Prostitución I. Sociologia. SOCIOL.
Categoria:
Sociología
Noción e historia. Procedente de la voz latina prostituere, que significa originariamente "deshonrar", "manchar", p. -también conocida con el nombre de meretricio- es la prestación habitual de una mujer a relaciones sexuales a cambio de una paga. En sentido figurado significa también deshonra, venta del propio trabajo o de la propia autoridad.La p. existió ya en la antigüedad griega y romana más o menos reconocida y reglamentada. (Para el tema de la "prostitución sagrada" en antiguas religiones paganas, V. HIERÓDULA; CULTO I, 4-5; INICIACIÓN, RITOS DE; FERTILIDAD II; FÁLICO, CULTO; CASTIDAD I; CANAÁN II, 3 y 6). Parece que fue Solón (v.) el primero en establecer casas públicas de libertinaje organizadas por el Estado. Más tarde ese sistema se extendió en Roma, sobre todo a partir de las conquistas en Asia, de donde pasaría a los países medievales, que consideraron la p. como una lacra social (v.) que convenía tolerar dentro de unos límites y controles, en lugar de prohibirla totalmente, lo cual exasperaría las pasiones o daría lugar a una existencia clandestina de la p., con mayores peligros morales, higiénicos y sociales.En el s. XIX se introdujo en Francia, en Bélgica y en otros países un sistema reglamentario, inspirado en ideas sanitarias, que implantaba un registro para las mujeres que se prostituyeran, preveía la vigilancia médica y establecía un control policiaco. Pero, al amparo de esas normas, el sistema de reglamentación favoreció en muchas ocasiones el desarrollo de organizaciones proxenetistas -a nivel nacional e internacional- que explotan un negocio basado en el comercio con personas: la trata de blancas. El mismo poder público llega en algunos casos a instalar prostíbulos con el objetivo poco claro de supervisar de cerca esta actividad. El sistema de tolerancia reglamentada -además de partir del principio discutible de que la p. es inevitable- supone una actitud discriminatoria hacia la meretriz, a quien -una vez inscrita en el registro- le resulta muy difícil recuperar su fama y abandonar la marginalidad.Contra esta actitud vejatoria de la mujer que la reglamentación lleva consigo, el abolicionismo busca reprimir todas las formas de proxenetismo y del tráfico que acompañan a la p., y que no hacían sino florecer bajo aquel otro sistema. Una tercera actitud de los poderes públicos es el prohibicionismo, en el que la p. misma es considerada como un delito.Causas y efectos. Uno de los factores que ha influido en la actitud social ante la p. ha sido la diferente valoración social de las conductas sexuales del hombre y de la mujer: determinados actos que al hombre se le perdonan fácilmente, mancharían para siempre a una mujer; de ahí que los hombres hayan de pagar con dinero la fama perdida de las más pobres.Por otro lado, según diversas encuestas realizadas en España, un 85% de las mujeres prostituidas nacieron en marcos familiares de agobio material, donde el nivel moral y la sana educación fueron mínimos. Junto a las privaciones materiales, gran parte de estas familias habrían sido escenario de desavenencias conyugales, infidelidad, separación, etc. Un 40% de las mujeres observadas apreciaban claros desequilibrios y carencias afectivas. La caída de una mujer en la p., más que por una tendencia natural al vicio, coincidió casi siempre con un momento de aguda necesidad material o de ruptura con los suyos, aunque también habrían jugado su papel, en muchos casos, el afán de independencia, el atractivo de la ciudad, la sed de aventuras, etc. En consonancia con lo anterior, se observa que el mundo de la p. se nutre de un espectro ocupacional no especializado, en buena parte constituido por una constelación de "recién llegadas".Junto a los factores sociales y morales, una tercera órbita de circunstancias personales favorece en muchos casos la predisposición a la p., en especial la inteligencia deficiente, unida en muchos casos a una falta de conciencia moral y de la propia dignidad y responsabilidad. Se explicaría así que muchas de estas mujeres lleguen a considerar el comercio carnal -sin sombra de escrúpulos- como una profesión corriente.Además del peligro de contagio de enfermedades venéreas (v.), la p. va entrelazada, por lo general, con otros vicios, como el alcoholismo (v.) y el consumo de drogas (v.), que erosionan con rapidez la salud física y precipitan la debilidad mental de la meretriz. Así, es típico en ellas la ausencia del sentimiento familiar, la falta del sentido de la fidelidad, el afán de lujo y la vanidad enfermiza. La mujer cae en un estado de degradación progresiva y, ante la ganancia fácil, se vuelve incapaz de realizar cualquier trabajo. En torno a la prostituta florecen una serie de parásitos interesados en disuadirla -a veces por la fuerza, como es el caso de muchas de aquellas organizaciones proxenetistas- de su reinserción social.Actitud de la sociedad civil. Cara a la represión de la p., cabría objetar -y así se hace desde diversos ambientes- que la pasión natural del hombre, su desarrollo sexual "normal", exige estos "desahogos" ocasionales. Para estos tales, la p. sería un fenómeno inevitable. Sin embargo, en las grandes ciudades, el desarrollo sexual se caracteriza por una hiperactividad prematura -fruto del permisivismo- que constituye una excitación puramente ficticia del instinto. El instinto desempeña en la p. un papel mucho menos importante de lo que se afirma, y gran parte de lo que se ha considerado como "fisiológico" es, sin duda, un mal social, atajable. Muchas de las prostitutas han llegado a ese modo de vida por una serie de circunstancias ambientales; de ahí que la p. pueda ser combatida eficazmente por medio de una política social que modifique aquellos factores ocasionantes (vivienda, educación, igualdad de salarios respecto al hombre, cualificación profesional, etc.) y que proteja a las jóvenes contra las solicitaciones de personas u organizaciones proxenetistas.Pero lo importante es eliminar las causas morales; algunas tienen su raíz en aquella pretendida dualidad de las diferentes morales en materia sexual exigidas al hombre y a la mujer; es un objetivo a largo plazo que deberían proponerse los diferentes movimientos feministas (v. FEMINISMO; MUJER I). La solución no será, en ningún caso, rebajar el nivel de exigencia moral en las mujeres -como reclaman solapada o explícitamente algunos de estos movimientos-, sino más bien elevar la actitud moral en la conducta de los hombres; terminar -por parte de la autoridad pública- con el permisivismo social, promover una política de protección a la familia (v.), elevar el nivel de educación (v.) moral y subvencionar suficientemente centros e instituciones para la reinserción social de estas mujeres.La sociedad civil no puede reprimir todos los vicios, pero la tendencia actual es suprimir los sistemas de reglamentación de la p. e implantar el abolicionismo, persiguiendo la p. practicada con protección y reclamo escandaloso. A nivel internacional se han firmado diversos acuerdos en 1904, 1910, 1921 y 1933 para combatir la p., pero el mejor y más completo instrumento, en el plano del derecho, es la Convención Internacional, relativa a la represión de la trata de blancas, votada por la IV Asamblea General de las Naciones Unidas (2 dic. de 1949), a la que no pueden adherirse los países que sigan manteniendo un sistema de reglamentación.El sistema seguido en España -al igual que en Francia, Italia, Alemania, Holanda, Luxemburgo, etc- es el abolicionismo. Después de una tradición de tolerancia reglamentada, el Decreto-Ley de 3 de mar. de 1956 abolió en España los centros de tolerancia y adoptó medidas represivas contra la prostitución. Otras normas legales contra la p. están recogidas en la Ley de Peligrosidad Social -que sustituyó a la Ley de Vagos y Maleantes-, en las circulares de la Fiscalía del Tribunal Supremo y en el CP (art. 434, 445-447 y 452 bis).V. t.: LACRAS SOCIALES.J. CRUZ MAS.
BIBL.: M. BOIRON, La prostitution dans l’histoire, devant le droit, devant l’opinion, París 1926; P. GEMAHLING, La réglamentation administrative de la prostitution jugée d’aprés les faits, 2 ed. París 1933; J. l. FRAPPA, Enquéte sur la prostitution, París 1937; íD, Méthodes de relévement des prostituées adultes, Ginebra 1939; A. CORUZZI, La piaga sociale de la prostituzione, Roma 1950; O. PHILIPPON, La esclavitud de la mujer moderna, Madrid 1956; L. DE ECHEVERRíA, En torno al Decreto de abolición de la prostitución en España, "Lumen" (1956) 169 ss.; J. LECLERCQ, La familia, 5 ed. Barcelona 1967, 325-332; VARIOS, La escalada del erotismo, Madrid 1973.
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