Revelación III. Teologia Fundamental.1 REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
1. LA REVELACIÓN SOBRENATURAL.1. Elementos constitutivos y objeto. 2. La Revelación en los documentos del Magisterio eclesiástico. 3. Fases de la economía de la Revelación. 4. Posibilidad y existencia de la Revelación. 5. Necesidad y conveniencia. 6. Revelación y fe. 7. Transmisión de la Revelación.La religión cristiana está fundada en una Revelación histórica. La Revelación constituye un hecho esencial y fundamental, un misterio primordial del cristianismo. Cabe hacer una consideración o investigación histórica y apologética de la R., como se hace en Teología fundamental (v.), que tiende principalmente a demostrar el hecho de la R. sobrenatural, su conveniencia o necesidad y su credibilidad, y cabe después una consideración o investigación dogmática de la R., estudiándola en la Biblia y en la Tradición y en conexión con los demás misterios revelados. Aquí se expondrán las cuestiones principalmente desde el punto de vista de la Teología fundamental (esencialmente histórico y filosófico); para la consideración de la R. desde el punto de vista dogmático, remitimos a los artículos PALABRA DE DIOS’ BIBLIA I’ TRADICIÓN’ MAGISTERIO ECLESIÁSTICO’ MISTERIO; SOBRENATURAL;~JESUCRISTO; REDENCIÓN; SALVACIÓN; sin embargo, aquí también se tocarán o se tendrán en cuenta cuestiones teológico-dogmáticas.1. Elementos constitutivos y objeto de la Revelación sobrenatural. Habiéndose explicado ya los conceptos y clasificación de la terminología acerca de la R. (v. la Introducción a esta voz), conviene en primer lugar precisar con más detalle qué se entiende por R. sobrenatural. Aunque parezca que su concepto se establece en abstracto, en realidad viene precisado en la misma R. que de hecho se ha dado.(1) Elementos constitutivos. La R. sobrenatural comprende los siguientes elementos: (a) Una acción libre y gratuita de Dios. La R. es gracia, es don libre y espontáneo del amor de Dios. La R. sobrenatural sigue necesariamente un camino descendente. Dios se revela a los hombres cuando y en la medida que quiere. Sólo Dios puede tomar la iniciativa. Él es el sujeto activo de la Revelación. (b) Un ser espiritual capaz de recibir la comunicación de Dios. Sólo un ser espiritual y personal es capaz de recibir el mensaje divino. Esto supone cierta semejanza y proporción entre el ser del hombre y el ser de Dios, aunque lejana y remota. Si Dios fuese "el totalmente otro", como se expresó K. Barth (v.) en sus primeros escritos, no podría haber esta comunicación divina. Como ser espiritual y personal, el hombre tiene una apertura al Infinito, por la cual es capaz de recibir la comunicación de Dios como es en sí. Esta capacidad radical del hombre se puede llamar potencia obediencial, que algunos entienden como una mera no-repugnancia, y otros, mejor, como una capacidad positiva de ser actuada por la gracia, aunque nunca se puede entender como proporción directa al objeto sobrenatural (V. HOMBRE III). (c) Una elevación sobrenatural del sujeto que recibe la Revelación. La palabra de Dios no puede ser escuchada como tal sin la gracia (v.) de Dios. Sin esa elevación sobrenatural por la acción divina, sin la iluminación de Dios al que transmite su R., ésta caería en plano natural (V. t. ORGANISMO SOBRENATURAL). (d) Un co’nte’nido intelectual y objetivo. Cuando Dios habla o se manifiesta, siempre comunica algo: una verdad, un mensaje, una promesa. La R. es un diálogo histórico de amor entre Dios y el hombre, pero un diálogo con un contenido y en el que acontece algo. No hay acción de Dios revelante sin efecto, sin objeto revelado y sin sujeto que reciba la Revelación. El medio ordinario de llegar al hombre el mensaje divino es la palabra. Y la palabra de Dios encierra siempre un contenido, que el hombre percibe mediante el entendimiento. Por eso afirmamos que toda R. en este mundo implica un contenido intelectual (v. t. MISTERIOS; FE). (e) Una invitación y una exigencia de la fe. El hombre es, en cierto modo, el sujeto pasivo de la Revelación. Dios habla, y el hombre escucha. Dios se comunica, y el hombre recibe. Pera esto no significa que el hombre se halle sólo pasivamente ante el hecho de la R., sino que ésta pone en tensión toda su actividad espiritual. La R. es una interpelación personal a la que el hombre necesariamente debe contestar en sentido positivo o negativo. Esta respuesta positiva la da el hombre en la fe (v.). Fe y R. son inseparables. No puede haber R. sin alguien que escuche y comprenda. En un plano individual, la llamada de Dios puede quedar sin respuesta, sin eco, sin la fe personal, sin que por eso deje de ser absolutamente cierto que Dios ha hablado y se ha manifestado al mundo. Pero en un plano universal es absolutamente imposible que Dios hable a los hombres sin que sea escuchado. Dios no puede fracasar en su designio de comunicarse a los hombres. (f) La R. como, acontecimiento salvífico. En cuanto la R. es aceptada por el hombre y éste vive de acuerdo con ella y de ella, con ayuda de la gracia, el hombre es salvado. La R. puede considerarse en cuanto a su contenido objetivo y en cuanto hecho o acción de Dios, que se automanifiesta, y hecho o acción en el hombre y del hombre, que es salvado al recibir y vivir la Revelación. En cuanto acontecimiento salvífico, la R. es un hecho histórico, un acontecimiento pasado, que se realizó para toda la humanidad (Revelación, Redención y Salvación objetivas), y también un hecho actual, un acontecer de Dios aquí y ahora en cada hombre que recibe la gracia para conocer y aceptar la R. y para ser salvado (Revelación, Redención y Salvación subjetivas). En el protestantismo (v.), en general, se ha solido dar relieve y exclusividad a este segundo aspecto, a la R. como acontecimiento salvífico que se realiza en cada hombre, disolviéndose en muchas ocasiones la objetividad de la R. (recientemente, p. ej., en Barth, v., y Bultman, v.).(2) Objeto de la Revelación. Toda la R. tiende a manifestarnos el misterio de Dios, en su ser y en su obrar, en cuanto se ordena a la gloria de Dios y a nuestra salvación. La S. E. y la Teología emplean diversas fórmulas para significar esta misma realidad. En el A. T. el objeto de la R. divina es Dios, su ley y sus promesas del reino mesiánico. En S. Pablo es el misterio o designio de Dios de salvar a todos los hombres, gentiles y judíos, por Cristo y en Cristo. En S. Juan es la vida eterna, que se obtiene mediante la fe en Dios y en su enviado, Cristo Jesús. Podríamos resumir en una fórmula breve todas estas diversas expresiones diciendo que el objeto de la R. es Dios en Sí mismo y en la economía de la salvación anunciada por los profetas y realizada por Cristo en su Iglesia; las cosas acerca del hombre y del mundo, de su naturaleza y finalidad, forman parte del objeto de la R. en cuanto dicen relación a Dios. Dios como es en Sí comprende el misterio trinitario y los atributos de Dios cognoscibles o no por la razón. Pero el misterio de Dios sólo se nos revela en cuanto dice relación a nuestra salvación. La economía de la salvación abarca todos los misterios que se ordenan a la comunicación de la gracia (Encarnación, Redención, misión del Espíritu Santo) y todos los hechos salvíficos del cristianismo (muerte, resurrección y ascensión de Cristo), todas las instituciones que se ordenan a la salvación (Iglesia y sacramentos), y toda la ley moral que ha de vivirse para ello.En cuanto a las verdades comunicadas por Dios en su R. a los hombres, es necesario distinguir un doble objeto, como hace el Vaticano I (Denz.Sch. 3015), o un doble grupo de verdades: aquellas que el hombre podría conocer por sí mismo con la razón natural, y aquellas otras que sólo puede conocer por la revelación (v. MISTERIOS). Al primer grupo pertenecen la existencia de Dios y algunos de sus atributos, como su sabiduría, su providencia, su grandeza. Pero el objeto propio de la R. lo constituyen los misterios en sentido estricto, es decir, aquel ámbito del ser y del obrar de Dios que sólo puede ser conocido por la R. y que aun después de revelado no alcanzamos a comprender su razón íntima de ser (v. soBRENATURAL).Puesto que a nosotros la R. de Dios nos llega a través de la Biblia y de la predicación viva de la Iglesia, conviene distinguir además entre aquellas verdades y hechos salvíficos que Dios comunica a los hombres por su importancia soteriológica (verdades reveladas per se) y aquellas que sólo se comunican por concomitancia o por razón de las primeras (verdades reveladas per accidens). Tales son muchos datos históricos, geográficos, descripciones de pueblos o personas, etc. El objeto integral y concreto de la R. bíblica lo constituyen todas estas verdades, ya hayan sido reveladas por sí mismas o por razón de las otras. Pero el objeto primario y principal lo constituyen únicamente aquellas verdades que Dios intenta manifestar a los hombres en orden a la vida eterna. Esto es lo que forma propiamente el Depósito de la fe (v. FE III, A).2. El concepto de Revelación en el Magisterio de la Iglesia. Las exposiciones y declaraciones del Magisterio de la Iglesia generalmente han ido rechazando los errores sobre esta materia, insistiendo en aquellos aspectos y verdades que eran negadas por autores heterodoxos. Contra el subjetivismo y evolucionismo modernista (v. MoDERNIsMo) el Magisterio ha hecho resaltar la objetividad e inmutabilidad de la R.; contra el racionalismo (v.) ha inculcado la posibilidad y sobrenaturalidad; y contra el fideísmo (v.) ha defendido la conveniencia y necesidad moral, pero ha rechazado la necesidad absoluta de la R. para el orden de verdades naturales. La doctrina del Magisterio ha ido así aclarando dudas o rechazando determinados errores en cada momento. Además la Constitución Dei verbum del Conc. Vaticano II ha ofrecido una síntesis serena y madura sobre los constitutivos de la R., recogiendo los datos de la Biblia, de la Tradición y del Magisterio eclesiástico anterior.(1) Los documentos más importantes anteriores al Vaticano II son los siguientes: (a) Encíclica Qui pluribus de Pío IX (Denz.Sch. 2777-2778); (b) La Const. dogmática Dei Filius del Vaticano I (Denz.Sch. 3004-3007); (c) El Decreto Lamentabili del S. Oficio de 1907, en el que se condenan varias proposiciones modernistas relativas a la R. (Denz.Sch. 3420; 3421; 3459; 3464); (d) La Enc. Pascendi de S. Pío X (Denz.Sch. 3478); (e) Sacro rum antistites del mismo Pío X, en que se propone el juramento contra los errores modernistas (Denz.Sch. 35373550); y (f) la Enc. Humani generis de Pío XII (Denz. Sch. 3876 ss.). El Concilio de Trento y algunos concilios anteriores se ocuparon también de ciertas cuestiones relativas a la Revelación.En estos documentos se describe la R. como una iniciativa gratuita de Dios para con la humanidad (Denz. Sch 2777-3004). No sólo se revela por medio de la creación (Denz.Sch. 3004), sino que ha querido además descubrirnos su bondad inefable con una R. sobrenatural para hacernos partícipes de su propia vida (Denz.Sch. 2885). En su aspecto activo es toda la Trinidad la que se revela y se comunica (Denz.Sch. 800-801). La R. sobrenatural constituye la economía de la salvación. Dios prepara lentamente al hombre para su plena manifestación en Jesucristo, el cual nos descubre los designios misteriosos de salvación (Denz.Sch. 801; 1520). La R. se define principalmente como locutio Dei, como palabra de Dios (Denz.Sch. 2777; 2779; 3004) y como testimonio (Denz. Sch. 2778).El objeto de la R. es el mismo Dios y sus eternos decretos de salvación (Denz.Sch. 3004) tal como se manifiestan en Cristo y por Cristo. Hay en la R. un conjunto de verdades que Dios nos manifiesta. Se distingue entre las verdades que el hombre puede conocer por la razón natural y aquellas que sobrepasan las posibilidades de la razón sin ayuda de la R. (Denz.Sch. 3015; 2856 ss.). Estas últimas son principalmente las que se refieren a nuestra elevación al orden sobrenatural y a nuestra unión con Dios. Se trata de misterios propiamente dichos, que permanecerán para nosotros siempre velados, hasta que llegue el día de la visión plena de la faz de Dios en la otra vida (Denz.Sch. 2854; 3005; 3016).(2) Algunos autores protestantes han tildado la Teología católica de haber despersonalizado el concepto de Revelación. Althaus llega a decir de los documentos del Magisterio anteriores al Vaticano II: "Jamás se afirma que Dios se ha revelado a Sí mismo" (Die Christliche Wahrheit, Gütersloh 1958, 239). La falsedad de esta afirmación salta a la vista. Precisamente el Conc. Vaticano 1 destaca el carácter personal y de novedad de la R. diciendo que "Dios se ha revelado a sí mismo y los eternos designios de su voluntad al género humano" (Denz.Sch. 3004) y que nos ha hablado por su Hijo (Heb 1,1). Por lo demás, el carácter personal e histórico de la R. está siempre presente, al menos de modo implícito, al tratar otras cuestiones. La Constitución dogmática Dei Verbum del Conc. Vaticano II es más explícita al respecto. Aun dentro de su brevedad esquemática, se puede afirmar que esta Constitución toca todos los puntos esenciales de una teología de la R.: naturaleza, objeto, finalidad, progreso y pedagogía de la R., puesto central de Cristo en la economía de la salvación, respuesta del hombre por la fe y la obediencia, transmisión y formas de transmisión. Como no podemos hacer un análisis detenido de este documento, señalaremos sus principales características en lo que se refiere a la Revelación.(a) Carácter trinitario y doctrinal. La R. es el mensaje de la salvación y el misterio de la comunicación sobrenatural de Dios a los hombres. Se señala la acción propia de cada una de las Personas divinas con su sello característico: Designio amoroso del Padre, mediación del Verbo hecho carne, impulso del Espíritu Santo para consumar la obra y conducir a los hombres al conocimiento y amor del Padre (Dei Verb., 2). Esta acción de las Personas divinas se menciona con frecuencia: en el proemio (n° 1), en el n° 4, cuando habla de Cristo como culmen de la R., en el n° 8 hablando de la Tradición y en el no 9, al explicar las relaciones entre Escritura y Tradición. A la acción y hechos divinos están unidas intrínsecamente las palabras y la doctrina que contienen, "de modo que las obras, realizadas por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y confirman la doctrina y las realidades significadas por las palabras, mientras las palabras manifiestan y explican el misterio en ellas contenido" (n° 2). Hay en la R. "el mensaje de la salvación" (proemio), "la verdad íntima sobre Dios y sobre la salvación humana" (n° 2), un conjunto de "verdades reveladas por Dios para salvación de todos los pueblos" (n° 7) (cfr. n° 6, 8 y ss.).(b) Carácter personal e intelectual. No sólo se presenta la R. en una perspectiva personal y doctrinal por lo que se refiere a la Trinidad, sino también por lo que se refiere a los hombres, acentuándose asimismo los momentos personales y existenciales. Se presenta como un diálogo de persona a persona. "El Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1 Tim 1,17), por la abundancia de su caridad, habla a los hombres como a amigos (cfr. Ex 33,11; lo 15, 14-15) y entre ellos habita (cfr. Bar 3,38), a fin de invitarlos a la unión con Él y recibirlos en ella" (Dei V., 2). La R. se presenta como una alianza, como una invitación a la amistad, como un conversar Dios entre los hombres para abrirles sus intimidades (n° 4). La R. se consuma y adquiere su manifestación suprema en la Persona de Jesucristo, cuya presencia es el mejor testimonio de que Dios está con nosotros para librarnos del pecado y de la muerte y resucitarnos para la vida eterna (n° 4). Pero ese trato y conversación de Dios con los hombres no es algo vacío de contenido. El papel del entendimiento y dela voluntad se ponen de manifiesto en la "obediencia de la fe (cfr. Rom 16,26 con Rom 1,5; 2 Cor 10,5-6), por la que el hombre se entrega libre y totalmente a Dios ofreciendo a Dios, que revela, el pleno homenaje del entendimiento y de la voluntad (Vaticano I, Const. Dei Filius, c.3), y asintiendo de buen grado a la Revelación que El ha hecho" (Dei V., 5). Para ese asentimiento, la gracia y los auxilios del Emíritu Santo mueven la voluntad e iluminan la inteligencia, "y para que la inteligencia de la Revelación sea cada vez más profunda, el mismo Espíritu Santo no cesa de perfeccionar la fe por medio de sus dones" (ib. n° 5) (cfr. n° 6 y ss.).
(c) Eternidad e historicidad. La R. se presenta en su dimensión histórica de preparación y cumplimiento, dentro del designio eterno de salvación de Dios. En el n° 3 se ofrece una visión unitaria de todo el proceso de la R. divina, en sus diversas fases, que anuncia y ofrece la vida eterna: R. cósmica o natural, R. primitiva a los primeros padres, preparación de la R. evangélica por la promesa del Salvador. Este anuncio profético señala una meta a la historia y marca el destino del pueblo de Israel. En esta perspectiva es Cristo quien desde el comienzo al final determina la historia de la humanidad, y la historia de Israel es una fase de la economía de la R. Dios no sólo se revela por su palabra, sino también por sus obras, y, por tanto, en la historia y por la historia, en el sentido de que Cristo con sus palabras y obras "cumple perfectamente la Revelación y la confirma"; "Dios está con nosotros"; "y no se ha de esperar ya ninguna Revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo" al final de los tiempos (n° 4).(d) Carácter cristocéntrico y bíblico. Cristo es la piedra angular de toda la economía de la R., y la Const. Dei Verbum lo hace resaltar con empeño especial. Cristo es el Mediador y la plenitud de la Revelación. "Hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios (lo 3,34) y consuma la obra salvadora que el Padre le encomendara llevar a cabo" (n° 4). La verdad íntima de Dios y de la salvación de los hombres brilla con plena luz en la Persona y obra de Cristo. Toda su vida, sus obras, su persona son un testimonio perenne y una epifanía del amor de Dios. Otra característica, por fin, que se desprende de cuanto llevamos dicho: el carácter eminentemente bíblico de este documento, que ya al comienzo define la R. tomando como base las palabras de la carta a los Efesios 1,9, aun cuando no se citen literalmente. Todo el texto está entretejido de citas o alusiones a la S. E. Sólo el primer capítulo contiene 32 referencias bíblicas, incluyendo las de las notas.Los textos del Magisterio tocan otros aspectos de interés, como su carácter soteriológico, eclesial, gratuito, que omitimos por brevedad. Tampoco falta una breve alusión a la R. escatológica (Dei V., 4). De esto nos ocuparemos en el apartado siguiente.3. Fases de la economía de la Revelación. Muchos autores solían dividir el proceso histórico de la R. sobrenatural en tres fases: R. primitiva; R. judía; R. cristiana. La R. primitiva o primordial comprendía la R. especial de Dios a los primeros hombres, cuyos vestigios se habrían conservado en las religiones primitivas. Es incierta esa conservación, es decir, la transmisión de esa R. y su contenido (v. t. i,1). Hoy se tiende a considerar que en los llamados pueblos primitivos se encuentra más la simple R. natural o cósmica (v. PRIMITIVOS, PUEBLOS II,1). Sea lo que sea de la conservación o transmisión de la R. primitiva (v. 1,3), la existencia de esa R. aparece atestiguada en la Biblia (v. II,B, l,a), y el Vaticano II alude a ella como posterior a la creación: "queriendo además abrir el camino de la salvación sobrenatural (Dios) se reveló desde el principio a nuestros primeros padres; después de su caída, los levantó a la esperanza de la salvación (cfr. Gen 3,15) con la promesa de la redención" (Dei Verbum, 3). Sobre su transmisión y conservación, el Vaticano II se limita a decir que Dios "después cuidó continuamente del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr. Rom 2, 6-7)" (ib.).El esquema puede ampliarse, como hace el mismo Conc. Vaticano II, incluyendo la R. natural o creación, antes de las tres mencionadas fases de la R. sobrenatural, y la R. final o escatológica en el final de los tiempos, como consumación de los mismos y de la R. sobrenatural. Es importante no confundir el orden de la creación (v.) con el orden sobrenatural (v.) de la redención (v.), ni por tanto la R. natural con la sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, puede decirse que en el proceso de la R. de Dios cabe distinguir tres estadios fundamentales: (1) la R. natural o cósmica a través de la creación, que permanece siempre en la historia humana; (2) la R. sobrenatural a través de la Palabra, en la que se distinguen las tres fases dichas; y (3) la R. sobrenatural escatológica que consumará toda Revelación.(1) Revelación natural o cósmica. Advertimos que la terminología de R. natural es impropia. Naturaleza (v.) y creación (v.) son dos conceptos de origen y significado diversos: el uno es griego, el otro bíblico. El primero, en su acepción y uso iniciales, excluía la acción de Dios, el otro la supone siempre. No obstante, en Teología el concepto de naturaleza y natural pierden su sentido primitivo para indicar -entre otros significados- la creación y sus virtualidades. En este sentido llamamos R. natural o cósmica a la manifestación de Dios en la creación (Dios cognoscible a través de las cosas que ha creado). Es clara la distinción entre R. natural y sobrenatural y de ello se ocupó adecuadamente el Conc. Vaticano I: difieren por, su origen, por su contenido, por el lumen necesario para conocerlas (cfr. Denz.Sch. 3016). Es preciso distinguir, pero no se deben separar excesivamente el orden natural y el sobrenatural, como si se tratase de dos realidades completas diversas, o como dos caminos que corren paralelos sin encontrarse. De hecho la R. natural no forma un orden autónomo o independiente. Una visión cristiana del mundo enseña que todo está ordenado a Cristo, y que la creación es el soporte de la nueva criatura (2 Cor 5,17) o de la comunicación sobrenatural de Dios. De ahí el nexo íntimo entre creación y redención, y que en la R. sobrenatural esté incluida la natural; es decir, el testimonio que Dios da de sí mismo a través de las creaturas está contenido también en esa R. salvadora a través de la cual Dios se dio a conocer de forma superior desde nuestros primeros padres; de modo que no sólo las primeras fases de la R. sobrenatural, sino en cierto modo la R. natural y el conjunto de la historia son también de alguna manera una clase de preparación a la R. evangélica. Aunque la R. natural esté incluida en la sobrenatural, sin embargo, no ocurre lo mismo a la inversa: la R. sobrenatural no está incluida en la natural, como es obvio. La S. E. menciona diversas veces esa manifestación de los atributos divinos mediante la contemplación de la grandeza y belleza del mundo. Los principales textos son Sap 13,1-13; Rom 1,19-21; Act 17,24-29. S. Pablo atribuye expresamente a un plan divino esta R. del ser de Dios mediante la creación (Rom 1,19-21) (V. t. u, A).Esta R. natural es básica e importante, pero tiene sus límites y características precisas: (a) Sólo nos descubre imperfectamente el ser de Dios: los atributos que dicen relación a su poder; a su sabiduría, a su bondad. El ser íntimo y personal de Dios permanece inaccesible. (b) Este conocimiento es precario y deficiente. Las cosas son signos, parábolas del ser de Dios, pero es mayor la desemejanza que la semejanza que guardan con el ser propio de Dios. De hecho la historia nos enseña que muchos no han conocido al Dios verdadero o que este conocimiento va mezclado con muchos errores. (c) La R. natural no significa un contacto inmediato entre Dios y el hombre. La creación es el puente para el encuentro, pero no representa un contacto directo con el Dios vivo y personal. Los atributos de Dios están escritos en el libro de la creación, pero su lectura resulta difícil para el hombre. Incluso para interpretar acertadamente el libro de la naturaleza es necesario el libro de Escritura o Palabra de Dios. (d) No obstante, la R. natural tiene su valor insustituible. Es el punto de apoyo para la llamada especial de Dios; es el punto de inserción de la R. sobrenatural. El Vaticano I considera que la R. sobrenatural es segundo camino (alia via) por el cual Dios se nos da a conocer (Denz.Sch. 3004); esto significa que la R. natural es un camino válido para la manifestación de Dios; lo mismo afirma el Vaticano II (Dei V., 4). (e) La R. natural es permanente. Es válida para todos los tiempos y está abierta a todos los hombres. En mayor o menor grado es asequible a todas las inteligencias (v. t. Dios IV, 2 y 5-6).(2) Revelación sobrenatural por la Palabra. "Dios ha hablado a los hombres"; éste es el hecho fundamental que rige la economía de los dos Testamentos. Dios no se ha manifestado solamente a través de las obras de la creación, sino que por un designio amoroso y libre de su voluntad ha querido abrirnos los secretos de su ser personal, invitándonos a participar en el diálogo de su amor. La R. sobrenatural comprende la manifestación de Dios y de su designio de redención y salvación de la humanidad en Cristo y por Cristo. Viene preparada por una larga serie de actuaciones e intervenciones divinas a través de la historia del pueblo elegido y culmina en la aparición histórica de Cristo. La S. E. ha trazado la trayectoria de esta R. sobrenatural: "Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas; en estos días, que son los últimos, nos ha hablado por su Hijo". (Heb 1,1). Debemos, por tanto, distinguir dos fases: (a) La R. como promesa (in prophetis). (b) La R. como cumplimiento y plenitud (in Filio).(a) La R. como promesa. "Dios ha hablado por medio de los profetas"; esta expresión resume toda la R. del A. T. Después de la R. primitiva a los primeros padres y patriarcas, desde Adán y Eva a Noé, etc., que pertenece a la prehistoria, y de la cual el principal testimonio son los relatos bíblicos de los 11 primeros capítulos del Génesis, la vocación de Abraham (v.) señala el comienzo de una especial y nueva intervención divina. Salvo determinadas cuestiones que, como la promesa de redención (Gen 3,15), pertenecen a una R. sobrenatural, en esos 11 primeros capítulos la R. primitiva aparece en estrecha mezcla y correlación con la R. natural. En cambio, en Abraham comienza claramente algo más, hay un acontecimiento histórico que marca el destino y la historia del pueblo hebreo (v.); Dios confía a éste no sólo la conservación de la R. primitiva y de la esperanza de la redención en ella incluida, sino un sucesivo despliegue y manifestación de verdades sobrenaturales y comunicaciones divinas, que además de garantizar esa promesa van cumpliéndola y preparando su realización en Jesucristo, en el Mesías (v.) redentor y salvador. La promesa de Dios y la fe de Abraham caracterizan toda la historia del pueblo judío. Dios interviene directamente en la historia para establecer una alianza con su pueblo elegido. Moisés (v.) y los profetas (v.) manifestarán cada vez con mayor claridad el "nombre" de Dios, sus planes, sus mandatos y las exigencias de su alianza. Dios se revela como Yahwéh, como el Dios de Israel, pero es al mismo tiempo el Dios vivo, el Señor de la historia. La R. se presenta aquí como promesa y como alianza (v. ALIANZA II). La categoría fundamental en que viene expresada esta R. es la Palabra de Dios (v.).El concepto semítica de dabar (Palabra) utilizado por la Biblia es mucho más rico y dinámico que el que pudiera sugerirnos a nosotros el nombre de palabra. Dabar es una acción que se convierte en palabra, o una palabra que termina en acción, una palabra eficaz. Dios habla en la historia, empleando palabras humanas y realizando hechos y prodigios en Israel. Esta riqueza de contenido de esta expresión es constante en todo el A. T. ya desde la creación (Gen 1,3 ss.; la palabra de Dios crea las cosas). Por eso la frase "Dios ha hablado por ministerio de los profetas" resume las revelaciones e intervenciones sobrenaturales de Dios con su pueblo, es decir, la doctrina y la ley manifestadas por Dios y los prodigios obrados por Él como preparación para la R. plena en Jesucristo (V. t. II, B, 1).(b) La Revelación como cumplimiento. El punto central de la historia de la salvación es la encarnación (v.) del Verbo; en Cristo culmina toda la R.; la línea ascendente del tiempo del A. T. ha llegado a su meta. S. Marcos hace comenzar la predicación de Jesucristo con estas profundas palabras: "El tiempo se ha cumplido" (Mc 1,15). El futuro, que determinaba todo el dinamismo de la historia de Israel, se ha convertido en un presente, en el hodie de la salvación. Este presente está todavía lleno de tensión escatológica, de dirección al cielo y a los últimos tiempos, pero la realidad suprema está ya dada. Las promesas se han cumplido. Todas las revelaciones precedentes tienen un centro de unidad, porque todas convergen hacia Cristo, todas apuntan hacia esa meta, hacia la plenitud de los tiempos. S. Pablo se expresa de un modo semejante a S. Marcos: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo" (Gal 4,4). Cristo es la plenitud de los tiempos, porque llena de contenido la historia, y es la meta de los tiempos, porque toda la historia está orientada hacia Él, hacia esa realidad definitiva e irrevocable: la presencia de Dios en el mundo no sólo como creador sino también como redentor y Padre amante de los hombres. Esa presencia no anula, sino que da sentido y valor a lo que precedió (cfr. D. Fernández, o. c. en bibl., 16)."Dios nos ha hablado por medio de su Hijo". El Hijo es la Palabra definitiva de Dios a los hombres. Es la Palabra sustancial y personal. En Cristo nos ha dado Dios la suprema manifestación de su amor y de su amistad. Ésta es la razón por qué la R. ha sido clausurada con Cristo. No porque Dios no quiera seguir hablando a los hombres, pues este diálogo no se interrumpirá jamás, sino porque por su Verbo, por su Palabra increada nos ha dicho cuanto tenía que decir a los hombres: Él nos ha comunicado todo el amor de Dios, su vida íntimatrinitaria, toda la doctrina y toda la ley para la redención y salvación del hombre, y todos los medios e instituciones necesarios para beneficiarnos cada uno de esa redención y salvación y llegar así al amor y unión total con Dios viviendo su doctrina y su ley.
(3) Revelación escatológica. Jesucristo mismo anunció su segunda venida; S. Pablo habla de la manifestación futura de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Mt 24-25 y par.; Mc 8,38; 1 Tim 6,14; Tit 2,13; 1 Pet 4,13; etc.). La R. perfecta de Jesucristo tiene aún un futuro. Futuro que no significa un nuevo principio, sino el llevar a término lo ya comenzado. La Iglesia primitiva suspiraba con ansia por esa plena manifestación del Señor: Maran atha (1 Cor 16,22; Apc 22,20). La Eucaristía se celebra proclamando la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Cor 11,26), vivimos todavía en la esperanza (Rom 8,24), lo cual indica que no poseemos aún la plenitud del don de Dios. "No se ha manifestado aún lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él y lo veremos como es en Sí" (1 lo 3,2; v. CIELO III). Existe, pues, todavía una tensión escatológica hacia la consumación hasta que la gloria de Dios se manifieste de un modo perfecto a todo el mundo. Entonces se inaugurará una nueva y definitiva forma de existencia, los cielos nuevos y la tierra nueva (Apc 21,1) y será Dios todo en todos (1 Cor 15,28).No hay contradicción cuando se dice que la plenitud de la R. se ha verificado y.1 en Cristo y que aún se espera la plena manifestación de N. Señor J. C. (v. PARUSíA). La venida de Cristo significa una presencia y una tensión escatológica. Cristo ha venido, pero aún no se ha manifestado en toda su gloria y señorío al mundo. La realidad definitiva está ya dada; el futuro, bajo cierto aspecto, está ya presente; lo que se espera está ya dado germinalmente en la fe, pero falta aún su pleno desarrollo. La R. escatológica no será otra cosa que la comunicación plena de Dios, el conocimiento perfecto, la visión sin velos. Hacia esa meta tiende toda otra R. (V. MUNDO III).Señalemos, finalmente, que a cada uno de estos grados de R. corresponde un lumen diverso en nuestro entendimiento. Además, como toda R. supone una comunicación de Dios, a los diversos grados de R. corresponde igualmente un diverso modo de presencia de Dios. En resumen: mirando la R. como una comunicación y automanifestación progresiva de Dios a los hombres, distinguimos tres fases diversas: (1) Revelación cósmica. (2) Revelación de la Palabra (en su fase temporal). (3) Revelación escatológica.A estos tres modos de R. corresponden tres grados diversos de presencia de Dios: (1) Presencia de inmensidad. (2) Presencia de gracia. (3) Presencia de visión.Y como toda R. supone un sujeto inteligente y una luz proporcionada para conocerla y recibirla, a cada clase de R. corresponde también una "luz" diversa: (1) Razón natural (lumen rationis). (2) Luz de la fe (lumen fideí). (3) Luz de la gloria (lumen gloriae).Existe, pues, una correspondencia perfecta entre R. cósmica-presencia de inmensidad-razón natural. Y así de los demás. Decimos esto considerando la R. desde la vertiente humana, pues si quisiéramos considerar de un modo más metafísico y completo los modos de presencia o de comunicación de Dios a los seres creados, distinguiríamos tres modos esencialmente diversos: 1) creación; 2) inhabitación (gracia santificante y visión); 3) Encarnación (unión hipostática). Pero aquí sólo nos interesa hacer ver la proporción que debe existir entre la manifestación de Dios y la capacidad subjetiva del hombre que la percibe.D. FERNÁNDEZ GARCÍA.
BIBL.: Magisterio eclesiástico: CONC. VATICANO I, Const. dogmática Dei Filius sobre la fe católica; S. Pío X, Enc. Pascendi y Decr. Lamentabili; CONC. VATICANO II, Const. dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación.
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