Teleologia FIL.
Categoria:
Filosofía
La palabra t. deriva del griego telos, que significa fin. Según esto, t. significaría el tratado de los fines y también la misma finalidad. Así, la explicación teleológica de un fenómeno es su explicación por la causa final (v. FIN; CAUSA, 4)-. Aquí vamos a estudiar la t. de la Naturaleza; es decir, nos planteamos si la Naturaleza (v.) obra por un fin.La finalidad en el hombre y en la naturaleza. Que el obrar humano es teleológico es evidente: el hombre (v.) es capaz de proponerse el logro de fines determinados: ya en el campo de su propio comportamiento ético, esto es, cuando lo que ordena a un fin es su propia actuación como hombre, ya en su actuación técnica o artística, esto es, cuando trata de conseguir fines parciales, fines técnicos, artísticos o culturales en general.Precisamente uno de los argumentos clásicos en favor de la finalidad de la naturaleza procede de la comparación entre el comportamiento natural y el artístico. Puesto que el arte, dice Aristóteles en el libro . segundo de la Física, imita a la naturaleza, esta última ha de operar finalísticamente, ya que el arte así lo hace a ojos vistas. S. Tomás abunda en esta razón cuando establece un paralelismo entre la construcción natural y la artística. En la construcción artística de una casa se comienza por el asentamiento de los cimientos; de ahí se pasa a la erección de las paredes y, finalmente, al recubrimiento mediante la techumbre. De igual modo opera la naturaleza en la producción de las plantas. Lo primero y básico es la raíz, después el tallo y, finalmente, las hojas y los frutos. Y así como la naturaleza busca la salud por el alternativo enfriamiento y calentamiento, lo mismo hace el arte médico.Sea el que sea el valor de la comparación, en cualquier caso resulta evidente que el hombre puede proponerse finalidades. Punto tan inconcuso es éste que ha merecido la aquiescencia general de los filósofos, tanto de los partidarios de la finalidad como de los contrarios. Estos últimos dirán que la t. natural es una proyección sobre la naturaleza de lo que es comportamiento propio del hombre, sólo del hombre. El hombre obra por un fin, reconocen éstos, pero añaden que todo finalismo natural es un antropomorfismo.El finalismo natural en la historia de la filosofía. Desde los albores de la filosofía, se encuentran en el pensamiento humano las dos actitudes contrapuestas: la de los partidarios de la finalidad y ’la de los enemigos de ella. Posiblemente tras los pasos de Sócrates (v.), Platón (v.) pone como último fundamento de toda la realidad la idea de Bien (v.); con ello se viene a afirmar que la última explicación de todos los seres y acontecimientos no hay que buscarla sino en el bien ser o en el orden (v.) del mundo. Para Aristóteles (v.), el fin es una de las cuatro causas y la Inteligencia suprema atrae al mundo como lo más amado. El movimiento del mundo tiene su explicación, es cierto, en las causas eficientes -las que él designaba como aquello "en lo que el movimiento comienza"-, pero al mismo tiempo todas las causas están solicitadas por la atracción "amorosa" que ejerce sobre ellas la Inteligencia divina como fin del mundo.Esta tradición platónico-aristotélica se va a continuar en la filosofía de los Padres de la Iglesia, singularmente en un S. Agustín (v.), y más tarde en la llamada filosofía escolástica, y así domina el pensamiento hasta el Renacimiento. En este tiempo resurge otra antigua tradición: la del pensar materialista, e incluso mecanicista, que arranca de Demócrito (v.), pasa por Epicuro (v.) y se continúa en la latinidad por la obra de Lucrecio (v.). Para esta filosofía materialista no existen las causas finales. La materia se compone de átomos, partes extensas indivisibles en continuo movimiento (v. ATOMISMO). Estas últimas partículas se componen entre sí dando lugar a las realidades de nuestra experiencia sensible, y no obedecen en sus combinaciones más que al ciego azar (v.). No hay aquí ni la sombra de logos. Otros filósofos hablan del amor y del odio o de la inteligencia ordenadora, pero, como observa Aristóteles, en nada se advierte su presencia, de modo que en realidad sólo se preocupan de las causas mecánicas.A decir verdad, esta tradición mecanicista arrastra una existencia precaria, marginada, hasta que en la modernidad trata de resurgir, buscando un apoyo en el estudio de lo cuantificable en la naturaleza. A veces ese mecanicismo es un puro materialismo; otras veces se aplica o pretende aplicar sólo a la naturaleza material, dejando aparte la realidad espiritual y su libertad (v. MATERIALIS MO; MECANICISMO; DETERMINISMO; OCASIONALISMo). Así, p. ej., Descartes (v.) llega a afirmar que "aunque supusiéramos el caos de los poetas, se podría demostrar que, gracias a las leyes de la naturaleza, esta confusión puede llegar poco a poco al orden actual. Son tales las leyes de la naturaleza que la materia debe adoptar necesariamente todas las formas de que sea capaz" (Principia philosophiae, III,37). Es decir, según Descartes, la materia en su dinamismo no obedece a ninguna finalidad, no pretende ninguna forma más que otra cualquiera, y las que al final observamos son producto del azar. No podía ser, para Descartes, de otra manera: puesto que si la causa eficiente es asimilable desde las categorías de la extensión y del movimiento local, en manera alguna lo es la finalidad. A partir de Descartes, se invierten los términos en el pensamiento de diversos autores. El pensamiento mecanicista se impone sobre todo en la obra de naturalistas como Darwin (v.), quien explicará las formas biológicas como efecto mecánico de la concurrencia vital y la selección natural. Numerosos biólogos y filósofos de la naturaleza se adhirieron al nuevo mecanicismo como, p. ej., Spencer (v.), Haeckel (v.), W. James (v.), Naegeli, Roux, Loeb, Rabaud, Simpson.No han faltado, sin embargo, finalistas en los tiempos modernos y contemporáneos. Así, p. ej., el científico Lecomte de Nóuy, que también se ocupó de temas de filosofía de la naturaleza desde una posición propia. Además de los numerosos realistas (v. REALISMO II), del tomismo (v.) y neotomismo (v.), la gran alternativa ha sido representada por el vitalismo (v.): desde los iniciadores como Von Baer, Reinke, Hartmann hasta Driesch, Becher, Richet, Cuénot, etc.Finalismo en biología. La discusión entre el finalismo y el mecanicismo se ha enriquecido considerablemente con muchos hechos de observación. Desde un punto de vista bioquímico se hace notar la improbabilidad de las típicas estructuras y procesos disimétricos propios dP las formas biológicas. Se ha calculado que la probabilidad de que se forme una molécula de grado de simetría 0,9 es, en el caso más favorable, de una sobre 1032’. Pero procesos como éste y bastante más complicados son tan comunes como el desarrollo de un huevo hasta dar origen a un pollo.Asimismo, la coordinada diferenciación de los órganos en el desarrollo embrionario, la tendencia de los procesos evolutivos hacia una mayor complejidad, y, sobre todo, la adecuación de los órganos a las funciones y de las funciones al bienestar del individuo y de la especie, son otros tantos argumentos en pro del finalismo. Ejemplos de este último capítulo los hay innumerables. Tales son la extraordinaria variedad de ojos simples, compuestos, pedunculados, en forma de telescopio e incluso de lente bifocal como en el pez tetroftalmo, que tiene necesidad de ver tanto fuera como debajo del agua; la disposición de los miembros en aleta en losanimales nadadores, en ala en los voladores, en utensilio de excavación en el alacrán cebollero, en ciertos coleópteros y en los tálpidos (topo); los dibujos y los colores miméticos de variadísimos organismos; la distribución de las hojas sobre la rama en vistas a ofrecerse a la luz, y en particular, p. ej., el girasol, cuyo tallo gira para que la inflorescencia esté siempre mirando al sol, o la posición de los filodios del eucalipto paralela a la dirección de los rayos solares, como medio de defensa, etcétera. Las simbiosis como la del alga y del hongo en el liquen; la de las bacterias que viven en los intestinos de los animales, favoreciendo la digestión de éstos y aprovechándose de los alimentos ingeridos por el animal, etc.Todos estos ejemplos tratan de explicarse desde una perspectiva mecanicista, según el principio general de que la función crea el órgano. El medio ambiente, de acuerdo con este punto de vista lamarckiano (v. LAMARCK), induciría la formación en el viviente de órganos adecuados. Pero hoy sabemos que las cosas no suceden así, que no hay transmisión hereditaria de las funcionalidades adquiridas, sino que, por el contrario, es el viviente el que se modifica espontáneamente para adquirir una mejor adaptación.El problema del finalismo natural en general. El problema ya se lo planteó Aristóteles en el libro segundo de la Física. S. Tomás (v.) lo comenta en las lecciones 12-14. La negación de la finalidad es atribuida a Empédocles (v.). Que la naturaleza obra por un fin, consta en el hecho de que ésta siempre produce algo del mejor modo y lo más cómodamente (S. Tomás habla de optimum, y de quanto melius et commodius). El pie es producido por la naturaleza de modo que se adapte al caminar, y otro tanto cabe decir, p.ej., de los dientes anteriores, agudos y aptos para dividir el alimento, mientras que los molares son anchos y aptos para triturarlo.Ahora bien, los mecanicistas razonan de modo contrario. En realidad, según ellos, lo que ha pasado es que la naturaleza ha llegado a esas formas por necesidad de las causas eficientes y materiales, dando lugar a unas formas que a la postre se han revelado como útiles para las antedichas finalidades. De modo semejante a como sucede con la lluvia, que debe su origen no a que sea necesitada por el crecimiento de las plantas, sino a que el agua calentada por el sol se evapora, con lo que asciende en la atmósfera hasta zonas alejadas de la reverberación de los rayos solares, lo que produce su ulterior congelación y su caída en forma de lluvia por efecto de la gravedad. Todo sucedería, según el mecani; cismo, ex necessitate materiae en el ámbito de la naturaleza. Al principio de la constitución del mundo convinieron los cuatro elementos para la formación de las cosas naturales y de este modo se constituyeron muchas y variadas disposiciones naturales, cada una de ellas apta para alguna utilidad, como si hubieran sido hechas por esto (sicut si propter hoc fasta essent). Para la visión mecanicista, de todos estos seres sólo se han conservado los que tuvieron una disposición apta para la conservación, y no por la acción de algún agente que persiguiera un fin, sino por la casualidad.S. Tomás rechaza expresamente como inconveniente el ejemplo de la lluvia: "pues la lluvia, aunque tenga una causa necesaria por parte de la materia, sin embargo, se ordena a algún fin, a saber, a la conservación de las cosas generables y corruptibles" (In VIII libros Physicorum, n° 254). Desde luego cabría interpretar los hechos en sentido inverso: no es que llueva por la conservación de los seres vivos, sino que allí donde llueve florece la vida, lo que aparentemente es más comprensible. Pero eso sería explicar lo más por lo menos, lo que no deja de envolver una cierta contradicción. En el fondo, la razón de ser de la lluvia es su necesidad para el desarrollo de la vida. Es esto último lo que explica la existencia de las causas mecánicas, eficiente y material. Se trata, en efecto, de una necesidad metafísica. Cuando pienso en el mundo desde la finalidad -es bueno que el mundo funcione y que funcione bien-, estoy ante la causa más adecuada del mundo. Todas las cosas, hasta las más minúsculas, suceden para que funcione este conjunto. Da toda la impresión de que el mundo ha sido pensado desde su acabamiento. Si no consigo elevarme hasta el nivel en que el mundo se muestra en toda su bondad, no comprendo el mundo. Lo verdaderamente necesitante, lo que verdaderamente arrastra tras sí todas las causas y mecanismos, es el mundo en cuanto ordenado (v. ORDEN). Todos los mecanismos, todas las causas están ahí, para que se dé este mundo, puesto que, además, es precisamente lo que se da.No desconoce S. Tomás, en seguimiento de Aristóteles, otros ejemplos más patentes de finalismo, como los de la conducta instintiva de determinados animales (la golondrina que construye su nido, la araña que teje la tela). No obstante, el centro de la argumentación aristotélica y tomista está en la afirmación de que lo que sucede siempre o frecuentemente, contrariamente a lo que sucede por excepción, no puede ocurrir por casualidad, sino por algo, por un fin determinado. La casualidad, como lo atestiguan el lenguaje y la experiencia común, es lo excepcional. Mientras que lo natural es lo que, sucediendo siempre, o frecuentemente, tiene que poseer un fin, pues de otro modo no habría una razón suficiente de la constancia de ese acontecer natural.Nos parece que el haber mantenido firmemente este punto constituye el mérito de S. Tomás: la constancia del obrar de la naturaleza arguye una finalidad. Más aún, la explicación moderna de la transmisión de la vida y de la evolución no desmiente en absoluto la visión finalista. En efecto, la mayor parte con mucha diferencia de las generaciones que se dan en la naturaleza producen individuos de la misma especie y raza que los progenitores, lo que no deja de ser una afirmación de la constancia del obrar natural. Estos individuos están perfectamente adaptados al hábitat en el que les toca vivir. Muy minoritariamente aparecen individuos con dotaciones cromosómicas anormales. Cuando se dan estos cambios, puede suceder que la nueva dotación cromosómica implique una mejor adaptación al medio, con lo cual se sigue verificando la finalidad de la naturaleza; máxime, si se tiene en cuenta que la gran mayoría de los cambios cromosómicos son de este tipo, por más que, como es lógico, los científicos dediquen más atención al estudio de los cambios genéticos que producen anormalidad. También puede ocurrir, ciertamente, que el cambio cromosómico en cuestión implique en algunos casos, los menos, una deficiente adaptación al medio. Pero lo que hay que notar, en todo caso, es que estos cambios transcurren siempre dentro de los cauces de una relativa normalidad: no se da nunca, p. ej., en las generaciones humanas la aparición de ojos pedunculados o la prolongación del coxis en forma de cola. Se quiere decir con esto qué es falsa la representación de las mutaciones genéticas como acontecimientos surgidos completamente al azar, pues en la mayoría de los casos estasmutaciones parecen como previamente armonizadas con las condiciones del medio ambiente. La naturaleza actúa como si tuviera un conocimiento previo del sentido en que debe operar: la naturaleza posee una finalidad.V. t.: FIN; BIEN; ORDEN; LEY; etc.FRANCISCO BELTRÁN.
BIBL.: ARISTÓTELES, Física; ÍD, Metafísica; SANTO TOMAS DE AQuINO, In octo libros Physicorum expositio; ID, In Metaphysicam Aristotelis commentaria; S. BEER, Finalismo (biológico), en Enc. Fil., t. 2, col. 1394-1400; P. N. COSSMANN, Elemente der empirischen Teleologie, 1889; F. ERHAROT, Mechanismus und Teleologie, Leipzig 1890; R. GARRIGOU-LAGRANGE, El realismo del principio de finalidad, Buenos Aires 1949; R. ALVIRA DOMÍNGUEZ, La noción de finalidad, Madrid 1973; y la bibl. del art. FIN.
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