioses, a la fecundidad o fertilidad y a poderes superiores que se manifiestan en el firmamento (mundo celeste), en la Naturaleza y en el mundo subterráneo o telúrico. Las primeras imágenes del t. consideradas como cúlticas aparecen en el Neolítico anatolio (v. ASIA MENOR II, 2), en el templo subterráneo de Catal Hüyük; según J. Mellaart, se remontan al 8000 a. C. Menos arcaicas son las representaciones del t. en el templo de Tell Khafaje, al parecer en asociación con cultos a la diosa Madre, identificada con la Tierra; representaciones que hacen suponer un arcaico culto paleomediterráneo, prolongado desde la península Ibérica hasta el subcontinente hindú.Como se verá, las conclusiones que pueden sacarse respecto a diversos "cultos al toro" y su extensión son en su mayoría hipotéticas. Además, los testimonios conservados no permiten muchas veces distinguir bien (en los diversos mitos, ritos, representaciones, etc.) entre lo que puede haber de religión o de elementos y símbolos religiosos, y lo que puede haber de cosas opuestas como magia y elementos supersticiosos. Para una valoración y comprensión de esto han de verse artículos de esta Enciclopedia como los de MITO I-II; MAGIA; SUPERSTICIÓN; IDOLATRÍA; POLITEÍSMO; SIMBOLISMO II; SIGNO Y SIGNIFICACIÓN II; DIOS II; RELIGIÓN; y otros relacionados COMO ANIMAL IV; TIERRA V; TOTEMISMO; CULTO; SACRIFICIO; etc.2. Medio Oriente. Cultos relacionados con el t., que en principio descansan en un ceremonial propiciatorio de la fecundidad terrestre y humana (dentro, pues, de los llamados cultos telúricos y ctónicos: v. FERTILIDAD II;TORONATURALEZA, CULTO A LA; TIERRA V), se hallan en las altas culturas mesopotámicas. En primer lugar, se comprueba la presencia de t. sagrados en Sumeria (v.), junto a deidades vacunas femeninas (Ni-Sun, Isthar y otras locales; v. DIOS II, 2; VACA II). La lingüística aplicada ha comprobado que en sumerio gu(d), nombre de bóvido (prototipo probable del sánscrito go, del iranio gav, del griego bous, etc.), significa a la vez "toro" y, por extensión, "fuerte" y "valeroso". Encontramos asimismo etI Sumeria la expresión consagrada ama-an-ki (t. salvaje del cielo y de la tierra), en la que ama significa a la vez "toro salvaje" y "señor". De aquí que el t. sea el emblema de la fuerza soberana, a la que desde antiguo se considera asistida por poderes sobrenaturales. Estos nombres dados a los t. en Mesopotamia dan idea del valor o simbolismo religioso que se les concede, posiblemente en vinculación con ciertos totemismos (v.).Todavía se encuentran otros nombres. P. ej., en cartas y contratos datados en la primera dinastía babilónica, y estudiados por Thureau-Dangin, encontramos que un t. es calificado "Poder divino sarur y Padre mío"; denominación en la que sarur procede del verbo sararú, brillar, irradiar, iluminar, o de la voz sarurú, luz, irradiación, relámpago, significaciones que remiten a otros aspectos de la mitología mesopotámica, concretamente astrales o celestes (V. BABILONIA III; ASIRIA III). De todas formas, Enlil, "hija" de Anú, dios de los espacios celestes y de la tempestad, es calificado en un texto invocatorio de "diostoro misericordioso", lo que prueba que se atribuye a las epifanías taurinas un carácter divino, y sobre todo da la clave de la simbología de las tiaras y coronas con cuernos, como significativa enseña del poder supremo del monarca celeste Anú, aun cuando éste no sea una divinidad propiamente taurina. Lo serán total o parcialmente sus vástagos, entre los que se encuentra en primer lugar Enlil, a quien Irisun I levantó un templo en Assur con el significativo nombre de E-am-kur-kur-ra: "Mansión del Toro Salvaje del País". Por tanto, parece que un t. salvaje, en un principio, fue considerado como símbolo o potencia apta para fecundar perennemente a la Gran Madre (V. TIERRA V), dando lugar a un mito taurino que ha llegado en jirones hasta nosotros, de la categoría del del Poema de Gilgameg (v.).El imperialismo asirio-babilónico impone en el Próximo Oriente el culto a Bel -el Baal (v.) figurado en el famoso "becerro de oro" de los hebreos en sus periódicas apostasías-. Bel es considerado el señor, el gran dios del cielo y de la fecundidad, que continúa la arcaica tradición de Anú y de En-lil, siendo calificado de Alpu nuru nambri munammir gamu sa Anin ikliti: "toro divino, luz brillante que ilumina la oscuridad, (toro) ardiente de Anú". Este dios se equipara asimismo al "toro robusto Enzu", es decir, el dios-luna, uno de los símbolos luminosos del cielo. Bel es calificado también de gran montaña, siendo corrientemente llamado asimismo gu (el bóvido) y también señor (umun) o anciano (labirú); a su calidad de macho celeste puede ser debido que se le denomine gran semental cornudo (dara-gal).3. Extremo Oriente. El t. como dios o como símbolo divino uránico celestial tiene, pues, en el Antiguo Oriente carácter de gran fecundador. Al compararse su potente mugido con el trueno, es posible que los nómadas del Asia central lo pongan en relación con epifanías de fuerza genésica y de violencia, que aseguran la fertilidad biocósmica. Algo similar ocurre en el subcontinente indio, donde Indra (v.), el dios desencadenador de las fuerzas creadoras, derrama la lluvia y regula la humedad, altiempo que se presenta como dios de la fertilidad y de las fuerzas genésicas, siendo portador del título sahasranushka (el de los mil testículos), pero también del de "toro de la tierra". Esta asimilación de Indra con el t., probada por el orientalista Oldenberg, no es una excepción, ya que en el Irán antiguo Verethragna se aparece a Zoroastro (v.) bajo la forma de un t., un caballo semental, un carnero, un macho cabrío y un jabalí, símbolos "del espíritu viril y combativo de los poderes elementales de la sangre". Epifanías de animales que se dan asimismo en Rudra, divinidad prearia asimilada a Indra y a la que se considera progenitor de los Maruts, ya que en un himno de los Vedas (v.) se recuerda cómo "el toro Rudra los creó en el blanco seno de Prishni". En su forma taurina, la divinidad genésica celeste se unirá a una deidad vacuna femenina de proporciones cósmicas, cuyo nombre es ya Prishni, ya Sabardugha, aunque se trate de una vaca que lo procrea todo (V. VACA II).Sin caer en los extremismos pansanscritistas de M. Muller y A. D. Gubernatis, puede, no obstante, afirmarse que la que cabría llamar "especialización" genésico-taurina de la divinidad celeste y de la fertilidad no es exclusiva de la India, al manifestarse en una amplia área euroasiática. Malten afirma que, en virtud de un mitologema casi universal, el mugido del t. se asimila en ciertas culturas arcaicas al huracán y al trueno. Tal asimilación, de raíz paleolítica, parece pervivir en comunidades totemistas tales como log aborígenes australianos, que usan el rombo o bramadera (bull roarer) para corporeizar al mugido de su totem, expresado en la tempestad o el trueno, como en tantos mitos de las áreas primitivas afroeuroasiáticas, mitos y ritos que subyacen en las altas culturas. Así, en la India prearia, el t. figura en los cultos prehistóricos de Mohenjo-daro (v.) y .de Beluchistán. Los "juegos taurinos" que aún perviven en el Decári y en el sur de la India, y que existían ya en la India prevédica en el III milenio a. C., pudieron forjarse al corporeizar dramáticamente algún mito refundido en ideales de agricultores. Así, pues, predrávidas e indoarios, al igual que milenios antes los campesinos de la región cilicio-anatólica de Turquía, veneraban al t. en mayor o menor grado; unas veces como símbolo o epifanía del dios genésico celeste y otras como de uno de sus atributos.Imágenes taurinas se nos ofrecen en abundancia en los templos de Siva (t. Nandin). El vocablo kanar Ko, que viene a significar "animal de raza bovina", designa también al cielo, al rayo, al agua, al cuerno, al monte, etc.; el complejo cielo-rayo-fecundidad se ha conservado aquí en forma completa. El tamul Ko tiene el sentido de "divinidad", pero su plural Kon-ar significa "vaqueros". Es posible que haya alguna relación entre estos términos dravídicos, el sánscrito go y el sumerio gu ya citados. Por otro lado, conviene mencionar también el posible origen común de los términos semitas y grecolatinos que sirven para designar al t. (cfr. el asirio shuru, el hebreo shor, el fenicio thor, el griego taurus y el latín taurus, que parecen indicar la unidad de un arcaico complejo religioso).4. Próximo Oriente. En el mundo hitita (v.) encontramos asimismo dioses de la tormenta del tipo de Teshup, Hadad Bal, que, como ocurrirá en otras representaciones orientales, más que pertenecer a culturas de nómadas pastoriles lo son de otras destinadas a desembocar a estadios superiores de civilización. Tales dioses empero, al igual que la figuración tauromorfa del dios supremo de los hititas, esposo de Arinna y cuyo nombre desconocemos por constituir quizá un tabú (v.), indican que en las culturas paleorientales el poder aparece simbolizado por el t.; hecho éste nítidamente expresado en la lengua acadia, en la que "romper el cuerno" equivale a "quebrantar el poder". No sabemos si la figuración tauromorfa del esposo de Arinna es fruto de ideales contenidos localmente en Anatolia antes de la irrupción de los hititas, o posterior. Los indicios de Catal Hüyük parecen hacerlo anterior, pero muy tempranamente el t. aparece ya entre los hititas como animal sagrado o consagrado al dios de Arinna.Ya más tardíamente, de todas formas, en regiones del Próximo Oriente se impone Baal (v.), sinónimo o asimilado a la deidad taurina Hadad, a quien rinden culto los cananeos y fenicios bajo una taurofanía (v. CANAÁN II). Baal-Hadad tiene una compañera, Asherat (v. ASTARTÉ), y un hijo, que es a su vez divinidad del agua, de la fecundidad y de la vegetación. Con frecuencia Baal-Hadad es representado en forma de t. llevando marcado el signo del rayo, y su presencia se manifiesta en aras corniformes.Divinidad paralela, que florece en una zona indeterminada entre Israel y el valle del Nilo, es Min, que los egipcios asimilan a su deidad nacional Amon (v. EGIPTO VII), siendo calificada de "toro de su madre" y "gran toro". Al parecer el rayo era uno de sus atributos, y su función fluviogenésica se muestra en su epíteto "el que rasga la nube de lluvia". Min no era una divinidad autóctona, aunque muy posiblemente la fundieran los egipcios con alguna otra que se impone en el Eneolítico y que a veces "impregna" al faraón en sus empresas bélicas, como parece apreciarse en una representación figurativa de una paleta predinástica. En realidad, Min fue aceptado al igual que su pareja, la vaca Hathor, como procedente de un país más allá del mar Rojo, dando pie a una hipótesis de trabajo que hace nacer a Min de la intersección protohistórica entre protoindios de Mohenjo-daro que navegan hasta Dilmun (Barhein, golfo Pérsico), y gentes que quizá hagan cristalizar determinadas culturas predinásticas egipcias.Por otra parte, tal epifanía o simbolismo de un dios tauromorfo uránico o celeste se impone en el Mediterráneo a través de mitos significativos, como el rapto de Europa por Zeus (v.), que adoptó la forma de toro. Europa es aquí una epifanía de la diosa Madre, principal deidad de los pueblos agricultores, cuyo culto se transmite desde la costa sirio-palestina a Chipre, Rodas, archipiélago cicládico, y desde allí a Creta, donde los antiguos podían leer un extraño epitafio: "Aquí yace el gran bovino llamado Zeus".5. Culturas mediterráneas. El t. como totem, como representación celeste de fuerzas viriles genésicas desencadenadas, como paredro o esposo de la Gran Madre, son tres símbolos o conceptos que parecen influir en las altas culturas mediterráneas y en la forja de un sustrato arcaico, de los que algunos buscan restos en rituales taurinos, capeas y corridas aún vigentes en España y en la India, aunque son poco probables (v. TOROS, FIESTA DE). Sustrato que se vincula en el Egeo a determinado ideario megalítico, cristalizando en ritos regenerativos de la vegetación por medio, de los llamados taurokathapsiai, celebrados en primavera. Este rito, probablemente fruto de desarrollos locales (en Creta, Thera, Miconos, otras islas y diversos puntos del Peloponeso preaqueo), tiene quizá una estirpe anatólica, en cuya sociedad neolítica y eneolítica hay un culto al t., que se debate furioso, prisionero en las entrañas de la Tierra, originando sismos y maremotos, y que se expresa en cuernos de consagración mágicos y fertilizantes.El culto anatólico al t. da la base de los rituales taurinos que hace suyos la sociedad minoica (v. CRETA II-III), y cuya imagen se conserva en artes figurativas (pintura, orfebrería e incluso escultura), por representaciones de labris o doble hacha que acompaña casi siempre a los llamados cuernos de consagración y a los ritos de iniciación (v.) de Cnosos. Sabemos de ritos que tienen por fin la trascendencia del vigor genésico del animal al género humano. La realeza del t. (Minos) en Creta se prestó a extrañas consejas, como, p. ej., la leyenda de Pasifae y su coyunda bestial, indudablemente expresión antropomórfica de la diosa Madre, obligada en el mito a ser poseída por un animal; el Minotauro sería el fruto de estos transportes bestiales. El t., por otra parte, al asumir en Creta un papel ctónico y marino como morador de las entrañas de la Tierra, que al debatirse prorrumpe en sordos mugidos, explica a ciertas mentalidades los movimientos sísmicos y el origen de la erupción de Santorín (cuyas enormes olas hacia el s. XV a. C. dieron al traste con la civilización de Cnosos).El t. divino, considerado recipiente o símbolo del poder sagrado que reina sobre la talasocracia, es elegido como protagonista de rituales que preludian quizá corridas y juegos circenses en el mundo antiguo... Una adolescente, maravillosamente entrenada, torea acrobáticamente a un "toro de Minos", tomando contacto con los cuernos, con el fin de que éstos por sus puntas le infundieran el vigor y la fertilidad en beneficio de la comunidad entera. Tal rito tenía lugar en primavera, presidiendo la realeza "divina" y con gran cantidad de espectadores, siendo posible que simultáneamente se desarrollase otro tipo de ritos, tales como danzas laberínticas e incluso, sobre un surco, entre una virgen y el rey-sacerdote que endosaría una máscara taurina. Tal referencia al surco quizá deba hacerse (de aceptarse las tesis clásicas de E. Hahn) en relación con un ritual que simbolizaría la unión entre un dios celeste tauromorfo y la Madre Tierra, y en el que la reja, primero lítica y más tarde de bronce, de un arado primigenio, penetra la tierra y la rasga en un surco. Tal ritual, que tenía lugar durante la primavera en Mesopotamia, pudo influir en tradiciones paleomediterráneas. Dicho rito, al igual que los juegos taurinos cretenses, terminaría con la muerte cruenta del animal, ya portador del arado en Caldea, ya instrumento en Creta de un juego ritual acrobático. El t. era sacrificado de tres formas diferentes: por torsión del cuello, por descabello, o por lenta sangría sobre un ara. Al parecer, el primer método consistía en "torear" durante algún tiempo al t. hasta que éste se derrumbara agotado y entonces, tras asirle el morro introduciendo los dedos por las fosas nasales, se sujetaría fuertemente un cuerno ejecutando una torsión violenta y brutal; procedimiento popular en el que se darían auténticos atletas matarifes de la especialidad. Los otros métodos serían privativos de la realeza y la clerecía.Tal rito cretense ha dado lugar a multitud de especulaciones, relacionadas con los testimonios arqueológicos y etnológicos de creencias y prácticas de diversos pueblos del Oriente antiguo. El dios páredro de la diosa Madre, figurado en un t., debía morir para que el pueblo y la Naturaleza renacieran, en el "eterno retorno" característico de muchos mitos (v.). Esta idea parece darse en pueblos muy diversos, cuando asimilan una deidad taurofánica al sol (v.). De todas formas, el sacrificio cretense tendría como finalidad la atracción de bendiciones de lo sagrado sobre el pueblo y el país, la liberación de fuerzas sobre la tierra y el mar, que de otro modo, aprisionadas en el t. subterráneo, buscarían salida desencadenando terremotos y maremotos. La comida de la carne del "toro corrido", acto mágico con frecuencia (v. BANQUETE SAGRADO), clausuraría el ceremonial propiciatorio, como se dice en un párrafo revelador de Los cretenses de Eurípides, y daría al ceremonial un carácter singular. Tales sacrificios, festivales y libaciones, en los que podría haber algunas ideas totemistoides, podrían tener a veces como objeto la transferencia a los hombres, a los campos y a los rebaños del potencial viril del toro.V. t.: TAUROBOLIO; VACA II; ANIMAL IV; y las indicadas al final de la introducción.J. M. GÓMEZ-TABANERA.
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