Teofania I. Religiones No Cristianas. REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
Con la palabra t. se suele designar cualquier manifestación o aparición de Dios perceptible por los sentidos externos. La fenomenología y naturaleza de lo que se consideraban como t. en las religiones no cristianas ha sido variable, según tiempos y lugares, dada la existencia de t. líticas, vegetales, teriomórficas y antropomórficas. Pero siempre la idea central coincide y queda reflejada en la misma etimología de la palabra griega theo-phanía: manifestación, aparición de una divinidad. De hecho, en toda t. se considera que una divinidad se pone en comunicación con los hombres de alguna forma visible y, con frecuencia, también audible; la t. implica una visio -no siempre antropomorfa- y, a veces, como complemento, una auditio, unas palabras, un mensaje. Inicialmente el término theophaníá designó una fiesta celebrada en Delfos (v.), en la cual se mostraba a los devotos la estatua de Apolo y de otros dioses (Heródoto, 1,51); más tarde se aplicó también a cualquier festividad de los dioses (Filóstrato, Vida de Apolonio, 4,31).1. Analogías explicativas y poder de las "teofanías". Nuestro modo de ser y nuestra indigencia reclaman la proximidad del ser superior y le quieren presente al alcance de las formas de conocimiento humano, de suerte que, en cuanto sea posible, se pueda también verle y oírle (Dión Crisóstomo, 12,60). El hombre, en general, no acaba de conformarse con percibir sólo de forma intelectual o abstracta la presencia real de los seres espirituales o de los divinos; reclama de alguna forma la aparición también sensible de la divinidad. Unas veces se ve representada la divinidad en algún fenómeno o cosa natural, lo que responde a la realidad de que toda criatura es de alguna forma una cierta representación o manifestación de su creador, de su poder o de alguna de sus perfecciones; otras veces la t. es algo extraordinario, pues se piensa que la divinidad, ciertamente, como poder absoluto, puede manifestarse también con fenómenos y apariciones que superan lo natural humano. En la literatura mítica o simbólica (v. MITO Y MITOLOGÍA III), en las leyendas y narraciones tradicionales populares, imposibles de comprobar históricamente, son frecuentes las t. extraordinarias; como frecuente es también en la historia de la religiosidad la atribución de un especial significado o de una especial presencia divina a cosas o fenómenos naturales que destacan por su belleza, su fuerza o por singulares perfecciones (v. SIGNOY SIGNIFICACIÓN II; SIMBOLISMO RELIGIOSO I; REVELACIÓN I).La elección o consideración de la forma sensible determinada, bajo la cual se pensaba que aparecía la divinidad, se explica por la ley básica del similia similibus, válida en el plano divino lo mismo que en el médico de la formulación hipocrática. Plotino (Enéadas, 4,3,11) aplica esta doctrina, cuando afirma: "Puesto que, según la ley de la simpatía, una cosa cualquiera es atraída por su semejante, también las fuerzas superiores se comunican a lo que les es similar". De ahí que Dioniso (v.), "patrono de los árboles", se piense que se aparece convertido en árbol (Plutarco, Quaestiones Convivales, 675),Ceres en trigo (S. Agustín, Civitas Dei, 4,11), etc. (cfr. M. Guerra, Episcopado o patronato de los dioses griegos..., "Burgense" 1, 1960, 233-50).Además, la mente humana, desde las épocas arcaicas, al considerar al ser o seres supremos como plenos de perfecciones, no puede pensar que lo divino en su inmutabilidad sea algo estático. El Ser supremo es el dotado de fuerza en grado sumo; el poder es, sobre todo, atributo de los dioses y de los démones; pero con mucha frecuencia su poder aparece transferido a objetos concretos: amuletos, estatuas... y principalmente a los animales y restantes seres considerados teofánicos. Es cierto que el primitivo distingue, tanto en lo divino como en lo divinizado, de un lado el ser sacral, de otro su fuerza, su potencialidad. Pero no concibe lo sagrado como algo estático; la realidad divina y su manifestación bulle dinámicamente en emanaciones, que repercuten en la vida cósmica y humana. Por eso, lo sagrado unido a lo numinoso (lo terreno sacralizado o misterioso), presente en la cosa o animal teofánico, ha de operar allí su poder, eco perfecto del poseído por la divinidad que se piensa radicada en ello.Precisamente el considerar realizaciones portentosas de las t. marca la trayectoria de su esplendor o de su decaimiento. En la t. se supone visible la divinidad, invisible de suyo a los ojos humanos; pero, si exceptuamos las antropomórficas, en todas las demás casi se limita a hacerse presente su poder sobrehumano, "milagroso" y "mántico". Por la t. la divinidad pasa de oculta a praesens, hasta el extremo de que este término (deus praesens) corresponde en latín a los griegos theophanía y epiphanía (Cicerón, Natura deorum, 2,6; Horacio, Odas, 1,35,2; Sátiras, 3,68; Plinio, Panegírico, 1), con la particularidad de ser la religión romana la que, dado el pragmatismo de sus miembros, más partidarios de la acción que de la imagen (griegos), se fija, con preferencia, en la virtualidad operativa, benéfica, de la presencia divina.Las t. bíblicas, por su parte, en cuanto verdaderas y sobrenaturales manifestaciones sensibles de Dios, tienen sus características peculiares: son sólo signo de una presencia extraordinaria de Dios, que es siempre trascendente, generalmente van acompañadas de milagros (v.), profecías (v.) o acciones propiamente divinas, son históricas, y tienen como finalidad poner al hombre al servicio de Dios y no al revés (v. II).2. Clases de teofanías. La forma de lo que se supone presencia teofánica, en las religiones no cristianas, suele adaptarse al concepto a que se haya llegado de la divinidad. Trataremos conjuntamente las t. naturales u ordinarias y las que se podrían considerar como t. extraordinarias, pues su distinción no siempre es fácil.a) Teofanías líticas. Prescindimos de los llamados ídolos de piedra más o menos geométricos y también, en parte, antropomorfizados, que han sido hallados en Creta, Islas Canarias, Británicas, Rusia, Bulgaria, Rumania, Micenas, etc., en numerosos yacimientos de restos megalíticos (v.). Su naturaleza es discutida: deidades (Nilsson, Evans, etc.), imágenes y soportes de las almas de los antepasados (Schuchhardt, Wülfel, etc.). La consistencia y dureza dé la piedra y de la roca es como símbolo de la fuerza y consistencia de lo divino. Como muestra de teofanías líticas, o en forma de piedra, basta una de época no prehistórica: En el año 205 a. C. un oráculo prometió que la amenaza de Aníbal sería ahuyentada de Italia si era traída a Roma la Magna Mater (Cibeles). El senado sin titubear ordenó trasladar a la capital la piedra negra -piénsese en la Ka’aba de La Meca (v.)-, que era considerada como sede de la diosa frigia. Así se hizo. El aerolito fue recibido triunfalmente en Ostia y puesto en el templo romano de la Victoria en el Palatino (a. 204). Los portentos que se pensó que obró inmediatamente y, sobre todo, la salida de Aníbal en ese mismo año hacia África, donde fue derrotado por Escipión, aseguraron su triunfal aceptación en Roma. En el año 191 se le construyó un templo propio (Tito Livio, 29,10,4,7,14 ss.; Ovidio, Fastos, 255 ss.; Arnobio, 7,49; etc.) (v. PIEDRA II).b) Teofanías atmosféricas. Los dioses celestes (v. RELIGIONES ÉTNICO-POLÍTICAS), que comunican su luz y clarifican a cuantos se ponen en contacto peculiar con ellos, a la hora de tener en cuenta su aparición sensible a los hombres, se los ve manifestados preferentemente por fenómenos atmosféricos: luz y aire (Hornero, Himno Afrodita, 5,86; Plauto, Curculio, 71-128; Virgilio, Eneida, 2,589 ss.; Petronio, Satiricon, 15,25-26; etc.). Luminosa es también la t. de Isis. Esta diosa mistérica revela su nombre en sueños a Lucio y le anuncia su salvación; durante toda la noche recibe las instrucciones necesarias hasta que, por fin, es llamado para la iniciación (Apuleyo, Metamorfosis, 11,3-22). Entonces tiene lugar la t. luminosa: "Vidi solem candido coruscantem lumine" (íd, 11,21). A su vez, mientras se aparece Dioniso a las ménades "en el cielo y en la tierra estaba fija una luz de fuego sagrado" (Eurípides, Bacantes, 1081) (V. AIRE IV; FUEGO, CULTO AL; LUZ II).c) Teofanías vegetales. Las deidades telúricas (V. DIOS II, 2), en consonancia con su condición, se manifiestan especialmente a través de los diversos elementos de la vegetación. Los árboles (v.) y toda la vegetación que se desarrolla sin regulación caían dentro de las atribuciones protectoras de Dioniso, dios orgiástico y caprichoso. Su t. era presentada en las fiestas primaverales de Atenas (antesterias) y en primavera, cuando la naturaleza se desmelena furiosa, se celebraban también sus fiestas en Esmirna y diversas ciudades sobre todo jónicas. El nombre de Dioniso llega a identificarse con los árboles. Según- Plutarco (Quaestiones Convivales, 675), casi todos los griegos ofrecían sacrificios a Dioniso Dendrita (=árbol), protector de los árboles. En una glosa es llamado dendreys y en Beocia endendros (Hesiquio sub voce). Todavía en el s. II d. C. había labradores que plantaban un retoño en los campos, al que veneraban como a Dioniso (Máximo de Tiro, 8,1). La famosa copa de Hierón conservada en el museo de Berlín publica esta creencia; se ve a Dioniso Dendrita con rigidez de tronco de árbol, que termina en cabeza de barba negra y guirnalda de follaje; de sus hombros’arrancan siete ramas.De acuerdo con el concepto que de ellos tenían, un texto de Varrón considera las vides como t. de Liber-Baco y el trigo como t. de Ceres (S. Agustín, Civitas Dei, 4,11). La misma creencia se trasluce a través de la interpretación de Cicerón (Natura deorum, 3,16,41): "Cum frugem Cererem... dicimus, genere nos quidem sermonis utimur usitato, sed ecquem tam amentem esse putas, qui illud quo uescamur, deum esse credat?". Evidentemente, por muy primitiva que sea una persona, no venera los cereales, piedra, etc., en cuanto piedra o trigo, sino por creer que se trata de la epifanía de una divinidad (V. ENCARNACIONISMO; IDOLATRÍA). Sin duda, estas t. explican que, según S. Agustín (Adversus Faustum, 20,13), algunos paganos creyeran que los cristianos adoraban a Ceres y a Liber, cuando participaban del sacramento eucarístico (pan-vino). Todavía la misma vegetación divinizada llegó a considerarse manifestada en t. teriomórficas (en forma de animal) ytambién en t. antropomórficas femeninas (V. NATURALEZA, CULTO A LA; FERTILIDAD II).d) Teofanías teriomórficas. Son numerosas las divinidades que en diversas religiones se les reviste en forma de animal (v. ANIMAL IV). Una de las más expresivas es la de la serpiente, que se puede considerar como "epifanía y encarnación teriomórfica de la Madre Tierra, ordinariamente no momentánea ni circunstancial sino permanente, aunque no exclusiva, al menos en cuanto a algunas de las virtualidades terrestres, ya que, p. ej., la de la fertilidadfecundidad la comparte con el agua, la luna y el toro" (M. Guerra, o. c. en bibl., 32). No debe sorprender la t. taurimorfa (v. TORO) de esta divinidad (cfr. A. Álvarez Miranda, Ritos y juegos del toro, Madrid 1962). La serpiente fue considerada t. de casi todas las divinidades telúricas: Hécate, Górgonas, etc. (v. SERPIENTE). También Asclepio -Esculapio romano- se aparece a través de este animal: "Recogedme en Epidauro", dijo en un sueño a los atenienses que pedían un remedio para la peste del a. 420; desde allí lo llevaron a la capital ática "en forma de serpiente" (Corpus Inscriptiorium Graecarum, 2,2,4960; Plutarco, Non posse suauíter, 22,1103b) del mismo modo que los sicionios (Pausanias, 2,10,3; 3,23,7) y los romanos (Ovidio, Metamorfosis, 15,626-722). En la religiosidad antigua las aves (v.) corresponden a las deidades celestes (Hornero, Ilíada, 19,350; Odisea, 1,372; etc.).e) Teofanías antropomórficas. Especialmente el hombre ha tendido a imaginar los dioses a su imagen y semejanza. Este principio, reverso del establecido en el Génesis (1,26), puede ser considerado como clave del antropomorfismo; predomina en las religiones celestes (V. ANTROPOMORFISMO). Los dioses se manifiestan disfrazados de una persona conocida para la persona vidente: Posidón como Calcante (Hornero, llíada, 13,45), Atenea como Deífobo (Hom., 11., 22,227 ss.), etc.; a veces de una desconocida: Afrodita como anciana cardadora de lana (Hom., 11., 3,386 ss.); y también con figura propia (Hom., 11., 1,197). Diómedes consigue distinguir los dioses de los hombres, cuando están mezclados en el combate, gracias a la ayuda de Atenea (v.), qué le concede la gracia de esfumar a su vista la nube ocultadora de las divinidades (Hornero, Ilíada, 5,128; Odisea, 10,573 ss.). Ordinariamente las t. de los dioses se consideran visibles solamente para determinadas personas. Así "Atenea se acercó, transfigurada en una mujer hermosísima... Y, parándose en el umbral, se hizo visible a los ojos de Ulises solamente, sin que Telémaco la viese ni advirtiera su llegada, pues los dioses no se hacen visibles a todos. Mas Ulises la vio muy bien y también los perros, que, en vez de ladrar, huyeron gruñendo a otro lugar de la majada" (Hornero, Odisea, 16,161 ss.). A veces se aparecen a uno solo, p. ej. a Agamenón, "de los demás ninguno veía a Atenea"; pero uno de los presentes (Aquiles), "se asombró, volvióse y en seguida conoció a Palas Atenea" (Hornero, Ilíada, 1,197 ss.). En contadas ocasiones la t. es incompleta; hay sólo auditio, falta de visión; así, p. ej., cuando Apolo habla a Héctor (Hom. 11., 20,375-379). Según el concepto antropomórfico de los dioses Olímpicos (V. OLIMPO), sabemos de la majestad de Zeus (v.), la belleza de Venus (v.), la mueca de Afrodita al ser herida por Diómedes (Hom., 11., 5,335 ss.), etc.Valor paradigmático podemos conceder en esta materia al mito, muy extendido en el mundo greco-romano, de Filemón y Baucis. Zeus y Hermes, "depuestas sus alas" y restantes atributos divinos, descendieron "en forma mortal" a las montañas de Frigia. Nadie los recibe, sólo un matrimonio, Filemón y Baucis, los acogen en su cabaña y les ofrecen una cena frugal. Pero pronto la t. empieza a descubrirse por los portentos: "la vasija se va llenando por sí misma a medida que de ella se saca, y ven los viejos que el líquido crece sin que ellos lo añadan. Quedan atónitos y espantados con este prodigio. Baucis y Filemón, alzando sus manos al cielo, piden temblorosos a sus huéspedes perdón por la pobreza de las viandas". Entonces se disponen a inmolar el "único ganso que poseen... en honor de los dioses, sus huéspedes" y éstos se declaran: "Somos los dioses...". En recompensa fueron premiados con la inmortalidad y sus "impíos vecinos" castigados (Ovidio, Metamorfosis, 8). La pervivencia de este mito explica que los habitantes de Listra consideraran a Bernabé, de porte más majestuoso y más silencioso, como t. de Zeus y a Pablo de Hermes, portavoz del dios supremo, tras la curación del tullido de nacimiento y que, consecuentes, pretendieran ofrecerles sacrificios (Act. 14,8-18).3. Características de las diversas teofanías. Ante toda t. el hombre reacciona, de ordinario, con un sentimiento de admiración (Homero, Odisea, 1,323) y de temor (Homero, Ilíada, 20,130). Los relatos de t. de divinidades celestes o de sus mensajeros suelen ajustarse a un esquema estereotipado: aparición, reacción de temor frecuentemente acompañado del convencimiento de una muerte segura por haber visto a la divinidad y a veces palabras del dios que pacifican al vidente, p. ej., "aedes et omitte ti morem" del Somnium Scipionis (Cicerón, 2,3; cfr. las de Atenea a Ion: Eurípides, Ion, 1549 ss.; y las de Zeus-Hermes a Filemón-Baucis en el citado pasaje de Ovidio); pero en general los dioses de la literatura grecorromana nunca hablan de sí ni tratan de sosegar el ánimo sobrecogido de temor respetuoso (como hace Dios al revelarse o manifestarse en la Biblia, con el "No temas, soy yo" o "Yo estoy contigo": Ex 3,5 ss.; Idc 13,22; Is 6,5; 1 Reg 19,13; Lc 1,12.28). En las nárraciones de t. de otra clase de divinidades, ordinariamente telúrico-mistéricas, no predomina el temor sino, al contrario, la alegría (Homero, Himnos, 33,16 ss.), risa (Plutarco, Emilio Paulo, 25), silencio en la vegetación, animales y seres humanos (Eurípides, Bacantes, 1084 ss., etc.). El sentimiento de gozo, como efecto de la unión mística y de la apetencia de inmanencia, se describe como característica de las t. de los dioses mistérioss en el momento de la iniciación así como en los dé exaltación báquica (fenómenos de menadismo dionisiacO, etc.) (v. INICIACIÓN, RITOS DE; DIOS II, 2). Las reacciones y sentimientos ante las t. se describen y expresan por gestos y posturas concordes: la reverencia profunda, la total prosternación ante la deidad trascendente en las t. de dioses celestes (Aristófanes, Aves, 150).El mysterium tremendum caracteriza el sentimiento religioso en presencia de las deidades celestes (V. RELIGIONES ÉTNICO-POLÍTICAS), el fascinans ambienta la religiosidad telúrico-mistérica (V. MISTERIOS Y RELIGIONES MISTÉRICAS). En las primeras las t. son externas, trascendentes; en virtud de su condición de ser antropomorfizado, que posee un poder superior, el dios se distingue siempre del hombre, se interioriza poco en su espíritu. En las segundas, al contrario, son más inmanentes, tienden a producir el en-thusiasmos (etimológicamente: en-diosamiento o dios dentro), la "unión mística" y misteriosa iniciada en esta vida y que se ha de consumar tras la muerte.Además conviene señalar una diferencia esencial entre las t. en forma humana y las restantes. Las líticas, vegetales y teriomórficas suelen considerarse duraderas; se trata de la presencia-encarnación (V. ENCARNACIONISMO; IDOLATRÍA) de una deidad que diviniza la piedra, planta o animal, y, como consecuencia, exterioriza la añadidura de la naturaleza divina a la mineral, vegetal o animal con una t. esencial, de coexistencia de dos realidades, tan duraderas cuanto se prolongue la existencia del soporte natural. En las celestes (atmosféricas y antropomórficas), se trata más de una presencia-aparición momentánea, que permanecerá el tiempo requerido para realizar lo que se piensa intenta la divinidad (una noche, caso de Zeus-Hermes con Filemón-Baucis; unión de Afrodita-Anquises, origen de Eneas: Homero, Himno Afrodita) o los minutos precisos para aconsejar o ayudar al héroe, protegido suyo (la mayoría de las t. literarias de la Ilíada, Odisea, Eneida, etc.); tras unos momentos de brillo, el halo antropomorfizado se esfuma. Sólo hay una t., si se la puede llamar así, completamente antropomórfica que es duradera, la única no mítica, sino verdaderamente histórica: la constituida por Jesucristo, Dios y hombre al mismo tiempo (V. ENCARNACIÓN; JESUCRISTO).V t.: SIGNO Y SIGNIFICACIÓN II; SIMBOLISMO RELIGIOSO I; REVELACIÓN I; SUEÑOS Il.M. GUERRA GÓMEZ.
BIBL.: F. KÓNING, Cristo y las religiones de la tierra 1-III, Madrid 1960-61; L. WENIGER, Theophanien, altgriechische Gótteradvente, "Archiv für Religionswissenschaft" 22 (Berlín-Leipzig 1923-24) 16-57; M. GUERRA, La Serpiente, epifanía y encarnación de la suprema divinidad ctónica..., "Burgense" 6 (Burgos 1965) 9-71; W. F. OTTO, Theophania, Der Geist der altgriechischen Religion, Hamburgo, 1956; R. OTTo, Lo Santo, lo racional y lo irracional en la idea de Dios, 2 ed. Madrid 1965 (obra en lo que afirma generalmente válida, pero no así en lo que niega, debido casi siempre a su exageración de la función de lo irracional en lo religioso).
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