Romana, Escuela (pintura) ARTE
Categoria:
Arte
El esplendor derivado de la enorme actividad artística desarrollada en torno a la corte papal por Rafael (v.) y Miguel Ángel (v.), en la primera mitad del s. XVI, hace de Roma, hasta principios del s. XVIII, la capital artística europea. El -poder de atracción y difusión que emana de ella hace que sean insuficientes las consideraciones locales e incluso nacionales sobre el arte que allí se desarrolla.Manierismo. La influencia de los grandes artistas que dominan la pintura del s. XVI se manifiesta en el manierismo (v.) de sus seguidores, caracterizado por lo refinado y docto de sus tendencias. Colaboradores de Rafael en la decoración de la Farnesina son Sebastiano del Piombo (v.), Peruzzi (v.) y Sodoma (v.). Julio Romano (v.) intenta una síntesis de los estilos de Rafael y Miguel Ángel, al que se acercan entre otros Salviati y Volterra (v.). En la segunda mitad del s. XVI alcanza una posición preeminente el erudito y hábil Taddeo Zuccari, cuya actividad después de 1566 continúa su hermano Federico, personalidad compleja y viajera; ambos (v. ZUCCARI, TADDEO Y FEDERICO) destacan por la solemnidad temática y por su equilibrio formalista. Su manierismo ecléctico es continuado por Giuseppe Cesar¡, llamado el caballero de Arpino (1568-1640), y algunos otros como Cristoforo Roncalli y Antonio Circignani el Pomerancio, penetrando así profunda e inexplicablemente por su falta de calidad en el s. XVIII. Por otra parte, Caravaggio (v.), en Roma desde 1589, abre nuevos y muy distintos caminos a la pintura. Cuando él trabaja en 1597 en S. Luis de los Franceses, los boloñeses Annibale y Agostino Carracci (v.) pintan la Galería del Palacio Farnesio. También comienza la actividad, particularmente intensa en el s. XVII, de artistas extranjeros manieristas, como el holandés Vasanzio y el flamenco Paulus Bril (m. 1626), que influyen en el desarrollo posterior del paisaje.Carraccismo y caravaggismo. La influencia de Caravaggio y los Carracci determina las dos tendencias que caracterizan los comienzos de la pintura r. del s. XVII. Se desarrollan paralelamente en las dos primeras decenas del siglo para terminar triunfando el clasicismo sereno y el severo equilibrio de formas de los Carracci, que evoluciona hacia la gran decoración barroca, mientras el sentido realista de Caravaggio, difundido y renovado por muchos discípulos, se refugia finalmente en la pintura de género, pero dando sugerencias a toda la pintura italiana y europea. Pertenecen a la corriente caravaggiesca el mantuano Bartolomeo Manfredi (1580-1620), fiel imitador y transmisor del estilo a artistas extranjeros como los franceses Valentin (1591-1634), La Tour (v.), Le Clerc y los holandeses Ter Brughen (m. 1629) y van Honthorst (1590-1654); el romano Oracio Borgianni (1578-1616), que lleva de España el recuerdo del Greco a cuadros animados por repentinos fulgores y sombras; el veneciano Carlo Saraceni (1585-1620), de rico color y relacionado con el alemán Adam Elsheimer (1578-1610); el toscano Oracio Gentileschi (1565-1639), de delicadas y luminosas transparencias y que extiende su influjo a Francia e Inglaterra, donde es pintor de corte y ejecuta sus últimas obras; su hija Artemisia (1597-1652), que difunde a Caravaggio en la escuela napolitana; y Giovanni Serodine (15941631), natural de Tesino y llegado a Roma en 1615, artista solitario que enlaza con Hals y Rubens, y quizá el mejor seguidor del maestro.Entre los discípulos de los Carracci destacan los boloñeses: Domenichino (v.), por su rigor formalista; Guido Reni (v.), admirado por su elegancia idealista; y Francesco Albani (v.), de arcádico mitologismo. Sassoferrato (1609-85) y Cozza siguen a Domenichino con temas religiosos de sentimentalismo externo, marcando la máxima divergencia de Caravaggio. Un seguidor de Albani, Andrea Sacchi (1599-1661), es el mejor continuador del estilo, con un simplicismo monumental y una composición clásicamente equilibrada. El emiliano Giovanni Lanfranco (15821647), aunque de formación carracciesca, posse una gran sensibilidad para el color y la luz, y preludia las manifestaciones del gran estilo decorativo barroco (escorzo, dinamismo de las masas, perspectiva aérea), que encuentra en Pietro de Cortona (v.) su máximo representante. Su gran techo del Palacio Barberini, de 1639, es la consagración del estilo que domina en la segunda mitad del siglo. G. F. Romanelli (ca. 1610-62), Giminiani y Ciro Ferri (1634-89) destacan entre sus discípulos.Neovenecianismo y otras tendencias. No obstante la oposición entre el clasicismo de Sacchi y el barroquismo de Cortona, existe en ambas corrientes un interés por el colorismo de los venecianos que ha hecho hablar de un momento neoveneciano en la pintura r. de esa época. Destacan en él Nicolas Poussin (v.), en Roma desde 1624, primero de una segunda oleada de pintores franceses como Le Nain (v.), Le Brun (v.) y los Courtois; el lombardo Pietro Franceseo Mola (1612-66), vuelto de Venecia en 1636, un año después que Sacchi; y Pietro Testa (1611-50). Este neovenecianismo manifiesta principalmente sus efectos en el sentimiento pictórico y prerromántico del paisaje, por el que se une a los ya citados, en ciertos aspectos, Salvatore Rosa (1615-73), establecido en Roma hacia 1650. La pintura de paisaje tiene en Roma un importante desarrollo desde que Bril inicia el género, que continúa Annibale Carracci en un tipo ideal_ y heroico donde el alemán Adam Elsheimer introduce el luminismo de Caravaggio. Tassi lo transmite al joven Claudio Lorena (v.), que trabaja en Roma hasta su muerte en 1682, y crea visiones luminosas que, a través de los paisajistas ingleses, influyen en los impresionistas del s. XIX. Poussin da intensidad humanística al paisaje heroico, y su cuñado Duguet, nacido en Roma, una pasión de tinte romántico.La herencia naturalista de Caravaggio se centra en aspectos de la vida cotidiana. Entre 1630 y 1660 se producen magníficas obras, rebosantes de verdad y llenas de sabor popular, por el holandés Pieter van Laer (15921642) -llamado el Bamboccio, apodo que da nombre a la escuela-, Viviano Codazzi (1603-72) y principalmente Michelangelo Cerquozzi (1602-60). A finales de siglo, el género decae con las realizaciones más modestas de Amoros¡ y Ghezzi. Durante la segunda mitad del siglo continúa la antítesis entre las tendencias de Cortona y Sacchi. Entre los seguidores del primero destacan los luqueses Coli y Gherardi, y sobre todo el genovés Giovanni Battista Gaulli (1639-1709), llamado el Baciccia, autor de la bóveda del Gesu, donde grupos de figuras se arremolinan atraídas por un centro luminoso; y el jesuita trentino Andrea del Pozzo (v.; 1642-1709), que pinta la bóveda de S. Ignacio desde 1668, creando fantásticas escenografías que se unen a las arquitecturas reales dilatando el espacio, y que trabaja luego en Viena. Carlo Maratta (1625-1713), más apreciado actualmente por sus retratos que por sus composiciones religiosas, es el máximo representante del estilo clasicista. Tuvo muchos discípulos, como el romano Giuseppe Chiari (1654-1727), el grossetino Benedetto Luti (1666-1724) y el istriano Francesco Trevisani (1656-1746), que representa una nueva fuente de neovenecianismo, a través del cual su equilibrio y armonía encuentran lógica conclusión en el estilo neoclásico. Al mismo tiempo, llega a Roma la influencia napolitana, con raíces en Lucas Jordán (v.), colaborador de Cortona: una aparición inicial de Francesco Solimena (1657-1747), la larga actividad de Sebastiano Conca (1706-50), y sobre todo la contribución de Conrado Giaquinto (v.).La línea más académica es la que alcanza posteriormente un desarrollo prevalente, con artistas como Marco Benefial (1684-1764) y Pompeo Batoni (1708-87), en tanto que la vena decorativa es aprovechada por Gugliemi, que trabaja sobre todo en Alemania, Austria y Rusia. La doble tendencia se manifiesta también en el paisaje; representan a la primera el flamenco Jan van Bloemen (1662-1749) y el romano Andrea Locatelli (1695-1741), que siguen el tipo de paisaje ideal de Lorena y van Vittel, quien utiliza por primera vez las escenas urbanas de derivación holandesa; y a segunda, Giovanni Paolo Pannini (1692-1765), con su habilidad escenográfica en un tipo de vistas animadísimas, que tienen densa influencia en Vernet y especialmente en Robert. La actividad romana de Anton Raphael Mengs (v.), con su retorno al estilo de Sacchi y Maratta y apoyándose en principios eclécticos del s. xvi, acaba en un estéril manierismo académico, pero ya nadie puede cambiar la dirección que marcan J.-L. David (v.) y Antonio Canova (v.). París suplanta a Roma como centro artístico de Europa, y el periodo napoleónico señala su rápido declinar.J. M. CRUZ VALDOVINOS.
BIBL.: A. DE RINALDIS, L’Arte in Roma del Seicento al Norecento, Bolonia 1948; L. VENTURI y R. SAIRA, La pintura italiana, III, Barcelona 1952, 37-61; G. VIGNI, Roma, en Enciclopedia unirersale dell’Arte, VIII, Venecia-Roma 1958, 322-331; A. PÉREZ SÁNCHEZ, Pintura italiana del siglo XVII en España, Madrid 1965, 13-15, 220-341.
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