Siria VI. Historia de la Iglesia. HIST.
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Historia de la Iglesia
La mayoría de la población es musulmana en la actualidad (más de 5 millones). Las demás religiones están representadas por 507.000 cristianos, 355.000 alauitas, 100.000 drusos, 4.000 hebreos, etc. Entre los cristianos son mayoría los ortodoxos.La primera evangelización de S. tuvo lugar muy pronto y su origen y desarrollo hasta la separación de Roma se encuentra en el artículo dedicado al Patriarcado de Antioquía (V. ANTIOQUÍA DE SIRIA v). A continuación estudiaremos la historia eclesiástica de S. a partir de ese momento, es decir, a partir del cisma de 1054; y lo haremos por separado para católicos y ortodoxos dedicando el presente artículo a la Iglesia católica y reservando el siguiente (v. VII) para los cristianos ortodoxos separados de Roma.Desde el cisma de 1054. La historia de la Iglesia católica en S., desde la ruptura de 1054, es muy compleja: retorno a la comunión romana de una parte de la jerarquía y de los fieles del Patriarcado de Antioquía de rito bizantino (melquita); retorno igualmente de cristianos separados desde el Conc. de Calcedonia (451); Patriarcado de Antioquía de rito sirio; Katholikado de Cilicia de rito armenio; evolución de las estructuras de la Iglesia maronita (a decir verdad, más libanesa que siria: v. LIBANO VI; MARONITAS); reciente instalación de caldeos refugiados de la Alta Mesopotamia, p. ej., los nestorianos del mismo rito; presencia, en fin (y acción tanto entre unos como entre otros), de representantes de la Iglesia latina... Todo ello situado en un cuadro de contornos imprecisos, porque, ¿dónde colocar las fronteras de S. durante el largo tiempo en que la palabra es pura denominación geográfica, comprendiendo algunas provincias de un vasto imperio (de los califas de Bagdad, de los mamelucos de El Cairo o de los sultanes de Constantinopla) y cuando la autonomía libanesa, por su parte, continúa siendo una cosa indeterminada, o, dicho de otra manera, hasta la constitución en 1920 de los "Estados del Levante"?El cisma de 1054 (v. CISMA II), que el patriarca Pedro III había intentado conjurar por medio de una carta a Miguel Cerulario (v.), afectó, sin embargo, a Antioquía desde 1057, con la elección de Teodosio III, partidario declarado del Patriarca de Constantinopla. De todos modos, cuando los cruzados llegaron a S. del Norte 50 años más tarde, no parecen haber considerado al patriarca Juan IV como un disidente. No obstante, su lealtad bizantina le creó una situación difícil. Cuando se retiró a Constantinopla, los conquistadores, considerando la sede de Antioquía como vacante, se la otorgaron a uno de sus clérigos, Bernardo de Valencia. Enseguida fue instalado un episcopado latino en todas las localidades de alguna importancia, y el clero griego fue sometido a su autoridad, como sucedió en Sicilia y en Italia del Sur. Respecto a los obispos orientales y a los mismos Patriarcas, se les consideró, si aceptaban al menos la obediencia romana, como sufragáneos (o quizá más bien como vasallos, en el sentido feudal de la palabra) de los nuevos Patriarcas latinos de Jerusalén o de Antioquía. Los monjes procedentes de Europa (benedictinos, cistercienses) levantaron sus abadías al lado de los antiguos monasterios orientales; los religiosos mendicantes (franciscanos, dominicos) abrieron, al día siguiente de su fundación, conventos en las ciudades, y las órdenes militares erigieron en puntos estratégicos sus formidables fortalezas.Esta presencia latina permitió establecer de nuevo relaciones con Roma, lo que había hecho casi imposible laocupación árabe. El cisma, reciente, no se había consumado a nivel de los fieles, pero la oposición política entre los Estados francos y el Basileus hacía bastante difíciles las relaciones entre las Jerarquías eclesiásticas griega y latina, tanto más cuanto que Constantinopla oponía al latino un Patriarca griego de Antioquía, nominal al principio, pero a quien las vicisitudes de la época reinstalaron en varias ocasiones en su sede. Las comunidades antecalcedonianas (nestorianos y monofisitas), por el contrario, separadas mucho más de Bizancio por la política que de Roma por la fe, se acercaron rápidamente a los latinos. Por no hablar aquí de los maronitas, se puede señalar que en Jerusalén los obispos siro-jacobita y armenio dependían del Patriarcado latino y que en 1228 el papa Gregorio IX autorizó al Patriarca latino de Antioquía, Alberto de Robertis, para que recibiera bajo su jurisdicción al Katholikos armenio Constantino I. Cuando el II Conc. de Lyon proclamó en 1275 la unión (efímera) de la Iglesia griega con Roma, el Patriarca de Antioquía Teodosio IV, residente en Constantinopla, ratificó el acto, pero pronto se vio obligado a abdicar, bajo la presión del partido del cisma.Ninguna de estas uniones, excepto la de los maronitas, sobreviviría a los Estados cristianos cruzados; su caída arrastró la de la Jerarquía latina, a la que se había pretendido someter a los prelados orientales. La insistencia en querer modificar los ritos y la disciplina eclesiástica para conformarlos a los usos occidentales había dado origen o agravado los descontentos. También es verdad, sin embargo, que aunque los duros conflictos enfrentaron en muchas ocasiones a los "francos" con el alto clero llegado de Bizancio, los cristianos de S. (y de Palestina), melquitas y maronitas, sirio-jacobitas y armenios, habían vivido durante cerca de dos siglos en ósmosis, y frecuentemente en comunión, con los católicos latinos; a este respecto, se puede poner de relieve el gran número de matrimonios mixtos en la aristocracia, y lo mismo debió suceder en las otras clases sociales.A principios del s. XIV, los últimos caballeros cruzados habían embarcado para Chipre o se habían retirado al reino de la Pequeña-Armenia, y los maronitas se habían replegado a la Montaña libanesa. El catolicismo parecía aniquilado en la S. reconquistada por el Islam. El Patriarca griego-ortodoxo reapareció en Jerusalén, mientras que el de Antioquía, abandonando la ciudad arruinada, se estableció en Damasco. Pero si los lazos visibles habían desaparecido, las aspiraciones permanecían y se manifestaron en las ocasiones favorables. En el Conc. de Florencia, el arzobispo armenio de Alepo, Joaquín, enviado con plenos poderes por el Katholikos Constantino VI, suscribió el 22 nov. 1439 un acta de unión con Roma; el metropolita sirio-jacobita de Edesa hizo otro tanto el 30 sept. 1444 en nombre de su Patriarca Ignacio-Behnam IX; y aunque los documentos no permiten afirmar que el Patriarca melquita, Doroteo I, ratificara el acta firmada en su nombre el 6 jul. 1439 por su mandatario el metropolita Isidoro de Kiev, nada autoriza para asegurar lo contrario.En 1583, el papa Gregorio XIII envió a un prelado maltés, Leonardo Abel, obispo titular de Sidón, para proponer a los orientales la reciente reforma del calendario y renovar los viejos lazos. Recibido fríamente por el Patriarca melquita Joaquín Daou, que declaraba no haber oído jamás hablar de Florencia, y por el sirio-jacobita David, que se negaba a anatematizar la memoria de Dióscoro de Alejandría, el legado encontró mejor acogida en Alepo por parte de un tal Safer, principal notable laico de la comunidad jacobita, y por parte del antiguo Patriarca melquita Miguel Sabbagh y del Katholikos armenio de Cilicia Azarías I de Djoulfa, que firmó con cuatro de sus sufragáneos una profesión de fe católica y la hizo llevar a Roma por medio de un obispo.Renovación religiosa. La instalación en Alepo, a principios del s XVIII, de religiosos franceses -capuchinos y jesuitas en 1625, carmelitas en 1626- más preocupados por la unión de las Iglesias de lo que lo habían estado hasta entonces los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa (v.), heroicos guardianes de los Santos Lugares pero puestos a menudo en el trance de chocar, a causa de su misma función, con los griegos y los armenios, y la presencia también de un cónsul de Francia, protector oficial de los misioneros y que tomaría a pecho el proteger a todos los católicos, iban a hacer de la ciudad el foco más importante de renovación religiosa y de adhesión al catolicismo. El primer episodio tuvo lugar entre los siriojacobitas. El sacerdote de Alepo Andrés Akidjian, católico declarado, elegido obispo de Alepo, había sido consagrado en el Líbano por el Patriarca maronita, a falta de obispos católicos de su rito. Su acción y la del cónsul de Francia F. Picquet hicieron tanto para que progresara la causa de la unión, que Akidjian fue elegido Patriarca en 1662 y tuvo un sucesor católico. Triunfante después el partido opuesto, el patriarca Ignacio-Pedro VI murió en 1701 en un calabozo de Adana, y el Patriarcado fue ocupado durante 70 años por adversarios de la unión.El s. XVIII conoció, por fin, la organización definitiva de las comunidades católicas melquita, armenia v siria. Su historia tiene múltiples peripecias, pero el esquema general es poco más o menos el mismo para los tres ritos: ganados para la unión por misioneros latinos o por los maronitas, los fieles, los sacerdotes y los obispos hacen personalmente profesión de fe católica y de obediencia a la Santa Sede, pero sin romper con el conjunto de su Iglesia, pues las reglas de la communicatio in sacris eran entonces muy amplias; llega un día en que el Patriarca elegido se proclama abiertamente católico =Cirilo VI Thanas entre los melquitas (1728), Ignacio-Miguel III laroué entre los sirios (1782)- o bien los católicos del rito, cansados de verse sometidos a sus adversarios, deciden darse a sí mismos un Patriarca del que la aprobación romana hace válida la elección -Abraham-Pedro I Arzivian entre los armenios (1740)-; reacciona después el partido adverso, sostiene al Patriarca anticatólico Miguel Adshapahian entre los armenios, hace que surja uno entre los melquitas -Silvestre el Chipriota- y entre los sirios -Mateo de Mossul-; compra a las autoridades otomanas y desencadena la persecución, obligando a los Patriarcas católicos a refugiarse en la Montaña libanesa, para allí instalar en seguridad sus residencias y las casas de formación de sus clérigos.Al final del s. XVIII, las comunidades melquita, armenia y siria se encuentran cada una dividida en dos patriarcados rivales, entre los que se reparten los fieles, sin que se puedan siempre discernir con claridad los motivos de su adhesión al uno o al otro. La situación de los católicos es difícil porque dependen oficialmente del clero disidente, el único reconocido por las autoridades civiles del Imperio turco; de ahí las sangrientas persecuciones, en Alepo en 1817, en Damasco en 1819. La intervención de Francia logra en 1830 una solución curiosa: la obligación de fidelidad y obediencia de todos los católicos -exceptuados los maronitas, libres en su Montaña- a un sacerdote armenio de Constantinopla, calificado de "Patriarca civil"; después, las gestiones, apoyadas igualmente porla diplomacia francesa, del Patriarca melquita Maximos III Mazloum obtienen en 1848 el reconocimiento oficial de su comunidad católica, seguida de la de las comunidades católicas armenia y siria.Persecuciones y dificultades. Las pruebas, sin embargo, no habían terminado todavía. Aunque el Patriarca siriocatólico ha creído poder abandonar su refugio libanés desde 1830 e instalarse en Alepo; aunque la ocupación de S. por las tropas de Muhammad ’Al¡ de Egipto en 1831 dio a los cristianos del país la igualdad de derechos con los musulmanes; y aunque el sultán a su vez se la reconoció en 1856, el populacho desenfrenado asaltó en 1860 el barrio cristiano de Damasco, causando aprox. 4.000 víctimas, entre católicos y ortodoxos (11 han sido beatificadas: ocho religiosos franciscanos y tres laicos, los hermanos Massabki, de rito maronita). Durante la Guerra de 1914-18, la repercusión de las grandes matanzas, que aniquilaron la población armenia de Turquía, se dejó sentir en los confines de S. (diócesis de Diarbekir y Mardin), donde los cristianos de los ritos sirio, caldeo y latino compartieron la suerte de los armenios. Los supervivientes se retiraron al territorio que entonces estaba bajo mandato francés, y donde se encontraron con los nestorianos y los caldeos-católicos, víctimas de las violencias sufridas en Iraq, proclamado independiente por Gran Bretaña (1932). En 1938, por fin, el "Sandjak" de Alejandreta fue devuelto a Turquía, y los armenios de la región, instalados allí desde la Alta Edad Media o refugiados después de 1918, emigraron a su vez hacia S. o el Líbano.Esto por lo que respecta a la historia de las comunidades católicas orientales; pero es preciso mencionar el nacimiento junto a ellas, en la época moderna, de una comunidad de rito latino; la formaron descendientes de europeos establecidos en Oriente (levantinos) y, sobre todo, antiguos disidentes que, espontáneamente o bajo la influencia de algunos misioneros, habían pedido cambiar de rito -individuos, familias y hasta pueblos enteros- con motivo de su entrada en la Iglesia católica. En cuanto a la conversión de los musulmanes, prohibida por la ley del Corán y por consiguiente por el Estado (Imperio otomano de ayer o República Árabe Siria de hoy), sólo se ha tratado de algunos individuos aislados, obligados a exiliarse lo más frecuentemente.Los misioneros no han podido proponerse jamás trabajar con más intensidad, porque ello hubiera acarreado irremediablemente la persecución sobre el conjunto de las comunidades cristianas. El mismo periodo del "mandato" francés apenas supuso nada en este dominio, y el pequeño grupo de alauitas (disidentes del Islam) que se hizo católico en los a. 1930 en dos pueblos de la región de Tartoús, ha sido objeto desde la independencia de duras presiones que casi lo han aniquilado. La labor realizada por numerosos religiosos y religiosas, llegados sobre todo de Francia, a partir de mediados del s. XIX, fue el servicio de las Iglesias unidas, la ayuda prestada a su clero, el celo por la "conversión" de los ortodoxos, la lucha contra una propaganda protestante muy activa hasta la I Guerra mundial, las obras de caridad de los dispensarios, hospitales, orfelinatos, y sobre todo la formación en las escuelas de una élite intelectual vuelta claramente hacia el Occidente. En un país hasta entonces prácticamente desprovisto de enseñanza no fueron únicamente los niños cristianos, católicos y ortodoxos, quienes se beneficiaron de esta formación; estas escuelas contaban también con un buen número de alumnos musulmanes,drusos, alauitas y algunos judíos; de este modo, sin propaganda alguna, disiparon malentendidos e hicieron conocer el mensaje de Jesucristo y el verdadero rostro de la Iglesia.De todo esto ha resultado una organización eclesiástica compleja: en 1973 había 17 diócesis (cinco melquitas: Damasco, que es la diócesis patriarcal, Alepo, Busra, Homs y Laodicea; cinco sirias: Antioquía, Alepo, Damasco, Homs y Hassejé; dos armenias: Alepo y Qámisliyya; tres maronitas: Alepo, Damasca y Laodicea; una caldea: Alepo; y una latina: Alepo). Los datos estadísticos de estas circunscripciones se resumen en el cuadro superior.Ya a fines del s. XIX algunos cristianos abandonaban S. para librarse del yugo de los turcos e iban a buscar fortuna a Egipto o a América. Hoy día se ven afectados socialmente por una discriminación religiosa muy real, así como por la ola de nacionalizaciones y confiscaciones por parte del Estado "socialista-árabe". Inquietos por el porvenir de sus hijos, sobre todo después de que han sido nacionalizadas en septiembre de 1967 todas las escuelas católicas, incluso aquellas que dirigían las congregaciones orientales; temiendo por ello ver a sus familias privadas en el futuro de la educación que ellos mismos han recibido; privados de diarios, de revistas y de libros, retenidos en las fronteras por la censura; obligados a tener cuidado en su correspondencia, en sus conversaciones, en su vida de relación; tratados, en suma, como ciudadanos de segunda clase (a pesar de las declaraciones oficiales) y como sospechosos, numerosos cristianos toman el camino de la emigración hacia el próximo Líbano, pero también hacia Canadá, Australia, etc.HENRI JALABERT.
BIBL.: VARIOS, en DHGE (voces Alep; Antioche; Arménie; Beyrouth; Edesse); VARIOS, en DTC (voces Antioche; Maronite, Église; Syrienne, Église); 1. NASRALLAH, Chronologie des Patriarches melkites d’Antioche, "Proche-Orient Chrétien" VII (1957) 207-217; 291-304; XVII (1967) 192-229.
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