Roma III. Historia Antigua.b. Imperio. HIST.
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Historia
1. Augusto y la reconstrucción tras las guerras civiles (31 a. C.-14 d. C.). Bajo una propaganda política de corte tradicionalista, "retorno al pasado", Augusto (v.), aún Octavio, inició su programa de reconstrucción. Tras las destrucciones de la guerra civil, el pasado, un pasado idealizado, se presentaba como un refugio seguro. La literatura glosó el mito, las leyes pretendieron instaurar la vieja moral y asegurar la religiosidad tradicional. Bajo esta capa se hicieron las reformas que eran más opuestas a las instituciones del pasado. El realismo de Augusto supo adoptar la bandera del lirismo tradicionalista como arma y excusa. Los senadores continuaron siendo la clase gobernante, en cuanto no existía otra, pero no ya como un privilegio sino como un deber sometido a reglas precisas y severas. Las depuraciones previas y el derecho de presentación de candidatos ofrecían al soberano la garantía de poder contar en su día con un Senado dócil. Poco a poco el Senado (v.) dejaría de ser refugio de la aristocracia de R. para recibir la burguesía itálica y aun la provincial. Apenas un siglo bastaría para esta renovación. No eran suficientes, sin embargo, los senadores, unos 600, para ocupar todos los puestos de responsabilidad. Por ello las tareas secundarias fueron confiadas al orden ecuestre. Mandos subalternos, burocracia y administración financiera recayeron en los équites, para quienes se había cerrado ya la vieja perspectiva de las grandes especulaciones y los negocios de altura.La nueva clase "subgobernante" sería además una antesala en la que por méritos cabría esperar el ascenso al Senado. En suma, una reserva de gentes fieles y, al mismo tiempo, capacitadas, que todo lo deberían no al nacimiento sino a su esfuerzo y a la protección del Emperador. Este sistema se mantendría durante casi tres siglos. El fracaso de la República era demasiado evidente para intentar un nuevo ensayo, condenado de antemano. Con la apariencia de depositar todos los poderes en el Senado y recibirlos de él, Augusto aseguraba la forma del retorno al pasado y, al mismo tiempo, mantenía la autoridad, auctoritas (v.), que le permitía trazar el porvenir. Único comandante del ejército y gobernador de las provincias imperiales, donde aún se suponía un peligro o posibilidad de guerra, Augusto mantenía un poder que le permitía toda clase de concesiones formales, tales como "aceptar" mandatos o presentar dimisiones que sabía le serían rechazadas.No faltaban idealistas que concebían la vuelta al pasado como retorno puro y simple al sistema republicano, pero un siglo largo de intentonas mostró que éstos no contaban con otro apoyo que sus propios cenáculos, sin poder movilizar ni un legionario ni un pretoriano. La misión del Senado podía quedar únicamente como poder moderador pero no ejecutivo en el gobierno del Imperio romano. Pero éste no se componía sólo de senadores y équites, de grandes propietarios y financieros o comerciantes. Contaba también con un número considerable de indigentes que habían hecho posibles los ejércitos y los aspectos más calamitosos de las guerras civiles. R. había dejado de ser una pequeña ciudad para transformarse en un Estado universal, pero este Estado carecía de cohesión administrativa e institucional. Frente a su unidad de hecho, sus leyes se basaban en estatutos, que variaban de provincia a provincia y de ciudad á ciudad, como variaba su economía, rural en Occidente y comercial en Oriente; éste, eminentemente urbano, frente al Occidente campesino. En contraposición a la Italia de tradición republicana, la mayor parte del Imperio romano no conocía ni comprendía otra forma de gobierno que la Monarquía de derecho divino y, de igual modo que en tiempos divinizó al Senado, se preparaba a divinizar al Emperador. Sólo hasta cierto -punto Augusto podía intentar esta política. En él coincidían el realista estoico y el aristócrata romano. Una política universal como la de César (v.) no entraba en su formación ni en sus propósitos. No en vano antes de Actium había apelado, postreramente, al nacionalismo itálico frente a Oriente. Por ello la ciudadanía se concedió a los no itálicos con prevención y parsimonia, y por ello el ejército fue de ciudadanos y, en consecuencia, prevalentemente itálico.No era ésta la corriente de la historia, ni Augusto, realista, intentó detenerla, sino canalizarla de acuerdo con sus propósitos. A la comunidad institucional opuso una comunidad místico-religiosa, ya intrínseca al propio título de Augustus que satisfacía los anhelos mesiánicos de Oriente y Occidente. El culto de R. y Augusto, un movimiento espontáneo cuya magnitud sorprendió y superó las previsiones, superaría pronto el ámbito personal para adoptar un carácter de homenaje al Emperador reinante. Tampoco Augusto, pese a sus esfuerzos en pro de la agricultura de Italia, podía empeñarse en mantener una política proteccionista al viejo estilo, para asegurar la preeminencia económica en el occidente de Italia, en cuanto ésta no podía competir en riquezas propias y fertilidad del suelo con las Galias o Hispania, ni con África. Consiguió Augusto que los elementos antaño contrastantes y opuestos de la sociedad romana, senadores y équites, soldados y plebe urbana, contaran al menos con una base de intereses comunes. Los viejos jefes de los ejércitos revolucionarios_ habían envejecido y se habían adaptado a su nuevo nivel de vida, al igual que los veteranos del ejército se habían asimilado a la burguesía municipal. En modo alguno se intentó una política igualitaria; la emancipación de los esclavos no fue impedida pero sí limitada; y tampoco intentaron Augusto y sus sucesores situar al mismo nivel cultural, social y jurídico a ciudadanos y campesinos.2. Los sucesores de Augusto. El sistema personal augusteo planteaba en su origen el problema sucesoreo. La reconstrucción aúgustea no podía ser obra de un solo hombre ni limitarse, como la dictadura de Sila (v.), a un compás de espera. La necesidad de continuidad planteaba la reserva de un hombre fiel y capacitado a quien transmitir paulatinamente, con carácter periódico y renovable, aquellos poderes, el imperium (v.), la potestad tribunicia y la autoridad, que podían ser considerados esencia del principado. En suma, el sucesor, antes de reinar solo, debía haber ejercido el poder en cargos, aunque subordinados, destacados, y disponer de experiencia en el gobierno. Tal fue el caso de Tiberio (v.), aunque más adelante se multiplicarían los casos de príncipes elevados al trono sin previa experiencia de gobierno. La razón principal debe verse en las intrigas, desde el reinado de Tiberio, por la sucesión. Sin ser propiamente hereditaria, aparte la ceremonia de adopción del designado, la elección se concretó al ámbito de la familia de Augusto o sus descendientes (v. JULIO-CLAUDIA, DINASTÍA). Tampoco el sistema de equilibrio de Augusto podía ser mantenido indefinidamente de modo inmutable. Los propósitos de Tiberio de gobernar de acuerdo con el Senado se tradujeron en el ejercicio de una concepción helenística del poder. Por ello facilitó el ingreso en el Senado de los más destacados exponentes de la burguesía itálica y la nobleza provincial. Tampoco la generosidad de Augusto podía ser mantenida, pero si éste vivió siempre con modestia, sus sucesores, aun sin caer en la prodigalidad de Calígula (v.) o Nerón (v.), exigieron otro tren de vida. Conviene tener en cuenta que un problema, la insuficiencia de las pagas del ejército, se mantuvo sin solución, pese a las protestas y motines, hasta el reinado de Domiciano (v.).La vida privada y familiar de los Emperadores JulioClaudios con sus depuraciones, conjuras, conspiraciones, delaciones, ejecuciones y confiscaciones, produce la errónea impresión de inestabilidad. En realidad, nada de esto ocurrió. La crónica escandalosa, narrada por Tácito (v.) o Suetonio (v.), apenas preocupó a los contemporáneos, como demuestra Veleyo, por cuanto afectaba únicamente a una porción insignificante de la población del Imperio. Se demostró también la solidez del sistema administrativo augusteo y de la pequeña burguesía, en ocasiones de origen servil, que desde los puestos subalternos se preparaba a ocupar cargos más destacados. Si Tiberio fue impopular debido a su temperamento más que a su política, Calígula lo fue por razones opuestas. La idea helenística y el propósito, repetido por otros Emperadores, de imitar a Alejandro, se unió a su predilección por lo oriental y lo egipcio de los Lágidas. Provocó los mismos temores, consecuencia del reconocimiento de la superioridad cultural del Oriente urbano, que provocara Marco Antonio (v.), y murió por las mismas razones.Claudio (v.), siempre alejado de los cargos públicos y sin experiencia de gobierno, planteó el dilema del erudito en funciones de político. Sin ceder un ápice de los poderes imperiales, prosiguió la labor de concesión amplia de la ciudadanía y del acceso de los provinciales al Senado, satisfaciendo los anhelos de los grupos militares y administrativos con la política de conquista en Britania, Mauritania y Oriente. Hasta cuanto rozó la sensibilidad del Senado lo demuestra la injusta imagen que de él transmitieran Séneca (v.) o Suetonio. El joven Nerón, sin formación como gobernante, condujo a una casi bancarrota al Imperio, en los años de acuerdo con el Senado, fiando en el empirismo e improvisación de Séneca. Fue entonces cuando en el ámbito de la alta administración y el ejército se fraguó el acuerdo entre provinciales e itálicos. Que en cierto momento las ideas políticas helenísticas de Nerón produjeran la inquietud de todos y un acuerdo de aquella facción con la aristocracia romana es harto sabido. Gracias a ello cayó Nerón y alcanzó el poder Galba (v.). Pero cuando éste, al adoptar a Pisón, intentó, al mismo tiempo que una inhábil represión, resucitar la diarquía republicana, itálicos y provinciales mostraron su desacuerdo. Intervino el ejército y expresó con hechos su criterio constitucional.3. Los Flavios y la institucionalización del poder. Catorce meses de guerra civil (68-69) bastaron para evocar viejos recuerdos e infundir unos sentimientos muy semejantes a los que rodearon a Augusto. Tampoco Vespasiano (v.), realista como buen burgués, despreció en absoluto cuantas formas de propaganda le atribuían dotes taumatúrgicas. Puesto que ningún vínculo familiar podía aducir el nuevo Emperador con los Julio-Claudios ni era conveniente fiarlo todo en el reconocimiento del Senado, ni político insistir en el apoyo del ejército, se acudió a la teología del origen divino del poder, y al carácter del soberano, en tanto que más excelso y capacitado, como designado por los dioses. No es un hecho accesorio o secundario que Vespasiano se preocupara especialmente de reorganizar y jerarquizar el culto imperial hasta convertirlo en una institución de Estado y en una forma de religiosidad común a todos los ciudadanos.No cabía a Vespasiano preconizar un "retorno al pasado". El inmediato, el republicano de Galba, el neroniano de Otón y el claudiano de Vitelio, había sido rechazado por unos y otros. El retorno al ideario augustero era posible en cuanto fórmula programática válida en la apariencia, pero utilizada con un espíritu muy distinto. El principio dinástico hereditario, visto el sentir del ejército y la población del Imperio, quedó fuera de discusión. Como Vespasiano manifestó claramente, el Imperio sería hereditario o no sería, y la asociación al poder de los hijos, Tito (v.) y Domiciano, inmediata. La estabilidad quedaba garantizada en este sentido. En cuanto a la administración, todos sus representantes, incluido el Emperador, se habían beneficiado demasiado de la política de Claudio y Nerón para pretender o tolerar depuraciones. Se repudió aquel pasado con las palabras más que con los hechos. Por su parte, el Senado podía sentirse satisfecho con las muestras formales de respeto, tanto más fáciles cuanto que Vespasiano contaba con una mayoría absoluta de amigos, adictos y partidarios.El concepto oficial del poder y del acceso al mismo establecía que ningún particular podía esperar honores análogos o superiores a los del heredero designado. Para destacar las virtudes de Tito, su "capacidad de Emperador", se sacrificó la carrera de Domiciano, sin duda más dotado pero también de carácter más difícil. Las previsiones fallaron en cuanto el reinado de Tito fue tan breve que ni pudo desarrollar una política personal ni favorecer a Domiciano con distinciones análogas a las que él recibiera. Domiciano tuvo que enfrentarse con una nueva oposición senatorial motivada en buena parte por el descontento hacia el proteccionismo de Vespasiano y del que Domiciano no se apartaba. Surgió un nuevo concepto del poder imperial que se inspiraba aparentemente en los principios de Galba, poder no hereditario y designación del sucesor entre los miembros más distinguidos del Senado. A la muerte de Domiciano parecía que se podía poner en práctica esta política designando al decano del Senado, Nerva (v.), pero una vez más se puso de manifiesto que ninguna política era posible en este sentido sin contar con el ejército. Éste no aceptaba la conjura y el asesinato como solución política e impuso directamente como sucesor a uno de sus representantes, Trajano (v.), quien fue adoptado por Nerva sin tener, oficialmente, noticia del proyecto.4. La Monarquía senatorial y los orígenes de la crisis. Durante casi tres generaciones, el Imperio vivió en una paz que ni incidentes esporádicos en los círculos políticos de R. (asesinato de Domiciano o condenas de senadores bajo Adriano) o las guerras fronterizas alcanzaron a turbar. Si bajo Trajano el predominio militar en el poder dio lugar a guerras de conquista, costosas e inútiles, desde Adriano (v.) se prefirió la diplomacia y la solución pacífica de los conflictos de fronteras en un régimen de paz armada. Era ésta la única política posible. El reducido ejército romano, unos 150.000 hombres, podía imponerse sólo por superioridad técnica, como la cultura romana por superioridad moral, pero no numérica. Intentar ampliarlo era imposible por falta de medios económicos; y una guerra de prestigio, como la emprendida por Tito, bastaba para desequilibrar durante años las finanzas del Imperio. El ejército había dejado de ser itálico como en tiempos de Augusto para ser verdaderamente del Imperio en cuanto comprendía gentes de todas las provincias del mismo. Ya Augusto había renunciado a la conquista de Germania como Domiciano lo había hecho a la de Escocia. Acertadamente renunció Adriano a Mesopotamia, y la conservación de Dacia impuso grandes sacrificios. Jamás las tropas romanas de Britania pisaron la cercana Irlanda, ni el copioso comercio marítimo en el mar Rojo o con la India alcanzó formas de ocupación superiores a una pequeña guarnición en las Socotora o la presencia de funcionarios subalternos con misiones que hoy llamaríamos consulares.Tras las fronteras vivió y creció el Imperio, pero aquéllas nunca fueron un telón de aceró sino un instrumento de intercomunicación y comercio, siempre que las circunstancias lo permitieron. La presencia del soldado no pasaba de ellas, pero la del comerciante se extendía mucho más allá. El desarrollo de la industria y del comercio marchó estrechamente unido al urbano. El gran comercio se ciñó a ciertas materias primas, como los suministros trigueros, o los productos de lujo, especias, piedras preciosas y seda de Oriente. Los grandes costes del transporte, y sus mermas, redujeron las posibilidades de la artesanía industrializada, como la cerámica. Ya bajo la dinastía Flavia (v.), las provincias occidentales se organizaron en este sentido en formas autárquicas análogas a las de las provincias orientales. El comercio con Oriente, singularmente la India, suponía un continuo drenaje de oro, y la balanza deficitaria de Italia se equilibraba, aparte la presión fiscal, con la residencia de los senadores provinciales, que consumían allí las rentas recibidas de sus provincias de origen.Los Flavios y los Antoninos (v.) se preocuparon especialmente de desarrollar las ciudades y que existiera en ellas una rica burguesía, cantera de funcionarios y oficiales, pero no en igual modo respecto al campo. Se intentó, o se consiguió sin que existiera un propósito oficial en este sentido, suavizar las diferencias, pero de la diferencia ciudad-campo se hizo una fórmula de gobierno que cristalizaría en las palabras de Elio Arístides de Esmirna al dividir la sociedad romana en honestiores y humiliores.. Incluso la difusión de la enseñanza, por muy maravillosos que puedan parecernos sus éxitos, fue orientada en especial beneficio de los grupos urbanos. Éstos, más que centros de producción, eran centros de consumo o sedes administrativas. Pese a sus semejanzas formales en la instituciones y en sus construcciones públicas, grande: diferencias separaban a unas de otras. A poca distancia, de ciudades costeras de carácter cosmopolita surgían, en el interior, otras que espiritualmente habían experimentado pocos cambios. En unas y otras, sin embargo, era común la segregación de los campesinos de su territorio.Bajo los Flavios y Trajano, el centro moral del Imperio habían sido las provincias occidentales: Hispania y Galia. A regañadientes, se había reconocido la presencia y el peso económico y cultural de África y de las provincias orientales. No fue el helenismo cultural de Adriano sino su realismo de administrador lo que le hizo conceder a estos territorios un mayor peso en la vida política romana. En el último cuarto del s. ti, los senadores africanos representaban al menos el 15% del Senado romano. Por ello, a una dinastía de provinciales de Occidente como la de los Antoninos sucedió una africana (v. SEVERIANA, DINASTÍA). Al contrario de Trajano, más conservador que innovador, Adriano comprendió la importancia de las provincias y revalorizó su papel en el conjunto del Imperio.Es tradicional presentar el "siglo de los Antoninos" como la "Edad de Oro" del Imperio. La historiografía romántica y positivista, incluso algún positivista como Gibbon, quiso ver en ello la consecuencia del sistema de sucesión por elección. Se olvida que este sistema fue posible únicamente en cuanto los Emperadores carecían de descendencia, y que los lazos familiares entre unos y otros eran tales que se puede hablar con Justicia de una "herencia dinástica" entre los Antoninos (Carcopino). No es menos cierto tampoco que este magnífico panorama del "siglo de los Antoninos" muestra, cuando se examina con detalle, aspectos muy inquietantes.La herencia financiera de Tito fue desastrosa. Adriano, antes de intentar reorganizar la hacienda, se vio obligado a condonar deudas al fisco por valor de 900 millones de sestercios, que podían considerarse como incobrables. Esta cantidad era análoga al coste de las soldadas del ejército romano durante ocho años. Tanto Adriano como Antonino Pío (v.) fueron monarcas ahorradores, pero Marco Aurelio (v.) tuvo que adoptar medidas semejantes, y en su reinado se declararon en quiebra las fundaciones benéficas instituidas por Trajano. Buena parte de los cargos públicos, singularmente municipales, no sólo no eran remunerados sino que exigían notables gastos (v. MAGISTRATURAS ROMANAS). Es fácil pensar hoy que lo que no se conseguía oficialmente se obtenía bajo mano, pero en tal caso ni sería explicable el daño que tales cargos causaban a las fortunas privadas ni la paulatina tendencia, ya grave bajo Marco Aurelio, a rehusarlos. En las ciudades de Oriente había sido una vieja costumbre descargar en los ricos las tareas y deberes que correspondían a la comunidad, pero durante el s. ii esta costumbre se extendió a Occidente y con ella también el privilegio de la exención fiscal, immunitas, o la costumbre del traslado de residencia.Los propietarios rurales, antaño absentistas, iniciaron la costumbre de residir en sus fincas durante temporadas cada vez más prolongadas, muy distintas del otium de los ricos romanos, hasta fijar en ellas su residencia con carácter definitivo. A medida que aumentaban las cargas del Estado, éste procuraba descargarlas sobre las ciudades, como el correo imperial o los alojamientos de tropas, y éstas a su vez en los magistrados y particulares. Al mismo tiempo, las cargas sobre los propietarios repercutían sobre arrendatarios, colonos y jornaleros. Los Emperadores no pudieron impedir este estado de cosas; en el mejor de los casos, se preocuparon de atenuarlo y dulcificar, o hacer más llevaderas, sus consecuencias. Quizá más grave que el efecto económico fue el moral. Si, en tiempos, conseguir una mediana fortuna había sido una aspiración y premio a una vida de trabajo, el pertenecer a la burguesía municipal se convirtió en un tormento para quienes no podían contar con inmunidades y privilegios.A pesar de ello, la situación del habitante de las ciudades podía considerarse favorecida por cuanto recibía algo, servicios, espectáculos, etc., a cambio de tales sacrificios, pero la población campesina se veía obligada a contribuir al mantenimiento de las ciudades y el Estado, sin recibir nada a cambio. Poco a poco, el campesinado, en busca de protección, se veía reducido a la gleba o buscaba la solución en las rebeliones o en el bandidaje. Ambos aspectos se documentan suficientemente en este "Siglo de Oro" para poder comprender que las causas que los motivaban no eran ni inmediatas ni circunstanciales. Si siempre habían sido marcadas las diferencias de nivel de vida entre campesinos y ciudadanos, como lo eran en el aspecto cultural, éstas tendieron a aumentarse; el cese, total u ocasional, del absentismo de los propietarios mostró en toda su crudeza estas desigualdades.Desde Nerón a Marco Aurelio, el valor de la moneda había sido invariable en su carácter intrínseco, aunque acompañado de cierta tensión inflacionista en los precios. Bajo Marco Aurelio, se inició una devaluación a consecuencia de los grandes gastos militares y la imposibilidad de aumentar la presión fiscal. Bajo Cómodo, cuyo imperio se inspiró de nuevo en principios teocráticos y tendió a la política igualitaria, esta tensión deflacionista aumentó con la consecuencia de provocar una quiebra de la banca romana. En Oriente, donde se acuñaba y utilizaba moneda no devaluada como la procedente de las cecas imperiales, se produjo la negativa de cambiar la moneda blanda a su cotización oficial, que durante casi un siglo persistiría en ignorar su valor real, en un vano intento de defensa del mercado. Pese a las leyes, esta política se mantuvo dando lugar a la inevitable carrera en la compra, con sobreprecio, del único valor monetario seguro: el oro.5. La Monarquía igualitaria y la crisis del s. III. La muerte de Cómodo, la guerra civil y el triunfo de Septimio Severo (v.) consagraron las tendencias a la Monarquía igualitaria que eran lógica consecuencia de los programas establecidos por Adriano y desarrollados bajo Marco Aurelio. La guerra civil y las confiscaciones pusieron en manos del Emperador un inmenso patrimonio rural que hizo de él el primer productor de alimentos y le puso en condiciones de establecer los precios del mercado. Si la devaluación, con ciertas oscilaciones, puede ser considerada una constante, se impuso la política de mantener invariados los precios de los alimentos procedentes de las propiedades imperiales. Con ello se evitó la manifestación más aparente del carácter fiduciario de la moneda en curso. Al mismo tiempo, aparecieron los primeros impuestos en especie, annona militar, y los impuestos extraordinarios a pagar en oro. Las luchas civiles, las guerras fronterizas y la necesidad de pagar adecuadamente al ejército cargaron sobre el Estado no menos que la producción de unos alimentos cuya venta, aunque no se manifestara inmediatamente, se realizaba en condiciones de pura pérdida.Se intentó solucionar los problemas incrementando la actividad legislativa o concediendo exenciones en los casos particulares (transportistas, recaudadores de impuestos, etc.), a los colonos de las fincas imperiales y a ciertas corporaciones de artesanos. Quizá estas medidas fueran concebidas pensando en proteger a los económicamente débiles, pero su incoherencia se tradujo en una agudización de la crisis económica. La abolición de los viejos privilegios fiscales de Italia no bastó. Bajo Caracalla (v.), la devaluación del denario superaba el 50%, y a poco los funcionarios exigirían que una parte de sus haberes fueran pagados en oro o en especie. Un miembro de la dinastía Severiana, de romanización superficial, Caracalla, concedió la ciudadanía romana a la población del Imperio. Si con ello se intentó consolidar el carácter igualitario o hacer posible una mayor tributación es algo que aún ignoramos. Pese a las distintas orientaciones de Caracalla, Heliogábalo y Alejandro Severo (v.), fue política común el mantenimiento del proteccionismo en la venta de alimentos baratos. Bajo este último, tan grato al Senado, el desequilibrio coste-venta se manifestó en toda su amplitud. Hasta qué extremo el monopolio del Estado y su política de precios bajos pudo dañar la producción particular es algo que no conocemos con detalle, pero los más perjudicados fueron los pequeños propietarios, a los que en vano se intentó proteger con préstamos a largo plazo.Durante medio siglo (235-284), iba a establecerse una dramática lucha entre el Senado y el ejército para la designación del Emperador. Los problemas militares eran harto acuciantes para que este último pudiera aceptar un soberano que no fuera ante todo buen general. Por su parte, el Senado atendía más a las distinciones y a la carrera que a la capacidad. Su elección se orientaba en favor de los decanos de aquel colegio que, por razones de su edad, no eran los más capacitados para desempeñar las tareas que de ellos se exigían. En las ocasiones en que el Senado fue solicitado por el ejército, la elección no pudo ser más equivocada. Si el Senado, aunque equivocadamente, obraba con cierta unanimidad, no sucedía lo mismo en el ejército. El espíritu de cuerpo mal entendido se traducía en rivalidades, manifiestas ya en el 69, y el aislamiento tenía como consecuencia que cada ejército eligiera a su general. Una victoria podía bastar para proclamarse, o ser proclamado, Emperador. Por ello, rebeliones, usurpaciones y asesinatos se sucedieron en un momento tanto más grave cuanto que la presión enemiga se ejercitaba en todas las fronteras, lo cual requería el aumento de las tropas y el cambio de tácticas; aumenta la crisis social, y la economía alcanzaba niveles insospechados.Hasta Alejandro Severo, los Emperadores habían pertenecido al Senado con la excepción del équite Macrino y su hijo Diadumeno (217). En lo sucesivo, los équites, pese a Filipo el Árabe, tendrían escasa fortuna. Por el contrario, abundarían los Emperadores, desde Maximino el Tracio (235-238), procedentes de las clases de tropa. Emperadores pertenecientes al Senado como Decio (249251) o Galieno (v.; 253-268) harían posible el acceso de estos hombres al generalato y al trono. La táctica y la organización militar habían cambiado demasiado; algo de ello comprendió Septimio Severo (v.), para que los altos mandos militares pudieran ser confiados a aficionados, o gentes de formación anticuada como eran en general los senadores, cuya carrera presuponía el desempeño indiscriminado de mandos militares y civiles. Surgió con ello un nuevo tipo humano, que las fuentes senatoriales se empeñaron en caricaturizar: los "Emperadores-soldados" procedentes en general de Iliria. En su oposición al Senado, y por extensión a las ciudades y al elemento "civil", no se debe ver el carácter de lucha social que suponía Rostovzeff. Cierto es que el ejército, y sus oficiales, se reclutaban entre la población campesina, pero las tropelías y saqueos en las guerras civiles, ya "luchas de todos contra todos", afectaban indiscriminadamente a ciudadanos y campesinos.La oposición al elemento civil debe verse en cuanto éste era contrario a la política de gastos militares. La muerte de Probo en manos de sus tropas muestra que el soldado romano temía una victoria total que pudiera ir seguida de una desmovilización que le obligara a reintegrarse a la vida civil. No hay duda que muchos Emperadores, conscientes de deberlo todo a los soldados, fueron débiles y complacientes, pero los más exigieron la misma disciplina y obraron con igual autoridad que en los campos de guerra. La anarquía y la crisis impusieron un aislamiento en las provincias que obligaron a los gobernadores a actuar por su cuenta más que a esperar instrucciones de R. y, finalmente, a comportarse como si fueran independientes. Tal fue el caso del Imperio "galo" de Póstumo y sus sucesores, y el separatismo del "Imperio oriental" de Odenato y Zenobia. En general, tales conductas fueron toleradas en los momentos difíciles, en cuanto estos imperios particulares suponían una forma de resistencia al enemigo común, pero fueron eliminados cuando los Emperadores reconocidos por el Senado se sentían suficientemente fuertes. Tanto Galieno como sus sucesores, ocupados en problemas más graves, prefirieron considerarlos más como subordinados que como usurpadores.Los Emperadores "soldados" (Claudio II; Aureliano, v.; Probo; Caro; Numeriano; y Carino) comprendieron que, a pesar del reconocimiento solicitado y obtenido, su poder era estrictamente personal y dependía del ejército que les proclamaba y no del Senado. La justificación debía ser nuevamente mística, como en tiempo de Augusto, y a ello acertó Aureliano estableciendo la relación entre el Emperador y la divinidad solar, distinción que le separaba de la comunidad de los mortales. Un protocolo de inspiración oriental, iránica, establecería asimismo una separación física muy distinta de la convivencia de los Emperadores "senadores" o de los primeros Emperadores "soldados". El poder imperial cobraba un carácter carismático, que los Emperadores cristianos procurarían reforzar.6. La Monarquía carismática. Conocemos muy poco la administración romana durante la crisis del s. III. Es probable que muchas de las novedades que se manifiestanen el s. IV fueran introducidas bastante antes. Los Emperadores "soldados" habían ocupado el trono sin experiencia administrativa y jurídica. Es posible que muchos de tales problemas, ante la urgencia de los militares, fueran considerados como secundarios. En otros casos, los procedimientos militares fueron trasvasados a la administración; propiamente, en el Bajo Imperio la burocracia civil se hallaba militarizada o se intentó resolver los problemas con disposiciones y edictos. Éste fue el caso de las fracasadas reformas monetarias de Aureliano y Diocleciano (v.), o el intento de este último de establecer unos precios máximos.
Diocleciano intentó aunar el principio carismático, basado en la relación Júpiter-Hércules, y el electivo en el sistema de la tetrarquía (v.), dos Augustos y dos Césares, como solución al problema sucesoreo. Aparte la lejana excepción de Tétrico, Emperador no legítimo, se planteó y tuvo lugar por vez primera la abdicación de un Emperador, amenaza que Augusto, sin cumplirla, utilizó como recurso político. La descentralización administrativa, la aparición de las cuatro capitales, articulada a las necesidades político-militares, la reforma militar, la nueva división provincial y la reducción de R. a la capitalidad oficial, que hacía del Senado un Consejo municipal, son los aspectos más aparentes de la nueva política. La sociedad era jerarquizada de acuerdo con el criterio de que cada cual debía contribuir a las necesidades comunes, a tenor de sus medios. En este sistema jerárquico y burocrático, la vieja independencia municipal era una ficción. Las nuevas bases impositivas, capitatio y jugatio, exigían una continua renovación y puesta al día, e igualaban todos los territorios y habitantes del Imperio en un grado nunca soñado. Un esquema seductor que no se cumplió y se manifestó más gravoso y no menos ineficaz que el antiguo.Igualmente, el intento de reforma monetaria basado en el patrón oro, que redujo el denario a moneda de cuenta, se tradujo en una continua inflación y desvalorización del bronce y en la desaparición de la moneda de plata. Si algo sorprende es que los continuos fracasos, precios de tasa, reforma monetaria, persecuciones (v.) a los cristianos, etc., sólo indujeran a Diocleciano a aumentar las penas y castigos, inaugurando una política de legislación reiterativa, muy propia del Bajo Imperio, que esperaba evitar el incumplimiento con el aumento de la sanción. El empeño en mantener formas y sistemas fracasados se manifestó en la defensa del sistema tetrárquico, que creía óptimo, aun después de su abdicación. De igual modo, la compleja burocracia no se manifestó como instrumento de buen gobierno sino como grupo de presión, y las cargas fiscales se hicieron intolerables.Buena parte de las reformas de Diocleciano cayeron con Constantino (v.), y el concepto carismático del poder quedó vinculado al ámbito dinástico. Tampoco se salvaron las reformas militares, pero en cambio se mantuvo la política fiscal y se aumentó la burocracia, que constituía ya una nueva nobleza sin otra novedad que autorizar de nuevo al Senado a ocupar, aunque no exclusivamente, los cargos que Diocleciano reservara a los équites. Entre los privilegiados se desarrolló la figura del cortesano y, paulatinamente, la jerarquía eclesiástica. Empleos y cargos se hicieron hereditarios, el hijo del burócrata debía seguir en el oficio de su padre de igual modo que el hijo del soldado debía ser tal, y el del campesino agricultor. Sólo ocasionalmente algunos grupos, como los navieros, fueron beneficiados con inmunidades y privilegios, que resaltaban las dificultades de su ejercicio. Los campesinos quedaron reducidos a la gleba, colonato, bajo la protección de los grandes propietarios capaces ya de administrar la justicia por su cuenta y protegidos por ejércitos privados, con los cuales se enfrentaban por igual a los campesinos sublevados (bagaudas, circumcelliones, etc.) que a los recaudadores de impuestos. Aunque Valentiniano I o Graciano, en su oposición a los grandes señores y a cuanto significaba reacción pagana, intentaran proteger a los campesinos, estas medidas no tuvieron efectividad.En Occidente, las ciudades, a excepción de las residencias de corte, como Tréveris, Arlés, Milán o Rávena, y algún gran centro histórico (R.) o económico (Cartago), se hallaban en plena decadencia. Desaparecida la burguesía, ya por haberse arruinado, ya por haber trasladado su residencia a sus propietarios, sólo sobrevivían en ellas pequeños artesanos, que por su pobreza nada tenían que temer, o funcionarios cuyo cargo les eximía de tasas y gabelas. Los grandes grupos de presión, la nueva aristocracia de corte y burocrática, la alta jerarquía eclesiástica, el ejército y los grupos germánicos asociados a él, se disputaban el poder o se ponían de acuerdo para repartirse sus beneficios. Sólo ocasionalmente el sentimiento antigermano confería alguna cohesión a estos grupos. En Oriente, poco a poco, singularmente después de Teodosio, las fuerzas intelectuales, paganas o no, y religiosas, elaboraban, paralelamente al mantenimiento del comercio y cierta producción industrial, las bases de una nueva sociedad cuya inspiración helénica no le impediría mantener el principio tan romano de la unidad del Imperio y que intentaría reconstruirlo aun después de su desaparición real en Occidente.La rivalidad entre las dos ramas de la casa imperial, provocada más por pasiones humanas que por intereses fundamentales, facilitaría la penetración germánica en Occidente durante el s. v. El colapso de las finanzas occidentales, la abstención popular y ciertas posturas religiosas impidieron la movilización de pequeños ejércitos que bastaban para detener una penetración disimulada con fórmulas de alianza y vasallaje. Sólo en estas fórmulas, aun después de la deposición del último Emperador de Occidente, Rómulo, en el 476, se mantenía una continuidad entre el pasado y el presente, y una aparente sumisión, no general, al ya único Emperador de los romanos, el de Constantinopla (v. BIZANCIO). Más que de ruptura se puede hablar en esos años de transformación del Imperio que tenía raíces muy lejanas.Que no todo se había perdido ni había desaparecido era evidente en cuanto la Iglesia pudo, trabajosa y lentamente, asimilar al bárbaro (v. BÁRBAROS, PUEBLOS I), extender su acción a lugares, como Irlanda, que nunca pisara un soldado romano y, pese a su carácter urbano, difundir su fe en las zonas campesinas. Mucho se mantuvo y justifica que se haya hablado de una continuidad entre el Imperio y los Estados germánicos de Occidente (v. GERMANIA I) Éste fue el caso de la organización burocrática provincial, que cambió de señor, o la adopción de un protocolo cortesano, aunque con múltiples limitaciones, inspirado en el imperial. La paulatina evolución autárquica de las provincias y la reducción del gran comercio no fueron fenómenos inmediatos sino de origen lejano. Ya la crisis dei s. iii había reducido considerablemente la capacidad de compra de las provincias occidentales. El nuevo comercio del Bajo Imperio fue, con la excepción del suministro triguero de R., principalmente suntuario; por su poco volumen, podía utilizar indistintamente las rutas marítimas y fluviales o las terrestres, como el eje Rin-Danubio.La crisis del s. ira y sus causas profundas no fueron superadas en sus consecuencias. El Imperio había vivido muy por encima de sus medios y había intentado superar unas necesidades que sobrepasaban a sus posibilidades. Se ha aludido en demasía a la falta de ahorro y al exceso de gasto suntuario, pero su supresión habría resultado poco. La relación producción-consumo era tal que exigía gastos como única fuente de ingresos para un sector de la población, aunque no fueran rediticios como inversiones. La economía del Imperio no era fundamentalmente cerrada, pero el comercio exterior era no sólo deficitario sino una continua sangría de metales preciosos reponibles muy lentamente. La política fiscal del Bajo Imperio no se tradujo en un aumento de la producción. La crisis espiritual y moral del s. III no desapareción en el s. IV con la cristianización (v. ITALIA VI A, 3). El fermento de herejías y polémicas teológicas es índice de esa inquietud, que en el sector pagano muestra contrastes tales como el complejo de pensamiento filosófico neoplatónico (v.) y las prácticas mágicas.Es un tanto discutible que la crisis espiritual, a cuyo propósito y para señalar dos tipos humanos antitéticos se aduce el paralelismo S. Ambrosio (v.) y S. Agustín (v.), tuviera sus consecuencias efectivas en la vida económica. El desentendimiento de los negocios terrenos afectó a un sector reducido, si atendemos a tal razón, de la población del Imperio. Harto más importante parece, por razones más socio-económicas que espirituales, el desinterés de un sector numéricamente considerable de la población de Occidente, campesinos y proletariado urbano, frente a las suertes del Imperio. Si la desafección de las masas populares (Toynbee) es la causa de la caída del Imperio en Occidente ¿por qué no se manifestó también en Oriente? Sin embargo, en Occidente, donde las ciudades no contaban como en aquél, donde predominaba la vida rural, se plantea el problema-raíz de la protección de las ciudades frente a los campesinos. La burguesía romana urbana recibió una idea de la cultura y fin del Imperio, fuera la horaciana o la estoica, quizá más formal que esencial, pero idea a la postre. La población campesina advirtió o sintió principalmente los aspectos negativos y las cargas. Esperó, con la caída de las estructuras políticas, que no comprendía, una mejora de su situación, que no intentó o no consiguió cambiar. Al señor romano sustituyó o se añadió otro germánico, pero la esencia de las estructuras socio-económicas de la propiedad agraria no experimentó alteraciones.ALBERTO BALIL.
BIBL.: A. PASSERINI, Questioni di Storia Antica, 2 ed. Milán 1968; S. MAZZARINO, L’Impero romano, 2 ed. Roma 1962; M. A. LEVI, L’Impero Romano, 2 ed. Milán 1967; F. MILLAR, L’Impero romano e i popoli limitrofi, Turín 1968; M. RoSTOVZEFF, Historia social y económica del Imperio romano, Madrid 1937; S. MAZZARINO, La fine del mondo antico, Milán 1959; A. H. M. IONES, History of the Later Roman Empire, Cambridge 1964; A. PIGANIOL, L’Empire chrétien, París 1947; R. RI:MONDON, La crisis del Imperio romano, Barcelona 1967; L. MUSSET, Las invasiones, Barcelona 1967; R. LATOUCHE, Los orígenes de la economía occidental (s. IV-XI), México 1959; 1. GAUDEMET, L’Eglise dans l’Empire romain (IVe-Ve siécles), París 1958; L. SUÁREZ FERNÁNDEZ, Historia de Roma, Bilbao 1967.
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