Sol HIST.
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Historia
HISTORIA DE LAS RELIGIONES. 1. Pueblos adoradores del sol. Algunos antiguos no se contentaron con un concepto natural del s., sino que lo elevaron en algunos casos a un plano divino. La naturaleza condicionaba la vida de los primitivos (v.), los llamados pueblos naturales. Si los labradores dependían más directamente de la tierra, los pueblos pastores estaban en relación más estrecha con los fenómenos solares y celestes (falta de s., niebla, tormentas, etc.), ante los cuales se hallaban inermes principalmente por su vida nómada, que les imposibilitaba una morada fija y la previsión meteorológica. De ahí que a la hora de remontarse a la causa primera y de representarla o de concretarla en algún ser determinado lo hicieran apoyándose en los fenó menos celestes (V. RELIGIONES ÉTNICO-POLÍTICAS; CIELO I).SOL 11Las pinturas rupestres de los nórdicos (pastores) abundan en la representación del s. como figuración de la divinidad y de la fecundidad. Y la deificación del s. aparece con mayor o menor esplendor en casi todos los pueblos de origen nómada, pastores y de constitución patriarcal, p. ej., los indoeuropeos (helenos, celtas, romanos, germanos, etc.), los laguatán tripolitanos, los sumeriobabilonios, asirios, mayas de Guatemala y Yucatán, incas del Perú y Bolivia, tribus del centro de Brasil, etc. (v. voces correspondientes).A partir del helenismo (v.) surgieron los teóricos de la teología solar. Como figuras principales podemos destacar a los estoicos (v.), Macrobio, el emperador Juliano (v.), Heliodoro (v.; que se consideró a sí mismo profeta del Sol Inuictus y para cumplir esta misión escribió la novela Aetiopica), Nicón de Pérgamo, Menandro de Laodicea, los astrólogos y los escritores herméticos (v.). Casi podría afirmarse que durante algunos siglos la religión solar fue una religión de sabios, utilizada por los gobernantes para realzar su propia veneración y practicada por sus soldados, especialmente los legionarios reclutados en Oriente.2. Funciones atribuidas a la divinidad solar. Divinidad Suprema. El s. divinizado (Helios griego, Sol Inuictus latino, Samés babilónico, etc.) ocupa un puesto muy destacado dentro del politeísmo celeste; a veces llega, al parecer, hasta tener categoría de divinidad suprema. Así es proclamado "el primero de los dioses" (Menandro), "señor y padre del cosmos" (Orphicorum Hymnus 8,11 ss.), Dux et princeps et moderator luminum reliquorum, mens mundi et temperado (Cicerón, Somnium Scipionis, 10). Macrobio trata de demostrar -y a veces lo considera tan evidentemente admitido que no lo juzga necesitado de prueba- que las restantes deidades personifican diversas funciones del dios s., y más que tener consistencia independiente se limitan a ser distintos aspectos de la divinidad solar. Véanse sus argumentos para cada dios: Apolo, Hermes, Dioniso, Hades, Ares, Asclepio, Heracles, Serapis, Adonis, Atis, Osiris, Horus (Macrobio, Saturnales, 521,27).En la zona marginal del Imperio el dios-Sol de Emesa (Siria) ocupó ciertamente el primer puesto, tanto en su lugar de origen como en Occidente entre sus adoradores. También en Itzamna, divinidad principal de los mayas, se da la asociación del dios supremo con el dios solar.Mediador entre la divinidad suprema y los hombres. Sin embargo, en muchas ocasiones, el dios s. cede su primer puesto ordinariamente a otra divinidad uránica, el Cielo, y aparece subordinado a ella con funciones de mediador entre ella y los hombres, p. ej., el dios solar Samás (Babilonia), el irónico Mitra (v.), venerado más tarde en todo el Imperio; Inti-Sol, hijo mayor del dios supremo entre los incas. A su vez, en la especulación del emperador Juliano (Oratio 138) el s. es el mediador entre el mundo inteligible y el visible; se halla en medio de las divinidades sensibles, intramundanas y las inmateriales que sólo pueden ser aprehendidas mediante conceptos abstractos, así como en la mitad de los círculos planetarios, regidores, según la astrología de la época, del curso de los hombres por medio de sus influjos benéficos o perjudiciales de cuanto acontece en el mundo sublunar.A veces al s. se atribuye una función todavía más secundaria, la de ojo de ese dios supremo: Solem louis oculum apellat antiquitas (Macrobio, Saturnales 1,21,12), "ojo de Serapis" (ib. 1,20,17), "ojo de Horus" (Plutarco, Iris et Osiris 52). También entre los samoyedos y lospigmeos semang, pueblos de los llamados naturales, el s. es considerado como "ojo diurno" del dios supremo, del mismo modo que las estrellas son sus "innumerables ojos nocturnos" (adoradores del dios hindú Varuna, fueguinos halakwulup, etc.).3. Atributos principales del sol. Omnividente. La atribución de la omnividencia y omnipresencia divinas al s. reaparece una y otra vez en la teología solar. El s. en su viaje diario e incansablemente repetido por el cielo se entera de todo. Helios es el dios que "todo lo ve y todo lo sabe" (Hornero, Iliada 3,277; Odisea 11,109; 12,323). "Omnividente" lo proclama Esquilo (Coéforas 982; Fragmentos 192), Sófocles (Edipo en Colona 869), etc. Por mucho que se esfuerce nadie consigue huir de su mirada ni engañarle: "Quis Solem fallere possit?" (Ovidio, Ars amandi 2,573); para cada uno de los hombres vale la advertencia de alcance moralizador: "Te ve el Sol, que todo lo ve" (Corpus Inscriptionum Graecorum, 4310,7). De ahí que sea el delator de los crímenes cometidos aparentemente a solas y hasta su castigador (Esquilo, Agamenón 1277; Coéforas 982 ss.; Sófocles, Edipo en Colona 869, Electra 825; Eurípides, Medea 1252; Virgilio, Eneida 4,607, etc.).De la omnividencia del s. se derivan dos aplicaciones éticas: a) su función de testigo en los juramentos. Dios de la verdad y de la sabiduría (Píndaro, Fragmentos 107,4; Olímpicas 7,72); por el hecho de verlo y saberlo todo, figura en las invocaciones e imprecaciones de las fórmulas de juramento (Prudencio, Peristephanon 10,573); b) su influjo en el buen comportamiento de los hombres, sobre todo por el efecto bienhechor y preventivo de su mirada omnipresente. Toda felicidad, bondad y pureza procede de Helios (Artemidoro 2,36); es el guardián protector de los buenos (Hipócrates, De insomnio, 4). La visión de su luz pura y el ser contemplados por él deben apartar a los mortales de las acciones malas y, especialmente, de las criminales (Demóstenes, Oratio 19,267; Platón, Leyes 821). Con frecuencia subyace en esta función benefactora del s. el emparejamiento antitético: oscuridadmalas obras, luz-buenas obras, clásico en casi todas las religiones.Vivificador. La función del s. no se limita a ver. Además de luz, es calor, energía, vida. Sin la luz solar languidece en la tierra la vida. De ahí su calificativo de "el que todo lo nutre", "dador del origen, del crecimiento y del alimento de todos los seres" (Platón, República 509b), etc.Divino, eterno, invencible, augusto, santísimo. Éstos son los epítetos aplicados al dios s., si bien algunos, a juzgar por los testimonios conservados, aparecen en época tardía. Así Sol aeternus y diuinus están atestiguados por primera vez en inscripciones del s. ii d. C. (CIL, 3,604). Entre todos resalta por su frecuencia el calificativo de "invencible", repetidamente presente sobre todo en las dedicatorias al Sol¡ inuicto deo a veces Mitra (cfr. F. Cumont, o. c. en bibl. 1,48 ss.). Este epíteto alude, sin duda, a mi juicio, en su empleo primero, al esfuerzo "infatigable, incansable" (Hornero, Riada 18,239,484; Hesiodo, Teogonía 956) del s. que se ve coronado con su victoria diaria sobre las tinieblas de la noche afanosa por dominar la tierra, así como en el renacer anual, después de su progresivo declive hasta el 25 de diciembre.4. El dios-Sol y el dios-Emperador. He apuntado que la divinización del s. floreció principalmente en el seno de los pueblos nómadas, pastores y de constitución patriarcal. A juicio de los estudiosos de la religiosidad prehistórica (cfr. F. M. Bergougnoux-J. Goetz, Les religions des préhistoriques et des primitifs, París 1958, 76-77), surgió pronto la relación comparativa del paterfamilias jefe-pastor-cazador con el s., señor del firmamento, que hiere con sus rayos, llegando a ocupar el núcleo de numerosas narraciones de la mitología solar, que no es simple fruto de la imaginación poetizadora del s., sino que, en torno a estos dos centros: jefe del grupo étnico-político y s., cristalizan numerosos elementos esparcidos en la vida social de estos pueblos primitivos y los integra en una dimensión cósmica. Ya en una época plenamente histórica, en la decadencia del Imperio romano, reaparece este tema en la antropolatría (v.) de los emperadores, que obtiene un punto de apoyo muy valioso en la teología solar.Durante el s. III d. C. la orientación religiosa de los distintos emperadores configura, por lo menos en el plano oficial, la religiosidad del Imperio; uno de los casos más evidentes nos lo ofrece el culto del s. instaurado por Heliogábalo o Elagábalo, sacerdote del culto del s. en Emesa antes de ser elevado al rango imperial. Heliogábalo le construyó un templo, al cual trasladó las reliquias más queridas por los romanos (fuego de Vesta, escudos de Ares, aerolito negro de la Magna Mater). Tras su muerte, al ser declarado infame su gobierno por el senado, quedaron abolidos estos cultos solares. Pero medio siglo más tarde el emperador Aureliano, hijo de una sacerdotisa del Sol inuictus, restauró su culto en agradecimiento por la victoria sobre Cenobia, reina de Palmira, que él atribuyó al sol. Este nuevo dios imperial era el dios s. de Emesa, matizado por similares creencias orientales y por doctrinas filosóficas griegas.Los emperadores favorecieron el culto del s., porque así al mismo tiempo apoyaban su propia deificación. La relación es fácil: como el Sol inuictus impera sobre el universo, así en el Imperio gobierna su representante terrestre, el Sol inuictus imperator (así son llamados los emperadores Caracalla, Galieno, Heliogábalo, etc., en monedas e inscripciones). Las religiones celestes, religiones de la familia, clan, tribu, ciudad-Estado, que rendían culto a dioses de influjo más o menos amplio pero siempre adscrito al respectivo grupo étnico-político, fueron superadas por la religión del Imperio, religión de un soberanodios con dominio universal. Éste buscó un respaldo religioso, no de tipo nacional como los dioses étnico-políticos, sino universal. Y Amenofis de Egipto, los incas del Perú, Heliogábalo, Aureliano, Juliano, etc., de Roma, lo hallaron en el más universal de los astros. Por eso trataron de organizar la unificación de sus dominios en torno al celeste Sol inuictus y al terrestre Sol inuictus imperator.5. Principales manifestaciones del culto del dios-Sol. Como en toda religión (v.), el culto del s. se exteriorizó por los sacrificios (v.) y la oración (v.). El animal sacrificial preferido fue el caballo (v.). Aunque Sócrates no creía en un dios personal, saludaba todos los días el amanecer del s., práctica habitual en amplios sectores, tanto de los bárbaros como de los helenos. Las postraciones hasta el suelo o las inclinaciones con los brazos cruzados ante el pecho fueron gestos oracionales realizados a la salida y a la puesta del s. (en algún caso también al mediodía) por algunos neoplatónicos; las legiones siriacas llevadas a Roma por Vespasiano practicaban este rito o "costumbre siria" (Tácito, Historia 3,24).El 25 de diciembre celebraban los adoradores del s. la fiesta principal: el nacimiento del s. que en ese día empieza a ganar minutos a la noche. Los iniciados en este culto, después de medianoche, salían de los templos a la luz de la estrella solsticial gritando: "La Virgen ha dado a luz; la luz aumenta". Con el fin de cristianizaresta fiesta, la Iglesia trasladó a mediados del s. iv al 25 de diciembre la celebración del dies natalis de Cristo, "astro resplandeciente" "que aumenta la luz" (Prudencio, Cathemerinon 2,8 y 67; 11,4), nacido de la Virgen María (V. NAVIDAD).V. t.: ASTROLATOA;Luz II;MITRA;FÉNIX;EGIPTO VII; INCAS II; MAYAS II.M. GUERRA GÓMEZ.
BIBL.: F. ALTHEIM, Helios und Heliodor von Emesa, "Albae Vigiliae" 12, Amsterdam 1942;- F. CUMONT, Textes et monuments tigurés relatits aux mystéres de Mithra, 1-11, Bruselas 1896; íD, La théologie solaire du paganisme romain, "Mémoires prés á I’Academie des inscriptions et belles Lettres" 12 (1923), 448 ss.; F. M. T. DE LIAGRE BáHL, Sol, en F. KÚNIG (dir.), Diccionario de las Religiones, Barcelona 1964, 1333 ss.; H. P. ORANGE, Sol invictus imperator, "Symbolae Osloenses" 14 (1935), 86 ss.; 1. BIDEZ, La cité du monde et la cité du soleil chez les sto’iciens, "Bulletin atad. de Belgique" 18 (1932) 244 ss.; K. LATTE, Rümische Religionsgeschichte, Munich 1960, 231-233 y 349-350; M. P. NILSSON, Geschischte der griechischen Religion, 2 ed. Munich 1961, 507519 y 707-708; A. USENER, Sol invictus, "Rheinischen Museum" 60 (1905), 465 ss.; W. OTTO, Helios, en RE 8,1,58-95.
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