Sevillana, Escuela II. Escultura. ARTE
Categoria:
Arte
Al reconquistar S. Fernando la ciudad de Sevilla (1248), se importan imágenes e imagineros de sentido gótico, aunque con lastre muy perceptible del arte del último románico. La procedencia es fundamentalmente francesa por razones políticas unas veces, religiosas otras, y sociales no pocas. De ese momento son la Virgen de la Sede, titular de la catedral hispalense, la Virgen de las Batallas que se venera en dicho templo, y singularmente la patrona de Sevilla, Virgen de los Reyes, escultura de vestir, con movimientos y cabellera, que deja una importante estela de imitaciones. Al siglo siguiente pertenecen algunas importantes figuras como las del crucificado de S. Pedro (Sanlúcar la Mayor) y la Virgen de los Milagros, que recibe culto en el monasterio de La Rábida.El s. XV es trascendental para la escultura de Sevilla, pues hasta allí llegan significados ecos del foco cultural borgoñón eyckiano, acaudillado por Claus Sluter (v.), de tanta monta en la Baja Edad Media. En efecto, Lorenzo Mercadante (v.) deja en la catedral sevillana una serie de esculturas en mármol o terracota que representan la estética y el arte de Borgoña. Naturalmente, este maestro forma escuela en la región, siendo el imaginero Pedro Millán, que alcanza el s. XVI, la personalidad más sobresaliente. La Virgen del Pilar catedralicia, con iconografía distinta de la aragonesa, y los grupos del Varón de Dolores y el Llanto sobre Cristo muerto, del Museo de Bellas Artes, acreditan su habilidad y maestría. El gran retablo mayor de la catedral sevillana, arquitectónicamente compuesto con sentido gótico, agrupa durante ese siglo a miles de figuras, ordenadas en diversas historias sacras, labradas por importantes artistas, que no extreman su cuidado por la altura de su colocación.La ciudad del Betis, puerto inicial y terminal de la ruta de las Indias, adquiere enorme auge económico y de ahí sus grandes posibilidades al promocionar movimientos culturales y sociales de todo orden. Por estas y otras razones, llegan artistas italianos, como Pietro Torrigiano (v.), condiscípulo y rival de Miguel Ángel en el jardín de los Medici, quien ejecuta magníficas esculturas para el monasterio de S. Jerónimo y otros lugares, y se importan sepulcros y obras varias, que dan a conocer y atraen la atención artística a las conquistas del Renacimiento humanístico italiano. Al propio tiempo, escultores del Norte, franceses y flamencos, laboran en la región y son portadores de un realismo muy caro a los españoles. Por todos ellos citaremos a Roque de Balduque, autor de notables retablos e imágenes, admiradas por artistas, clérigos y laicos.Ambas corrientes, la clasicista, con sus ideales de belleza, y la norteña, con una estética que busca la expresión, configuran el ambiente artístico hispalense, en los dos primeros tercios del s. XVI. Encargado de labrar el retablo mayor de la cartuja de Santa María de las Cuevas, aparece en Sevilla Isidro de Villoldo, colaborador que fue de Alonso Berruguete y autor de importantes obras en Castilla. Muerto sin rematar la obra, la continúa un insigne escultor abulense, Juan Bautista Vázquez el Viejo, quien agrupa en su taller a una serie de aprendices, luego excelsos maestros escultores, y colabora con otros competentes artistas de varias procedencias, en diversas obras, que se multiplican al calor del potente entorno económico de la región. Jerónimo Hernández, Juan Bautista Vázquez (v.) el joven, Juan de Oviedo el Mayor, Miguel Adán, Gaspar del Águila, Gaspar Núñez Delgado, Andrés de Ocampo y otros constituyen esta gloriosa nómina. Con todos ellos capitaneados por el viejo Vázquez se inicia la auténtica escuela escultórica s., pues lo anterior son trabajos de interés e indudable valía pero sin la conexión estilística que determina el concepto de escuela. Por otra parte, el joven Vázquez trabaja en el retablo principal del monasterio granadino de S. Jerónimo, y en torno a él se agrupan varios escultores nativos, que dan origen también a una escuela. Esta naciente escuela escultórica s., con indudables sedimentos clásicos y otros de sentido vernáculo,.acusa cierto manierismo, propio de la época.En el último cuarto del citado siglo y procedente de Granada fija su residencia en la ciudad de la Giralda un jie-nense nacido en Alcalá la Real y llamado Juan Martínez Montañés (v.), que es no sólo la figura más brillante de la escuela sino quien define su verdadera sustancia y sentido. Su larga y fecunda vida artística está repleta de importantes obras -retablos y esculturaspara diversos lugares de España y de las Indias. Arrancando del clasicismo y apuntando en momento avanzado de su carrera un leve barroquismo, su arte plasma las categorías ideológicas que respecto al valor pastoral de la imaginería sagrada preconiza el Conc. Tridentino. Sus esculturas en madera policromada marcan un exacto equilibrio entre materia y forma, idea y representación; las figuraciones por él creadas poseen liviano realismo, que sirve de soporte a lo sustancial de la expresión. Su taller es una auténtica escuela formadora de artistas, aparte del influjo que ejerce sobre el arte del s. XVII y aun posterior, tanto en España como en Ultramar; son el cordobés Juan de Mesa (v.) y el granadino Alonso Cano (v.) los discípulos señeros del genial maestro. Ambos introducen el barroquismo en el arte montañesino. Mesa es especialmente autor de imágenes procesionales, titulares varias de ellas de cofradías penitenciales; pese a su corta vida, deja numerosa y selecta producción; Cano, arquitecto, escultor y pintor, jalona de esculturas magistrales las etapas de su trabajo en Sevilla, Madrid y su nativa Granada, donde da origen a la notable etapa barroquista de Andalucía oriental. Son dignos de mención, en esta rápida reseña evolutiva de la escuela, los hermanos cordobeses de apellido Ribas (v.), quienes recogen la antorcha del arte posmontañesino y canesco, avanzando en la interpretación estilística barroca.En el segundo tercio del siglo fija su residencia en Sevilla el flamenco José Aertz, que castellaniza su apellido como Arce (v. ARCE, JOSÉ DE); él conoce en su tierra nativa las fórmulas del barroco berninesco, a través del maestro Duquesnoy, y, por tanto, introduce en Andalucía occidental este nuevo concepto y sus elementos expresivos, que renuevan algo el ambiente estético regional y local, lo cual se percibe con cierta claridad en dinamismo, fuerza de indumentaria, intenso claroscuro, etc. Pedro Roldán (v.) es la cabeza y el jefe de un importante taller familiar, donde actúan figuras destacadas en el arte español, como su hija María Luisa Roldán (v.), conocida por la Roldana, y su nieto Pedro Duque y Cornejo (v.), uno de los más excelsos escultores de la escuela, ya dentro del s. XVIII. Los retablos, imágenes, sillerías de coro, etc., que en buen número y notable calidad produce este grupo, destacan por su intenso barroquismo, virtuosismo y poesía de ciertas representaciones.En los últimos decenios del s. XVli, labora Francisco Antonio Gijón (o Ruiz Gijón, v.), formidable imaginero, de agudo realismo barroquista, que expresa en cierto modo las ideas pro p uestas por la escuela en este periodo y alcanza elevadas cotas e importantes metas. Benito de Hita y Castillo y José Montes de Oca (la estética de éste se inserta en la montañesina, con las diferencias de época) completan el cuadro del barroquismo escultórico en la decimoctava centuria. Cristóbal Ramos, los Astorga (Juan y Gabriel) y Blas Molner son las figuras más destacadas de la escuela s. del s. XIX. Su tarea se reduce casi únicamente a la imaginería sagrada, campo abonado para atender a los reiterados encargos de la devoción andaluza. Antonio Susillo enlaza con el presente siglo. Ahora Enrique Pérez Comendador, Juan Luis Vassallo (v.) y Antonio Cano Correa desenvuelven su actividad con aportaciones notables, dentro del marco de la más noble tradición en conceptos y en el propio quehacer.J. HERNÁNDEZ DÍAZ.
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