Romanticismo III. Literatura Española. LIT.
Categoria:
Literatura
1. El Romanticismo español y el europeo. Si en todo momento se dan interrelaciones entre estructuras sociales y arte, en el caso del R. el hecho se acentúa por cuanto "lo romántico", aun cuando atañe fundamentalmente a la literatura y demás artes, tiende a definir un modo de ser y actuar ante la realidad, y además pocas veces escritores y artistas han estado tan directamente vinculados a la política más o menos activa como en el R. (v. I). Así en España, el R., como en otros países, se liga más o menos a los vaivenes de la política, en este caso a las vicisitudes del reinado de Fernando VII (v.) e Isabel II (v.).Se encuentran, pues, románticos conservadores y liberales, algunos más puramente sentimentales, otros más profundos, o más cristianos, otros con ciertas ideas socialistas o simplemente sociales, es decir, menos individualistas que los ilustrados y liberales, hay actitudes de exaltado optimismo y otras de amargado pesimismo (p. ej., el suicidio de Larra), etc. Los románticos piden veto total al intervencionismo estatal, buscan la fiscalización de los bienes de gobierno, exigen libertad de expresión, el arte deja de ser social y se convierte en expresión de la individualidad; junto a una unánime exigencia de libertad, también otros románticos, preocupados por la desigualdad social, propugnan ideas más o menos contradictorias, como la de la abolición de la propiedad privada u otras ideas socialistas faltas de consistencia práctica. En España hay, pues, un poco de todo esto, en diversas dosis, mezclado con otras cosas tradicionales y modernas, como en otros países.Al estudiar el R. español, Allison Peers (o. c. en bibl.) niega, en primer lugar, que sea un movimiento importado y que como tal tenga su momento de apogeo coincidiendo con el regreso a España de los emigrados políticos, a partir de 1834. Para apoyar su tesis trae a colación el hecho de ser España un país romántico por excelencia, no sólo en su historia, sino también en su arte y literatura. Al margen de otras consideraciones, hay aquí una ambigüedad expresiva, por cuanto Peers no define el término R. con características en un tiempo concreto, sino de un modo mucho más general y amplio, y, por tanta, más discutible o inválido. A partir de mediados del s. XVIII, dice Peers, se produce una "romantización" de la literatura española (lo que se define como Prerromanticismo, v. NEOCLASICISMO II, 2, aunque para él no pasan de ser síntomas y antecedentes, nunca movimiento autónomo). Esta romantización se da como fusión de dos etapas paralelas: renacimiento y rebelión romántica. La segunda etapa fue considerada, según Peers, como totalmente negativa, cuando la verdad es que "pedía libertad para aquellos autores que deseaban lograr un desenvolvimiento literario libre de toda traba. Al principio se manifestó en forma de descontento con usos y costumbres que iban ya perdiendo popularidad o como tendencia a darse a insólitos modos de pensar o expresarlos en lenguaje inusitado. Pero poco a poco fue acrecentándose, hasta convertirse en una rebelión suelta, y aun vehemente, contra las limitaciones que los clasicistas trataban de imponer a la literatura. El otro movimiento [el renacimiento] deseaba una libertad semejante, pero más bien para que acarreara un renacimiento, tanto de fondo como de forma, de la literatura de la Edad Media y del Siglo de Oro". Tanto un movimiento como otro "no sólo tenían una inspiración afín, sino que en cierta medida cada uno de ellos implicaba al otro".Parece lógico que el erudito inglés continuase con la afirmación de que el R. a partir de 1834 no provino, como moda, de fuera, sino que se trataba de una resurrección de un pasado propio. Sin embargo, Peers al constatar las diferencias del movimiento español frente al francés escribe: "una revolución literaria en su tiempo sólo podía darse, como se produjo en Francia, pisando los talones a una revolución política", para terminar reconociendo que "la morosidad del movimiento romántico en declararse" no es sino "síntoma de inherente debilidad". Es decir, implícitamente que, ya que no surgidos por impulso propio, los escritores españoles adoptan los tics externos del movimiento en Europa, sin caer en la cuenta de que se trataba de un injerto en un tronco sin vida y, por tanto, imposible de fijar en profundidad. Esta aparente contradicción es salvada acudiendo a otro movimiento, el eclecticismo, que un estudioso más moderno, Ricardo Navas Ruiz, define, con ligereza, como "síntoma de la mediocridad, sombra necesaria de todo movimiento renovador, refugio de los segundones". Para Peers, "en rigor, el movimiento ecléctico fue, con mucho, el fenómeno literario más importante que existió en la primera mitad del siglo xix. Fue el eclecticismo, no el Romanticismo, el que realmente triunfó; y, en efecto, entre los principales autores de mediados de siglo casi no hay ninguno que no tenga derecho al título de ecléctico". Entre las causas de esta evolución pobre y fracaso último del R., Peers apunta como principal el hecho de no existir una opinión totalizadora de lo que significaba y la ausencia correspondiente de un jefe de grupo que, como V. Hugo en Francia, diera unidad a lo disperso.Resumiendo, los puntos fundamentales de la tesis de Peers serían los siguientes: 1) el R. es una característica racial, y España la posee a lo largo de toda su historia; 2) esta característica llega al s. XIX a través de dos procesos diferentes aunque interrelacionados: renacimiento y rebelión romántica; y 3) el R. español fue tardío y lo esporádico de sus triunfos permite definirlo como fracaso. El primero de los puntos es de difícil justificación, como cualquier tesis que pretenda fijar el "espíritu" de una raza; además hay que distinguir entre romanticismo como actitud espiritual y Romanticismo como movimiento histórico concreto, aunque puedan tener relaciones. La distinción entre renacimiento y rebelión romántica es útil a nivel metodológico -y no sólo para este movimiento: todos han tenido siempre dos tareas paralelas a realizar, la revalorización de escritores de la tradición (renacimiento) y el enfrentamiento con los modelos vigentes (rebelión)-, pero resulta falseada por Peers cuando equipara ambos, confundiendo historicismo con amor a la tradición. El R. es una postura en cierto modo nueva, compleja y contradictoria, ante la realidad. Uno de sus elementos es en ocasiones el historicismo, pero historicismo entendido unas veces como amor y recuperación de lo valioso de la tradición y otras como resultado de una problema tización del presente. En el s. XVIII francés aparece el canto de lo exótico, que en algunos es una forma de crítica de lo nacional; Les lettres persanes (v. MONTESQUIEU) tendrán su continuación en las Cartas marruecas (v. CADALSO). El descubrimiento y proceso de revalorización de la Edad Media y, en general, de todo el pasado de la tradición en los primeros años del s. xtx llevará a los escritores a sustituir lo exótico por lo antiguo, pero también la novela, el teatro o la poesía de tema histórico es a veces un texto crítico del momento presente. El tercer punto es poco discutible en su conjunto, aunque alguna de sus afirmaciones necesite revisión. Es un hecho que el R. español fue más tardío y en cierto modo un fracaso, pero no, como dice Peers, por falta de cabezas visibles o jefes de grupo, sino por razones más complejas; entre ellas, que no se da igual el R. en todos los países (v. in, 3-5), que no se puede definir un periodo histórico o cronológico a través de un único movimiento o ideología cultural, etc. (v. i).2. Desarrollo del movimiento romántico español. Un esquema aproximado puede ser el siguiente:Primera etapa. Abarca el Prerromanticismo, que culminaría con los poetas Meléndez Valdés (v.), el abate Marchena (1768-1821), Arjona (1771-1820), Lista (17751848) y el Cadalso de las Noches lúgubres. Se produce apenas nada en teatro, y algo en novela, pero mediocre, de claras reminiscencias wertherianas, tan abundante en los últimos años del s. xvill y primeros del xix (Robert Pageard da abundante información al respecto en su Goethe en España, Madrid 1958).
Segunda etapa. Periodo previo a la muerte de Fernando VII, que abarcaría desde 1800 hasta 1834, y en la que sería posible considerar diferentes aspectos:1) La polémica Bóhl de Faber (v. FERNÁN CABALLERO) con Mora (1783-1864) en 1818-19, sobre el teatro nacional. Fernán Caballero difunde las ideas de Schlegel. Mora afirma la superioridad del arte clásico, niega la originalidad del R. y se opone a la defensa de Calderón y a identificar con él toda la literatura española. En el fondo la polémica era más bien debida a que Mora, que elogiaba a Shakespeare como el más grande poeta amoroso y que escribía él mismo romances amorosos de fondo morisco, era todavía un ilustrado y enciclopedista, mientras que en Fernán Caballero hay un R. más amplio y religioso, y en general más realista.
2) Las influencias de las literaturas extranjeras en España (cfr. o. c. en bibl. de Peers y Montesinos).3) Una serie de periódicos y revistas contribuyeron a fomentar los ideales románticos, sobre todo en el llamado trienio liberal de 1820-23 y a partir de 1833. Importante es también la labor de los editores Mariano de Cabrerizo (valenciano), Olivo (madrileño) y Domingo Vila y Tomás (barcelonés).4) En España, como en el resto de Europa, tuvieron gran importancia los cénacles (cenáculos) literarios. Junto a las sociedades secretas que fomentan la conspiración liberal, se destacan algunas tertulias y salones, como El Parnasillo, que se reunía en el madrileño Café del Príncipe a partir de 1830, según describe Mesonero Romanos (v.); el segundo Ateneo madrileño, fundado en 1835 por hombres como el propio Mesonero, y cuyo discurso inaugural corrió a cargo del duque de Rivas (v.), quien lo presidió hasta 1839. En 1837 se creó el Liceo, de menor importancia.5) Cabría citar también los varios manifiestos que de una manera progresiva intentan definir tanto la naturaleza como las causas del movimiento romántico europeo y de su secuela española. En ese sentido pueden entenderse textos como el Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatroantiguo español (1828) y El Romancero (1828, 1829, 1832) de Agustín Durán (1793-1862), el discurso de la inauguración del año académico en el Colegio de Humanidades de Cáceres (1829) de Juan Donoso Cortés (v.), el prólogo a Los bandos de Castilla (1830) de Ramón López Soler (1799-1836) y el prólogo de Alcalá Galiano (1789-1865) a El moro expósito (1834) del duque de Rivas.
6) Paralelamente, se produce una revalorización de la literatura española medieval y del Siglo de Oro. Hitos importantes en teatro son Lanuza (1823) del duque de Rivas, y el citado discurso de Durán, junto a las representaciones de obras de Cervantes, Tirso de Molina y Lope de Vega. En poesía, lo medieval alcanza al primer Espronceda (El Pelayo), al duque de Rivas (El moro expósito). En novela, destaca lo histórico. Rafael de Húmara inicia la etapa de sustitución de traducciones con su obra Ramiro, conde de Lucena (1823). Siguen obras de Telesforo Trucha y Cossío (1798-1835) hasta que, en 1830, Los bandos de Castilla de López Soler deja el género definitivamente establecido.A partir de 1834. Se produce entonces plenamente lo que puede considerarse como revolución romántica en España (siempre con los reparos ya expuestos sobre la validez del término). En el "Bol. de Comercio" del 8 feb. 1833 un crítico escribía: "Se ha formado una juventud que arde en deseos de ser útil a su patria. Por todas partes pululan ingenios que anhelan lanzarse a la carrera, anunciando talentos no vulgares. Acaso en ningún tiempo ha ofrecido España tal multitud de jóvenes atletas que se presentan en la liza... Dentro de algunos años es de esperar que si encuentran libre campo para ejercer sus talentos, brillará la aurora de una nueva época gloriosa para nuestra literatura". La idea de libertad invade el país tras la muerte del rey, y Larra escribe: "Libertad en Literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. He aquí la divisa de la época. He aquí la medida con que mediremos".Desde 1834 hasta 1837 se estrenan las principales obras teatrales del R.: Macías de Larra y La conjuración cíe Venecia de Martínez de la Rosa (v.; 1787-1862) y Elena de Bretón de los Herreros (v.) en 1834; Don Alvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas en 1835; El trovador de García Gutiérrez (1813-84) y Abén Humeya de Martínez de la Rosa en 1836; y, en 1837, Los amantes de Teruel de Hartzenbusch (v.), La Corte del Buen Retiro de Escosura (1807-78) y El paje y El rey monje de García Gutiérrez. Ninguna de ellas, sin embargo, constituyó un gran éxito, y su importancia debe juzgarse como reflejo del conjunto. El Don Alvaro, que tradicionalmente se consideraba como la Hernani española, apenas llegó a las 17 representaciones el año de su estreno. Entre todas, sólo El trovador alcanzó un poco de éxito, con 25 representaciones. El fracaso no fue únicamente a nivel de público; tampoco la prensa fue demasiado favorable, como ha demostrado Peers. Y si lo dicho alude únicamente a Madrid, en provincias tuvo el teatro un éxito aún menor.En relación con la novela apenas hay nada nuevo que aportar a la tradición puesta en vigor en los años inmediatamente anteriores. En lírica y narrativa, lo importante se inicia entonces, con la lectura del poema de Zorrilla ante la tumba de Larra, y alcanza su momento cumbre alrededor de 1839-40.Relación con Europa. Una de las afirmaciones más extendidas es la de que el R. llegó de la mano de los emigrados políticos que en exilio tomaron contacto con Europa. El aserto no es del todo válido. Ya existía, en mayor o menor grado, con anterioridad a su llegada. La polémica Fernán Caballero con Mora, entre otras cosas, lo demuestra. A la muerte del Rey coinciden Larra, español dentro de España, y Martínez de la Rosa, emigrado, estrenando, con una misma estética, en el mismo año de 1834.Decadencia. Propiamente, comienza en 1838. Las tertulias habían empezado a desaparecer ya en 1835, y revistas como El Sigla, El Artista, etc., que habían apoyado el movimiento romántico, se anulan progresivamente por falta de público. El drama se empobrece y pierde calidad, mientras la poesía sigue una línea ascendente. Hacia 1840 hay ya una clara conciencia de fracaso del R., y las sátiras se multiplican.Eclecticismo. Con el fracaso del R. se inicia el auge del eclecticismo y pronto del realismo (V. COSTUMBRISMO I; REALISMO IV). Ya en 1832 y en pleno triunfo de los dramas románticos, se habían estrenado obras eclécticas. Ahora los principales representantes serán el duque de Rivas y Zorrilla, con sus Romances y Leyendas respectivamente; Fernán Caballero, Trueba y Alarcón (v.) en la novela, Campoamor (v.) en la lírica, Mesonero, Estébanez (1798-1867) y Antonio Flores (1821-66) en la prosa costumbrista (v. COSTUMBRISMO I). Desde un punto de vista teórico, el eclecticismo apenas existe. Se trata de imponer un "justo medio" entre los extremos clásico y romántico, y el establecimiento de una única norma con arreglo a la cual juzgar todo tipo de literatura. Esa norma sería la del mérito. Como última característica se añadía un nacionalismo, de perfiles algo anacrónicos, tendente al rechazo de la importación de formas propias del arte extranjero.Interesa saber ahora qué entendían los autores más o menos teorizantes por el movimiento que Peers llama ecléctico. Dejando a un lado lo anecdótico perceptible en Mesonero, Hartzenbusch o Alcalá Galiano, dos nombres son citados por el estudioso inglés: Gil y Zárate (1796-1861) y Donoso Cortés. El primero pide un teatro en el que se mezclen Siglo de Oro, neoclasicismo y R.: "la brillante poesía de las primeras [las obras], la regularidad, el buen gusto de la segunda, el movimiento y pasión de los últimos". Con todos ellos "produciremos una composición perfecta". Donoso Cortés entiende que el Clasicismo consiste en la perfección de la forma y la riqueza de imágenes, mientras que el R. lo hace en la profundidad de pensamiento y elevación de sentimientos. Según esto "la perfección consiste en ser clásico y romántico a un mismo tiempo... Porque ¿en qué consistirá la perfección si no consiste en expresar un bello pensamiento en una bella forma?". En la práctica fue mucho más importante, sin embargo, y hacia 1845, tanto románticos como clasicistas, se habían pasado a las filas del eclecticismo. En realidad, salvo Espronceda y Larra (muertos ya) y Gil y Carrasco (v.), también desaparecido, ninguno de los románticos lo fue por mucho tiempo.3. Clasificaciones de los escritores románticos. R. Navas (o. c. en bibl.) divide a los escritores en tres grandes grupos cronológicos: Los nacidos entre 1785 y 1799, inicialmente neoclásicos y convertidos al R. con posterioridad (Martínez de la Rosa, duque de Rivas, Gil y Zárate, etc.). En segundo lugar, los nacidos entre 1800 y 1815; reciben una educación clásica; son los que formarán el R. progresista y radical, aunque después, a excepción de los muertos prematuramente, pasen a posiciones moderadas (Larra, Espronceda, Gil y Carrasco, Mesonero, Escosura, Ventura de la Vega, Hartzenbusch, Donoso Cortés, etc.). Por último, los nacidos entre 1816 y 1826;éstos se educan en medio del fervor romántico, pero simultáneamente crecen en su derrumbamiento (Zorrilla, Amador de los Ríos, García y Tassara, Milá y Fontanals, Campoamor, etc.). Esta clasificación cronológica, como todas las clasificaciones generacionales, es discutible, pues las características de una "generación" no suelen ser homogéneas, y suelen variar de unas personas a otras o de unos grupos a otros del mismo periodo cronológico.
Otra clasificación posible es la regional. Lo que se ha dicho hasta aquí estaba fundamentalmente centrado en Madrid. Sin embargo, Cataluña, por su estructura social, resultaba más cercana a Europa, y por consiguiente dispuesta de otro modo para el movimiento romántico. Además, Cataluña vivía en esos momentos la Renaixenga (v.), movimiento de energía cultural y ligado al Romanticismo. La "Sociedad Filosófica" (1814-21) y periódicos burgueses como "El Europeo" o "El Vapor", con posterioridad, introducen el R. de los otros países europeos. López Soler y Aribau (v.) exponen la ideología romántica francesa y alemana. El milanés Luigi Monteggia se refugió en España tras la revolución piamontesa de 1821, a fin de difundir las ideas propias de la rey. milanesa "I1 Conciliatore". En el R. valenciano, como en el catalán, hay también mayor equilibrio que en el de Madrid, con tendencias formales y sociales más moderadas (V. t. CATALUÑA VI).Otras clasificaciones pueden hacerse alrededor de ciertos temas. Así, p. ej., lo que se ha definido como hipertrofia del yo frente a la realidad, que daba lugar a la "mitificación del héroe romántico", que llega a ser un "ángel caído". Como ha escrito Navas, en muchos, el personaje romántico suele ser de una sola pieza, sin inflexiones psicológicas, sin contradicciones, aunque haya que hacer las oportunas salvedades, como la de José de Espronceda, cuyos Félix de Montemar (El estudiante de Salamanca), Adán (El diablo mundo), aparte de los diversos personajes protagonistas de sus poesías líricas (El pirata, El verdugo, El mendigo, etc.) distan mucho de ser simples. Pero, por lo general, el aserto vale para el Macías de Larra, para el Rugiero de Martínez de la Rosa, el D. Álvaro del duque de Rivas, el Manrique de García Gutiérrez, o el mediocre D. Juan Tenorio de Zorrillo. Se trata de tipos, no de caracteres. La mujer pertenece, en general, a dos grandes modos de comportamiento: es un ángel de amor (Inés, Leonor, en Don Juan Tenorio y Sancho Saldaña, respectivamente, o la Leonor del duque de Rivas, etc.), o bien es un demonio encarnado, como la Zoraida de Los amantes de Teruel.En algunos autores la preocupación o la vuelta al pasado es con desinterés por el presente, en otros es un intento de mejor comprensión o de reforma del mismo. El Macías de Larra, p. ej., utiliza como artificio el tema del doncel de D. Enrique el Doliente para presentar su crítica concreta a su propio tiempo. Más importante es el hecho, en diversos autores, de significar un "tránsito" al eclecticismo, característica ésta diferenciadora con el resto de los R. europeos.JENARO TALÉNS.
BIBL.: E. ALLISON PEERs, Historia del movimiento romántico español, Madrid 1967; C. ALONSO, Literatura y poder, Madrid 1971; G. DÍAZ-PLAJA, Introducción al estudio del Romanticismo español, Madrid 1967; J. DE ENTRAMBASAGUAS, Determinación del Romanticismo español, Barcelona 1939; H. JURETSCHKE, Origen doctrinal y génesis del romanticismo español, Madrid 1954; F. GARRIDO PALLARDó, Los orígenes del Romanticismo, Barcelona 1968; A. HAUSER, Historia social de la literatura y el arte, Madrid 1968; V. LLORENS, Liberales y románticos, Madrid 1968; J. MONTESINOS, Costumbrismo y novela, Madrid 1965; íD, Introducción a una historia de la novela en España en el siglo XIX, Valencia 1955; R. NAVAS Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca 1970; P. SALINAS, Espronceda. La rebelión contra la realidad, en Ensayos de literatura hispánica, Madrid 1967.
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