Tomas Becket, Santo
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Biografía GER
Arzobispo de Canterbury (v.) del s. XII. Junto con S. Tomás (v.) Moro es el santo más conocido y venerado de Inglaterra. Aunque son dos siglos y medio los que les separan, son numerosas las circunstancias que les unen. Ambos nacieron en Cheapside (Londres), y los dos murieron por defender los derechos de Dios y de su Iglesia en contra de la tiranía real. Ambos gozaron del favor y de la amistad del rey -Enrique II y VIII respectivamente-, y ocuparon el cargo de Canciller del Reino. Pero mientras que Moro fue canonizado al cabo de cuatro siglos de su martirio, Becket lo fue a los pocos años de su muerte, y a su tumba acudieron peregrinos de los lugares más remotos, hasta que sus restos fueron exhumados, precisamente, por Enrique VIII, el perseguidor de Tomás Moro.La vida de T. B. está tan íntimamente ligada con la larga lucha que tuvo lugar en la Edad Media entre la Iglesia y el Estado, que es difícil obtener una visión objetiva no sólo del carácter, sino incluso de los hechos de es te santo. Aquí intentaremos evitar tanto los exagerados panegíricos de algunos de sus tempranos biógrafos, como los fríos prejuicios anticatólicos de algunos historiadores de nuestros días. Se conservan vidas de T. escritas a los pocos años de su muerte, por al menos diez autores distintos, entre ellas la de Fitz Stephens y la de John de Salisbury, obispo de Chartres y amigo personal de Becket. Además, las circunstancias históricas han sido ampliamente recogidas en numerosos estudios sobre la Edad Media (cfr. bibl.).T. n. el 21 dic. 1117. Su padre, Gilbert Becket, era un comerciante de origen normando, con medios suficientes para dar a su hijo una buena educación. La madre, Matilde -según algunos autores-, era hija de un emir sarraceno, y Gilbert la había convertido al cristianismo, cuando fue cogido prisionero al volver de una peregrinación a Jerusalén. Gilbert y sus compañeros lograron escapar y Matilde le siguió hasta Londres, donde poco después se bautizó y se casaron en la Iglesia de S. Pablo. Sea lo que fuere de esta romántica historia, lo cierto es que T. recibió una excelente educación, primero en Londres y luego en Oxford y París. A la muerte de su padre, trabajó en Londres como secretario de las Cortes de esta ciudad, donde se distinguió por su habilidad en manejar los asuntos públicos, y por el interés personal que se tomaba por la gente del pueblo. Ca. 1138 el arzobispo Teobaldo se interesó por él, lo que permitió a T. B. adquirir, junto a su buena formación humana -como hombre de letras, con experiencia administrativa, y destreza en las armas-, una sólida formación religiosa. Después de recibir las órdenes menores, Teobaldo le envió a Bolonia a estudiar Derecho eclesiástico, que por entonces estaba en gran auge. A su vuelta, fue ordenado diácono y, en 1154, después de ocupar varios cargos eclesiásticos, Teobaldo le nombró archidiácono de Canterbury, puesto muy importante, sólo inferior a los Obispos y Abades que ocupaban asientos en la Cámara de los Lores. En este cargo, T. sucedió a Roger de Pont-l’Evéque, que había sido nombrado arzobispo de York. Roger, por envidia o por considerar a T. como un advenedizo, siempre se le mostró hostil. Hasta la muerte de Teobaldo, este prelado siguió en cambio otorgando a T. toda su confianza, enviándole a Roma en múltiples e importantes misiones.El 19 dic. 1154 Enrique II (v.) fue coronado rey de Inglaterra y al año siguiente, siguiendo el consejo de los obispos, en particular del arzobispo Teobaldo, nombró a T. Canciller del reino; desde ese momento T. se convirtió en el confidente y compañero constante del rey. Una sólida amistad se estableció entre ambos personajes, y T., cuya carrera eclesiástica no había logrado aún cambiar sus costumbres aseglaradas, fue el brazo derecho del monarca tanto en sus tareas de gobierno como en sus diversiones. Al frente de la Cancillería, desempeñó sus funciones de un modo sumamente eficaz. Becket también se distinguió con las armas, y su nombre como general fue temido por los enemigos del rey de Inglaterra.Sin embargo, en 1162 ocurrió un cambio radical en su vida, que tiene todos los aspectos de una verdadera conversión. El año anterior había muerto Teobaldo, el arzobispo de Canterbury, al parecer recomendando que T. B. fuese su sucesor, pues esperaba que defendería los derechos de la Iglesia permaneciendo amigo del rey al mismo tiempo. Enrique II por su parte propuso a T. como arzobispo, pensando que de este modo podría tener a la Iglesia bajo su dominio, pues creía que T. le secundaría desde la sede primada como lo había hecho desde la cancillería. Los obispos aceptaron, aunque de mal grado, y el 10 ag. 1162 el nuevo arzobispo de Canterbury recibió con los pies descalzos el palio enviado por el papa Alejandro III. Ese mismo año T. presentó su dimisión como Canciller, hecho que en sí no era extraño, pues seguía en esto a sus predecesores, pero Enrique lo tomó como una afrenta personal. Desde entonces, el rey y el arzobispo primado de Inglaterra vinieron a representar los dos bandos distintos de Iglesia y Estado, con el agravante de que algunos de los obispos del reino, por envidias y rencores personales, se opusieron a Becket. Las relaciones personales entre Enrique y T. se han interpretado de muy diversa forma, por historiadores, dramaturgos (cfr. Anouilh, T. S. Elliot) y hagiógrafos. A T. le acusan algunos de que el nombramiento como arzobispo se le subió a la cabeza (G. O. Sayles, o. c. en bibl., 348). Otros echan toda la culpa al rey, a quien representan con un carácter inestable y vengativo. Lo cierto es que las situaciones de hecho son infinitamente más complicadas de lo que la investigación puede descubrir o el arte imaginar. T. -y por esto fue llevado a los altaresvio en su designación como arzobispo una llamada de Dios a defender los derechos de la Iglesia, en un tiempo en el que hasta el Papado estaba debilitado por un cisma. Parece incluso que advirtió de antemano a Enrique de cuál sería su actitud como arzobispo, no de docilidad al poder real sino de mantenedor de la autonomía de la Iglesia. Las cuestiones en litigio fueron múltiples y complejas, pero se pueden resumir en la defensa que de los derechos de la Iglesia hizo T. en Woodstock, Westminster y Clarendon en 1163 y 1164, cuando el rey proponía tasar al clero, y arrogarse el derecho de que los tribunales civiles juzgaran a los clérigos de ciertas ofensas, y el que se aprobasen ciertas costumbres anticanónicas introducidas en reinados anteriores. T., sabiendo que el papa aconsejaba moderación, en un principio prometió sumisión, pero al serle presentados por escrito los 16 artículos de Clarendon, los rechazó. El 8 oct. 1164, el rey le ordenó -con ánimo de doblegarle- que se presentara a juicio en Northampton bajo varias y peregrinas acusaciones, entre otras, la de haber hecho uso ilegal de dineros en su poder cuando era Canciller. T. apeló al papa, y sin que nadie se atreviera a detenerle huyó a un convento y poco después a Francia. Allí permaneció exiliado por seis años, en los que el papa Alejandro III, también exiliado y temiendo que Enrique II se uniese a Federico Barbarroja, que apoyaba a un antipapa, poco pudo hacer por T. de un modo directo, pero con fina diplomacia evitó un conflicto mayor. En Francia, T. padeció la soledad y la incomprensión y tuvo que sufrir en silencio las afrentas no sólo contra él sino también contra los miembros de su familia que fueron despojados por el rey de todas sus posesiones. Cuando el rey dispuso que el arzobispo de York coronase al príncipe heredero, el papa apoyó al arzobispo de Canterbury y le dio poderes de legado para toda Inglaterra. Becket cruzó de nuevo el Canal y fue recibido por la población con gran entusiasmo, pero con recelo por los nobles y algunos prelados -York, Londres, Salisbury- que habían asistido a la coronación expresamente prohibida por el papa. Enrique, provocado por los enemigos del arzobispo, pronunció en un momento de ira las célebres palabras que motivaron que cuatro caballeros de su corte saliesen presurosos hacia la Catedral de Canterbury y asesinaran a T. entre el altar de la Virgen y el de S. Benito al atardecer del 29 dic. 1170.La indignación ante este ultraje recorrió toda la cristiandad, y Enrique II hizo pública penitencia por la parte que había tenido en este acto. El martirio de T., defensor de la Iglesia, no fue en vano y, poco después, se logró un acuerdo justo entre el rey y Alejandro III. Este mismo papa publicó la bula de canonización de T. el 21 feb. 1173. Muchos milagros se afectuaron ante su tumba en Canterbury, que fue uno de los centros más famosos de peregrinación, como lo recuerdan los famosos cuentos de Canterbury de Chaucer. En años posteriores, esta devoción popular y la notoriedad de su muerte resultaron ser de gran beneficio para la Iglesia en Inglaterra. V. t.: ENRIQUE II DE INGLATERRA; GRAN BRETAÑA V.RICHARD A. P. STORK.
BIBL.: J. A. GILES, Opera S. Thomae Canterbuariensis, Londres 1845; PL 190; J. MORRIs, The Life of St. Thomas Becket, 1885; L’HUILLIER, St.. Thomas de Cantorbery, 2 vol., 1891; J. C. B. SHEPPARD, J.. C. ROBERTSON, Materials for the History of Thomas Becket, 7 vol., Londres 1875-85; G. O. SAYLES, Medieval Foundations of England, Londres 1948, 343-351; F. BARLow, The Feudal Kingdom of England 1042-1216, 2 ed. Londres 1961; M. DANIEL-ROPS, Histoire de 1’Église du Christ, III, París 1957, cap. III; G. W. GREENWAY, The Life and Death of Th. Becket, Londres 1961; R. FOREvILLE, L’ Église et le papauté en Angleterre sous Henri 11 Plantagenet. 1154-89, París 1943; D. KNowLEs, Archbishop Thomas Becket. A character study, Londres 1950; H. FARMER, M. C. CELLETTI, Tommaso Becket, en Bibl. Sanct. 12,598-605.
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