Proletariado SOCIOL.
Categoria:
Sociología
1. Etimología y noción general. La palabra p. deriva de proletarius, término latino de significado un poco incierto, ya que, para unos, en Roma lo era el que figuraba en el censo por debajo de las cinco clases poseedoras y que, teniendo muy escasa o nula fortuna, se inscribía sólo per capita (capite censi) y por ser padre efectivo, o posible, de hilos (proles); para otros, el proletarius, por encima de los capite censi, debía poseer 1.500 ases, ocupando una situación intermedia entre los ricos y los más pobres, aunque más cerca de éstos. Desde el punto de vista etimológico es curiosa la opinión de un autor francés que deriva el vocablo de proletum, pueblo o multitud (de pro-olescere: crecer, aumentar) como equivalente antiguo de plebs o populus. Proletarius sería "hombre del pueblo". Retengamos estas dos interpretaciones gramaticales latinas, pues nos van a servir para analizar el concepto inicial de p. moderno, que es al que vamos a referirnos exclusivamente.Parece ser que la palabra "proletario" aparece en la literatura francesa en el s. XVIII (Montesquieu y Rousseau, aunque se refieren a Roma). Según I. L’Homme, en 1780 el caballero Filangieri (La scienza della legislazione) hablaba, refiriéndose a la sociedad de su época, de propietari y mercenari o proletari. Sea como fuere, la palabra se difundió durante la Revolución francesa, aunque su generalización actual arranca de los escritos de Marx (v.) y sus secuaces. Podríamos decir que, en principio, el p. lo forman no los más pobres sino los casi más pobres (por debajo queda el subproletariado o lump3nproletariat: p. de los suburbios), o sea, el "pueblo" o clase baja del mundo industrial. El mundo industrial se caracterizó inicialmente por la apropiación de los nuevos medios de producción en pocas manos, de modo que los propietarios, para poner en funcionamiento esos medios, necesitaban ayuda de mano de obra extraña. Como el mundo de la democracia había suprimido la esclavitud (v.) y la servidumbre (v.) esos trabajadores al servicio de otro individuo no eran esclavos ni siervos, sino "libres", que "vendían", mediante pacto civil, su fuerza de trabajo. Marx, en el Manifiesto comunista, los define como los que "no tienen medios de existencia más que mientras encuentran trabajo y que no encuentran trabajo más que en cuanto éste acrecienta el capital". Dejando aparte esta segunda parte de la definición (más bien ideológica), resulta cierta la primera. En El Capital, Marx completa sus ideas y define el p. por una doble "libertad": en sentido jurídico, la ya señalada de contratar su fuerza de trabajo sin deber de esclavitud o servidumbre; en sentido económico (e irónico, sin duda), en cuanto al estar "libres" de bienes, pues no poseen nada, han de trabajar al servicio de otro. Todas estas ideas nos llevan a precisar la noción que buscamos a través de cuatro elementos: 1) Falta de propiedad, que pueda ocupar su actividad (lo que no pasa en los productores autónomos: artesanos, buhoneros, labradores). 2) Libertad jurídica formal, ya que aun en la peor época del capitalismo el obrero tenía la posibilidad (jurídico-formalmente) de romper el vínculo contractual. 3) Enajenación no gratuita de la fuerza de trabajo: los dos supuestos anteriores dan lugar a éste, y por enajenación debe entenderse aquí no un concepto con ribetes filosóficos abstractos, sino sencillamente que se entrega a otro la fuerza de trabajo a cambio de un salario (v.); proletario quiere, pues, decir asalariado. 4) Status permanente de trabajador por cuenta ajena. Como el salario no es un fondo de acumulación, que permita ahorrar para instalarse por cuenta propia, resulta que normalmente el p., como grupo, tiene que mantener y renovar constantemente su oferta de trabajo. El millonario que se permite el lujo de trabajar a jornal una temporada no pertenece al p., porque no adquiere status social dentro de él.2. Desarrollo del concepto. Ahora bien, el abuso que se hace de la palabra proletario y las intenciones políticas e ideológicas subyacentes que conlleva obliga a matizar para alcanzar un concepto lo más exacto posible, a fin de dejar claro el sentido en que el marxismo usa esa palabra y las diferencias entre su acepción en el lenguaje vulgar y en el científico. Desde este punto de vista, distinguimos hasta cinco conceptos distintos (cfr. A. Perpiñá, El capitalismo, 1, Madrid 1970, 140-145):1) En sentido jurídico-formal se entiende por p. al simple trabajador por cuenta ajena. Esta definición inicial no prejuzga la clase de trabajo ni la situación económica del proletariado. Pero la verdad es que por cuenta ajena trabajan millones de personas que a nadie se le ocurriría llamar estrictamente proletarios (profesionales y técnicos, altos directivos, incluso, hasta cierto punto, los mismos managers y los ministros). Esta acepción puramente formal ignora el hecho básico del p. moderno, la modestia o pobreza económica. Para expresar tal situación de mero trabajador por cuenta ajena la Estadística y la Sociología tienen un nombre específico: asalariados.
2) En sentido técnico-económico. Lo que la gente suele llamar p. no es tampoco la suma heterogénea de asalariados, sino, más en concreto, los trabajadores manuales, producto típico de la primera fase del capitalismo (v.). Y así, asalariado sería término genérico de los asalariados manuales y de los que no lo son. El término p. se refiere sólo a los primeros, para los, por lo demás, que existe más precisamente la palabra obreros (v.), que apunta a su función técnico-económica o modo especial de trabajar.3) En sentido técnico-económico y sociocultural, la palabra p. se usa casi exclusivamente para referirse a lostrabajadores manuales industriales. En el campo y en las actividades terciarias existen también trabajadores subordinados de actividad predominantemente manual; pero, al menos en la concepción marxista (y también en la teoría sociológica general), los campesinos y el personal de servicios -sobre todo los primeros- no forman parte del proletariado. En más de una ocasión, al referirse a éste, Marx habló de "clase industrial". Y Lenin escribió que "sólo una clase determinada, a saber, los obreros urbanos y, en general, los obreros industriales de fábricas y talleres, están en condiciones de dirigir a toda la masa de trabajadores y explotados" (cit. por M. Bouvier-Ajam y G. Mury, Las clases sociales y el marxismo, Buenos Aires 1945, 51). Aquí juega, junto al aspecto técnico-económico (trabajo manual), otro más bien sociocultural. Si, como en parte es cierto, el modo de trabajar condiciona la manera de pensar, es indudable que el ambiente sociocultural del campo e incluso las mismas condiciones de trabajo del mundo rural dan lugar a una figura psicosociológica completamente distinta de la del obrero de las ciudades (v. CIUDAD II). El choque de ambas mentalidades se describe maravillosamente en la novela de Palacio Valdés La aldea perdida. De acuerdo con esto, el campesinado no entra en el p. propiamente dicho, el cual abarca más estrictamente el asalariado manual de la industria, la "clase industrial", ese grupo rector de todos los explotados.4) En sentido económico-social. Pero Marx y el uso corriente del lenguaje van más lejos, ya que atienden no tanto a la presencia numéricamente muy significativa de obreros industriales, sino, además y muy decisivamente, el supuesto de que tal situación implique miseria, explotación, degradación, etc., de los obreros. En sentido económico-social, pues, se entiende por p. el conjunto de obreros industriales carentes de recursos, hambrientos, degradados. No pertenece a él, propiamente hablando, el obrero actual, con cierta formación técnica, automóvil, televisión, seguros sociales, vacaciones retribuidas, semana de 40 horas, etc. Aplicando este nuevo correctivo reductor, diríamos que p. es sólo el obrero industrial pobre, que ocupa el último lugar en la jerarquía laboral, o sea, los peones incalificados. El lenguaje científico, efectivamente, al referirse a los peones habla de proletarios a secas o de proletarios absolutos. Los demás obreros podemos decir que han cambiado de status, y no merecen entrar en aquella agrupación social.5) En sentido ideológico. Pero la cosa no queda ahí. La significación del p. ante la Sociología que parte de Marx no está en los datos técnicos de su modo de trabajar, ni siquiera en las reales o supuestas consecuencias de ello (miseria, explotación), sino además y eminentemente en el hecho de que esa "existencia" social determina una "conciencia" específica: la ideología revolucionaria. Sin ello, no hay proletariado. Así lo señala sobriamente R. Aron, al recordar que, en la fórmula de Marx, de los marxistas y de 1. P. Sartre, "el proletariado será revolucionario o no será nada". El peón más pobre que carece de ideología e impulso revolucionario queda fuera del p. auténtico. El propio Aron dice que la equiparación de obreros industriales revolucionarios y p. puede entenderse de tres maneras: a) sólo cuando son revolucionarios los obreros industriales son proletariado; b) cuando tienen conciencia de sí se hacen necesariamente revolucionarios; c) el p. sólo merece ese nombre si es revolucionario (La lutte de classes, París 1964, 50 s.). A través de esta proletarización ideológica puede tener sentido el que personas social y económicamente "burguesas" y no obreros se erijan en caudillos de la causa proletaria. En esta quinta y última acepción, y en una perspectiva marxista, proletario vendría a ser tanto como comunista, supuesto, según el modo comunista de juzgar, que los componentes de la socialdemocracia (v.) han renunciado a la revolución (v.). Más aún, y pese al Kremlin, la nueva actitud soviética -perfectamente justificada, por lo demás- llevaría quizá a hablar sólo de p. en la China de Mao. En Rusia se desvaneció el impulso revolucionario.3. Evolución histórico-social de la condición obrera. Nacido en una sociedad eminentemente dinámica, el p. moderno no puede concebirse como una magnitud estática, sino como algo cambiante. Marx, al analizar la dinámica de la sociedad burguesa, sentó lo que se ha llamado "ley de miseria creciente", a base de su hipótesis fundamental de la acumulación (social más que económica): la dialéctica del capitalismo llevaría a reunir en un polo una cantidad cada vez más exigua de capitalistas con mayores riquezas, mientras que en el otro polo, el del p., se produciría un aumento constante del número de proletarios y una acumulación de su miseria, degradación y explotación. Partiendo del esquema marxista, vamos a ver cuál ha sido la realidad histórica, distinguiendo una "proletarización cuantitativa" (aumento del número de miembros del p.), una "proletarización cualitativa" (aumento de la miseria y opresión); a lo que añadiremos un análisis de la "proletarización ideológica": veremos así hasta qué punto los hechos reales se confrontan con la ideología comunista.a) Proletarización cuantitativa. Llevado por su entusiasmo revolucionario y extrapolando tendencias de su tiempo, Marx afirmó que el p. llegaría a alcanzar las nueve décimas partes de la población, con lo que la revolución social sería muy fácil. ¿Qué nos dicen las estadísticas y las opiniones de los autores no marxistas? Recogiendo unas pocas de las muchísimas que podrían aducirse, diremos que en Estados Unidos, el país del máximo capitalismo, el número de blue collars (trabajadores de cuello azul) u obreros, por oposición a los white coIlars (cuello blanco, o empleados), apenas si ha sufrido variación en los censos de 1910 a 1960 (del 37,4% de la población activa al 38,6%), mientras que en el mismo tiempo los empleados pasaban de 22,3% a 41,6%. Eso por lo que se refiere a los obreros, en general; si contemplamos la evolución de los proletarios auténticos o absolutos (peones no calificados) vemos que en 1960 formaban sólo el 5,5% de la población activa, previéndose que para 1975 serán el 4,3% (Employments Projections to 1975, "Monthly Labor Review", marzo 1963, 244). En Francia, donde según el censo de 1962 los obreros, en general, formaban el 46,36% (incluidos contramaestres, calificados y aprendices), mientras que los peones eran sólo el 11,39%, se prevé para 1975, según una hipótesis lenta, un total de obreros (excluidos los contramaestres) del 24,2%; y, según una hipótesis rápida, el 22,2% (cfr. "Population" 1, 1964). En Inglaterra la situación parece estacionaria del censo de 1951 al de 1961. No obstante, puede indicarse que los obreros semicalificados y no calificados vienen a suponer en ambas fechas como el 30% de la población activa total.Quizá más importante que las cifras son las causas generales que operan en este proceso. Marx contaba con el aumento de proletarios (absolutos) partiendo de la idea de que el maquinismo destruía las calificaciones. Pues bien, ha sido precisamente la evolución técnica -no vista ni prevista por Marx- la que ha llevado a ese resultado "desproletarizador". La II revolución industrial (v. INDUSTRIALISMO) aumentó mucho el número de empleados y de obreros semicalificados; la III revolución, la de la automatización, incrementa los altamente calificados y considerablemente los técnicos más o menos titulados. Esto último se ve en las fábricas que aplican la producción automatizada. De 1939 a 1955, la Peugeot francesa vio subir el número de obreros en un 0,40%, el de empleados en un 18% y el de ingenieros en un 109% (según A. Sauvy). Tratándose de una consecuencia directa de la transformación técnica y no de la acción de sistemas políticos, no es de extrañar que en Rusia pase exactamente lo mismo. Los escritores soviéticos vaticinan que con la automatización el obrero propiamente manual tiende a desaparecer y que, mientras tanto, tienen creciente importancia los calificados y altamente calificados, amén del aumento de empleados (sólo la planificación absorbe cantidades gigantescas de trabajadores "no productivos") y del de técnicos. S. Lilley indica que en una fábrica de pistones de aluminio de la URSS y como consecuencia de la automatización, el número de técnicos disminuyó a la cuarta parte; pero el de obreros a la 1/16 parte. En suma, la evolución del industrialismo no conduce a la proletarización cuantitativa, sino, a la inversa, a la desproletarización.b) Proletarización cualitativa. Pero es que además esa fracción cada vez más reducida de proletarios absolutos (y aun de otro tipo) no sufre el. rigor de ninguna ley de "miseria creciente", sino que, antes al contrario, tiene un nivel de vida y una condición laboral mejor que la del obrero medio del siglo pasado (en salarios, en seguros sociales, en jornada de trabajo, en garantías jurídicas, en status político y social). Citas y cifras serían aquí ociosas; basta la contemplación directa de la realidad, pudiendo resumirse la situación actual en dos proposiciones, como hace J. K. Galbraith: en los países más avanzados, a) la pobreza es cuestión de minorías, y b) es concepto relativo, pues el pobre de hoy vive mejor que el de la época anterior al industrialismo (La sociedad opulenta, Barcelona 1960).Frente a esta evidente realidad, los marxistas acaban por refugiarse en la idea de depauperación relativa: si ha subido el nivel de vida obrero en términos absolutos, ha bajado en comparación con el aumento de riqueza en el otro polo. En realidad cualquier estadístico y cualquier historiador u observador de la realidad confirmará lo contrario. Se habla también de que la sociedad de consumo (v.) crea nuevas necesidades y ofrece nuevos bienes que el obrero no puede satisfacer ni adquirir, dando lugar a una frustración inexistente en otros tiempos entre los pobres. Esto es cierto; pero, en todo caso, esas incomodidades, frustraciones y comparaciones no encajan en la tesis marxista, que se centra alrededor de la miseria absoluta. Sobre ello y para destruir el argumento neomarxista de la miseria relativa, nada mejor que recoger un pasaje de un autor poco sospechoso: "Se debe insistir en la estrecha relación entre los conceptos de explotación y de depauperación, a pesar de las nuevas definiciones posteriores, en las que la depauperación llega a ser un aspecto cultural, o hasta tal punto relativo, que puede aplicarse también al hogar suburbano con automóvil, televisión, etc. `Depauperación’ connota la absoluta necesidad y exigencia de subvertir las condiciones de vida intolerables, y tal necesidad absoluta aparece al principio de toda revolución contra las instituciones básicas" (H. Marcuse, El hombre unidimensional, Barcelona 1969, 56, n° 7).Una indicación final en este apartado. Marcuse (v.) habla de los hogares suburbanos, y esto no debe llevarnos a confusión. En los Estados Unidos, los suburbios son el área de las nuevas clases medias, mientras que en otros países menos progresivos indican las zonas más pobres y míseras. Pues bien, los habitantes de ellas no son, en general, proletarios, sino parte del lumpenproletariat, del subproletariado, constituido por vagos, inválidos, etc. Ese sector de la población sí que padece miseria, pero no es el p., la clase obrera propiamente dicha. (Los franceses gustan de incluir aquí a los argelinos, a los recién llegados del campo a la urbe y a otros). En resumen, la situación actual del p. nos recuerda la del romano: intermedia entre pobres y ricos, aunque más cerca de los primeros. Sólo así debe entenderse su "miseria".c) Proletarización ideológica. La clase obrera industrial, en méritos de su "existencia" mísera, ¿se ha elevado a una "conciencia" de clase proletaria con ideología propia? Ya el incumplimiento cada vez mayor de las condiciones objetivas de depauperación permite inferir que la conciencia revolucionaria, en cuanto ha existido, se va disolviendo. Al vivir mejor decae el ímpetu de reformas bruscas. La extensión de la socialdemocracia, que ha llegado incluso -como en Alemania- a condenar la lucha de clases y a defender ciertas formas de propiedad privada; la conducta de los partidos comunistas, cada vez menos virulentos; la actitud "conservadora" de Rusia y otros muchos fenómenos prueban que también hay una "desproletarización" ideológica, acaso en conexión con el famoso "fin de las ideologías" (que, no exagerado, es una auténtica realidad). No quiere esto decir que la clase obrera se haya integrado plenamente en el sistema industrial, perdiendo toda personalidad; pero sí parece más probable que esté emergiendo en ciertos países una "nueva clase obrera", que se siente distinta de las demás (v. CLASES SOCIALES), pero que no responde al esquema marxista o sindicalista revolucionario. Los franceses han estudiado muy bien esto (Andrieux y Lignon, Belleville, Mallet, Dubois).4. Doctrina social cristiana. El pensamiento católico empezó a preocuparse del problema del p. tan pronto éste surgió. Destaca al principio Ozanam (v.), La Tour du Pin (v.), A. de Mun (v.), F. Le Play (el verdadero fundador de la investigación sociográfica de la clase obrera), y a fines de siglo y en el actual la escuela de la democracia cristiana: Toniolo (v.), S. Aznar (v.), etc. Por lo que se refiere a la doctrina pontificia, desde la ene. Rerum novarum (1891), la Iglesia se ha preocupado de la redención del proletariado. Según dicha encíclica, ha de hacerse a través del salario (v.) justo y el salario familiar. En la Quadragesimo anno (1931) se llega más lejos y se apunta la conveniencia de ir sustituyendo el contrato de trabajo por elementos del de sociedad, con lo que ciertamente el p. dejaría de ser tal en forma plena. Por lo menos, debe haber una cierta participación en los beneficios. Por su parte, Pío XII no dejó de condenar repetidamente la injusta distribución actual de la riqueza, que tanto perjudica a la clase obrera (cfr., por ejemplo, A los obreros todos de España, 2 mar. 1951, y Carta al presidente de las Semanas Sociales de Francia, de 7 jul. 1952). No es cierto que este Pontífice condenara la cogestión (v.), como a veces se dice, sino que únicamente afirmó que no era de Derecho natural, como entendían los católicos alemanes; juzgando además el Papa (como Pío XI) que la existencia de la clase obrera asalariada no es un mal en sí, con tal de que se respeten sus derechos y se la proteja económica y espiritualmentecomo es debido. Juan XXIII, en la Mater el Magistra (1961), dedica amplio espacio a la cuestión social (v.) obrera (68-103), lamentando los salarios muy bajos, pidiendo salarios suficientes y justos y reivindicando la participación de los trabajadores en la empresa y en todos sus niveles. Finalmente, la Const. Gaudium el spes (1965), del Conc. Vaticano II, establece la primacía del trabajo (v.) humano sobre los demás elementos de la vida económica, pide la justicia en las relaciones de producción y "la activa participación de todos (incluidos los obreros, por supuesto) en la gestión de la empresa". Desde la Mater et Magistra y la Gaudium el spes, la doctrina social de la Iglesia habla de participación (v.) y no de cogestión, término el primero mucho más amplio y flexible. Se declara además la importancia de proseguir adelante el desarrollo de los subsidios familiares y seguros sociales (v. SEGURIDAD SOCIAL III) y se apuntan ciertos problemas de distribución de riquezas y su solución.V. t.: OBRERO; TRABAJADOR.A. PERPIÑÁ RODRÍGUEZ.
BIBL.: R. ZANIECKI, L’origine du Prolétariat romaine et contemporain, Lovaina 1957 (probablemente es la mejor obra publicada sobre la materia); G. BRIEFS, Le prolétariat industriel, París 1936; C. JANTKEE, Der Vierte Stand, Friburgo 1955 ("El cuarto estamento": así se ha designado al p., como añadido a los tres tradicionales de nobleza, clero y burguesía); M. HALBWACHS, Les classes sociales, París 1937; J. L’HOMME, Le probléme des classes, París 1938; J. KUCZYNSKi, Evolución de la clase obrera, Madrid 1967; A. ANDRIEUX y J. LIGNON, (Existe conciencia de clase obrera?, Madrid 1966; S. MALLET, La nouvelle classe ouvriére, París 1963; P. BELLENVILLE, Une nouvelle classe ouvriére, París 1963; M. DAVID, Les travailleurs et le sens de leur histoire, París 1967 (este autor combate la tesis de las tres obras que preceden sobre la emergencia de una "nueva clase obrera"); A. ToURAINE, La conscience ouvriére, París 1966 (sobre desplazamiento del problema obrero desde su puesto en la empresa a su puesto en la sociedad global, tal como también se ve en la investigación de Andrieux y Lignon); J. MESSNER, La cuestión social, Madrid 1960; sobre el punto de vista cristiano, en el Tratado de Sociología cristiana de J. M. LLOVERÁ (S ed. Barcelona 1953) se encuentra abundante bibl. acerca del movimiento católico; cfr. BAC, Doctrina pontificia, III: Documentos sociales.
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