Reyes Católicos HIST.
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Historia
Se conoce con este nombre a Fernando II de Aragón (v.) e Isabel I de Castilla (v.); el título, que sus descendientes tuvieron derecho de usar, les fue otorgado por Alejandro VI en 1494 como compensación al de Cristianísimo que utilizaban los reyes de Francia. Su reinado se extiende desde 1474 hasta 1504, año de la muerte de Isabel, si bien Fernando volvió a gobernar en Castilla en calidad de regente.1. Guerra de Sucesión. Al morir el infante Alfonso en Cardeñosa (5 jul. 1468) los partidarios de éste, que se negaban a reconocer a Da Juana como hija de Enrique IV, acudieron a la hermana del difunto, Isabel. Ésta, probablemente, se negó a ser proclamada en vida de D. Enrique, pero reclamó la herencia (v. ENRIQUE IV DE CASTILLA). Como medio de terminar una posible guerra civil, el rey accedió a celebrar una entrevista con ella (Toros de Guisando, 19 de septiembre) y la reconoció como su heredera (24 de septiembre) bajo ciertas condiciones, especialmente acerca de su matrimonio. Parece que estas condiciones no fueron cumplidas, porque Isabel rechazó la mano del rey de Portugal y se casó con su primo Fernando, rey de Sicilia y heredero de Aragón (Valladolid, 18 oct. 1469). Enrique IV la desheredó, disponiendo que se reconociese nuevamente a Juana. Hubo un enfrentamiento de alianzas entre Portugal, que sostenía a Juana, y Aragón, que sostenía a Fernando. Las adhesiones a Isabel crecieron hasta el punto que, en diciembre de 1473, éste se reunió de nuevo con Enrique IV en Segovia; el rey accedió incluso a recibir a Fernando. Pero Enrique murió (12 dic. 1474) antes de que hubiera podido pronunciarse de nuevo acerca de la sucesión.La guerra de Sucesión tuvo dos aspectos, el levantamiento de la nobleza y la invasión portuguesa. El levantamiento tenía por causa tanto la negativa de sumisión de antiguos partidarios de Enrique IV (los Pacheco, los Girón, los Stúñiga) como el descontento del arzobispo Carrillo, que, tras la sentencia arbitral de Segovia (15 en. 1475), que reconocía a Isabel derechos de reina propietaria, veía disminuir su poder político. La rebelión de la nobleza constituyó un fracaso, pues la inmensa mayoría de los "grandes" se pronunció en favor de los R. C. La invasión portuguesa, tras algunos éxitos iniciales (conquista de Toro y Zamora, victoria de Baltanás), fue vencida en la batalla de Pelea Gonzalo o de Toro (1 mar. 1476). La participación de Francia al lado de Portugal (combates de Fuenterrabía, marzo-junio 1476) tampoco favoreció su causa. Durante la guerra, los R. C. reunieron las Cortes de Madrigal (abril 1476) y crearon la Hermandad General (v. SANTA HERMANDAD), que constituía en realidad un ejército permanente.La paz tiene tres aspectos. El acuerdo con los nobles rebeldes se caracterizó por la generosidad. Los R. C. perdonaron a todos, el duque de Plasencia, el marqués de Villena, el conde de Urueña, el maestre de Calatrava y el arzobispo Carrillo, teniendo cuidado de conservar sus linajes y Estados, pues tenían la convicción de que una nobleza fuerte era condición inexcusable del equilibrio interior. Con Portugal, tras larguísimas negociaciones, se firmaron cuatro tratados en Alcagobas: el primero renovaba la amistad entre Castilla y Portugal garantizando el monopolio portugués de África; el segundo establecía el matrimonio de Juana con el heredero de Castilla -del cual se sustrajo la Excelente Señora ingresando en un monasterio- y el del heredero de Portugal, Alfonso, con la infanta Isabel; el tercero fijaba, en concepto de dote, una verdadera indemnización de guerra; el cuarto otorgaba el perdón completo a los seguidores castellanos del rey de Portugal (4 sept. 1479). En la práctica fueron muy pocos los rebeldes que no retornaron a la sumisión. Último complemento de la paz fue la reunión de las Cortes de Toledo (enero-mayo 1480), en donde se decretó una estabilización monetaria, fijando en 480 maravedís el castellano de oro y’se hizo una reducción drástica de los juros, obligaciones sobre el tesoro, a fin de desahogar la Hacienda pública.2. Restablecimiento exterior. Al término de la guerra, Fernando e Isabel buscaron por una doble vía el restablecimiento del prestigio español. Desde 1479 eran ya reyes de Aragón. En el exterior, este restablecimiento implicaba la amistad del Papa, lograda en 1478; la renovación de los tratados con Francia, mediante devolución del Rosellón (v.) que Luis XI ocupaba, e Inglaterra; y el predominio hegemónico sobre Italia. En el interior atendía a lograr la unidad de fe mediante el establecimiento de la Inquisición (v.), la solución del problema judío y la guerra de Granada (v.) comenzada en 1481 por un golpe de mano del sultán granadino sobre Zahara. Al producirse en 1480 la ocupación de Otranto por los turcos, los R. C., que movilizaron para el rescate grandes fuerzas,. pasaron a ocupar un puesto clave de defensa del Mediterráneo frente a los turcos y también de protectores del rey de Nápoles (v. NÁPOLES, REINO DE), Su primo. Al obligar en 1482 al papa Sixto IV a firmar una tregua con Nápoles, y en 1484 a Venecia a suscribir la paz de Bagnolo, demostraron que Italia no podría, en adelante, sustraerse a su influjo.Hasta 1484 Fernando pensó que era posible atender al mismo tiempo a la guerra de Granada y a las operaciones diplomáticas del Rosellón. Por eso concibió la lucha contra los musulmanes como una serie de operaciones estivales, destinadas a quebrantar la resistencia, al mismo tiempo que de maniobras subterráneas para descomponer la unidad granadina. La prisión de Boabdil (21 abr. 1483), heredero rebelde de Abi-i-1-Ijassán `Alí, le permitió imponer a aquél condiciones de protectorado. Descansando su atención, Fernando volvió al Norte para sostener en Navarra (v. NAVARRA, REINO DE) a Francisco de Foix y luego a la hermana de éste, Catalina, a fin de imponer su dominio en el pequeño reino y presionar a Luis XI (V. FOIX-BÉARN, CASA DE). Pero en 1484, al reunirse las Cortes de Tarazona, se vio claramente que Francia no devolvería el Rosellón salvo por medio de una guerra, lo cual significaba la suspensión de las operaciones en Granada. Isabel no quiso consentirlo y decidió, por tanto, demorar la cuestión pirenaica y resolver, en cambio, la guerra mora.3. Caída de Granada. La primera operación importante fue la conquista de Álora (18 jun. 1484), en que Fernando estableció el precedente de otorgar libertad y respeto de creencias para los que se rindiesen. La campaña de 1485 supuso la conquista de Ronda y su serranía, pero también el convencimiento de que la guerra era muy cara y, por tanto, provocó cierto nerviosismo. Boabdil y su tío Muhammad el Zagal, que gobernaban respectivamente en Granada y Málaga, convinieron una tregua para mejor defenderse de los cristianos. Estos comenzaron atacando a Boabdil en Loja, que se rindió el 29 mayo 1486. Prisionero por segunda vez, el Rey Chico hubo de firmar un acuerdo por el que sus tierras se convertirían en un señorío castellano cuando las de Muhammad se rindiesen. Los R. C. volcaron entonces sus esfuerzos sobre Málaga, de la que se apoderaron el 3 sept. 1487, tras empeñada resistencia. Málaga fue el único caso en que se aplicaron duras condiciones de capitulación. Muhammad, replegándose sobre Baza y Almería, prolongó una lucha ya sin esperanzas. Cuando Baza, la más costosa operación de toda la guerra, capituló (4 dic. 1489), el Zagal decidió rendirse emigrando a África con una generosa compensación económica.Boabdil, obligado ahora por los pactos a entregar Granada, no pudo cumplir su promesa porque los extremistas de su reino le forzaron a una empresa de defensa que resultaba insensata para los musulmanes y especialmente irritante para los R. C., que hubieron de levantar una ciudad (Santa Fe) frente a Granada y sostener un asedio que concluyó con la esperada capitulación (25 nov. 1491). Los cristianos entraron en Granada el 2 de enero siguiente. Se conviene en considerar esta fecha como el término de la Reconquista (v.), pero para Fernando e Isabel era más bien la señal de que habían desaparecido de la Península los poderes no cristianos.4. Recuperación del Rosellón. La guerra de Granada no suspendió las operaciones diplomáticas contra Francia ni en Italia, donde la resistencia de la nobleza de Nápoles, alimentada desde Francia, hacía difícil el gobierno del rey Ferrante. Los R. C. intervinieron en 1486 cuando una, revuelta de los barones puso en peligro el trono, pero empeñaron su palabra en la promesa de que ninguna represalia sería tomada contra ellos. Esta promesa no fue cumplida y, desde entonces, Fernando el Católico mostró cierta animadversión hacia su primo. Respecto a Francia, los monarcas españoles imaginaron un plan conducente a sostener la rebelión de Bretaña; para esto enviaron incluso un ejército y buscaron la amistad de Inglaterra y del rey de Romanos, Maximiliano de Habsburgo, que era también, por su esposa, duque de Borgoña. Fue en el curso de estas acciones diplomáticas cuando, siguiendo la pauta de las negociaciones con Portugal, Fernando e Isabel imaginaron un sistema de alianzas matrimoniales que les unirían con Flandes e Inglaterra. Pero la operación de Bretaña fracasó (1491), y la duquesa Ana casó con el heredero de Luis XI, Carlos VIII.Inesperadamente, se cumplieron los anhelos de Fernando respecto al Rosellón. Heredero de los derechos de la casa de Anjou (v.), Carlos VIII (v.), que alimentaba fantásticos sueños de hegemonía mediterránea, quiso reivindicar el trono de Nápoles. Convencido de que la única protección de Ferrante era la española imaginó que si daba satisfacción al rey de Aragón restituyéndole los condados pirenaicos, éste se abstendría de intervenir. El tratado de Narbona-Barcelona (8 y 13 en. 1493) consagró la entrega que se hizo el 10 de septiembre de ese mismo año. Fortaleciendo al mismo tiempo el protectorado que ya ejercían sobre Navarra, los R. C. pudieron considerar culminada su obra de restauración.5. Reconstrucción interior. En 1493 los grandes esquemas de la reforma estaban concluidos. Esta se apoya sobre un fuerte poder central al que no es ajeno la acusada personalidad de los reyes, pero que inaugura también nuevos órganos, los famosos Consejos (de Castilla, de Aragón, de Hermandad, de Inquisición), típicos del s. XVI; y sobre una plataforma legislativa que arranca de la codificación encargada a Alfonso Díaz de Montalvo (Ordenamiento de Montalvo, impreso en 1485). Los reinos, muy numerosos en la intitulación de los documentos, eran partes integrantes de una comunidad numerosa de ocho millones de hab. aprox. -la mayoría de la corona de Castilla- que se caracterizaba en lo religioso por el cristianismo romano, en lo económico por el predominio absoluto de la agricultura, y en lo social por la erradicación de la servidumbre. Los últimos siervos (v.) desaparecieron con la prohibición general de 1481 y la Sentencia de Guadalupe de 1486.Una estabilización monetaria fue la base de las grandes reformas financieras; la relación oro-plata se estableció en la proporción 1/10,755. Los ingresos fiscales aumentaron extraordinariamente: de 27 millones de maravedís en 1477 se pasó a más de 341 en 1504. La mayor parte de estos ingresos procedían del comercio, dentro del cual las exportaciones de lana constituían el capítulo más importante. De ahí la protección a la Mesta (v.), organización de los ganaderos, y el esfuerzo para reorganizar, desde 1489, la industria textil castellana. El comercio tuvo su centro neurálgico en Medina del Campo, donde las ferias actuaron como mercado de capitales. De interés económico y militar fue la incorporación a la corona de los maestrazgos de las órdenes militares de Calatrava (1490), Santiago (1493) y Alcántara (1494).Dentro de la monarquía, Barcelona aparece como el órgano enfermo, sustituida en su papel rector del comercio mediterráneo por Valencia. La decadencia demográfica y económica de Cataluña se reflejaba en un constante déficit de la hacienda municipal que la oligarquía patricia trataba de compensar acudiendo a la emisión de obligaciones (censales). Esta misma oligarquía, unida a los señores campesinos, era la que se empeñaba en someter a los remensas (v.), cultivadores agrícolas, a condiciones de depresión jurídica. La lucha de los remensas, auténticos siervos, contra los propietarios de la tierra tuvo más de económico que de social. Los señores querían que se les exigiese el abandono de la tierra para obtener su libertad; los remensas querían retener sus campos cambiando las obligaciones jurídicas por simples rentas. Fernando el Católico acabó dando a los últimos la razón (Sentencia de Guadalupe, 21 de abril de 1486), permitiéndoles conservar la tierra a cambio de compensaciones económicas. Con respecto a Barcelona fue elaborado y aplicado un plan de recuperación, el redrec, que proyectaba aumentar los ingresos, rescatar la deuda pública y disminuir los gastos. Para llevar a cabo la reforma se hizo un cambio en las instituciones estableciendo la insaculación, tanto en el General como en el Consejo de Ciento. Fue el fin de la oligarquía patricia barcelonesa.6. Unidad religiosa. El establecimiento de la Inquisición, la supresión del judaísmo y la conversión de los musulmanes no son fenómenos aislados sino que forman parte de un mismo proyecto político, consistente en proporcionar a la comunidad hispánica unidad de fe. Para ello se necesitaba hacer una depuración entre los cristianos, muy influidos por el contacto con los judíos recientemente convertidos. En 1478 los reyes obtuvieron del Papa Sixto IV una bula autorizándoles a designar dos o tres inquisidores. Ésta era la novedad principal, pues en la Inquisición antigua, aún vigente en Valencia, la autoridad monárquica no tenía parte alguna. Los primeros inquisidores, fray Miguel de Morillo y fray Juan de San Martín, actuaron con extremada dureza en Sevilla. Desde aquí la Inquisición se extendió a otras ciudades castellanas y también a la corona de Aragón, donde tropezó con grandes resistencias. En 1484 fray Tomás de Torquemada (v.) se convirtió en inquisidor general y, junto a él, apareció un Consejo responsable. La Diputación de Aragón se opuso a su nombramiento por considerarlo contra fuero, y algunos conversos asesinaron al inquisidor Pedro de Arbués (v.; 13 sept. 1485). Pero esta resistencia no consiguió otra cosa que aumentar el rigor inquisitorial. Pese a las leyendas acumuladas, el procedimiento de los tribunales de Inquisición no fue más duro sino menos de lo que era norma general en aquel tiempo. Por otra parte, la dureza de las actuaciones, típica de los primeros años, disminuyó mucho después de 1488. Los R. C., que no compartían por completo el criterio riguroso de Torquemada, se mostraron, sin embargo, satisfechos de los resultados, pues se erradicó el problema de los conversos.Los inquisidores señalaron muy pronto que mientras subsistiese una fuerte comunidad judía al lado de los cristianos sería muy difícil sustraer a éstos de las perniciosas influencias. Las Cortes de Toledo de 1480 dispusieron que, en adelante, se cuidase de que las aljamas estuviesen suficientemente apartadas de los núcleos de población cristiana. El 1 en. 1483 los propios inquisidores prohibieron la estancia de judíos en las diócesis de Sevilla, Cádiz y Córdoba. El ambiente de hostilidad contra los judíos iba creciendo y, con frecuencia, los concejos aplicaban por su cuenta medidas de mayor rigor. Finalmente, el 31 mar. 1492 se dictó la famosa provisión que concedía a los judíos cuatro meses para abandonar España, llevándose sus bienes pero sin sacar oro, plata, caballos o armas. Los judíos tenían un medio para sustraerse al destierro, abrazar la fe católica, y durante el plazo de espera se intensificaron las predicaciones para inducirles a tomar este camino. Los reyes favorecieron a los que se convertían, cuyo número debió de ser considerable, aunque carecemos de datos precisos. En cambio, sí sabemos que la mayoría escogió las amarguras de la marcha y que en los países musulmanes adonde llegaron fueron objeto de violencias y robos. Baer calculaba en 200.000 el número de judíos existentes, y admitía la conversión de la cuarta parte. Pero los documentos fiscales que poseemos obligan a rebajar mucho la cifra; en Castilla no existían probablemente más de 80.000 en el momento de la expulsión (v. HEBREOS II, 3).El problema musulmán era más difícil, porque los reyes estaban obligados por los pactos con las ciudades musulmanas a respetar esta religión. El conde de Tendilla y fray Hernando de Talavera (v.), arzobispo de Granada, trataron de acelerar la conversión usando sólo de medios pacíficos, pero los progresos parecieron demasiado lentos. En 1499 el arzobispo de Toledo, F. Ximénez de Cisneros (v.), tomó en sus manos el asunto aplicando una política de recompensas y mano dura al mismo tiempo. El resultado fue una revuelta del Albaicín (enero 1500) que se extendió luego a las Alpujarras y a la sierra de Ronda. Pero estas revueltas permitieron a los reyes declarar que eran los musulmanes los que habían quebrantado el pacto y, por ello, perdían derecho a que se conservara su religión. Un decreto del 11 feb. 1502 dio a los moros un plazo para emigrar o convertirse. Desde entonces sólo la religión cristiana tuvo existencia legal (v. ESPAÑA VIII, Ó).7. Reforma religiosa. Cisneros aparece asociado a la reforma del clero secular y regular. Sin embargo, esta reforma tiene raíces más antiguas, ya que se remonta a 1390 y a los esfuerzos del arzobispo de Toledo Pedro Tenorio. Durante el s. XV, órdenes de poca raigambre en Castilla, como eran los jerónimos y los cartujos, adquirieron gran fuerza. San Benito de Valladolid, por su parte, tomó la dirección de la reforma de los benedictinos (v.). Desde 1387 fray Pedro de Villacreces presidía en el monasterio de La Salceda la reforma de los franciscanos (v.) llamados "observantes". A menudo, las luchas internas entre los partidarios de la aplicación rigurosa de la regla y los de cierta flexibilidad eran muy tenaces. Pero, al mismo tiempo, se renovaba un pensamiento teológico y moral muy importante. El prior de Valladolid García Ximénez de Cisneros (v.), que no tiene relación ninguna con el famoso cardenal, escribió un Exercitatorio de la vida espiritual que tuvo enorme importancia.Otro Cisneros, Gonzalo Ximénez, franciscano de La Salceda desde 1484, fue llamado en 1492 para sustituir a fray Hernando de Talavera en el difícil cargo de confesor de la reina. Esta logró luego del Papa una bula (18 jun. 1494) que le encomendaba la reforma de todos los monasterios en sus reinos. Cuando murió el card. Mendoza, Cisneros, llamado en religión fray Francisco, fue nombrado arzobispo de Toledo (21 feb. 1495) contra su voluntad. Cisneros combatió con gran rigor a los moderados o "claustrales" y sostuvo la idea de que era necesario el desarrollo de las universidades para dotar al clero del nivel intelectual necesario. Continuaba en cierto modo la obra del card. Mendoza (v. MENDOZA, PEDRO GONZÁLEZ DE), fundador del Colegio de Santa Cruz de Valladolid, y de fray Alonso de Burgos, creador del de San Gregorio. Pero Cisneros iba más lejos: en 1499 consiguió bulas que le autorizaban a fundar, en Alcalá de Henares, la tercera universidad del reino de Castilla.Por su parte, los reyes trabajaban desde 1478 para conseguir el apoyo del Papa en otro sector de la reforma: la provisión de obispados. Una asamblea del clero celebrada en Sevilla y, posteriormente, las Cortes de Toledo acordaron que el mejor procedimiento para evitar el absentismo de los prelados, gravísimo mal, era que los reyes tuviesen derecho de presentación de candidatos. Así nació el regio patronato (v. REGALISMO), que derivó en la práctica hacia un nombramiento directo de los prelados por voluntad real. El regio patronato fue reconocido, al mismo tiempo que el monopolio sobre los títulos universitarios por parte de Valladolid, Salamanca y Lérida, en 1487 tras una brillante gestión diplomática de Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla. El patronato supuso, durante el gobierno de los R. C., una considerable mejora porque los candidatos presentados eran muy superiores en ciencia y piedad a los que antes se nombraban desde Roma.8. Expansión exterior. Los grandes objetivos exteriores de los R. C. no han sido, como a veces se ha podido pensar, el dominio de Italia y la neutralización de Francia, sino la defensa del Mediterráneo contra los turcos, la conquista de posiciones en África y la participación en los beneficios de las navegaciones atlánticas. En AlcaQobas se había reconocido a los españoles el derecho a completar la ocupación de Canarias y a establecerse en la costa africana entre los cabos de Nun y Bojador, puerta de acceso a las fuentes del oro. La conquista de Gran Canaria (v. CANARIAS III) se efectuó entre 1478 y 1483 por una expedición mandada por Pedro de Vera. Este y Alonso de Lugo recibieron licencias para obtener oro en África. No si’crnpre se sujetaron a las limitaciones impuestas por los tratados, y esto provocó rozamientos con Portugal.A estos motivos de discordia se sumó la llegada de Colón (v.) a América (v. DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS), porque los primeros proyectos del almirante habían sido ofrecidos al rey de Portugal y desestimados por éste de,pués del informe desfavorable de una comisión de expertos (1485). A pesar de que la junta nombrada por los R. C. informó también en contra de Colón (1491), Fernando e Isabel firmaron con él un contrato semejante al que se utilizara en el caso de Canarias, capitulaciones de Santa Fe, 17 y 30 abr. 1492 (v. CAPITULACIONES DE INDIAS). Salida de Palos el 3 de agosto una expedición compuesta por una nao y dos carabelas, llegó el 12 de octubre a la isla de Guanahaní, en las Antillas, que los españoles llamaron San Salvador. El retorno de Colón a la Península y la concesión por parte del Papa de la bula Inter Coetera (4 mayo 1493), que reconocía derechos de conquista y evangelización a España, puso al rojo vivo la querella con Portugal por los dominios ultramarinos.Ambas partes se pusieron de acuerdo para celebrar una conferencia en Tordesillas con la participación de expertos cartógrafos. El resultado de la misma fue la firma de dos acuerdos (7 jun. 1494): el primero reconocía a Castilla el derecho a ocupar Melilla, Cazaza y el litoral entre Messa y el cabo de Bojador; el segundo dividía el océano en dos zonas de influencia situadas a ambos lados del meridiano, a 270 leguas al O de Cabo Verde. Por esos años, Alonso de Lugo lograba la incorporación de las últimas Canarias, La Palma y Tenerife, esta última después de feroz resistencia. En 1495 los reyes dispusieron el desembarco en África (Santa Cruz de Mar Pequeña) y restituían a la corona el puerto de Cádiz, del que pensaban hacer base para todo el comercio atlántico, aunque a partir del establecimiento de la Casa de Contratación (v.), preferirían utilizar para aquel monopolio el puerto de Sevilla. En 1497 fue conquistada Melilla, que abandonaran sus habitantes, y en 1499 el reino saharáwi de Abú Ta’at’a entró en el protectorado castellano.9. Primera guerra de Italia. El a. 1492 constituye por sus grandes acontecimientos -caída de Granada, expulsión de los judíos, descubrimiento de América- un gozne sobre el que gira la Historia de España. Hubo en torno a esa fecha una especie de relevo de generaciones, con desaparición de los últimos grandes protagonistas de las guerras civiles del s. xv. En Italia, Alejandro VI (v.), uno de los Papas más discutido de la Historia de la Iglesia, sustituyó a Inocencio VIII en el momento en que Carlos VIII manifestaba con claridad sus aspiraciones a la corona de Nápoles. Una alianza entre el rey de Francia y Ludovico el Moro, regente del ducado de Milán (v. MILANESADO), atrajo a su campo al nuevo Pontífice y facilitó el camino hacia Nápoles. Fernando el Católico, que entendía que sus derechos al trono de Nápoles eran superiores a los de Carlos VIII, había accedido, en vísperas de la devolución del Rosellón, a no intervenir "en el recobramiento de cualquier derecho que le pertenezca". Sabemos que estaba decidido, si era necesario, a presentar sus aspiraciones obligando a Carlos a someterse a un juicio arbitral o justificando la guerra.Cuando el 25 en. 1494 m. Ferrante de Nápoles, Alejandro VI se apresuró a reconocer a su hijo Alfonso II como rey, pero el monarca francés anunció que conquistaría Nápoles en uso de su derecho. En efecto, a finales de verano, a la cabeza de un gran ejército penetró en Italia. Toda resistencia frente a los invasores fracasó. Desoyendo las advertencias pontificias, Carlos VIII entró en los Estados de la Iglesia. El embajador español, Alfonso de Fonseca, se entrevistó en Velletri con el monarca francés para invitarle a someter al arbitraje papal la cuestión de los derechos a Nápoles. Carlos respondió que prímero ocuparía el reino y luego hablaría de derechos. Fonseca desgarró el tratado de Barcelona indicando la ruptura de hostilidades. El 20 feb. 1495 Carlos VIII entraba vencedor en Nápoles. A sus espaldas Ludovico el Moro, que usurpaba ya el trono de Milán por asesinato de su sobrino, buscó la amistad española.Con lentitud, los R. C. movieron su diplomacia y sus tropas. El 20 en. 1495 lograron un doble acuerdo matrimonial con la casa de Habsburgo: Juana de Castilla (v.) casaba con Felipe el Hermoso (v. FELIPE I DE CASTILLA) y Margarita de Austria con el príncipe de Asturias, Juan. Negociaban con Inglaterra para restablecer antiguas alianzas. Y unos meses después firmaron con Venecia, el Papa, Maximiliano y Milán una Liga llamada Santa que no tenía otro objeto que expulsar a los franceses de Italia. Carlos VIII, temeroso de verse bloqueado en su retaguardia, confió el mando de sus tropas en Nápoles al duque de Montpensier y regresó a Francia después de abrirse paso en Fornovo (6 jul. 1495). Un pequeño ejército, a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba (v.), predominantemente de infantería, fue a Sicilia y de allí pasó a Calabria. Pero en su primer encuentro con los franceses, en Seminara (21 jun. 1495), fue derrotado. Entre tanto Alfonso lI había abdicado en su hijo Ferrante II, más popular. Un levantamiento de la población le permitió regresar a Nápoles y se inició una guerra de posiciones en que la infantería española se mostró netamente superior. Dos duras campañas permitieron a Gonzalo Fernández conquistar Calabria y bloquear al vencedor de Seminara, D’Aubigny. Luego el general español fue a tomar el mando del ejército aliado que asediaba al duque de Montpensier en Atella y le obligó a capitular (27 jul. 1496). Los franceses se retiraron de Nápoles.A esta victoria militar se sumaron otros éxitos diplomáticos no menos importantes. La alianza con Portugal era firme especialmente después de que, muerto Juan II, el trono pasó a la casa de Braganza (v.) con Manuel el Afortunado (v. MANUEL I DE PORTUGAL), quien contrajo matrimonio con Isabel de Castilla, la mayor de las hijas de los R. C., viuda ya de otro príncipe, el heredero Alfonso. La doble boda prevista con la casa de Habsburgo se celebró en 1496. En ese mismo año se concertaba el matrimonio del heredero de Inglaterra, Arturo, príncipe de Gales, con la infanta Catalina. Un vasto sistema de alianzas y amistad se construía por este procedimiento, aislando a Francia y bloqueándola, puesto que, con Milán y Génova, los dominios de los Habsburgo e Inglaterra rodeaban completamente dicho reino. A este sistema se ha llamado "de cerco" por los historiadores modernos.Carlos VIII hubo de renunciar a la lucha. La muerte de Ferrante II de Nápoles actuó como factor desencadenante, porque su hermano y heredero Fadrique pasaba por ser partidario de Francia y, por tanto, sospechoso a los ojos de Fernando el Católico que, en un primer momento, pensó en reclamar para sí la corona. En otoño de 1496 se concertó una tregua para abrir paso a negociaciones; por vez primera se insinuó la posibilidad de un arreglo de la cuestión de Nápoles por entendimiento directo entre España y Francia. Cada una de las dos potencias ofrecía dar satisfacción a la otra por medio de dinero contra renuncia de sus derechos. Carlos VIII m. el 8 abr. 1498 antes de que se hubiera llegado a una solución. Su sucesor, Luis XII (v.), que tenía derechos al ducado de Milán por sus antecesores los Visconti, no renovó las pretensiones a Nápoles de una manera inmediata. El 5 ag. 1498 se firmó el tratado de Marcoussis. Desaparecía la Liga Santa, pero los Reyes Católicos conservaban su estrecha amistad con Portugal, Inglaterra y el Imperio, eje del equilibrio europeo.10. Crisis sucesoria. En 1497, a los pocos meses de su boda con Margarita, murió el príncipe D. Juan. Sus derechos pasaban a Isabel, la mayor de las hijas y, por consiguiente, a su marido, Manuel de Portugal, a quien los R. C. invitaron a titularse príncipe de Asturias. Hubo cierta tensión porque Felipe el Hermoso creyó por error que a él podía corresponderle la herencia. Manuel fue jurado por las Cortes castellanas de Toledo (1498), pero las aragonesas, convocadas en Zaragoza, dijeron que no aceptarían sino a sus descendientes varones. Nació, el 24 de agosto de este año, un niño, Miguel, que costó la vida a su madre. Durante casi dos años este diminuto infante fue heredero universal de las dos potencias que habían descubierto la redondez del globo; fueron los días en que Vasco da Gama (v.) llegaba a la India mientras Colón exploraba las costas del continente americano.Los derechos a la herencia española pasaban ahora a Felipe el Hermoso, que había mostrado indiferencia e ingratitud hacia los reyes. La esposa del archiduque, Juana, presentaba ya los primeros síntomas de locura. Para los R. C. fue ésta una gran causa de amargura, especialmente porque, apartándose de la política de su padre y de sus suegros, Felipe no regateó esfuerzos en demostrar su francofilia. Sólo la precipitación del matrimonio inglés (Arturo y Catalina se casan el 14 nov. 1501) parecía neutralizar los ataques que el heredero hacía a la alianza.11. Reparto de Nápoles y segunda guerra. La reconciliación de Alejandro VI con el rey de Francia, debida a las ambiciones personales de César Borja (v. SORGIA, FAMILIA), creado conde de Valentinois y aspirante a un dominio italiano a costa de los Estados de la Iglesia, reforzó la voluntad de Fernando de llegar a una solución del problema de Nápoles mediante un reparto del reino entre los dos aspirantes. Una especie de acuerdo tácito parece haberse establecido previamente en relación con Milán y Navarra; Luis XII se apoderó de Milán (atalla de Novara, 10 abr. 1500) y los R. C. impusieron a’ Juan de Albret el tratado de Sevilla (30 abr. 1500), que le obligaba a casar a sus hijos sólo con infantes castellanos. Inmediatamente se negoció el reparto (tratado de Granada, 11 nov. 1500): Francia tendría la ciudad de Nápoles, los Abruzos, la Tierra de Labor y la mitad de la aduana de los ganados de Basilicata, con el título real; España recibía Calabria, Apulia y la otra mitad de la aduana, con título de duque.El tratado de Granada hizo posible, entre otras cosas, que Felipe el Hermoso viniera a España para ser jurado como príncipe, atravesando Francia. Gonzalo Fernández de Córdoba regresó a Italia con una flota y un ejército a los que se había señalado como primer objetivo rechazar a los turcos que dominaban el golfo de Corinto y estaban ya en el Adriático. Colaborando estrechamente con la flota veneciana, los españoles se apoderaron de Cefalonio y detuvieron el avance turco. Fernando el Católico, que dominaba ya la isla de Malta, estableció entonces una estrecha alianza con el rey mameluco de Egipto a fin de completar, sobre el Mediterráneo, una barrera de contención. Este mismo ejército fue el encargado de la ejecuci6n del tratado de Granada en el verano de 1501. Fadrique, despojado de su reino, buscó refugio en Francia, en donde se le dio cierta compensación. El general francés era Louis de Armágnac, duque de Nemours, a quien Luis XII convirtió en su virrey.Muy pronto comenzaron las disputas, porque el reparto de la aduana en Basilicata ofrecía dificultades y de ella dependían las principales rentas del reino. Los límites estaban mal establecidos, y cada una de las partes se irrogaba derechos que la otra rechazaba. Un grave choque tuvo lugar en junio de 1502 en Atripalda; aunque el duque de Nemours y Gonzalo Fernández celebraron una entrevista no hubo acuerdo, y las hostilidades comenzaron. La superioridad inicial de los franceses movió al Gran Capitán a ceñirse a una actitud defensiva replegándose sobre tres puntos de la costa: Barletta, Tarento y Reggio de Calabria. El duque de Nemours no pudo atraer a los españoles a una batalla en campo abierto y hubo de establecer el bloqueo de sus posiciones. Gonzalo Fernández fue, en España, duramente criticado por esta actitud de prudencia. Encerrado en Barletta parecía renunciar a la victoria. Por eso los R. C. decidieron enviar desde España un nuevo ejército con otro general, Luis de Portocarrero, señor de la Palma, independiente de su mando. Mientras navegaba hacia Italia llegaba la noticia de que D’Aubigny había obtenido su segunda victoria de Seminara (25 dic. 1502), esta vez sobre Manuel de Benavides. La situación parecía tan confusa que, al regresar a Flandes, Felipe el Hermoso, reconocido ya heredero por las Cortes castellanas y aragonesas, firmaba en Lyon un tratado (5 abr. 1503) que le entregaba a él mismo el gobierno de la parte española y la tercería de las zonas disputadas. Nápoles sería un reino para Carlos, el mayor de los hijos varones de Felipe y Juana, cuando se casase con Claudia, la hija de Luis XII. Pero Carlos tenía entonces tres años de edad (V. CARLOS I DE ESPAÑA).Derrotismo prematuro: las tropas de Portocarrero llegaban a Calabria y, sin su jefe, muerto a poco de desembarcar, lograban una victoria en la tercera batalla de Seminara (21 abr. 1503), mientras Gonzalo Fernández abandonaba Barletta para aplastar al enemigo en Ceriñola (28 de abril). Muerto el duque de Nemours, el ejército francés se derrumbó, y el Gran Capitán entró en Nápoles el 16 de mayo. Una nueva expedición francesa, enviada en verano, no pudo pasar del Garellano, en donde fue detenida por la resistencia española. El 28 dic. 1503 Gonzalo de Córdoba consiguió en este río la segunda de sus magistrales victorias. El 25 de febrero siguiente se firmó la paz. Este fue el último acontecimiento del reinado de los R. C., pues había comenzado la lenta agonía de Isabel en el viejo palacio de Medina del Campo, en donde m. el 26 nov. 1504.L. SUÁREZ FERNÁNDEZ.
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