Roma III. Historia Antigua.a. Monarquía y República. HIST.
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Historia
1. Aspectos socioeconómicos. Bajo el dominio etrusco (v.), la vida de R. inicia un gran cambio. R. deja de ser el viejo centro de un grupo de pueblos pastores para convertirse en un núcleo de intereses comerciales. Base de éstos son las salinas en la desembocadura del Tíber y las relaciones con Campania (v.). Esta bipolaridad ganadería-comercio va acompañada de un de la agricultura intensiva y especializada, frente a la autarquía de las propiedades de las grandes familias ganaderas, y de un desarrollo de la artesanía. Coexisten en ese momento los viejos núcleos familiares cuya base económica es la ganadería con una agricultura de cereales de tipo secundario, que requiere un régimen de grandes propiedades. Este grupo, que mantiene su viejo derecho consuetudinario en la autoridad del pater familias, coexiste con el urbano de los plebeyos artesanos y comerciantes y el semiurbano de la agricultura especializada, singularmente de frutales, y de los plebeyos reunidos y estructurados según corporaciones profesionales. Frente al sistema económico del trueque, grato a los ganaderos, comerciantes y artesanos utilizan como forma monetaria el lingote de cobre del peso de una libra (327 g.) o "as libral". Comercialmente, R. se halla unida tanto a Etruria, que exporta principalmente metales, como a las ciudades griegas del Sur, que envían sobre todo productos manufacturados suntuarios.R. es una ciudad-mercado con ferias periódicas, nundinae, y exportadora de sal, cereales y ganado.
La caída de la monarquía etrusca, aparte lo que en ella deba verse de acción directa de las grandes familias latinas de ganaderos frente a los comerciantes y artesanos forasteros, tiene como consecuencia un cambio en la situación socio-económica. La R. del s. v a. C. muestra una retracción del comercio de importación, especialmente suntuario, y su actividad mercantil es eminentemente agrícola. Esto implica la ruina de los artesanos y comerciantes que, en buena parte, dedican su esfuerzo a la agricultura especializada. Surge así el conflicto entre las familias de grandes propietarios, patricios, reunidas en gentes, y los miembros de las antiguas corporaciones, plebeyos, carentes de tierras. Las diferencias entre unos y otros no son sólo económicas sino jurídicas. El plebeyo carece del derecho familiar propio; al no pertenecer a una gens tampoco tiene representación en el Senado, reservado a las gentes, ni cultos propios de su familia. Tampoco se beneficia del connubio o derecho de los miembros de las gentes a contraer matrimonio entre sí. Por ello es legalmente imposible el establecimiento de un vínculo familiar entre patricios y plebeyos. Estos principios jurídicos existían antes de la monarquía etrusca, pero la actuación de los reyes parece haberse encaminado a su suavización.Por el contrario, la desaparición de la Monarquía, que la tradición vincula a la implantación inmediata de la República y la concesión de la autoridad a dos cónsules electivos (v. CONSULADO ROMANO), trajo consigo una agudización de los privilegios de las gentes. El término plebeyo no tiene un significado netamente económico; indica principalmente una situación jurídica aneja a su carácter adventicio, al no pertenecer a la vieja sociedad urbana de las gentes. Este estado parece atenuado, bajo la Monarquía, con un estatuto especial, pero éste debió de ser anulado al caer aquélla. Por tanto, a las dificultades económicas ya apuntadas se unían las limitaciones jurídicas concretadas en una supresión total de los derechos políticos y una reducción de los civiles. De hecho, el plebeyo sólo podía servir militarmente (de aquí las preocupaciones que provocan los varios intentos de los plebeyos de marcharse de R., las llamadas "retiradas" al Aventino o al monte Sacro) y entablar pleitos. Por el contrario, lo cual era de especial gravedad en circunstancias que imponían una reestructuración de la economía de los grupos plebeyos, quedaban excluidos de los beneficios de utilización de las tierras propiedad de la ciudad.La reacción plebeya será capitaneada por los antiguos guardianes (ediles) de los templos de las corporaciones profesionales. La lucha por la plenitud de derechos de los plebeyos constituye el centro de la historia de R. en los primeros siglos de la República. Su carácter es singularmente jurídico, pues la actuación de los plebeyos no atiende tanto a conseguir el reconocimiento de unos derechos de tipo económico como a una parificación jurídica con los derechos y deberes de los patricios. Este es el rasgo más característico de la pugna política de ese momento frente a la lucha de clases en los últimos siglos de la República, cuando los términos "patricio" y "plebeyo" sólo tenían un significado genealógico. Por ello sólo ocasionalmente la acción de los plebeyos escogió formas violentas, como al apoyar el intento de dictadura de Espurio Casio, prefiriendo generalmente las medidas pasivas, singularmente la amenaza de abandonar R. y fundar una nueva ciudad en el monte Sacro o en el Aventino. Las reclamaciones económicas se reducen a dos puntos: disminución del interés en los préstamos y el derecho a participar en el arriendo de las tierras de propiedad pública.Desde el punto de vista institucional, existen dos sistemas de magistraturas (v.): las oficiales de los patricios y las privadas de los plebeyos, que intentan sean integradas junto a las primeras. Ante estas peticiones, la actitud de los patricios se resuelve en una serie continuada de cesiones: los tribunos de la plebe, las asambleas de plebeyos (concilia), el connubio, la formación de un sistema político que integra ambos sistemas de magistraturas, las bases de un derecho común y el acceso de los plebeyos a las antiguas magistraturas de carácter patricio. Con gran habilidad, los jefes plebeyos aprovechan las situaciones de crisis en beneficio de sus intereses de grupo. Incluso, como en Grecia, el cambio de los sistemas militares, el de centurias frente al antiguo de pequeñas unidades o manípulos, tiene consecuencias beneficiosas para los plebeyos. Hay que tener en cuenta además que el s. iv a. C. hizo posible una superación de la recesión económica del s. v. Reaparece el comercio, sin limitarse a lo agrícola, aunque la industria sea secundaria respecto a la agricultura. La riqueza aumenta, aunque la fuente primaria de este aumento sea el botín de guerra y no la producción. A fines de ese periodo, las necesidades militares imponen la acuñación de una moneda de plata basada en el sistema en uso en las ciudades del Sur.En estas circunstancias, la población se incrementa no sólo en cuanto ciudadanos sino también en cuanto a población servil. La situación jurídica del esclavo, pese a la posibilidad de emancipación y con ella la adquisición de la ciudadanía, cambia completamente a fines del s. IV a. C., y el esclavo deja de hallarse integrado en la familia del dueño. En el s. II a. C., una de las bases económicas de la sociedad romana es la utilización de esclavos (V. ESCLAVITUD). Ello tiene una importante consecuencia social. La vieja contienda entre patricios y plebeyos, en la que se discutían fundamentalmente derechos, pasa a ser durante el s. II a. C. una lucha entre pobres y ricos, y ni unos ni otros vacilan en utilizar la fuerza para obtener sus objetivos y, en consecuencia, desencadenar guerras civiles. Signo económico de ese periodo frente al desarrollo del comercio, de los grandes negocios de suministros públicos, del arriendo de contratas estatales, y de la financiación, es la crisis primero y la ruina después de los pequeños propietarios, que tiene como consecuencia el aumento de los latifundios, que pueden recurrir con facilidad a la utilización de la mano de obra servil.A mediados del s. II a. C., tras una centuria de guerras victoriosas, R. había conseguido concentrar todas las riquezas acumuladas durante los siglos pasados por los grandes Estados mediterráneos. A ello se une el cuasimonopolio de los centros de producción de metales preciosos. Esta riqueza se concentra en sectores concretos, parte en las familias senatoriales -puesto que plebeyos o patricios pertenecen al Senado y ejercen cargos militares o mandos en provincias y, en consecuencia, pueden participar en el botín- y parte en los equites, o "caballeros", que monopolizan las actividades financieras más lucrativas, singularmente el arriendo de las propiedades de R., sean minas o tierras públicas, y las contratas de obras públicas o de suministros. El aumento de precios, pese a la garantía de ciertos suministros baratos como el trigo, es incontenible. Los "ricos son más ricos y los pobres más pobres", lo cual se manifiesta en el creciente lujo como signo externo más evidente, y las formas proteccionistas, como el suministro de trigo barato, tienen por consecuencia la ruina de los agricultores incapaces de competir en precios y sin medios para cambiar de cultivos. Se establece una subordinación del pobre (que continúa siendo ciudadano y tiene derecho al voto) al rico que, a la espera de cargos públicos que le permitan aumentar sus riquezas, no vacila en comprar sus votos.R., superpoblada, no ofrece trabajo a sus habitantes; ni a éstos, como se advierte en el intento de los Graco (v.) de facilitar tierras a los pobres fundando ciudades en el Norte de Italia o reconstruyendo Cartago, resulta grata la idea de alejarse de R. El conflicto social se centra entre los pobres y los ricos singularmente, pues otros ricos no dudan en sumarse a los pobres para utilizarles en beneficio de sus intereses políticos y económicos; tal es el caso de los pertenecientes a las familias (nobilitas) de origen plebeyo o patricio con antepasados magistrados. Un tercer elemento en discordia es el de los equites que, en su conflicto con la nobilitas, oscilan entre los grupos más factibles de satisfacer sus deseos, concretamente la participación en el juego político y el mantenimiento de las formas institucionales que les permiten enriquecerse con la actividad financiera ya apuntada. A estos elementos en discordia se unen en Italia los grupos carentes de la ciudadanía romana y perjudicados paulatinamente por la cesión de las tierras públicas a los contratistas y latifundistas o los colonos de los Graco. Su petición más urgente, independientemente de su situación económica, es la concesión de la ciudadanía, recurriendo para ello a medios violentos (guerra social) o al apoyo de los distintos jefes políticos, sin penetrar en su ideología. Cambio manifiesto de ello es la constitución, con Mario (v.), de un ejército profesional, cuyos componentes reciben de sus jefes en el momento del licenciamiento parcelas cuyo arrendamiento baste para mantenerles (v. EJÉRCITO III). Ésta es la política seguida por Mario, Sila, Pompeyo, César y Augusto, recurriendo incluso a las concesiones fuera de Italia.Esta crisis socio-económica no es susceptible de reformas circunstanciales que atiendan más a los síntomas que a las causas. Es evidente en este sentido el fracaso de Sila (v.) o de los jefes revolucionarios. Exige la conversión de un sistema político de concepción ciudadana en otro estatal, bien por un cambio del sistema institucional (caso de César), bien por una aparente reestructuración del mismo (Augusto), que varía su sustancia conservando su apariencia. Frente al hecho del poder personal, que ya soñara Escipión Emiliano, se establece la permanencia aparente de la autoridad del Senado (v.), en cuanto depositario del poder del pueblo. Este mantenimiento es sólo posible en cuanto el sistema, aparte el cansancio provocado por decenios de guerra civil patente o latente, impone un equilibrio de intereses; el Senado, con la posibilidad de carreras de funcionarios adecuadamente remuneradas; los caballeros, que aúnan a sus antiguos intereses, reestructurados, nuevas posibilidades de carrera; el ejército, con concesiones de tierras en ámbito provincial; y los pobres, favorecidos por un sistema de concesiones alimentarias y una política laboral mediante trabajos públicos en la propia R. Así se resuelve la vieja crisis política, económica y social de los s. II-I a. C., fundamentalmente interna, puesto que no interrumpe la expansión territorial de R., y también moral en cuanto es expresión de la desaparición de los principios solidarios, de familia o de grupo, de la vieja sociedad romana. Esto no impide que ciertos aspectos, singularmente la disparidad económica, se mantengan. La riqueza de R. es sobre todo adventicia, que no se basa en medios de producción propios.2. Los orígenes de Roma. La tradición sobre el nacimiento de R. es sobradamente conocida y en parte encaja en el ámbito de los nostoi griegos (tradiciones sobre héroes fundadores de ciudades tras la guerra de Troya) en el caso de Eneas, fundador del Alba Longa. Los dos hermanos fundadores, Rómulo y Remo, su pelea, la alianza de Rómulo con Tacio, señor del Capitolio. Lo mismo puede decirse de los siete reyes (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio -vencedor de Alba Longa-, Anco Marcio, Tarquino Prisco, Servio Tulio y Tarquino el Soberbio), el episodio de Lucrecio, la caída de la Monarquía, Bruto, etc. La realidad es distinta, pero estas tradiciones muestran en parte cierto fondo histórico, pero que no refleja completamente la complejidad de los hechos. En los s. xviii a. C., aparecen en R. una serie de poblados de gentes que proceden, posiblemente, de la zona de los montes Albanos, unidos a grupos sabinos. Nos hallamos, por consiguiente, en el momento en que la tradición situaba la fundación de R.: 21 abr. 752 a. C., aunque las fuentes discrepan en algunos casos. Rómulo y Tacio son los nombres que indican esta unión de latinos (v.) y sabinos (V. ITALIA IV, 1).3. La Monarquía. Aun aceptando las fechas tradicionales (752-509 a. C.) es imposible admitir que el número de reyes se redujera a siete, lo cual supondría una cifra media de más de 30 años de reinado. El número de reyes debió de ser mayor, pero lo que de ellos cuenta la tradición alude, en parte, a hechos ciertos. La destrucción de Alba Longa, atribuida a Tulio Hostilio, parece cierta, así como la primacía de R., en esa época, en la Liga latina. El puerto en Ostia y el puente sobre el Tíber, atribuidos a Anco Marcio, aluden al comercio de sal entre R. y el centro de Italia, gracias a las salinas de la desembocadura del Tíber. El etrusco Tarquino Prisco, conocido también por leyendas etruscas, se refiere quizá a un personaje histórico o, simplemente, simboliza a los condottieri de Etruria que en el s. VII a. C. emprendieron la conquista de Campania y, más concretamente, insiste en el hecho cierto del dominio etrusco en R. En el caso de Servio Tulio vemos un claro deseo de atribuir a su época medidas administrativas y usos que en buena parte no son anteriores al s. IV a. C.Finalmente, la caída de la Monarquía alude a un hecho más complejo: el colapso del poder etrusco en Campania, que chocó con Cumas (v.) y la guerra emprendida. Del mismo modo que los etruscos se apoyaban en aliados indígenas, Cumas procuró atraerse la ayuda de los latinos, en cuyo territorio se encontraba la línea de comunicaciones vital para sus relaciones con Etruria. La guerra, con diversa fortuna, se prolongó hasta el 474 a. C., en que la escuadra etrusca fue derrotada en Cumas. Ya a fines del s. VI a. C. los latinos luchaban contra los etruscos (v. LATINOS, 5).En este marco hay que situar la caída de la Monarquía en R. La fecha tradicional no parece que pueda mantenerse; probablemente debe situarse este acontecimiento casi medio siglo más tarde, en todo caso después de la batalla naval de Cumas. Tampoco es necesario suponer que esta crisis política se manifestara violentamente. Por la misma época se observa en las ciudades etruscas la sustitución del poder real por el colegiado de magistrados, en cierto momento anuales, pertenecientes a la aristocracia. Lo mismo pudo suceder en R., y hay que observar que los poderes religiosos del rey fueron mantenidos en el cargo sacerdotal de rex sacrificulus, a semejanza del arconte-rey ateniense. La especialización de funciones en el mando militar, religioso y jurídico-administrativo pudo facilitar el cambio que redujo el poder real a mera ficción.4. La República. La inseguridad sobre los acontecimientos de los dos primeros siglos de la República es absoluta. Las fuentes escritas insisten en atribuir a ese momento muchos acontecimientos que forzosamente son posteriores. Así mismo los nombres de los primeros cónsules son una reconstrucción de un genealogista del s. iv a. C., con el propósito de ennoblecer a las familias ilustres de su época. Tampoco es cierta la inmediata introducción de la magistratura colegiada y anual de los dos cónsules, sino por pretores (v. PRAETOR), iudices, o por el recurso a la magistratura extraordinaria, dictator, que hallamos en otros pueblos itálicos.El nacimiento de la República implicó un aumento de poder del sector aristocrático de la sociedad romana, patricios, en detrimento de los plebeyos. Se plantea, como se ha observado en repetidas ocasiones, un fenómeno análogo al de las ciudades griegas en el s. vii a. C. El origen de los plebeyos es un problema. Se ha querido ver en ellos núcleos de antiguos esclavos -libertos (v.)y forasteros, o un grupo étnico distinto; se ha hablado de sabinos o de gentes desplazadas procedentes de las ciudades conquistadas por R.; otros los han supuesto un grupo etrusco. Existe una diferencia de base económica; los patricios son ganaderos, y los plebeyos agricultores, artesanos y, en cierto momento, comerciantes. En todo caso, la lucha entre patricios y plebeyos no es de clases por motivos económicos, sino por una paulatina igualdad jurídica. El arma de los plebeyos no es la violencia sino la amenaza de escisión, trasladarse a una ciudad propia en las proximidades de R. (Aventino, monte Sacro), que habría privado a ésta de toda posibilidad de mantenimiento.El primer triunfo de los plebeyos fue la creación de un magistrado propio revestido de varias inmunidades, el tribuno de la plebe, que, según la tradición, aparece en el 493 a. C. Otro triunfo fue la codificación del Derecho, Ley de las Doce Tablas (v.; 450 a. C. según la tradición romana, probablemente último tercio del s. V a. C.) y, por el mismo tiempo, una valoración social basada no en el origen sino en la fortuna que, como en Grecia en los s. VII-VI a. C., permitía adquirir un equipo militar de hoplita.En política externa, R. tuvo que mantener su primacía en la Liga latina (segunda mitad del s. V a. C.) y luchar contra otros pueblos, sabélicos, sabinos, volscos y ecuos, así como en localidades etruscas de la otra orilla del Tíber (fines del s. V a. C.). Pese a sus victorias, R. sufrió una desagradable sorpresa en los primeros años del s. IV a. C., con motivo de la toma de la ciudad por los galos (celtas senones procedentes del valle del Po), de la cual la leyenda recuerda episodios como el fracasado ataque al Capitolio, cuya resistencia es un tanto dudosa, y el precio pagado a su jefe, Brenno, para que abandonara la ciudad. A este desastre siguió un periodo de desórdenes. R. fue gobernada por un colegio de tribunos. Coincidió con ello la expansión de los latinos hacia Campania, donde se fundaron nuevas ciudades: Signia, Norba, Cora, etc.; por el mismo tiempo (381 a. C. según la tradición), Túsculo se convirtió en municipio romano, y R. amplió su territorio en el área costera al S del Tíber. Los desórdenes políticos se calmaron con una disposición, leyes licinias, favorable a los plebeyos; un cónsul debía ser patricio y otro plebeyo (hacia el 266 a. C.). Un nuevo ataque galo, esta vez con la ayuda de los ecuos de Tibur (Tívoli), dio lugar a que se reforzaran los vínculos entre R. y los latinos. Este periodo, mitad del s. IV a. C., representa una etapa de gran expansión de R., guerras con las ciudades etruscas de Tarquinia (v.) y Cerveteri, alianzas con los ecuos de Palestrina y Tibur, con los samnitas, con los etruscos de Cerveteri y, finalmente, con Cartago (v.) (hacia el 348 a. C.).Una vez más atacaron los galos, sin éxito; en el 343 a. C., R. y los latinos intervendrían en Campania como aliados de Capua y Cales (Calvi Risorta) contra los samnitas (v.). Consecuencia de ello fue la llamada primera guerra samnita. El triunfo de la campaña dio lugar, por desacuerdo en la posesión de Capua, a una guerra entre R. y los latinos. Contó aquélla con la alianza de los samnitas y, después de tres años de guerra, venció a sus enemigos incorporándose la totalidad del Lacio (v.) y transformando en municipios Ariccia y Lanuvio. Un nuevo ataque galo tuvo lugar en el último tercio del s. IV a. C. Tras éste se estableció una tregua de 30 años entre R. y los galos.La lucha por el dominio de Italia. La segunda guerra samnita, hacia el 328 a. C., estalló como consecuencia de la ocupación de la ciudad latina de Fregellae (cerca de Ceprano). La plaza tenía singular importancia debido a su situación en el camino de R. a Campania. Consecuencia de ello fue la alianza con Nápoles, también sitiada por los samnitas, y con Luceria (Lucera) en Apulia. Como resultado primero de estas operaciones ocurrió el desastre del desfiladero de Caudium (Montesarchio) y la capitulación de un ejército romano (horcas caudinas). R. reocupó Fregellae, trazó nuevas vías de comunicación -vía Apia (312-310 a. C.)- y se incorporó la zona norte de Campania. Una nueva guerra en Etruria, frente a una liga de ciudades dirigida por Tarquinia, y otra con los pueblos montañeses, marsos, ecuos y hérnicos, concluyó, de una parte, con la paz con los samnitas y, de otra, con la incorporación del territorio ecuo y hérnico. Estas guerras permitieron a R. crear durante el s. IV a. C. un gran ejército e incluso una escuadra, 310 a. C., que fracasó en un ataque contra Pompeya. En el tratado con Cartago del 306 a. C., R. heredaba el papel de tradicional aliada que antaño tuviera Etruria, debiendo reconocer los cartagineses la primacía de R. sobre la Italia peninsular. Por el mismo tiempo, R. inició su política internacional con un tratado con Rodas (v.). Todos estos cambios fueron acompañados de reformas de tipo político-constitucional que señalaron el progreso de la plebe, censo según la fortuna mobiliar, acceso de los plebeyos a los altos cargos sacerdotales, reconocimiento de los acuerdos de los plebiscitos y reforma agraria.En el 299 a. C., una nueva invasión de galos dio lugar a una alianza de los enemigos de R.; tercera guerra samnita. R., aliada de Clusium (Chiusi), consiguió dominar Umbría y, en el frente de Campania, someter la Lucania. Dos nuevas colonias, Minturno y Sinuessa, aseguraron el dominio de las comunicaciones de Campania. La victoria de Sentino (295 a. C.) aseguró el final de la guerra. En los años siguientes, R. se incorporó el Piceno y el territorio sabino, y tenía ya las manos libres para adueñarse del Sur de Italia. Esta política debía verse favorecida tanto por las discordias entre las ciudades griegas como por la presión de pueblos sabélicos en Campania que hicieron de ella la aliada natural de aquellas ciudades. Un conflicto de origen comercial motivó la lucha entre R. y Tarento, y la llegada a Italia de las tropas de Pirro (v.), rey de Epiro (281 a. C.). Tras victorias fulminantes, como la de Heraclea, debidas a la superioridad técnica de los ejércitos helenísticos, Pirro (v.) se declaró fautor de una política panhelénica en la Magna Grecia (v.) y protector de la independencia samnita. Frente a los éxitos de Pirro, la alianza entre R. y Cartago dio sus resultados; Pirro marchó a Sicilia, de la que se adueñó, aparte el territorio de Lilibeo (Marsala), en poco tiempo, pero la derrota de Benevento y los conflictos griegos, singularmente con Antígono, le obligaron a regresar a Grecia. En el 272 a. C. R. ocupaba Tarento, y en el 268 a. C. se fundaba una colonia latina en Benevento.Esta guerra significaba la entrada de R. en el juego de intereses que caracterizaba la política mediterránea a principios del s. III a. C. En el 272 a. C., R. estableció tratados con el Egipto lágida, iniciando una política que debía hacer de R., en pocos años, dueña del Mediterráneo oriental. Pese a sus dificultades, la guerra contra Pirro no había significado una minusvalorización de R., pero detuvo o retrasó muchos de los aspectos de su política de expansión, singularmente la conquista de Etruria, en curso al iniciarse las hostilidades con el rey de Epiro. Episodios principales fueron la toma de Cerveteri (273 a. C.) y la Bolsena (265 a. C.), y la definitiva pacificación del territorio falisco. En la zona adriática, la conquista se hizo efectiva con la toma de Asculum (Ascoli) y la fundación de Rímini en el 268 a. C.La época de las guerras púnicas. La proyección de R. en el mundo mediterráneo como primera potencia cobra un especial significado a partir de la primera guerra púnica (v.), que cortó la que hasta entonces había sido tradicional alianza con Cartago. La prueba fue dura para R., pero sus resultados confirmaron su significación como gran potencia mediterránea. Las nuevas conquistas, Sicilia primero, Córcega y Cerdeña después, como consecuencia de su mediación y neutralidad en la guerra de los mercenarios, significaban que R. no podía estar ya ausente de todo conflicto que pudiera acarrear un cambio en el orden político del Mediterráneo occidental. Muy pronto, R. debía intervenir también en el Mediterráneo oriental. La guerra ¡lírica (225 a. C.) fue en cierto modo una expedición de castigo para proteger la libertad del comercio romano y a las ciudades griegas de Corfú y Apolonia (v. ILIRtA). De esta guerra nació un Estado vasallo en Dalmacia, gobernado por Demetrio de Faros. Este Estado apenas tuvo continuidad, puesto que en el 219 a. C. fue incorporado por los romanos, que dos años antes ya habían intervenido en Istria. Poco antes R., aliada de Egipto, había estado a punto de intervenir en la guerra contra Siria. Esta definitiva intromisión en los complejos asuntos del Oriente helenístico debía ser, en cierto modo, una consecuencia de la segunda guerra púnica; pero esto no excluía la expansión de R. en la Italia continental e insular.El dominio de Cerdeña y Córcega exigió difíciles campañas (238-225) paralelas a otra contra los ligures (v. LIGURIA II) y los galos, derrotados en el 225 a. C., tras un fulgurante ataque que les permitió llegar hasta Clusium, en cabo Talamone (225 a. C.). La alianza con los vénetos y Génova permitió el avance romano hasta el valle del Po. Las colonias de Piacenza y Cremona fueron fundadas en el 218 a. C. Una nueva vía, la Flaminia, unía este territorio con R. y señalaba el camino de una futura expansión. En parte, ésta debía verse facilitada por la crisis social, pero también interrumpida por los acontecimientos de la segunda guerra púnica. Ésta debía mostrar cuánto había de sólido, y cuánto de precario, en el sistema de alianzas y federaciones que R. había utilizado para mantener su dominio en Italia. Su fallo principal no era, o no era tanto, lo aparente de su autonomía sino la política, acentuada desde el 268 a. C., de diferenciación de derechos entre R. y los latinos, singularmente los llamados nuevos, y entre éstos y el resto de los itálicos, lo cual hacía prácticamente imposible, al contrario de tiempos anteriores, la obtención de la ciudadanía romana, asequible, en cambio, a los libertos. Singularmente se demostró cuán insegura era la sumisión de las ciudades de Campania, griegas o indígenas, de Sicilia y de ciertos territorios de conquista reciente como los Abruzos, Bruttium, y el carácter internacional de esta lucha, que unía a todos los enemigos de R. y a cuantos podían temer su desarrollo. La guerra se extendió a otros territorios, decidiéndose en cierto modo en España (v. ESPAÑA vi, 2).La lucha por el dominio del Mediterráneo. La llamada primera guerra macedónica (v. MACEDONIA II, 1) es consecuencia directa de la segunda guerra púnica y la política ¡lírica de R. Macedonia deseaba ocupar este territorio, y Aníbal (v.) se lo concedió tras la mediación de Demetrio de Faros. No obstante, Aníbal nunca recibió el apoyo del ejército macedonio en Italia, pues éste se agotaba en pequeñas luchas en el ámbito griego, singularmente contra la Liga etolia. Todos los enemigos de Macedonia, como los etolios o Pérgamo, se aliaron a R. Tras diez años de lucha (215-205), se llegó a una paz que acordaba el reparto del territorio ¡lírico entre R. y Macedonia. Ello bastaba para señalar la intervención de R. en cuantos conflictos pudieran afectar al mundo griego (V. GRECIA IV, 16). Por otra parte, las garantías al reino de Numidia (v.) exigidas por R. en su tratado de paz con Cartago y su voluntad de permanencia en España anunciaban las orientaciones de la política internacional de R. después del 203 a. C. Asimismo iniciaba un periodo, desastroso a la larga, de política dura con los aliados itálicos, singularmente los que habían adoptado la causa de Aníbal. La destrucción de Capua era un claro ejemplo de cuanto podían esperar quienes se apartaran de las directrices establecidas en R. Las nuevas alianzas (Rodas, Pérgamo, la Liga aquea) y las antiguas (Egipto) iban a determinar la política de R. en Oriente frente a los dos enemigos: Macedonia y Siria.Los intereses de los aliados, en un primer momento, más que los propios de R., originaron la llamada segunda guerra macedónica, cuyo motivo oficial fue el mantenimiento del orden de cosas establecido al finalizar la primera. Incluso quienes, como Pérgamo (v.), eran partidarios de la paz o preferían permanecer neutrales (Liga aquea) tuvieron que intervenir en la guerra (200-196), que significó la supremacía naval de R. y el triunfo de la legión sobre la falange en Cinoscéfalos (197 a. C.). Con ello terminaba el prestigio de los ejércitos helénicos, herederos de las glorias militares de Filipo y Alejandro.La protección de Egipto, en periodo de regencia (V. EGIPTO IV, 6), y de Pérgamo (v.) motivó una nueva guerra contra Siria (192-188), que quebró el prestigio militar de Antíoco III (v.). Con ello R. volvía a luchar en Grecia y en el nuevo frente asiático. La paz de Apamea señaló la presencia de R. en Asia, aunque los territorios se cedieran a Pérgamo y Rodas, y la desmilitarización de Siria (v. SIRIA III). Asimismo la Liga etolia fue reducida al papel de aliada de R. Desde el punto de vista económico, esta guerra fue un éxito y, en cierto modo, señala el comienzo de un fuerte cambio en la vida romana. Al mismo tiempo, R. podía sentirse lo bastante fuerte como para dictar la política que debían seguir los pequeños Estados, al imponer al rey de Bitinia la expulsión de Aníbal. Pero esta primacía requería la anulación de Macedonia, cuyo rey Perseo no se resignaba a aceptar las cláusulas del tratado de paz que concluyera la segunda guerra macedónica. Su política, al contrario de la de Filipo V, atendió a asegurarse el apoyo de los sectores populares.Así estalló la tercera guerra macedónica, que concluyó, tras la derrota de Pidna, con la independencia de Macedonia, la humillación de Etolia y el de la decadencia comercial de Rodas ante la competencia de Delos. Incluso el fiel aliado pergaménico quedó desautorizado con el tratado entre R. y los gálatas (v.). Siria fue humillada en su intento de adueñarse de Egipto y, en adelante, la política romana favoreció a las rivales de los Seléucidas (v.), incluso a los partos (v.), o pretendiente al trono que pudiera contribuir a debilitar el antaño poderoso Estado. La rebelión de Macedonia (149 a. C.) apoyada por la Liga aquea significó, tras la toma de Corinto, la incorporación de Grecia como provincia romana (146 a. C.). Poco después, Atalo III cedió su reino de Pérgamo a Roma (133 a. C.), que instituyó con él la provincia de Asia (V. ATÁLIDA, DINASTÍA).Los asuntos de Occidente se desarrollaron de modo parecido; se reanudó la incorporación del territorio del Norte de Italia, de Liguria, hasta alcanzar prácticamente parte del territorio alpino. La lucha en España continuó pese a las dificultades registradas desde el 154 a. C. enLusitania (v.) y Celtiberia (v. CELTÍBEROS) y los desastres de Numancia (v.). En este grupo de campañas debe incluirse la tercera guerra púnica, que, si supuso la desaparición de Cartago (146 a. C.), también motivó la presencia de R. en los asuntos africanos, tanto en la protección de Numidia como en la creación de la provincia de África proconsular (V. ÁFRICA V, 3).
Los conflictos sociales. R. fue gobernada durante este periodo por el Senado. De hecho, los cónsules actuaron como ejecutivos del mismo. Paralelamente, se acusa el conflicto entre la nobleza senatorial y el partido popular, cuyos jefes son generalmente miembros de la nobleza. En algunos casos, como con Escipión el Africano (V. EsCIPIONES, FAMILIA DE LOS), pudo pensarse en tendencias monárquicas. La lucha no es ya por derechos, como la antigua entre patricios y plebeyos, sino entre ricos y pobres. La nobleza senatorial puede enriquecerse en los gobiernos de las provincias, los agricultores se arruinan, los caballeros practican la especulación financiera, y R. se ve invadida por una masa de desvalidos que dependen para su sustento ya del erario público ya de la venta de sus votos. Entre nobleza senatorial y plebe urbana se mueve el tercer grupo de los caballeros, que por su fortuna podían decidir el problema. Su adhesión, bajo César, al partido popular fue una de las causas principales del triunfo de éste.La crisis social intentó resolverse con el reparto de las tierras públicas usufructuadas por la nobleza y asignando a los desvalidos parcelas en Italia y en provincias. Esta política, que dañaba los intereses de los itálicos carentes de la ciudadanía romana, agudizó sus reclamaciones. Ello ocasionó (91-88) la llamada guerra social, de igual modo que la oposición entre nobles y populares desembocó con Cinna en la guerra civil. La muerte de Mario (v.) y la demagogia de Carbon debían concluir con la llegada de Sila (v.) y el ejército de Asia tras una prolongada lucha en Italia (83-81) que se extendió a España con Sertorio (v.) y a África. Sorprende que en tales circunstancias no se paralizara la actividad exterior de R., que mantuvo en Oriente las difíciles campañas contra Mitrídates VI (v.), en Occidente el de la conquista de las Galias (v.), la ocupación de las Baleares, excepto Ibiza, aliada desde la segunda guerra púnica, la derrota de los cimbrios por Mario en el 102 (batalla de Aquae Sextiae), en los Balcanes la sumisión de Tracia (v.) en el 100 a. C., y en África la prolongada guerra de Yugurta (111-105), que significó la definitiva sumisión de Numidia y el protectorado sobre Tripolitania.Las guerras civiles. Vencedor Sila (82 a. C.), fue nombrado dictador con el propósito de restaurar el viejo sistema senatorial. Con su abdicación (79 a. C.), se plantearon de nuevo los viejos problemas agravados por la ausencia de hombres capaces de enfrentarse con ellos en el ámbito senatorial. Sertorio y sus gentes, pese a las amnistías, mantuvieron la lucha en España hasta el 72 a. C.; en Italia continuaban las conspiraciones y los conflictos sociales, como la rebelión de Espartaco (v.). El enfrentamiento a los piratas requirió una vasta operación confiada a Pompeyo, seguida de nuevas campañas contra Mitrídates -la tercera guerra- y las campañas en el Bajo Danubio (74 a. C.). En R., las luchas por el poder y las conspiraciones se suceden (la de Catilina en el 66 y 63 a. C.), así como los escándalos administrativos (yerres, Lúculo), que los éxitos orientales (derrota de Mitrídates y de Tigranes de Armenia, creación de las provincias del Ponto y Bitinia, etc.) logran mitigar.En el 60 a. C., los principales políticos, César, Pompeyo (v.) y Craso, llegaron a un mutuo acuerdo en su actuación política. Este pacto ha sido llamado primer triunvirato. No hubo en este caso un efectivo reparto del poder como en el segundo triunvirato, tras la muerte de César (43 a. C.), sino un compromiso de ayuda recíproca en los problemas políticos -elección de César como cónsul, solución de los problemas financieros de Craso y aprobación de la política de Pompeyo en Asia- seguida de una garantía de provincias propias, desde el 56 a. C.: las Galias para César, las dos hispánicas para Pompeyo, y Siria para Craso. César conquistó las Galias. En Oriente, aparte la ocupación de Chipre y la intervención en la sucesión del trono de Egipto, su política se vio rematada por la derrota y muerte de Craso frente a los partos (53 a. C.). Pompeyo, desde R., intentó consolidar su poder, lo que le llevó a ser, en el 52 a. C., cónsul único o princeps (v.) y a fomentar una política contraria a César. Era obvio que éste no podía renunciar a su ejército hasta que Pompeyo no hiciera otro tanto con el suyo. Un año de inútiles discusiones sobre este tema, entre César y el Senado, concluyó con el paso del Rubicón (49 a. C.). Pompeyo, cuyo ejército se hallaba en España, renunció a la resistencia y huyó a Oriente. César, como dictador, entró en R., marchó pronto a España y en una breve campaña deshizo el ejército de Pompeyo en Lérida.Ya cónsul (48 a. C.), y aunque sin escuadra, dirigió sus pasos a Oriente para destruir el ejército de emigrados y tropas de Estados vasallos que había formado Pompeyo. En Farsalia se decidió la campaña. Pompeyo emprendió una peregrinación en busca de refugio y nuevos aliados hasta alcanzar Alejandría, en plena guerra civil entre Cleopatra VII (v.) y Ptolomeo XIII, donde fue asesinado (48 a. C.). A poco, la escuadra de César tocaba en Alejandría. Su intento de mediación en el conflicto familiar ptolemaico tuvo por consecuencia que soportara un difícil sitio y pasara el invierno en aquella ciudad, hasta la llegada de socorros. Después, dictador por segunda vez, vence en Asia a Farnaces, hijo de Mitrídates VI. De nuevo en R. fue elegido cónsul por cinco años. Otra brillante campaña le permitió destruir al ejército senatorial formado en África (batalla de Thapsus, 46), y al volver a R. fue nombrado por el Senado dictador durante un periodo de diez años y cónsul por otros tantos. En realidad, la fórmula, utilizada después por Augusto, era una introducción a la Monarquía.Pero los pompeyanos continuaban porfiando hasta el extremo de organizar en España una gran rebelión dirigida por Cneo y Sexto Pompeyo, que César consiguió vencer con grandes dificultades en Munda (45 a. C.). Durante unos meses, pudo actuar en R. su plan de reformas políticas, financieras y una gran campaña contra los partos. Sus reformas de grandes planes de obras públicas, que debían cambiar el urbanismo de R., fueron truncadas por la muerte; apenas inició su política de fundación de ciudades que debía mitigar la situación de los pobres en R. y asegurar el porvenir de los veteranos de sus ejércitos. Su muerte no aseguró el triunfo del derrotado partido pompeyano. Sólo Sexto Pompeyo mostró ciertas dotes como almirante frente a las escasas cualidades políticas de los magnicidas. César, aun muerto, mantuvo la fidelidad del partido popular, que puso sus esperanzas en Marco Antonio (v.) y, más tarde, en su sobrino e hijo adoptivo Octavio, el futuro Augusto (v.), lo suficientemente hábil para atraerse, tras la derrota de los magnicidas en Filipos (42 a. C.), un sector del grupo pompeyano.Durante dos años, los que todo lo debían a César, como Octavio, Antonio o Lépido, no dudaron en aliarse con sus asesinos en la lucha por el poder. Más hábil, Octavio se unió al Senado e incluso a Bruto (44 a. C.). Un conflicto con el Senado permitió un acuerdo entre Octavio, Lépido y Antonio (43 a. C.), el segundo triunvirato, esta vez sancionado oficialmente por el Senado (fines del 43 a. C.) con el encargo de ordenar el Estado y con un reparto de Occidente entre los tres jefes, tras el acuerdo de Bolonia, renovado después de la victoria de Filipos, en perjuicio de Lépido. Un conflicto entre los veteranos de Octavio y Antonio desencadenó una pequeña guerra civil, la de Perusa (41-40), resuelta por un nuevo acuerdo, que establecía la eliminación de Lépido, cuyo poder quedaba limitado a África, una compensación -Sicilia, Córcega, Cerdeña y Acaya- para Sexto Pompeyo, y la división de Oriente y Occidente entre Antonio y Octavio (paz de Miseno). Una larga guerra (39-36) permitió eliminar a Sexto Pompeyo y reducir a Lépido a la condición de particular. África pasó a Octavio sin que Antonio recibiera beneficio alguno, aparte campañas en Oriente afortunadas contra los partos (39-38) y en Armenia (34 a. C.), o desgraciadas contra Palmira y los partos (36 a. C.), y el dudoso prestigio de la creación de nuevos reinos vasallos o de Estados, utilizando territorio romano, para los hijos de su unión con Cleopatra.Esta política parecía orientarse no en beneficio de R. sino dirigida a un renacimiento del reino lágida, argumentos magníficos para la propaganda de Octavio y desprestigio de M. Antonio. En el 32 a. C. caducó el poder de los triunviros, en realidad duunviros, y Octavio aprovechó la ocasión para arreciar la propaganda contra Antonio. Italia y todas las provincias occidentales prestaron juramento de fidelidad a Octavio. La guerra, oficialmente contra Cleopatra, no fue brillante. M. Antonio escogió posiciones precarias (Ambracia), que le obligaron a retirarse para ser vencido en Actium (31 a. C.). Una rebelión de soldados obligó a Octavio a interrumpir su campaña y regresar a Italia. Al año siguiente inició el ataque a Egipto desde Siria y Cirenaica. La rendición de Alejandría y el suicidio de M. Antonio (30 a. C.), seguido del de Cleopatra, señalaban el fin del periodo duunviral y el del Imperio. Egipto fue anexionado a R. pero no como provincia sino, en cierto modo, propiedad de Octavio como sucesor de los Lágidas. El poder de Octavio princeps, que en el 27 a. C. recibiría el título de Augusto, debía transformarse en poco tiempo en Imperio hereditario.ALBERTO BALIL.
BIBL.: A. PIGANIOL, Historia de Roma, Buenos Aires 1967; G. GIANNELLI, Trattato di Storia romana, 1, 2 ed. Roma 1961; A. PIGANIOL, La conquéte romaine, París 1949; R. BALLESTER, Historia de Roma, Barcelona 1963; R. PARIBENi, Le origini e il periodo regio. La Repubblica fino alla conquista del primato in Italia, Roma 1938; F. ALTHEIM, Rómische Geschichte, 1-11, Francfort 1951-53; R. BLOcH, Les deux premiers livres de Tite Live, París 1965; G. GIANNELLI, Roma nell’etá delle guerre puniche, Roma 1938; P. GRIMAL, L’ellenismo e Pascesa di Roma, Milán 1967; J. HEURGON, Roma y el Mediterráneo occidental hasta las guerras púnicas, Barcelona 1971; L. SUÁREZ FERNÁNDEZ, Historia de Roma, Bilbao 1967.
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