Tibieza
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Etimológicamente deriva del latín tepidus, templado. El Diccionario de la R. Academia en la voz t. dice simplemente: "calidad de tibio", y de "tibio" da las siguientes acepciones: "templado, medio entre caliente y frío; flojo, descuidado y poco fervoroso". Se la puede describir en su acepción moral como aquel estado del alma que se caracteriza por un retraimiento voluntario y culpable (al menos in causa) de aquellos actos del obrar moral que nos llevan a Dios, oponiéndose así al dinamismo y fervor que exige la caridad (v.).Naturaleza. Interesa no confundir la t. con cierta desgana en el obrar, debida a un precario estado de salud. Igualmente convendrá diferenciar la t. de la aridez espiritual (v.) que pueda ser consecuencia de culpas precedentes o bien una prueba saludable que Dios permite (v. ILUMINATIVA, VÍA), como la describe S. Juan de la Cruz a propósito de la purificación (v.) de los sentidos: "No se halla gusto ni consuelo en las cosas de Dios, ni tampoco en alguna de las cosas creadas, porque como pone Dios al alma en esta oscura noche a fin de enjugarle y purgarle el apetito sensitivo, en ninguna cosa le deja engolosinar... Y en esto se ve que no sale de flojedad y tibieza este sinsabor y sequedad, porque de razón de la tibieza es no se le dar mucho, ni tener solicitud interior por las cosas de Dios... Lo que es sólo sequedad purgativa tiene consigo ordinaria solicitud con cuidado y pena, como digo, de que no sirve a Dios..." (Noche oscura, 1, c. 9). Confundir la pereza espiritual con la prueba de sequedad ha sido un error muy generalizado entre los quietistas. En este sentido hemos de entender dos proposiciones de Molinos (v.), condenadas por Inocencio XI: "El disgusto de las cosas espirituales es bueno; por él queda el alma purificada y libre de amor propio" (Denz.Sch. 2228); "Cuando un alma interior siente repugnancia por la meditación discursiva acerca de Dios y de las virtudes, cuando permanece fría y no siente ningún fervor, todo esto es buena señal" (ib. 2229).Hechas estas distinciones, para comprender la naturaleza de la t. tal vez sea el mejor camino ponerla en relación con la teología de la caridad, ya que se opone a esta virtud de un modo muy principal (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 2-2 q35 al). El dinamismo de la caridad se expresa en el pasaje de Dt 6,5, que, ante una pregunta de Cristo, repite el doctor de la Ley: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y con toda tu mente" (Lc 10,27). La caridad lleva al hombre a amar con intensidad a Dios y a poner por obra los medios oportunos para alcanzar la santidad, cumpliendo el mandato del Señor: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5,48).En virtud de su naturaleza, la caridad tiende a ser fervorosa. "La diferencia entre la caridad y la devoción (v.), dirá S. Francisco de Sales, es la misma que hay entre el fuego y la llama... Así que la devoción sólo añade al fuego de la caridad la llama que la hace pronta, activa y diligente" (Vida devota, 1, cap. 1). La devoción, que define S. Tomás como "voluntad decidida para entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios" (Sum. Th. 2-2 q82 al), desaparece en el estado de t.: "tengo contra ti que has perdido el fervor de la primera caridad" (Apc 2,4).La t. neutraliza este dinamismo creciente de la caridad que tan bien formulara S. Agustín: "Cuanto más ames tanto más subirás" (In Psalmis 83,10: PL 37,1063). Consecuentemente la t. paraliza el alma en el progreso espiritual; su ideal queda reducido a una mediocridad. Y es que en el camino de la santidad "quien no avanza retrocede" como afirma el antiguo adagio, basado en unas palabras de S. Gregorio Magno (Regula Pastoralis, 3,34). Camino hacia Dios que exige un esfuerzo constante: "Veis que somos viadores. Decís: ¿qué es caminar? Lo diré con brevedad: adelantar... Si dijeses: ya basta, has perecido. Añade siempre, camina siempre, adelanta siempre; no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se detiene el que no adelanta; vuelve atrás el que vuelve a pensar en el punto donde había partido; se desvía el que apostata. Mejor va el cojo en el camino, que el que corre fuera del camino" (S. Agustín, Serm. 19,15,18). Las palabras de la S. E. expresan muy bien este estado de t.: "Conozco tus obras y no eres caliente ni frío. Ojalá fueras frío o caliente; mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca" (Apc 3,15-16).El impulso de la caridad lleva también al cristiano a una lucha decidida contra el pecado venial y las imperfecciones llamadas voluntarias. La t., por el contrario, comporta un estado de vida espiritual tan lánguido, que el alma consiente con plena deliberación en los pecados veniales (v. PECADO IV, 1) y en las imperfecciones (V. IMPERFECCIÓN MORAL). Diríamos que se acepta un estado de pecado venial, sin darle mayor importancia. Por otra parte, no podemos olvidar que la caridad tiene un efecto primordial, que es el de conformar la voluntad del hombre con la de Dios. Esta voluntad no hace distingos entre grave o leve a la hora de realizar su cumplimiento; simplemente tratará de cumplir lo mejor que pueda. Por el contrario, la actitud de un alma tibia desemboca en un curioso legalismo (v.) que trata siempre de buscar la frontera entre el pecado grave y el leve, para ir haciendo concesiones a este último sin caer en el primero, estado que puede resumirse como un interés en no "excederse" en el servicio de Dios. Esa actitud hace que el tibio se sienta seguro y caiga entonces en la ilusión de no darse cuenta de su peligroso estado, que a la larga le conducirá a perder la gracia: "Dices: `Soy rico; me he enriquecido; nada me falta’. Y no te das cuenta que tú eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciega y desnudo" (Apc 3,17).Causas y efectos. La génesis de la t. se puede comprender bajo una rúbrica general: todo lo que hace disminuir el fervor de la caridad puede considerarse como causa de tibieza. Pero conviene descender a causas más inmediatas. Para Garrigou-Lagrange la acidia es el principio de la t. (cfr. o. c. en bibl., 450). La acidia o pereza espiritual, uno de los vicios capitales, se caracteriza por un fastidio o tedio de las cosas espirituales por el trabajo que suponen, una tristeza que apesadumbra ante el bien espiritual y desanima para proseguirlo (cfr. S. Tomás, Sum. Th., 2-2 q35 al-3). S. Juan de la Cruz, cuando comenta las imperfecciones de los principiantes, dice "Suelen tener tedio en las cosas que son más espirituales y huyen de ellas, como son aquellas que contradicen al gusto sensible... Y así por esta acidia posponen el camino de perfección" (Noche oscura, 1, c. 7).Otros autores espirituales recalcan más el pecado venial deliberado como el causante del estado de t.: S. Alfonso Ma de Ligorio enumeraba entre estos pecados las mentiras voluntarias, las murmuraciones leves, las imprecaciones, los resentimientos manifestados, las burlas, las palabras picantes, las alabanzas propias, los rencores, la afición desordenada a otras personas (o. c. en bibl., 106-109). Otros dan más importancia a una previa relajación de los principios morales que difumina el sentido del pecado, para pasar después a un laxismo práctico.Sea cual sea la causa, en la t. siempre hay un fondo de desprecio o resistencia a las inspiraciones de la gracia, un aflojar en la lucha ascética (v.) necesaria para alcanzar la plenitud de vida cristiana a la que somos llamados. Y esto se manifiesta en la práctica en el descuido habitual de cosas pequeñas en los deberes para con Dios y el prójimo: "Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o cuquería el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos" (J. Escrivá de Balaguer, Camina, 27 ed. Madrid 1973, n° 331).En la vida del tibio desaparece la mortificación habitual -interna y externa, apartándose de la Cruz de Cristo- y se apaga el celo por las almas: el apostolado (v.) es algo que no se comprende. La t. es así una enfermedad crónica que corroe la vida espiritual poco a poco y que si no se corta a tiempo llevará a la muerte del alma: "el que desprecia lo pequeño poco a poco se precipitará" (Eccli 19,1). La t. no nace, pues, de una caída, por grave que sea, sino cuando se abandona la lucha y se desconfía de la gracia de Dios para recorrer el camino emprendido: en el alma aparece el desaliento, una cierta desesperanza de alcanzar la meta, perdiendo sentido las palabras de S. Pablo: "las aflicciones, tan breves y tan ligeras de la vida presente, nos ganan el eterno peso de una sublime e incomparable gloria" (2 Cor 4,17).Remedios. El tibio -como primera medida- deberá utilizar el consejo de la S. E.: "colirio para que te des en los ojos y recobres la vista" (Apc 3,18), es decir, percatarse de la gravedad de su estado, pues la soberbia (v.) ciega y el amor propia se contraría al tener que reconocer las propias faltas y miserias. De ahí la importancia del examen de conciencia (v.), de los retiros espirituales (v.), que facilitan un conocimiento de las causas de la situación de t.; la contrición (v.) sincera de los pecados veniales que llevará a la frecuente recepción del sacramento de la Penitencia (v.). Y a la vez reemprender la lucha ascética, profundizando en la oración: "Hemos de huir siempre del pecado, pero, a veces, la tentación del pecado hay que vencerla unas veces huyendo y otras ofreciendo resistencia. Huyendo cuando el continuo pensamiento aumenta el incentivo del pecado, como sucede en la lujuria... Resistiendo, empero, cuando el pensar detenidamente en el objeto que la provoca, ayuda a alejar el peligro que precisamente nace de no considerarlo bien. Tal es el caso de la pereza espiritual o acidia, porque cuanto pensamos más en los bienes espirituales, más nos agradan, y más deprisa desaparece el tedio que provocaba el conocerlos superficialmente" (S. Tomás, Sum. Th., 2-2 q35 al ad4).S. Alfonso Ma de Ligorio señala como remedio, entre otros, el deseo eficaz de luchar por la santidad, sin darse punto de reposo; y si no se cansa, al cabo llegará. Por el contrario, quienes no alimentan este deseo volverán atrás. Recuerda lo que dice S. Teresa: "Que siempre vuestros pensamientos sean animosos, que de aquí vernan a que el Señor os dé gracia para que lo sean las obras" (Meditaciones sobre los cantares, 2,19). "Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios, que, si nos esforzamos poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor" (Vida, 13,2). "Cuando experimentemos excelentes deseos, esforcémonos al punto y poniendo a Dios por fiador, llevémoslo prestamente a la práctica, y si luego surgiera cualquier impedimento en la vida espiritual, resignémonos a la voluntad de Dios. No basta el deseo de perfección, si no va acompañado de firme resolución de alcanzarla" (S. Alfonso Ma de Ligorio, o. c. en bibl., 110-114).También es saludable remedio imponerse algunos sacrificios o mortificaciones (v.) en cosas pequeñas, precisamente en aquellos campos en los que se hace sentir más la indolencia. Lo importante es dar los primeros pasos "destruyendo las pequeñas raposas que destruyen la viña" (Cant 2,15). Puede ayudar mucho un poco de mortificación corporal extraordinaria -algo no habitual-, que sacude el entorpecimiento del alma y despierta el ejercicio de las virtudes, moviéndose a más generosidad en el servicio de Dios.A veces, Dios ayuda estas disposiciones del alma, con una mortificación pasiva, pero que actúa como una sacudida: una enfermedad, unos reveses de fortuna, una difamación, etc.: "Yo a los que amo, reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo" (Apc 3,19-20).Tanquerey destaca entre los remedios de la t. el acudir con frecuencia a un confesor para manifestarle con franqueza el estado del alma, y contar así con su ayuda para salir de la tibieza. Este autor somete a la dirección espiritual (v.) los demás medios ya recomendados, como son la práctica fervorosa de los ejercicios de piedad y el buen cumplimiento de las obligaciones de estado (o. c. en bibl, 814-815).V. t.: PEREZA;PERSEVERANCIA;FIDELIDAD;CARIDAD;PERFECCIÓN; LUCHA ASCÉTICA; DEVOCIÓN.D. RAMOS LISSÓN.
BIBL.: G. BARDY, Acedia, en DSAM 1,166-700; P. POURRAT, Tiédeur, en DTC 15,1026-29; A. M. DE LIGORIO, Práctica del amor a Jesucristo, Madrid 1958, 104-140; R. GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires 1944, 449457; A. TANQUEREY, Compendio de Teología Ascética y Mística, París 1960, 809-815.
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