Tiempo II. Filosofia. FIL.
Categoria:
Filosofía
Indicadas ya, en la introducción de esta voz, las diversas clases de t. que se pueden considerar, o, mejor, las diversas consideraciones que se pueden hacer del t., nos ocuparemos aquí del estudio del t. desde el punto de vista general propio de la Filosofía. Es decir, se trata de estudiar qué clase de entidad o qué grado de ser (v.) corresponde al tiempo. En una primera aproximación se pueden distinguir dos clases de teorías, que podemos llamar "teorías metafísicas" y "teorías físicas", según el alcance que se asigne al tiempo. Las primeras le dan una dimensión óntica, algunas en la línea, o casi en el nivel, de la substancia (v.). Las segundas, con más acierto, lo reducen al ámbito de la filosofía natural o cosmología (v.). Y, finalmente, veremos la más adecuada consideración metafísica y cosmológica del t. en el nivel de los accidentes (v.), como una propiedad real de los entes móviles, como ente real -accidental.1. Teorías metafísicas y ontológicas. Consideraremos las tres más destacadas, aludiendo después a la consideración metafísica correspondiente.Samuel Alexander (1859-1938), que suele ser calificado como "neorrealista crítico" (v. REALISMO II, B, 2), en su obra Space, Time and Deity (1920), otorga al continuo espacio-t. el carácter de matriz universal de todo el proceso evolutivo de la realidad; ni el espacio puede concebirse separado del t., ni éste separado del espacio (la influencia de las doctrinas relativistas einstenianas sobre Alexander son patentes). La íntima relación entre el espacio y el t. sería, según él, el dato primero y más fundamental; pero, de los dos elementos que integran el continuo tetradimensional, Alexander parece destacar la importancia del tiempo. Este "con su orden unidiInensional, cubre y abraza las tres dimensiones del espacio" (o. c., vol. 1,59); el t. es "la mente del espacio" (o. c., vol. 11,38).De estecontinuo espacio-temporal emergerá toda la realidad, mediante una línea evolutiva cuyos principales jalones son el movimiento, la materia, las cualidades primarias, las cualidades, secundarias, la vida, la conciencia y, por último, Dios. Se sitúa así Alexander en una concepción evolucionista del universo de carácter panteísta o abocada al panteísmo (v.), como ocurre en general a los llamados neorrealistas críticos, cuya filosofía adolece de empirismo y está falta de una intelección realista del ser (v.).Bergson (v.) ha desarrollado una metafísica de la duración como contrapuesta al t. objetivo de la ciencia físico-natural. El t. científico, objetivo, es un t. espacializado y cuantificado, tal como puede verse en las leyes físicas reguladoras del movimiento, en el que el t. se convierte en un parámetro enlazado con el espacio. Frente a este t., adulterado y ficticio según Bergson, está el t. vivido, el t. de la conciencia, la duración real, pura fluencia cualitativa, opuesta a la estaticidad cuantificada del espacio científico. Esta duración, sita en la misma entraña de lo real, no tiene dos instantes que sean iguales; cada instante es una novedad radical respecto de los precedentes -frente a la homogeneidad del t. de la ciencia-; pero en cada instante se conserva y representa todo el pasado, de forma que el devenir de la duración se asemeja a una bola de nieve o a un ovillo de lana, que se van incrementando a medida que ruedan hacia el futuro. El t. objetivo del científico, producto de la inteligencia, homogéneo y mensurable, es, como todo producto intelectual, un t. deformado, impuesto por las necesidades de la praxis. El t. real, verdadero, la duración, no se piensa, sino que se vive, se intuye. Esta contraposición entre el t. heterogéneo de la conciencia y el t. homogéneo de la ciencia, expuesta por Bergson en sus obras, de acuerdo con su peculiar vitalismo (v.), especialmente en el Essai sur les données immédiates de la conscience (1889), se vuelve a encontrar en Octave Hamelin (Essai sur les éléments principaux de la représentation (1907). De alguna manera relacionada, aunque con otros enfoques, se puede mencionar aquí la concepción de N. Hartmann (v.).Heidegger (v.) ha dejado en su Sein und Zeit un análisis del t. con raíz ontológica. El t. es uno de los existenciales (existenzial), es decir, una determinación constitutiva del Dasein (ser ahí). El t. es la estructura de la posibilidad (v:). El Dasein, en cuanto rosario de posibilidades, se proyecta, tiende al futuro; de los tres momentos o periodos temporales -presente, pasado y futuro-, Heidegger da primacía al futuro, al porvenir (Zukunft). En la existencia banal, inauténtica, el futuro se reduce a mera preocupación por los resultados de la propia actividad, por la consecución de los fines exteriores que se ha propuesto: el t. se configura como un t. inauténtico; en la existencia auténtica el futuro es proyección anticipadora, es un existir liberado de toda condición mundana y orientado hacia la muerte, la única posibilidad ineludible para el Dasein: el t. se configura como un t. auténtico.Indiquemos que estos desarrollos de Bergson y de Heidegger pueden ser completados y corregidos con la consideración metafísica del t. derivada de su estudio cosmológico: el t. como accidente (v.) de la substancia mudable (del ente móvil) y como ente de razón con fundamento en la realidad, en cuanto conocido por la mente como medida del movimiento o cambio; así el t. aparece vinculado a la creación (v.) misma de las cosas de este mundo (v.) y con la historia (v.), como se dirá más adelante (v. 2c).2. Teorías físicas y cosmológicas. Las que hemos llamado "teorías físicas" sobre el t. pueden distribuirse en dos grupos: teorías realísticas y teorías subjetivistas. Estas teorías se acercan a una consideración más precisa y realista del t., que veremos luego (n. 3).a) Teorías realísticas. Prescindiendo de algunos antecedentes en las escuelas democrítea y epicúrea, el gran teórico de una plena y peculiar realidad del t. ha sido Newton: el t. es una entidad que tiene realidad objetiva fuera del entendimiento; aunque, dado que hay diversas clases o grados de realidad (v.), esto no es decir mucho todavía. Distingue Newton dos tipos de t., el absoluto y el relativo. "El t. absoluto, verdadero, matemático, transcurre en sí y por su naturaleza, sin ninguna relación con algo exterior, de modo uniforme; también es llamado duración. El t. relativo, aparente y vulgar, es una medida sensible y externa, exacta o no, de la duración mediante el movimiento, y de la cual se usa corrientemente en lugar del t. verdadero; tal es la hora, el día, el mes, el año" (Naturales philosophiae principia mathematica, 1, def. VIII).El t. absoluto, íntimamente ligado al espacio absoluto (v. ESPACIO) y derivado, junto con él, de la existencia del movimiento absoluto, que Newton creyó demostrar en su célebre experimento del cubo de agua, es independiente de la realidad exterior y de las posibles circunstancias en que pueda ser medido; tiene valor universal, es exterior a la conciencia, homogéneo en su fluir, inmutable en su ritmo, incluso con total independencia de la materia; es, a semejanza del espacio absoluto, como un receptáculo universal, en el que se van insertando los sucesivos aconteceres del mundo. El t. relativo, copia más o menos exacta del absoluto, es la medida de éste, medida que se aspira a que sea lo más adecuada posible al modelo. La concepción newtoniana sobre el t. pasó a formar parte de las nociones físicas comúnmente admitidas por la ciencia; aunque en la teoría de la relatividad (v.) el concepto de t. absoluto deja de tener significado (v. infra). Por otra parte, aunque Newton (v.) no pretendió vincular sus ideas, en general, a un sistema filosófico, autores posteriores las vincularon estrechamente al mecanicismo (v.) e incluso al materialismo (v.), dando validezmás allá de la Física a los conceptos físicos de t., espacio, fuerza, etc.b) Teorías subjetivistas. Se caracterizan todas ellas por hacer del t. algo del sujeto cognoscente, oponiéndose así a las concepciones realistas o realísticas. No obstante, hay que distinguir dos modalidades dentro del subjetivismo (v.): el empirista y el idealista.Para el empirismo (v.), el t. es la medida de la duración, pero no de la duración de cualquier tipo de ser, sino únicamente de la duración propia de la conciencia; se produce así un despegue del t. respecto del mundo exterior, quedando vinculado a la sucesión de los diversos estados de conciencia. Este proceso hacia el subjetivismo empirista tiene dos momentos claramente definidos, encarnados en Locke (v.) y Berkeley (v.). El primero afirmará que el movimiento al que se vincula el t., como su medida, tanto puede ser movimiento de un ser externo como el movimiento propio de la conciencia: "toda aparición constante o periódica, o cualquier alteración de las ideas que se produjera en espacios de duración equidistantes, si fueran constante y universalmente observados, serían medios tan adecuados para distinguir los intervalos de t. como los que se han empleado habitualmente" (Essay, 11,14,19). Berkeley dará un paso más y reducirá el t. a medida de los estados de conciencia: "Si intento construir una simple idea del t. haciendo abstracción de la sucesión de ideas en. mi espíritu, la cual fluye uniformemente... quedo perdido e inmerso en insoslayables dificultades" (Principles of human knowledge, 1,98).El subjetivismo idealista desvinculará totalmente el t. de la realidad, en consonancia con el idealismo (v.) en general, que vincula o identifica "realidad" con "realidad mental". Leibniz (v.) parte de considerar al t., según la concepción ya tradicional, como medida del movimiento: "si se conocen las leyes de los movimientos no uniformes, se los puede relacionar en cualquier caso con los movimientos uniformes, que son inteligibles, y prever de este modo lo que acontecerá a movimientos diversos unidos entre sí. En este sentido, el t. es la medida del movimiento, es decir, el movimiento uniforme es la medida del movimiento no uniforme" (Nouveaux Essais, 11,14, 16). Ahora bien, este t. concebido como medida de la sucesión es para Leibniz algo puramente ideal; el t. sólo existe en el espíritu humano; es el orden de las sucesiones que aquél atribuye a las cosas, el orden de los fenómenos sucesivos; la concepción leibniziana del t. es paralela, con toda lógica, a la del espacio (v.). Continuadores de Leibniz fueron Christian Wolff (v.; 1679-1754) y Alexander Baumgarten (1714-62). El mismo Kant, en su Monadologia physica, aceptará las tesis de Leibniz, pero ya en la Dissertatio de 1770 (De mundi sensibilis atgue intelligibilis forma et principies) desechó esta teoría, esbozando el subjetivismo idealista trascendental que alcanzaría su plenitud en la Kritik der reinen Vernunft (1781; 2- ed. 1787).En el Kant (v.) de la Kritik, el t. es una forma a priori de la sensibilidad -en especial de la sensibilidad interna-, un elemento o factor puesto por el sujeto que percibe y que estructura la percepción sensible. Según la peculiar teoría kantiana del conocimiento, el t. no es algo propio del mundo exterior al sujeto, sino algo que el sujeto impone a los datos caóticos que le ofrece ese mundo exterior; el t. sería la forma de todos los fenómenos, la condición subjetiva de la sensibilidad que haría posible para el sujeto cualquier intuición o percepción (v.) externa o interna; de aquí la primacía del t. sobre el espacio, ya que éste queda circunscrito a la intuición externa, al ámbito de los sentidos externos del sujeto cognoscente. Estas teorías que hemos llamado subjetivas se encuadran dentro del pensamiento racionalista, en el sentido más fuerte de la palabra, de cada uno de sus autores. Para una crítica general, v. RACIONALISMO; y en relación con las repercusiones o concomitancias de las concepciones racionalísticas del t. en la intelección de la historia, V. t. MODERNA, EDAD III, 1-2.3. El tiempo como ente real accidental y como ente de razón. El t. es una realidad innegable, ligada al modo de ser de los entes móviles (corpóreos o materiales), y debe ser estudiado en una perspectiva realista (V. REALISMO I, II-A,8 y II-11,9), en el ámbito de la filosofía natural o cosmología (v.), lo que lleva consigo tanto la consideración metafísica como la gnoseológica. Es el estudio más desarrollado y del que se han ocupado mayor número de autores.La experiencia de la multiplicidad y mutabilidad reales de los entes es evidente e inmediata. El t. depende esencialmente de la mutabilidad, y, por tanto, de los entes móviles o materiales (v. MATERIA II, 1); como ya se ha señalado en la introducción, a la duración o permanencia en el acto de ser de estos entes sustancialmente cambiantes o susceptibles de cambios sustanciales se la llama tiempo. Por tanto, el t. está íntimamente unido con el limitado acto de ser del ente móvil, participando por ello de la dificultad de su definición (v. SER, 3). Dentro de las diversas categorías (v.), predicamentos (v.) o modos de ser de la realidad, el t. es un tipo de accidente (v.) de las sustancias móviles y materiales. Como éstas, y todo ente móvil en general, se revelan como creadas, el t. aparece así estrecha e indisolublemente vinculado a la creación; el comienzo del existir de las cosas creadas es también el comienzo del t. (v. CREACIÓN II, 5-6 y 11, 6), como su acabamiento será el final del t., al menos del t. actual (v. MUNDO III). Así, con las cosas creadas, y fundamentalmente con el hombre, se origina la historia (v. HISTORIA V-VI). (Para todo esto véase también el art. Iv de esta voz TIEMPO).Pasando a la consideración más propiamente cosmológica, hay que decir que la mutabilidad y el movimiento de los entes materiales, movimiento no sólo en el sentido local (movimiento de traslación) sino en el general de cambio (v.), es el fundamento real del t. que sirve para la medida del cambio o movimiento. Es decir, en la noción de t. intervienen dos elementos, el movimiento o cambio y la medida de este movimiento; lo primero es real y fundamento de lo segundo, la medida es lo que constituye al t. al que suele referirse el hablar corriente. De un modo actual, esta consideración del t. existe en la mente (v. t. III), pero no es una creación ficticia de la misma sin conexión con lo real; este t., que in actu es algo del alma, tiene una base real en la duración sucesiva de los entes; por ello se dirá que el t. como medida de la duración o permanencia en el ser es un ente de razón con fundamento en la realidad. El fundamento real es el motus, el cambio o movimiento inserto en la misma entraña de los seres; pero el t., ut sic, en acto, se da en la mente, en cuanto ésta, con el concurso de la memoria, unifica presente, pasado y futuro, descubriendo una continuidad entre el presente actual, el pasado -que es rememorado- y el porvenir -que es anticipadoIndicaciones históricas. Con antecedentes en los pitagóricos (Aristóteles, Física, IV,10,218 a33) y en Platón (Timeo, 37d), ha sido Aristóteles el primero que ha desarrollado con precisión estas apreciaciones (V. ARISTÓTELES, 5). En su Física dejó una definición del t. que expresa con toda claridad los principios básicos de la intelección del t.: "el tiempo es el número del movimiento según el antes y el después" (IV,11,219b1). Y en dos textos fundamentales expresará que el movimiento es el fundamento real del t. -"el tiempo no existe sin el movimiento, ya que, cuando no sufrimos o percibimos movimientos en nuestro pensamiento, nos parece que no ha pasado tiempo" (o. c., IV,11,218 b4)-, y que el t. como tal es producto de la mente -"es imposible que exista el tiempo sin existir el alma" (o. c., IV,14,223 a26)Naturalmente que, al haber una pluralidad de movimientos en el universo, surge el problema de si hay una pluralidad indistinta de t. o, por el contrario, hay un movimiento "patrón" cuya medida sea el t. "patrón". Aristóteles, por un proceso de exclusión, determina la existencia de un movimiento rector con cuya medida se obtiene el t. perfecto. En primer lugar, este movimiento rector ha de ser un movimiento local, ya que este tipo de motus es el más común, el que mejor puede medirse y el más inmediato; pero, de todos los movimientos locales, el más regular, uniforme y perfecto es el movimiento circular, y dentro de éstos el de la esfera de las estrellas fijas, por lo que el t., para el Estagirita, será la medida del movimiento de dicha esfera, ya que el mismo es el patrón de todos los demás movimientos.S. Agustín aceptará en lo esencial la concepción aristotélica del t. como arithmós kinéseos, como medida del movimiento: "... quod tempus sine aliqua mobili mutabilitate non est" (De civitate Dei, X1,6). Pero, en virtud de su vocación por la vía de la interioridad, acentuará el papel del alma como mensurante del movimiento y como actualizadora del pasado y del futuro en conjunción con el presente: "¿Cómo se disminuye y consume el futuro que todavía no es y cómo crece el pasado, que ya no es, a no ser por existir en el alma el pasado, el presente y el futuro...? Nadie niega que el futuro no es aún, pero en el alma ya existe la espera del futuro. Nadie niega que el pasado ya no es, pero aún existe en el alma el recuerdo del pasado" (Confesiones, X1,28,1); el t. es esencialmente algo del alma, un hacer ésta puro presente el pasado y el futuro: "Hablando con propiedad, no hay tres tiempos, el pasado, el presente y el futuro, sino sólo tres presentes: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro" (o. c., X1,20,1).Durante la Edad Media, la concepción aristotélica se impuso, ya por la vía del agustinismo, ya por la del tomismo, siendo S. Tomás de Aquino (v.) el gran comentador de la teoría de Aristóteles, al que completa y corrige en diversos puntos. En efecto, S. Tomás conoce ya la realidad y el concepto de la creación (v.), que, aunque teóricamente podría descubrirse por la vía racional, de hecho su adquisición definitiva fue obra de la revelación bíblico-cristiana; ello permite al Aquinate superar a Aristóteles, especialmente en el campo metafísico, con la consiguiente mayor precisión, por una parte, en la intelección del t. en relación con la historia y el hombre, y, por otra, en la misma consideración cosmológica del tiempo. En síntesis, dos expresiones medievales, literal traducción del filósofo griego, ponen de relieve la noción cosmológica del t. en la generalidad de los autores: tempus est numerus motus secundum prius et posterius; si non esset anima, non esset tempus. De S. Alberto Magno (Summa theologiae, I, q21, al) a Guillermo de Ockham (Super quattuor libros Sententiarum, Il, ql2), pasando por S. Tomás (Sum. Theol., 1 q10 al, e In octo libros Physicorum. IV, lect. 17 ss.), el estudio del t. como ente real accidental y como ente de razón con fundamento en la realidad se ha hecho clásico como adquisición científica. Dentro de esta consideración del t. se hace preciso, por la gran trascendencia que ha tenido y tiene, realizar un estudio de las doctrinas relativistas.Las teorías físicas de la relatividad. Lo primero que hay que destacar es que, para el pensamiento de Einstein (v.) y sus discípulos, el t. sigue íntimamente ligado al movimiento, y que el t. es una medida del movimiento; esto se desprende claramente de las fórmulas que la teoría de la relatividad (v.) da para el cálculo del t.; fórmulas en las que intervienen la velocidad del movimiento del sistema de referencia y de la luz. La novedad de las doctrinas einsteinianas radica en la afirmación de la existencia de un pluralismo temporal, de la presencia de t. locales diversos.Según la teoría de la relatividad restringida, cada sistema de referencia, todo sistema inercial, todo sistema que se desplaza con movimiento rectilíneo y uniforme, tiene su t. propio, su t. local; el t. es función de la velocidad con que se mueve el sistema; cuanto mayor es la velocidad, tanto más lentamente transcurre el tiempo. Y no hay ningún sistema de referencia privilegiado -tal como sucedía en la doctrina aristotélica, en la que tenía carácter de privilegio el movimiento de la esfera de las estrellas fijas-, sino que todos los sistemas son de igual rango; ningún t. local puede ser "patrón" de los demás; ya no se puede decir que entre tal y tal suceso han transcurrido x minutos; hay que especificar, además, respecto de qué sistema de referencia. Igual sucede con la simultaneidad; ésta no tiene carácter absoluto; dos acontecimientos simultáneos para un sistema pueden no serlo para otro. En resumen, frente a la noción de t. único surge la de t. locales, transformables entre sí en virtud de la ecuación de Lorentz.La teoría de la relatividad generalizada supone una nueva aportación de Einstein al problema del tiempo. La teoría de la relatividad restringida tenía la limitación de aplicarse a un universo ideal, desprovisto de masas gravitatorias; sólo se extendía al movimiento rectilíneo y uniforme. Pero en el universo real los cuerpos están sujetos a movimientos acelerados no-rectilíneos; con la relatividad generalizada Einstein se adentra en este universo real; el t. seguirá siendo una función, pero ahora de la intensidad del campo gravitatorio (V. GRAVEDAD; GRAVITACIóN UNIVERSAL). La presencia de masas (v.) y los campos (v.) por ellas engendrados es la variable que regula la marcha del t.; éste transcurre tanto más lentamente cuanto mayor es la intensidad del campo; en el sol el t. marcha más despacio que en la luna; no hay un t. único en el universo real, sino t. locales. Los intervalos temporales entre dos acontecimientos son distintos según el sistema de referencia, es decir, el campo gravitatorio, que se tome.Para evitar equívocos, es interesante señalar que en la relatividad generalizada el t. sigue siendo una medida y función del movimiento, o, mejor dicho, de la velocidad del sistema de referencia, que ya no será un sistema inercial, con movimiento uniforme y rectilíneo, sino que tendrá movimiento acelerado y no-rectilíneo; lo que sucede es que, como se desprende de la ecuación de Einstein a este respecto, esa velocidad está en función del potencial del campo correspondiente. Otra cuestión es hasta qué punto la teoría de la relatividad, como todas las teorías físicas, refleja o pretende reflejar la realidad tal como es. Hay que decir que las teorías físicas reflejan o bien unaspecto de la realidad, o bien un modo de conocimiento, útil para determinados cálculos (V. TEORÍA CIENTÍFICA; HIPÓTESIS II; MÉTODO; MATERIA II, I).Por último, nos ocuparemos del t. como cuarta dimensión. Esta expresión es fundamentalmente equívoca. La relatividad ha insistido en la interdependencia entre el espacio y el t., en que forman un continuo tetradimensional; pero esto sólo quiere indicar que en las ecuaciones el t. es asimilado al espacio como mero artificio matemático, en cuanto que interviene en ellas como un parámetro más junto a los tres correspondientes a las dimensiones espaciales. El teórico de la relatividad sabe muy bien que, en sí considerado, el t. tiene una naturaleza peculiar muy distinta de la del espacio (P. Couderc, La relativité, París 1956, 18-19).V. t.: IV; FÍSICA NUEVA, IDEAS FILOSÓFICAS EN LA, 2; MATERIA II, 1; CREACIÓN II, 5-6 y III, 6; MUNDO III; HISTORIA V-VI; CRONOLOGÍA.J. BARRIO GUTIÉRREZ.
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