Superstición REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
RELIGIONES NO CRISTIANAS. 1. Superstición y religión. La s., "así llamada por ser supreflua aut superstatuta observatio" (S. Isidoro, Etimologías, 8,3), es como la sombra de la auténtica postura religiosa; su envés oculto en los periodos de relación normal, tanto individual como colectiva, con la divinidad, pero veladamente presente y dispuesta a irrumpir siempre que el clima espiritual se enrarece o decae. En algunos textos romanos la palabra superstitio designa la religión intensamente vivida (Virgilio, Eneida, 12,817; Séneca, Epístolas, 95; etc.). Por contraste, a veces, significa una religión que no encaja dentro de la romana, p. ej., el cristianismo superstitio prava et inmodica (Plinio el Joven, Epístolas, 10,33), nova et malefica (Suetonio, Nerón, 16). Pero de ordinario tiene sentido peyorativo, deformativo por exceso, de cualquier religión: "No sólo los filósofos, sino también nuestros antepasados, separaron la superstición de la religión" (Cicerón, Natura deorum, 2,28,71). El hombre debe rendir a la divinidad el homenaje designado por la palabra pietas, expresiva del respeto afectuoso de los hijos a sus padres; negárselo es impietas. Pero ir más allá de lo debido, de acuerdo con el concepto contractual de la religión entre los romanos -do ut des-, supone caer en la superstitio o exageración. "Por querer ser demasiado religiosas, se hacen supersticiosas", afirma Servio de las mujeres (In Aeneidam, 8,183). Su misma etimología (superstare, más corrientemente admitida; según otros superstes) alude a la demasía, al follaje vicioso de gestos, prácticas y creencias, parasitario de la verdadera savia y frutos religiosos.2. Superstición, magia, adivinación y creencias religiosas. Algunos autores consideran la s. como un género con dos especies o subdivisiones: la magia (v.) y la adivinación (v.) en sus múltiples formas. No es exacto; más bien semejan ser dos caras de la misma moneda pseudorreligiosa, fuera del curso legal. Si en las manifestaciones cúlticas de las diversas religiones van unidos el mito (fórmulas, palabras cultuales) y el rito (acciones cúlticas), la deformación por exceso de la verdadera religiosidad (como por defecto lo es el escepticismo y por negación el ateísmo) comporta también dos aspectos: el preferentemente cognoscitivo, en el plano de las creencias, o s., y el operativo o magia.El mago, más que rezar y observar con meticulosidad todos los pormenores impuestos por sus creencias, fruto de una conciencia deformada, como hace el supersticioso, trata de "obligar" a dioses y a démones a que le comuniquen su fuerza sobrehumana (dynamis), el espíritu (pneuma) o el efluvio divinos (apórrhoia) con un fin operativo, hacedor de portentos (V. TEúRGIA). La expresión es tanto más acertada, cuanto que la palabra "obligar", de ob-ligare, tiene origen mágico; procede de la práctica romana de "ligar" mágicamente una cosa para "obligarla" a hacer lo que de ella se pretende. El hombre religioso quiere agradar a la divinidad, el mago se sirve de ella manipulando lo sagrado con sus "técnicas", el supersticioso, "angustiado" ante su terrible poder, vive "obsesionado" por congraciarse con ella. Por algo el término deisidaimonia, equivalente griego del latino superstitio, implica en su etimología la idea de "temor de los démones".También difiere de la adivinación por su fin específico. No obstante, las diversas formas adivinatorias (quiromancia, nigromancia, auspicios, augurios, incubación, cte.)son, en parte, s. en cuanto emplean medios inadecuados para alcanzar el conocimiento del porvenir (V. ADIVINACIÓN; ASTROLOGÍA).3. Causas, sujetos, objetos, cte., de las supersticiones. a) Causas. Aparte de la credulidad de la gente, de su afán por asegurar el favor divino y la fuerza peculiar de la costumbre o de gestos repetidos, hay que resaltar una causa ordinariamente olvidada: la supervivencia, en forma supersticiosa, de creencias más o menos religiosas en religiones ya superadas o distintas de la propia. Así se explica la presencia de aves con fines no sacrificiales sino apotropaicos o de protección en las "sesiones" teúrgicas (Porfirio, Vita Procli, 10,716,12 ss.; ed. Volk). Las aves domésticas eran consideradas sagradas en Persia para ahuyentar la oscuridad y, también, los démones o principios del mal. Plutarco afirma que "los perros y las aves" pertenecen a Ormuz o principio del bien. Proclo cree que los gallos son criaturas solares. Sin duda la tradición de la teúrgia griega conserva aquí creencias religiosas iránicas. De ahí su carácter apotropaico y que su muerte, ofensa a la aparición divina, se considerase causa de la desaparición de ésta. La serpiente (v.), considerada como manifestación de la suprema divinidad telúrica: la Madre Tierra (V. DIOS 11, 2), al ser vencidos sus adoradores por los indoeuropeos de religión celeste, quedó desacralizada o relacionada con el principio del mal, y adquirió un valor de signo totalmente negativo. No obstante, en numerosos casos sobrevivió no sólo como simple atributo de una divinidad celeste (serpientes en la égida de Atenea), sino también con función beneficiosa para la humanidad (V. SERPIENTE), si bien la eficacia que se le atribuye está en el plano de la superstición.Lo mismo vale para tantos aspectos del toro y de la luna supersticiosos en época posterior, pero residuos de su arcaica naturaleza sacra]. Esta supervivencia, parasitaria y deformada en una religiosidad posterior, suele ser reacia a extinguirse. Los antiguos, p. ej., creyeron en la naturaleza aérea del alma. Esta creencia, que en ellos no pasa de errónea si bien provocó numerosas supersticiones, pervive ahora en Galicia (España). Si se agrava un enfermo residente en una casa por donde ha sido conducido a enterrar ese día un cadáver creen supersticiosamente en aldeas de la montaña que el culpable es o aire (el aire), que no es el elemento natural, sino el espíritu del difunto. Lo confirma la práctica de llevar al enfermo al cementerio para librarlo del aíre mediante ensalmos y frases con frecuencia ininteligibles.b) Sujetos. El vulgo y, sobre todo, las mujeres son los sujetos habituales de las supersticiones. Siempre ha sido así; mucho más en la antigüedad a causa del bajo nivel cultural de las mujeres por efecto del masculinismo imperante en los pueblos de religión étnico-política (V. DIOS I; SACERDOCIO I). Cicerón habla de superstitio muliebris y anilis (de viejas) (Natura deorum, 2,70). Y el estoico Lucilio Balbo critica sus "interminables oraciones para conseguir la supervivencia de sus niños". De mujeres supersticiosas hablan también Menandro en su comedia Deisidaimon o El supersticioso y Teócrito (Idilios).Naturalmente tampoco faltan los hombres, a veces de más dinero que cultura y siempre escasos de ésta. Así el descrito por Teofrasto (Caracteres, 16), precisamente al hablar del supersticioso. He aquí su traducción casi literal: "anda de una parte para otra con el recipiente de agua consagrada en la mano y el laurel en la boca. Si una comadreja atraviesa el camino, no sigue adelante hasta que otra no lo haya hecho en sentido inverso o sin haber arrojado tres piedras sobre el camino. Si ve una serpiente en su casa, invoca al dios Sabacio y construye una capillita en honor de los héroes-antepasados. Cae de rodillas y reza por cualquier motivo. Cuando un ratón ha roído un saco de harina, va al intérprete a preguntarle qué debe hacer; si le contesta que lo lleve a coser, en vez de hacerle caso, realiza una ceremonia de purificación. Si gañe una lechuza, mientras camina, se sobresalta y no sigue adelante sin haber dicho las palabras `Palas Atenea es poderosa’. No se atreve a pisar un sepulcro ni a visitar la casa donde está un cadáver ni a una mujer recién parida por temor de contaminarse. Los días 4 y 7 de cada mes, mientras su familia cuece vino, compra mirto e incienso y pasa el día coronando a su hermafrodita. Si tiene un sueño corre febrilmente de un augur a un adivino, de éste a un intérprete de sueños, obsesionado por saber a qué dios o diosa debe honrar, y para recibir la bendición o quedar consagrado acude a un orfeoteleletes. Se cuenta también entre las personas que con devoción son asperjadas con agua de mar; para ello acude, una vez al mes, al sitio señalado con su esposa, hijos y nodriza. Si ve a alguien con una sarta de ajos, vuelto a casa se baña de pies a cabeza, manda llamar a la sacerdotisa y le pide que lo purifique. En cuanto ve a un epiléptico se asusta y escupe en el bolso del vestido".c) Objetos. Aunque existan objetos y temas con una predisposición más acentuada que la de otros para convertirse en materia de una s. determinada, ésta depende siempre de la credulidad del hombre fomentada por diversas circunstancias histórico-religiosas y sociales, no de la realidad objetiva de los seres objeto de creencias supersticiosas. De ahí que puedan afectar a cualquier cosa inanimada o animada. No obstante, las supersticiones más extendidas han cristalizado, de ordinario, en torno a unas cuantas piedras, plantas, animales y posturas humanas que, en virtud de la creencia supersticiosa, suelen servir para satisfacer las aspiraciones primarias del hombre: buena-mala suerte, salud, fecundidad, defensa de algunos peligros, etc., temas que reaparecen una y otra vez con categoría de almas vivificadoras del proteico organismo integrado por los diversos elementos supersticiosos. Se enumeran solamente algunos. Entrar en un local con el pie derecho daba buena suerte; con el izquierdo, mala (Cena Trimalchionis, 30,5), lo mismo que entre los celtas los movimientos hacia la derecha (deisel) o hacia la izquierda (tuathel). Siempre la derecha posee más fuerza, la izquierda es más débil y peor (manos, animales emparejados, hombres provenientes del lado derecho, mujeres del izquierdo, enfermedades más peligrosas si comienzan por la derecha, etc.: cfr. Plinio, Historia natural, 7,37; 8,176,188; 30,148; etc.). Concedían influjo benéfico para la salud al mármol, a las flores de malva, a la saliva humana, a la luna, si bien su influjo con frecuencia resulta nocivo ("lunáticos").Otro de los temas frecuentes es el de la fecundidad, de vital importancia para pueblos de impronta genésica como casi todos los antiguos. Tanto los griegos como los romanos y otros pueblos de religión celeste, debido a supervivencias de su naturaleza sagrada en la religiosidad telúrica, concedieron virtualidad genésica a la carne y sangre de toro (v.), a la serpiente (v.), a la luna (v.), etc. El cabello era símbolo y vehículo de la fuerza en general y más frecuentemente de la genésica (Homero, Iliada). De ahí que la tonsura o cortarse el pelo, inicialmente en señal de luto por los parientes muertos, signifique la participación de los unidos por la sangre en la muerte de uno de ellos; era una manera de morir con él, quizáresiduo de la práctica atávica por la que se daban muerte cuando fallecía el paterfamilias o el rey (Eurípides, Alcestes; Teognis, Elegías). Los griegos (Eurípides, Alcestes), los romanos (Virgilio, Eneida) y numerosos pueblos antiguos estaban convencidos de que el corte de pelo causaba la debilitación de la energía vital y hasta su pérdida total, la muerte.d) Circunstancias propicias para las supersticiones. La s. es la religión deformada, su corrupción. Por eso el esplendor de ambas suele hallarse en razón inversa. La decadencia de la auténtica vida religiosa implica el brote pujante de lo supersticioso. En la vertiente religiosa la diferencia más inequívoca entre un siglo de oro y una época de decadencia, p. ej., entre el siglo de Pericles y los posteriores hasta el declive del paganismo, se halla precisamente en la creciente proliferación y universalización de las supersticiones. Las obras de Teofrasto (s. iv a. C.), El supersticioso de Menandro (s. iv-in a. C.), Teócrito (s. iii a. C.), los tratados de Plutarco (s. I-II d. C.), los de Luciano (s. ii d. C.); especialmente Alejandro o el Pseudoadivino; los de Juliano el Teúrgo (s. n d. C.) y de diversos neoplatónicos (Porfirio, Procolo, Jámblico, etc., de los primeros siglos cristianos), etc., nos ofrecen una bien surtida colección de conjuros, amuletos, aojamientos, bebedizos y demás especies de s. y magia al compás de la progresiva decadencia de las religiones celestes florecientes en la época anterior en la mitad oriental del área mediterránea.Las s. proceden de una postura deformadora de lo religioso, en cuanto se empeña en descubrirlo con visión enfermiza en todo lo natural y humano, buscando el remedio de todos los males en los "dioses", los muertos y en fuerzas ocultas a merced de sus antojos. De ahí que el clima más propicio suela ser el creado en momentos de paroxismo, cuando por culpa de la guerra, peste, etc., los individuos o los pueblos, a pesar de sus esfuerzos, experimentan la sensación de vacío, viéndose como empujados por la necesidad a acudir a la divinidad y a ver su voluntad en portentos, apariciones, etc. Así ocurrió en Atenas durante las guerras médicas (Pausanias, 1,32,5; 1,36,1; Heródoto, 8,65; Ésquilo, Persas, 402 ss.). A su vez en Roma las guerras púnicas y, sobre todo, la inminencia de Aníbal provocó la pululación de s.: las respuestas de los oráculos andaban en la boca de todos, las mujeres iban y venían alocadas de templo en templo y con las cabelleras sueltas limpiaban los pavimentos de los santuarios (Polibio). Se vieron prodigios del mal augurio: "platillos volantes", eclipses, rayos que herían a soldados, escudos que sudaban sangre, sudor y lacrimación de imágenes, cambio de sexo en los gallos, etc.4. Algunas clases de supersticiones. a) Superstición "inaugural". Nunca es tan bien empleada la palabra "inaugural", "inaugurar", de in-augurium, inaugurare, como aquí al tratar de la manía de los romanos de no emprender ninguna empresa guerrera ni tarea alguna individual, familiar o nacional, a veces aun en casos de nimia importancia, sin tener asegurado el éxito mediante un augurio favorable (Cicerón, De divinatione, 2,72,179 ss.). Por eso los auspicios se convirtieron en los rectores de la vida pública y privada, cayendo continuamente en lo supersticioso y a veces en la irreverencia atea, pues dado su ritualismo no importaban las disposiciones subjetivas, p. ej., caso del cónsul deseoso de ir a la guerra, que consiguió el buen augurio de que los pollos bebieran con avidez arrojándolos al Tíber (Tito Livio, 22,42,9). Esta clase de s. "inaugural" existió también, aunque en menorSUPERSTICIÓNproporción, entre los germanos y otros pueblos (Tácito, Germania, 10) así como, en parte, perdura en nuestros días.b) Amuletos. Si en nuestro tiempo los hay (mascotas, cte.), aunque desvirtuados, en los siglos de la decadencia pagana proliferaron de manera inimaginable; hasta la mujer de Pericles le puso uno, cuando éste enfermó (Plutarco, Pericles, 38). Plinio satiriza a quienes llevan a sus dioses en el dedo (anillos) en calidad de amuletos. Esta condición poseían especialmente los corales, los ajos, el ámbar, el anís, el falo, el cunnus femenino, reproducción metálica de cabezas de serpientes y de otros animales. Se llevaban al aire o metidos en una bolsita colgados al cuello, en la muñeca o en el dedo. Su finalidad es casi siempre apotropaica o preservativa de enfermedades, aojamientos, desgracias; protegen a las personas, también sus enseres, casa, etc., y sobre todo a los niños. Los recién nacidos llevaban al cuello cabezas metálicas de serpientes. Esta costumbre pervive en nuestros días, p. ej., respe o lengua de culebra metido en una especie de escapulario y atado en la cuna de los niños en la zona montañosa entre Burgos-Santander (España). Puede ser supervivencia de la arcaica sacralidad de la serpiente y de su influjo en la fecundidad y en la salud (v. SERPIENTE).c) Imágenes. Es natural que las imágenes de los dioses estuvieran llenas de más "fuerza" que los amuletos y que trataran de apropiársela besando la yema de los dedos que las tocaban (Plotino, Eneadas, 4,3,11 ss.). Las leyendas sobre aspectos "milagrosos" de las estatuas divinas son corrientes en la época de esplendor religioso. Pero su poder aparecía como algo espontáneo. En cambio, a partir del helenismo la s. llega a admitirlo como resultado de una elaboración mágica. Así se dan normas para hacerlas e incluso para animarlas (Papyri Graecae Magicae, 11,318; 4,184) y en un diálogo del Corpus Hermeticum (1,338,358) se habla de "estatuas dotadas de sensibilidad y llenas de espíritu", que vaticinan el porvenir. Nerón poseía una que le predecía las conspiraciones; la llevaba siempre consigo y le ofrecía sacrificios (Suetonio, Nerón, 56).d) Conjuros y ensalmos. Sobre todo con fines terapéuticos, se emplearon conjuros (palabras, pronunciadas o escritas, con intención imperativa o coactiva de la enfermedad, acción de un demón, cte.) y ensalmos (con prevalencia del aspecto impetratorio o de súplica). Muy numerosas son las tablillas de execración, pequeñas láminas metálicas colocadas en sepulcros, que tenían grabados conjuros capaces de entregar a los enemigos al poder de los dioses infernales (cfr. Tabellae defixionum, Apéndice de Inscriptiones Graecae, 3,3, cte.). En muchos casos se trata de papiros, tablillas, cte., que los devotos llevaban, a veces, al cuello como amuletos (Plutarco, Sytnposiom, 7,5,4; S. Clemente de Alejandría, Stromata, 5, 8,42); contienen conjuros, descripciones de encantamientos y métodos para conseguir revelaciones y profecías. Cuando S. Pablo predicó en Éfeso, los conversos "confesaban sus prácticas supersticiosas y quemaban sus libros..., llegando a calcularse su valor en 50.000 monedas de plata" (Act 19,17).e) Los muertos. Todo lo relativo a los muertos fue un semillero de supersticiones. Los perros no ladran a quien lleva fuego prendido en una pira mortuoria; si se pisa una tumba o se leen epitafios, se pierde la memoria, y los vestidos usados en los entierros están inmunizados contra la polilla (Cicerón, De senectute, 7,21). Varias enfermedades (paperas, mal de oídos, cte.) se curan si se lostoca con la mano izquierda de un cadáver y, mucho más, si con ella se aplica cierto ungüento (Plinio, 28,46). Los colmillos de los cadáveres insepultos eran empleados para curar el dolor de muelas (Plinio, 28,45). Tampoco podía faltar la creencia en fantasmas relacionados casi siempre con los muertos. Entre todos descuella su presencia en los striges (vampiros) que chupaban la sangre de los niños; se presentaban unas veces en forma de pajarracos (Plinio, 9,232), otras de "brujas" y de seres demoniacos (Ovidio, Fastos, 6,131 ss.). Los antiguos conocían los lugares y el tiempo más propicio para la aparición de fantasmas: de noche, al mediodía. Por esta razón algunos pitagóricos se oponían a la costumbre meridional de la siesta (Propercio, 3,6,29; 4(5),7).M. GUERRA GÓMEZ.
BIBL.: A. AUDOLLENT, Delixionum tabellae quotquod innotuerunt tan in graecis Orientis quam totius Occidentis partibus..., París 1904; F. KóNIG, Cristo y las religiones de la tierra, 11 Madrid 1960; H. MAURIER, Essai d’une Théologie du paganisine, París 1965, 170 ss.; K. LATTE, Rdmische Religionsgeschichte, Munich 1960, 268, 328-31; M. P. NILSSON, Geschichte der griechischen Religion, I, Munich 1955, 199-201, 795-804; 11, Munich 1961, 218-31; íD, Historia de la religiosidad griega, Madrid 1953, 193204, 207-209; P. LAíN ENTRALGO, La curación DOY la palabra en la antigüedad clásica, Madrid 1958.
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