Teruel II. Historia. HIST.
Categoria:
Historia
La población prehistórica ha dejado sus huellas en el arte rupestre (v.), más relacionado con el levantino, del Mesolítico (v.), que con el franco-cantábrico, del Paleolítico (v.). Fecha más remota de este primitivo poblamiento podría ser hacia 15.000 a. C., que es cuando comienza la fase posglaciar. Los creadores de este arte pertenecen a un pueblo de cazadores, ganaderos y recolectores, a juzgar por la temática de sus pinturas. Se distribuían: por el SO (Albarracín), en los abrigos de los barrancos del Cabrerizo, del Prado del Navazo y de la Paridera de las Tajadas de Bezal, y en la cueva de Da Clotilde; por el N (Alacón), en los covachos de la Tía Mona del cerro Felio y de los Borriquillos del cerro Mortero, y en la cueva del Tío Garroso; y por el NE (Alcañiz), en la cueva del Val del Charco del Agua Amarga. Yacimiento arqueológico importante es el de Azaila (v.), en el extremo más septentrional de la provincia, y que corresponde a gentes celtas, iberas e iberorromanas, según los diferentes estratos. Ya históricos, por lo menos del s. VIII a. C., son: los lobetanos, con centro en Lobetum (Albarracín); y los turboletas, cuya capital era Turba o Turbula, en el emplazamiento de la actual Teruel. La superposición de yacimientos celtas e iberos hace pensar en desplazamientos de unos pueblos por otros e incluso mezclas, pero ni las fuentes arqueológicas ni las históricas han esclarecido estas cuestiones.Desde la segunda mitad del s. III a. C., la provincia estaba bajo influencia cartaginesa. Precisamente el apoyo de los cartagineses a los turboletas frente a los saguntinos (v. SAGUNTO), ayudados éstos por los romanos, origina la II Guerra púnica (v.), en el 218 a. C., a consecuencia de la cual la dominación romana sustituye a la cartaginesa, a lo largo del s. II a. C. La provincia continúa como zona de paso desde Aragón al Levante, y viceversa, y se incluye en la Tarraconense (v.). La vía que comunicaba Saguntum con Caesaraugusta pasaba por Turbula. A la dominación romana sigue la visigoda (s. VI-VII), y a éstala musulmana, desde el s. VIII. T. pertenecía a una marca o tugúr de al-Andalus (v.), gobernada por un general o qd’ id, con residencia en Zaragoza. Poco antes de la caída del califato de Córdoba (v.) se constituye la taifa de Sahla (1012-1104), al frente de los beréberes andalusados Hawwára Banñ Razin, de quienes se deriva el nombre de Albarracín, conocido en época visigoda como Santa María de Oriente. Comprendía desde Calamocha al N hasta Castelfabib al S, y desde Orihuela del Tremedal al O hasta cerca de T. al E. A partir de 1104, el territorio de la provincia de T. cae en poder de los almorávides (v.), a quienes sustituyen en el dominio de al-Andalus los almohades (v.; 1147), pero la antigua taifa de Albarracín se mantiene en poder del reino musulmán de Levante, bajo lbn Mardanis, "el rey Lope, de gloriosa memoria", quien cede Albarracín a uno de sus soldados, Pedro Ruiz de Azagra, hacia 1168. Así se constituye el señorío de Albarracín (v.), incorporado definitivamente a la corona aragonesa en 1363.En el resto de la provincia, Alfonso I el Batallador vence a los almorávides en la batalla de Cutanda (1120), al NO de la provincia, y ocupa esta zona en su parte del Campo de Jiloca, cuyo punto avanzado se sitúa en Monreal del Campo. Por el E llega hasta la sierra de Gúdar. En 1127, repuebla Azaila. Ramón Berenguer IV toma Alcañiz (1157) y repuebla una amplia zona desde el norte al centro de la provincia, en la que aplica el fuero de Sepúlveda. La reconquista la continúa Alfonso II de Aragón, que arrebata a los almohades Valderrobres (1168), T. (1171), Alfambra y la cuenca del río de este nombre, y los montes de Aliaga y Cantavieja, con lo que alcanza el extremo centro-oriental de la provincia. En 1174, concede el fuero de Alfambra, y después el fuero de T., adaptación del de Cuenca, y que tuvo amplia difusión. Pedro II, que termina prácticamente la reconquista de la provincia, ocupa la sierra de Javalambre y Mora de Rubielos (1204) al S. Son de notar las especiales características de la reconquista en T., por lo accidentado del terreno. No bastaba apoderarse de los escasos núcleos de población, sino que además era necesario limpiar las montañas de musulmanes. De este modo, Jaime I de Aragón puede llevar a cabo la reconquista de Valencia (en la repoblación de este reino intervienen turolenses), sin dejar enemigos en la retaguardia. De la activa presencia de los musulmanes sometidos son muestras las construcciones mudéjares (v.) en casi toda la provincia (v. iv).Al s. XIII se remonta la tradición de los amantes de T., que ha pasado a la literatura como un mito, inspirado en el Decamerón (1348-53), y que Juan Yagüe de Salas trata en un poema (Los amantes de Teruel, Valencia 1616), en el que narra además la historia de T., como presunto marco de un hecho verídico, no probado documentalmente, aunque los nombres de Isabel de Segura y Diego Marsilla aparecen también en Los amantes de Teruel de Tirso de Molina (1627), Juan Pérez de Montalbán (1638), etc. En una dependencia contigua a la iglesia de S. Pedro pueden verse los sepulcros vacíos de los amantes, labrados por Juan de Ávalos (n. 1903).T. recibe el título de ciudad en 1347 por su apoyo a Pedro IV el Ceremonioso en la lucha contra la Unión aragonesa. En la iglesia mayor de Alcañiz se reúnen los representantes de esta ciudad y de Tortosa (15 feb. 1412), los cuales firman una concordia por la que se encomienda a nueve personas que inquieran el mejor derecho de los pretendientes a la corona de Aragón (v. CASPE, COMPROMISO DE). T. era entonces un centro comercial de importancia, en una zona de tránsito, y que estaba animado por la actividad de los judíos. La economía de la provincia desde la Baja Edad Media es esencialmente ganadera. La capital tenía una notable industria de paños y armas, y su población pasa de 392 (1495) a 503 vecinos (1650), acentuándose a partir de entonces la decadencia, iniciada desde la expulsión de los judíos (1492). En el conjunto de la provincia, la población varía de 100.000 (fines del s. VXI) a 150.000 hab. (fines del s. XVIII).T. es sede de la junta de Aragón (mayo 1809) hasta la llegada de las tropas del general francés L. G. Suchet (dic. 1809). En ese mismo año se constituye el departamento de Guadalaviar, y en 1810 la prefectura de T., que pasa a ser provincia en 1822, con los actuales límites desde 1833. La desamortización afecta al 80% de los bienes eclesiásticos hasta 1845. Mediado el s. XIX, la población de la provincia alcanza casi 250.000 hab., por efecto del auge minero (v. I), pero las epidemias de cólera en 1853-56 y 1885 y la emigración rebajan sensiblemente esta cifra, que no se compensa con el crecimiento natural. La población de la capital apenas varía desde 1857 (9.500 hab.) a 1899 (9.900 hab.). El problema de la emigración ha continuado agravado en el s. XX, sin que hasta el momento se haya repuesto la provincia de su ya secular decadencia (v. I).Durante la Guerra española de 1936-39, T. fue una de las ciudades más castigadas. La batalla de T. (dic. 1937feb. 1938), la de mayor duración hasta entonces, fue decisiva para el avance de las tropas nacionales hacia el Mediterráneo, y tuvo repercursiones políticas trascendentales, pues fortaleció la posición de los nacionales en el interior y de cara a la opinión pública internacional, al tiempo que provocaba la desunión y el desprestigio en el exterior de los republicanos, cuyas pérdidas humanas en T. pueden calcularse en unos 14.000 muertos, 20.000 heridos y 17.000 prisioneros, y las materiales en 107 aviones, 50 carros de combate, 730 ametralladoras, etc.A. CANELLAS LÓPEZ.
BIBL.: J. CARUANA, Historia de la provincia de Teruel, Zaragoza 1956; S. SEBASTIÁN, Teruel y su provincia, Barcelona 1959; J. MARTÍNEZ ORTIZ, Referencias a Teruel y su provincia en los documentos de Jaime I el Conquistador, Madrid 1960; D. GASCÓN, La provincia de Teruel en la guerra de Independencia, Madrid 1908; R. GARCÍA-VALIÑo, Guerra de Liberación española. Campañas de Aragón y Maestrazgo. Batalla de Teruel. Batalla del Ebro (1938-39), Madrid 1949; A. PAMPLONA, La batalla de Teruel, Madrid 1958; íD, Prisioneros de Teruel, Madrid 1955; N. ALMAGRO, Historia de Albarracín y su sierra, Teruel 1959. CARLOS R. EGUíA.
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