Retrato ARTE
Categoria:
Arte
De los orígenes al siglo XV. Género y especialidad de las artes plásticas -escultura exenta, alto y bajorrelieve, pintura, grabado, dibujo- dedicado a reproducir y perpetuar individualidades personales. Se trata de uno de los géneros más prodigados por el arte occidental, no sólo porque desde el primer momento que un artista copió los rasgos de un modelo determinado hubo ya un r., sino porque el lógico afán de hacer supervivir idealmente a personajes eminentes por una u otra razón estimulaba a lograr plenamente el parecido en las imágenes que de ellos se labrasen. Tal es el motivo de los abundantes bustos griegos, generalmente de la época helenística, que proporcionan una abundante galería iconográfica de hombres ilustres, puede ser que en muchos casos idealizados. Una corriente más realista se observa en el arte romano, donde los bustos-r. se hacen accesibles -y prácticamente obligatorios, por motivos de piedad filiala todas las familias burguesas. Si en el s. il, y en el Egipto romanizado -r. a la encáustica de El Fayum-, sorprende el notable realismo de las efigies, la numismática y medallística romana ofrecen un portentoso repertorio de r. de Emperadores y miembros de sus familias, serie que pierde lentamente fidelidad hasta hacerse del todo simbólica en cuanto nos adentramos en la Edad Media.Ya en ella, los r. en las monedas bizantinas, visigodas, etc., no conservan sino rasgos faciales sumarísimos, imposibles de ninguna identificación. Puede ser que los r. musivarios de Justiniano y Teodora en Rávena tengan alguna especie de fidelidad, pero el hecho común es que el arte de la Alta Edad Media ignora voluntariamente la individualización del personaje, y aunque hay intentos de destacar la identidad de alguno -cual en el caso de la condesa de Pallars en los frescos catalanes de S. Pedro del Burgal o en el bulto-autorretrato del Maestro Mateo en la catedral de Santiago de Compostela- lo cierto es que esos intentos se revelan mejor por las cartelas explicativas que por la fisonomía de los personajes. Por el contrario, en la pintura gótica comienzan a aparecer r. en el verdadero sentido de la palabra cuando se injieren, al principio tímidamente, luego con mayor resolución, los de los donantes del retablo por ellos costeado. Lo normal es que sean figuritas orantes de mucho menor tamaño que las sacras del motivo principal. Pero irán adquiriendo mayor prestancia, luego se separarán de la escena religiosa y constituirán verdaderos r., con propósito total de fidelidad e identificación.El retrato, género independiente. Con ello, hemos llegado al s. XV, profuso en iconografía personalísima, ya se trate de Flandes, Italia, España o Francia. Entonces se produce la separación del r. como género autónomo o independiente, y sería ocioso mencionar los grandes ejemplos debidos a Van der Weyden (v.), Botticelli (v.), Ghirlandajo (v.), Pinturicchio (v.), etc. Se añadirá que lo común en los r. de ese siglo es que sólo comprendan el busto del retratado, en buena lógica, ya que en el rostro radican los rasgos individualizadores, y que, por modo natural, en ese mismo momento comienza la gran boga del autorretrato, género especial que subsistirá ininterrumpidamente hasta nuestros días, y que es de fácil diagnóstico; el autorretratado, por lo común de medio perfil, conserva siempre una mirada oblicua, la procedente en el que debe mirar simultáneamente a un espejo y a la superficie en que reproduce la imagen reflejada por ese medio.Ya en el s. XVI, en el pleno Renacimiento, el género del r. ocupa un lugar preeminente entre las dedicaciones del artista, y se puede asegurar que ha llegado a una especialización. Si Durero (v.) y Tiziano (v.) son, en medio de su producción más característica, autores de magníficas efigies personales, si Rafael (v.) y Leonardo (v.) hacen otro tanto, encontraremos otros -Holbein (v.), Clouet (v.), Antonio Moro (v.), etc- especializados en el gran r., que ya está lejos de reducirse al busto, enfocando toda la figura. Triunfaba este género merced a circunstancias muy varias: al intercambio de r. entre las familias reinantes, a la creciente vanidad de los poderosos, a diferentes formas de adulación, etc. Al convertirse en costumbre, los años del quinientos y del seiscientos se las ingenian para que queden inmortalizadas las gentes de la más varia situación económica y social, y el r. varía en dimensiones desde el de tamaño de naipe hasta los más grandes, ostentosos y recargados de leyendas, blasones y precisiones genealógicas.El s. XVII es el primero que emerge en nuestra historia con la conversión del género en una gran dedicación pictórica, ya, por lo menos, igualada a la del arte religioso. Son comunes los r. de familia, los colectivos de corporaciones y los de monarcas, ministros y generales en todas las poses y actitudes posibles. Podemos hallar al cardenal-infante como caudillo guerrero triunfador (Rubens) o como arzobispo de Toledo (Gaspar de Crayer), y al conde-duque de Olivares en traza de militar victorioso o de burocrático hombre de Estado. Mas, como se apuntó, lo interesante del siglo es la llegada del r. preciso hasta casi cada familia burguesa.A partir del reinado de Luis XIV, y al amparo del creciente influjo del arte francés en toda Europa, el r. cortesano se hace más enfático e insincero, hasta el punto de que pierde precisión en las efigies reales. Y en las otras adopta un exagerado refinamiento que acaso no atente contra la virtualidad de las fisonomías, pero sí hermana con un aire de familia y de época a los más de los retratados. Con todo, el s. XVIII puede ufanarse de espléndidas realizaciones en el género que nos importa, porque en sus días ha nacido la portentosa escuela inglesa de retratistas, en la que es habitual el empaque, pero no el énfasis. Esto es, que los artistas procuran a toda costa la elegancia y la distinción; pero sin mermar el parecido. El secreto de esta admirable escuela consiste en haber procurado a toda costa conservar la fisonomía individual, aunque la vestimenta y demás circunstancias secundarias cooperen a una común aspiración de gran clase directora.Por lo demás, ése es el siglo de Goya (v.), uno de los retratistas más insobornablemente libres y sinceros que jamás se hayan dado, a pesar de lo cual testimonia la belleza, la ternura o la gentileza -así como igualmente la perversidad, la estupidez o la fealdad- allí donde las encuentre. Con él y con sus nunca cautivos procedimientos, el género del r. se adentra en el s. XIX, que no es la edad de oro de la efigie personal, pero sí la centuria en que a no dudar se pintaron más millares de ellas. En efecto, raras épocas tan rebosantes de r. como la romántica, no importa en qué país. A los muchísimos identificados hay que agregar otros tantos que no lo han sido y que nunca lo serán. El ensanchamiento financiero de la burguesía, la multiplicación de artistas, el criterio de cada uno, ascendente, sobre su significación en la sociedad, son otros tantos decisivos factores de esta extensión de la imagen individual. La cual va, consiguientemente, desde el r. oficial y ostentoso hasta _el del pequeño burgués, encogido en sí mismo. Pero un decisivo hecho, la invención y casi inmediata popularización del daguerrotipo y de la fotografía (v.) yugularán este proceso, y ello acaece, aproximadamente, por los decenios de 1860-70.El retrato en el siglo XX. El nuevo procedimiento es más barato y fidedigno, así como igualmente propicio que la pintura para perpetuar posturas solemnes y pomposas. Pero si se ha reducido el número de clientes del r. pintado, éste sigue siendo género habitual de muchos artistas, mayores o menores, y, por descontado, obligado en la prosecución de las galerías iconográficas regias, eclesiásticas, gubernamentales, corporativas, etc. Ello dará lugar a una escisión del género, porque mientras tales repertorios obligan a los artistas a mantenerse fieles a sus colegas antiguos, el nuevo arte, a partir del impresionismo y sobre todo de Cézanne (v.), va a sustantivar un nuevo modo de ver al retratado. Cézanne inaugura el r. no dramático, y sí de visión rigurosa y absolutamente sorprendida, innovación audaz que continuarán los ismos subsiguientes. Así, durante el s. XX, el r. subsiste en una doble versión: La que pudiéramos llamar histórica, ya especie a extinguir, y la que se adhiere a la estética profesada por el artista, ya se trate de la fauve, cubista, expresionista, surrealista o de cualquier otro nombre y tendencia. Pero también esta directriz del r. parece próxima a su extinción en virtud del radicalismo no figurativo y de los nuevos modos de expresión pictórica. Es bien posible que en fechas muy próximas el r. haya desaparecido como género artístico vigente y pase a ser puramente histórico, obligadamente datable entre los s. XV y XIX.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: Siendo muchos los repertorios iconográficos según artistas, épocas, estilos, etc., apenas hay algún buen libro acerca de la historia interna y humana del r.; GALIENE y P. FRANCASTEL, El retrato, Madrid 1978. Sobre autorretratos: M. MASCIOTTA, Autoritratti dal XIV’ al XX’ sécolo, Milán 1955; J. A. GAYA NUÑO, Autorretratos (de artistas españoles), Barcelona 1950.
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