Prerrománico, Arte ARTE
Categoria:
Arte
Comprende el arte p. los diversos estilos de la Europa occidental cristiana entre la ruina del Imperio romano de Occidente (476) y la iniciación del románico (v.), en el primer tercio del s. XI. Diversos factores intervienen en su génesis y desarrollo. De una parte, la diferente intensidad en la romanización de las antiguas provincias del Imperio determina una perceptible diferenciación respecto al mantenimiento de las tradiciones clásicas. De otra parte, la variedad cultural entre el conjunto de pueblos bárbaros que se establecen en las provincias imperiales es otro factor determinante de la fragmentación cultural que se manifiesta en el arte prerrománico. No obstante, existe un elemento de homogeneización radicada en la común creencia cristiana, aunque esta unificación espiritual no se logre plenamente, por las herejías, en esos siglos iniciales de la Edad Media.Rota en principio la unidad artística de Occidente, se crean una serie de estilos que evolucionan con independencia, aunque sus relaciones sean constantes, y en líneas generales mantengan unos mismos principios estéticos; se pueden distinguir dos periodos. El primero, llamado bárbaro (V. BÁRBAROS, PUEBLOS III), comprende desde el s. V hasta mediados del s. VIII; se caracteriza por el predominio del elemento germánico, esencial en la génesis del arte medieval, y se acentúa su diferenciación respecto al pasado, clásico o bárbaro, por su carácter cristiano. A mediados del s. VIII se inicia una segunda etapa, que en sentido estricto puede considerarse p. y que se extiende aproximadamente hasta el primer tercio del s. XI. Este segundo periodo está determinado por la tendencia unificadora que representa la figura de Carlomagno (v.) y por la introducción de dos elementos que suponen un fermento renovador; de una parte, la influencia bizantina, que se recibe fundamentalmente a través de Italia, y, de otra parte, la presencia islámica en la península Ibérica, que supone una vía de penetración de las influencias orientales.Primer periodo. Establecidos en las provincias del Imperio los pueblos bárbaros se crean diversos estilos artísticos, entre los que se distinguen el merovingio (V. MEROVINGIOS II), ostrogodo, celta o irlandés y visigodo (v. VISIGODOS II), como los más representativos. El problema general que se les plantea es el de acomodar sus sistemas de construcción a las exigencias del culto cristiano y, por otra parte, la escasez de medios técnicos y económicos. Se prodigan construcciones sencillas, de mampostería y madera, salvo en los pueblos de raíz goda, en losque su superior cultura y su temprana romanización fundamenta el mantenimiento de las técnicas de construcción en piedra, como vemos en el sepulcro de Teodorico en Rávena y en las construcciones visigodas. En estas últimas, asimismo, se percibe un fuerte orientalismo derivado de su larga permanencia en el Bajo Danubio y su conversión al cristianismo en estas tierras.Salvo en las iglesias visigodas, en las que se advierte una tendencia a la planta central, se extiende el tipo basilical, y se mantiene, como en el arte paleocristiano (v.), la planta central para los baptisterios. Así, las noticias sobre la basílica de S. Martin de Tours, como los baptisterios de Aix, Fréjus, Riez y de S. Juan de Poitiers, como la estructura primitiva de S. Apolinar el Nuevo de Rávena y, como contraste, las iglesias cruciformes, visigodas, de S. Comba de Bande o S. Pedro de la Nave.En este periodo, la escultura es escasa y en este hecho confluyen la tendencia germánica, anticlásica, con el arte paleocristiano, en los que se tiende a eliminar en lo posible los aspectos hedonistas de la escultura pagana. Se logra una escultura ruda, fuertemente expresiva, en la que el carácter simbólico adquiere la primacía. En ella, la fuerte rudeza en la ejecución, la talla a dos planos en búsqueda de efectos de claroscuro y el carácter expresionista son notas distintivas. Los relieves de Jouarre, los de las primeras cruces inglesas, fuertemente influidas por la tradición celta, los relieves de Rávena o los numerosos relieves visigodos son particularmente característicos. En la miniatura (v. MINIATURA, 2) sobresalen las creaciones merovingias de un arte caligráfico y expresionista, como el Leccionario de Luxeuil, las magníficas correspondientes al arte irlandés, ya de fines de este periodo, como el Evangeliario de Lindisfarne (British Museum), fuertemente influido por la tradición celta, y obras discutidas como el Pentateuco Ashburnham (Biblioteca Nacional, París) que se ha estimado obra visigoda. Asimismo asistimos a un intenso desarrollo de las artes aplicadas, fundamentalmente de la orfebrería y la metalistería, con conjuntos de extraordinaria calidad, como los tesoros de Childerico (Louvre), de la catedral de Monza y de Guarrazar (Museo Arqueológico Nacional, Madrid).Segundo periodo. A medidos del s. VIII se inicia una profunda transformación en la cultura europea, encarnada en la persona de Carlomagno, que tiene su continuación en el periodo de los Otones; mientras que en España surge en el s. VIII el arte asturiano (v.) y más tarde el arte mozárabe (v.). Es en el- periodo carolingio cuando se renuevan los sistemas constructivos y se inicia la evolución que ha de culminar en el románico, según se advierte en edificios como la capilla palatina de Aquisgrán y la fijación del tipo de basílica (v. CAROLINGIOS II); mientras que en el arte asturiano se ofrecen soluciones abovedadas, que suponen un claro precedente de las estructuras románicas, y en el mozárabe se introducen ele. mentos de carácter oriental.En este periodo asistimos asimismo a un renacimiento escultórico, que se plasma fundamentalmente en la gran escuela del marfil carolingio, que constituye un verdadero renacimiento de la estética del marfil helenístico-alejandrino. Paralelamente, en las cruces irlandesas se desarrolla una escultura en piedra de gran interés para la creación de la escultura románica monumental y, en torno a Hildesheim, ya a principios del s. xl, se crea por influencia bizantina un taller de escultura en bronce que, tanto por las aportaciones iconográficas como por las novedades técnicas, es de esencial importancia en la renovación artística europea.Pero quizá sea el campo de la miniatura el aspecto de mayor interés de este periodo, aparte de los excepcionales restos de pintura mural conservados. Las grandes escuelas carolingias recogen la tradición de la miniatura oriental e irlandesa y, en sí mismas, suponen una profunda renovación integrando un verdadero renacimiento de este arte, tanto por la excepcional calidad de las obras de la escuela palatina, como por la tendencia alexpresivismo narrativo que caracteriza a la escuela de Reims (v. REINIS II). La tradición carolingia, vivificada por la influencia bizantina, se mantiene en las escuelas otonianas y, ya a fines de este periodo, en el s. X, surge la gran escuela de miniaturistas mozárabes, de capital importancia para la iconografía occidental, por las representaciones fantásticas y su expresionismo.Paralelamente, se renuevan las técnicas de las artes aplicadas, entre las que son de capital importancia las obras de orfebrería, con piezas de extraordinaria calidad y belleza, como el altar de S. Ambrosio de Milán, el de la catedral de Basilea, las cruces de arte asturiano y el cáliz de Santo Domingo de Silos, p. ej., representativas de esta profunda renovación estilística.V. t.: BÁRBAROS, PUEBLOS III; IRLANDA, REPÚBLICA DE VI; MEROVINGIOS II; VISIGODOS II; CAROLINGIOS II; ASTURIANO, ARTE; MOZÁRABE, ARTE.JOSÉ MARÍA DE AZCÁRATE.
BIBL.: L. BREHIER, L’Art en France. Des invasions barbares á Vépoque romane, París 1930; H. JANTZEN, Ottonische Kunst, Munich, 1947; E. LEHMANN, Der frühe deutsche Kirchenbau, Berlín 1938; J. HUBERT, J. PORCHER y W. F. VOLBACH, La Europa de las invasiones, Madrid 1968; J. HUBERT, J. PORCHER y W, F. VOLBACH, El imperio carolingio, Madrid 1968; W. BRAUNSFELS y H. SCHNITZLER, Karl der Grosse, Dilsseldorf 1965; J. BECKWITH, El primer arte medieval, México-Buenos Aires 1965; J. HUBERT, L’art Aréroman, París 1938; íD, L’architecture religieuse du haut Moyen Age en France, París 1962; P. DE PALOL y M. HIRMER, Spanien. Kunst des Fruhen Mittelalters, Munich 1965.
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