Prisciliano y Priscilianismo
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Biografía GER
P., hereje hispánico del s. IV, que da lugar a un movimiento religioso-ascético de carácter gnóstico que lleva su nombre, el priscilianismo.Priseiliano. N. en Galicia ca. 340. M. condenado en Tréveris el a. 385. La personalidad de P. ha sido siempre difícil de definir para los historiadores. Lo mismo ocurre con el movimiento religioso-ascético animado por este huidizo personaje. Hasta 1889 los estudios sobre P. y su "secta" eran escasos, fragmentarios y contradictorios. Se sabía que había compuesto varias obras, pero sólo se conocía un fragmento de una carta suya, citado por Osorio, y los Priscilliani in Pauli Apostoli Epístolas capones, especie de sinopsis doctrinal de teología paulina, en texto refundido posteriormente por un tal Peregrino. En 1885 Doellinger descubre en la Biblioteca de la Universidad de Würzburg un manuscrito, que estudiará Schepss encontrando en él 11 tratados de P., que publica en 1889. He aquí sus títulos Liber Apollogeticus, de carácter histórico-doctrinal, en el que el autor trata de justificar su ortodoxia; Liber ad Damasum, de objetivos similares; Liber de fide et Apocryphis (incompleto), defensa de los libros apócrifos; Tractatus Paschae; Tractatus Genesis; Tractatus Exodi; Tractatus primi Psalmi; Tractatus tertii Psalmi; Tractatus ad populum I (incompleto) y II; Benedictio super /ideles. Aunque se ha discutido la paternidad de estas obras, hoy parece segura la primera tesis de Schepss, que los atribuyó a Prisciliano.A partir de este Corpus priscilianista y de las fuentes relacionadas con él sabemos que en el s. IV existió en España un movimiento ascético de índole rigorista, reflejo de corrientes anteriores que se habían desarrollado en otras partes de la Iglesia, y entroncado con el gnosticismo (v.), el montanismo (v.) y el novacianismo (v.). Filastrio, obispo de Brescia, denominará a algunos de aquellos grupos promotores de un ascetismo radical veluti abstinentes, ya que, dice. tales ascetas, después de haber recibido el bautismo, renunciaban al mundo, viviendo entre sí una fuerte comunión de ideales, basada en la pobreza y en la penitencia, con la que se mezclaban ideas filosóficas que llevaban a considerar la materia y el cuerpo como fuente del mal, etc. Este movimiento, en el que tomaban parte clérigos y laicos, tuvo como primer escenario geográfico la provincia hispano-romana de Galicia, propagándose desde allí a la de Lusitania, donde adquirió un notable incremento.La incorporación de P. a dicho movimiento constituyó un factor importante para su desarrollo. Era también natural de Galicia. Poseía, según Sulpicio Severo, brillantes cualidades personales: "De familia noble, rico, atrevido, inquieto, locuaz, erudito, propenso a disertar y a disputar, feliz ciertamente si no hubiera corrompido su gran ingenio con malos estudios... Pasaba mucho tiempo en vigilias, soportaba con facilidad el hambre y la sed, no era nada codicioso y sí muy parco. Por desgracia estas cualidades iban aparejadas con una gran vanidad y una presunción desmesurada de sus conocimientos profanos. Incluso se cree que en la adolescencia ejerciera artes mágicas" (Chronica, 11,46). El mismo historiador nos aclarará que sus maestros habían sido una mujer de cierto relieve social, Ágape, y el retórico Elpidio, discípulos a su vez del egipcio Marcos de Memphis, a quien Sulpicio Severo hace responsable de la introducción del gnosticismo en España.Síntesis de su doctrina. P. y sus seguidores sostenían una concepción ontológica de estructura dualista (v.DUALISMO), admitiendo la existencia de dos principios eternos y antagónicos, uno específicamente malo, bueno el otro. Del primero provienen por emanación todas las cosas del mundo material, de naturaleza mala como su principio originante. De ahí que el Dios creador de la materia -el Dios del A. T.- se contraponga al Dios del espíritu del N. T. Del principio del bien habrían emanado todas las realidades espirituales, formando un pléroma de eones, distribuidos en círculos concéntricos según su perfección espiritual, en torno a un centro: la divinidad. En uno de esos círculos se encontrarían las almas humanas, de naturaleza divina. Y explica Orosio a S. Agustín en su Commonitorium de errore Priscillianistarum et Origenistarum, que "Prisciliano... enseñó que las almas criadas por Dios preexisten en una especie de almacén. Estando allí prometen ante Dios combatir y entonces reciben la armadura... Bajando luego por ciertos círculos -el primero de los cuales pertenece a los patriarcas- son aprisionadas por los príncipes malignos, y son metidas en diversos cuerpos a voluntad del príncipe vencedor". Prisioneras de los cuerpos, se reproduce a escala antropológica la dialéctica materia-espíritu, que anima todo el cosmos. El espíritu humano, bajo la influencia de los patriarcas (eones del bien), trata de liberarse del principio del mal en su cuerpo, animado por los signos del Zodíaco (eones del mal). La renuncia al matrimonio, que prolonga de modo natural en el mundo el dominio del principio del mal, una dura ascesis basada en la renuncia a lo mundano material y la adquisición de un conocimiento superior (la gnosis), cuyo grado de posesión especificará las diversas categorías de los elegidos, son consecuencia lógica del sistema, en virtud del cual niegan también la resurrección de la carne. En Teología profesan el modalismo (v.) sabeliano y respecto a la Sagrada Escritura sostienen el valor de los libros apócrifos (v.) junto a los canónicos, así como un sentido esotérico del texto bíblico privativo de los perfectos. El priscilianismo constituye, por tanto, una peculiar amalgama de derivaciones doctrinales del gnosticismo y del maniqueísmo (v.).Priscilianismo. Muy pronto P. abandona Galicia y se traslada a Lusitania en compañía de su maestro Elpidio. Sus dotes personales le granjean muchos seguidores, entre los cuales no sólo había mujeres, que, "ávidas siempre de oír cosas novedosas", corrían tras él catervatim, al decir de Sulpicio Severo, sino que llegó a contar también con la protección de dos prelados de aquella provincia: Instancio y Salviano. Sintiéndose respaldado por el apoyo episcopal da un giro importante al primitivomovimiento que le había acogido, proponiendo como forma de vida obligatoria para todos los fieles el rigorismo moral, que hasta entonces fuera sólo un estilo de vida cristiana predicado por el movimiento para sus adeptos. El obispo de Córdoba, Higinio, percatándose de las consecuencias funestas de la orientación ascética priscilianista, da cuenta de ella al metropolitano de Mérida, Idacio, que reaccionó inmediatamente excomulgando al promotor de la novedosa corriente y a sus defensores. Los dos prelados lusitanos y el mismo P. se defienden recurriendo al resto del episcopado con profesiones de fe, en las que repudiaban todas las herejías. Esto supuso una división en la jerarquía hispana. El propio Higinio aceptó dichas profesiones de fe y admitió a los inculpados en su comunión. Idacio, que desde este momento aparece siempre acompañado por el obispo Itacio de Ossonoba, prosigue la lucha contra P. realizando una investigacion sobre él. En ella descubre los antecedentes gnósticos de sus maestros, el uso de ciertas escrituras adulteradas con pasajes contrarios a la doctrina de la Iglesia -literatura apócrifa- en las reuniones priscilianistas, lo cual sirvió para que el metropolitano emeritense encuadrara en su Memorial a P. y a sus devotos en el gnosticismo. Para tratar de resolver la complicada situación se convocó un concilio, celebrado en Zaragoza en la segunda parte del a. 380. Tomaron parte en él doce obispos; no asistieron ninguno de los inculpados de herejía, pero sí sus acusadores Idacio e Itacio. Los participantes respetaron un decreto del papa Dámaso, según el cual un sínodo no podía condenar a nadie nominalmente sin oírlo, pero redactaron ocho cánones, que si no citan expresamente a los priscilianistas, condenan un tipo de ascetismo que conviene al practicado por éstos. En el c. II se prescribe que "nadie ayune en Domingo... y en Cuaresma no falten de la iglesia, ni se escondan en lo más apartado de su casa o de los montes... y no acudan a las haciendas ajenas para celebrar reuniones". En el c. VII: "Además... que ninguno se atribuya el título de doctor, fuera de aquellas personas a quienes fue conferido". Y en el c. V: "Aquellos que por medida disciplinar o por sentencia de un obispo han sido separados de la Iglesia, no sean recibidos por otros obispos; y los obispos que a sabiendas los recibieren sean privados de comunión".Itacio fue el encargado de velar por el cumplimiento de las decisiones sinodales y de entender en la actitud del disidente obispo de Córdoba, Higinio. Pero el cisma se recrudeció. Al volver Idacio a Mérida un presbítero le acusa públicamente de delitos que no conocemos. Ello dio pie a que varios laicos pusieran en marcha una guerra de libelos contra el metropolitano, separándose muchos sacerdotes de su comunión. Por otra parte Instancio y Salviano, haciendo caso omiso del derecho y de la costumbre, eligieron y consagraron a P. para la sede de Ávila. En un intento de restablecer la paz, los tres visitan al metropolitano para tratar de los problemas "fraternalmente". No consiguen nada. Las turbas concitadas contra ellos les impidieron la entrada en la iglesia de Idacio y les maltrataron. Idacio e Itacio recurren entonces a las autoridades civiles. En una nueva investigación acusan al jefe del priscilianismo de magia y de maniqueo secreto y envían una relación de tal acusación a S. Anbrosio de Milán, obteniendo además del emperador Graciano el rescripto de destierro de los tres obispos disidentes. P., Instancio y Salviano, constreñidos a abandonar sus sedes, intentan conseguir la revocación de la condena. Se encaminan a Roma atrayendo a su causa durante el viaje a la gente sencilla, especialmente en la ciudad de Euze, en Aquitania. En Burdeos el obispo Delfino, que tomó parte en el Conc. zaragozano, les rechazó, pero fueron acogidos por Eucrocia, viuda del retórico Delfidio, y por su hija Prócula, con la que, al parecer, P. tendría relaciones ilícitas. Estas dos mujeres y otras muchas se integraron en la abigarrada comitiva, que se encaminaba a la Ciudad Eterna. Al llegar trataron de presentar al papa S. Dámaso la obra exculpatoria: Librr ad Damasum, y al no ser recibidos por él se encaminaron a Milán. S. Ambrosio también les fue adverso. Como último recurso acuden a las autoridades civiles, sobornando a Macedonio, magister of f iciorum, y a Volvencio, procónsul de España. Consiguen la derogación de la condena imperial, la reposición en sus respectivas sedes -Salviano había muerto ya en Roma-, y que Itacio fuera perseguido como perturbator ecclesiarum (Sulpicio Severo, Chron., 11,49). Éste se refugia en las Galias y después en Tréveris, donde imita a los priscilianistas en el arte de las intrigas palaciegas para defender su causa, pero momentáneamente no consiguió resultados positivos.Un acontecimiento de índole política vino a influir decisivamente en los avatares del priscilianismo. El a. 383, sublevado el ejército de Britannia, las legiones proclaman emperador a Máximo. Éste, después de vencer a Graciano, se establece en Tréveris. Itacio, perseguido hasta entonces por los oficiales de Graciano, aprovecha la coyuntura política y acude a Máximo acusando a Prisciliano. El usurpador atiende a ¡lacio y ordena que P. y los suyos se presenten en Burdeos, donde un concilio dictaminará sobre su situación. De la celebración y resultados de este concilio (a. 384) sólo sabemos que Instancia fue depuesto y que P. recurrió al Emperador. Las partes contendientes se trasladaron a Tréveris, residencia de Máximo, el cual, a pesar de la oposición del prestigioso S. Martín de Tours (v.) a que un tribunal civil entendiera en causas eclesiásticas y a que se impusieran penas no canónicas por asuntos religiosos, accedió a intervenir en el conflicto. P. fue condenado a muerte el 385, "convicto de maleficio -delito castigado civilmente con pena capital-, de haber estudiado doctrinas obscenas, de haber celebrado reuniones nocturnas con mujeres y orado desnudo en dichas reuniones" (Sulpicio Severo, Chron., II, 50). Cayeron también Felicísimo y Armenio, clérigos; el poeta Latroniano, Eucrocia, Asarbo y el diácono Aurelio. Instancia fue deportado a las islas británicas de Scilly con Tiberiano. Para otros hubo penas menores. S. Martín de Tours logró evitar que se hicieran pesquisas en España con el propósito de liquidar a los demás priscilianistas.El prestigio de los acusadores salió también malparado del proceso. Tiene razón Sulpicio Severo cuando afirma "que tanto los reos como los acusadores fueron dignos de censura" (Chron., 11,50). Idacio tuvo que dejar su metrópoli e Itacio, duramente atacado, aunque trató de justificarse, no pudo impedir que le expulsaran de su sede. Por otra parte la causa de P., cuyos restos fueron trasladados a España con gran veneración, arraigó hondamente en el pueblo, que comenzó a ver en él a un mártir, especialmente en Galicia, donde desde tiempo atrás le defendían muchos obispos. Entre ellos destaca la figura de Simposio de Astorga y de su hijo Dictinio, también obispo, que escribió una defensa del priscilianismo titulada Libra, citada por S. Agustín al combatir este movimiento en Contra mendatium.El Conc. I de Toledo (a. 400; v.) condenará diversas creencias priscilianistas y conseguirá la retractación devarios obispos gallegos, pero no restauró la unidad. Tampoco logra esa unidad la decretal de Inocencio I Saepe me et nimia del 402. A mediados del s. V S. Toribio de Astorga (v.) dirige a S. León Magno un Commonitorium exponiendo la situación de la iglesia hispana y catalogando los errores de los libros apócrifos de los secuaces de P. El Papa contestó combatiéndolos uno a uno, y de su respuesta podemos colegir que el priscilianismo propendía ya claramente hacia el maniqueísmo. Comenzó entonces la decadencia del movimiento. Con todo, en el Conc. I de Braga (a. 561) se alude aún a los priscilianistas. Pocos años más tarde, sin embargo, en el Conc. Bracarense II del 572, el metropolitano de esta provincia, Martín, al dirigirse a los restantes prelados puede ya decir: "Con la gracia de Cristo no hay ningún problema en esta provincia acerca de la unidad de la fe". El peligro del priscilianismo había sido conjurado.V. t.: DUALISMO I; GNOSTICISMO II, 1 y 5.J. FERNÁNDEZ CONDE.
BIBL.: Fuentes: PRISCILIANO, Quae supersunt (opera), ed. E. SCHEPSS, CSEL XVIII; FILASTRIO, Diversarum haeresum liber, recensuit F. MARX, CSEL XXXVIII; SULPICIO SEVERO, Libri qui supersunt, recensuit et comentario critico instruxit, C. HALM, CSEL I; P. OROSIO, Ad Aurelium Augustinum commonitorium de errare Priscillianistarum et Origenistarum, ed. E. SCHEPPS, CSEL XVIII,149-57; S. AGUSTÍN, Ad Orosium contra Priscillianistas et Origenistas, PL 42; INOCENCIO, Universis episcopis in Toletaná Synodo constitutis, PL 20; S. TORIBIo, Asturicensis epístola ad tdatium et Ceponium, PL 54; S. LEÓN MAGNO, Epístola ad Turribium asturicensem episcopum, PL 54; Concilios visigóticos e hispano-romanos, ed. J. VIVES, Madrid 1963.
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