Positivismo I. Filosofia B. Positivistas. FIL.
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Filosofía
1. Positivismo sociológico. 2. Influencia de Comte. 3. Positivismo ético. 4. Positivismo gnoseológico. 5. El positivismo en la actualidad.La amplitud del principio fundamental del p. -atenerse tan sólo a los "hechos" y considerar como tales sólo a los captados por los sentidos y capaces de ser sometidos a una verificación cuantitativa- explica la dificultad de reducir a los pensadores que se proclamen "positivistas" a un solo y bien delimitado patrón. De hecho existe a lo largo del s. XIX, como herencia del empirismo (v.) y como reacción frente a los excesos dialécticos del idealismo (v.), una serie de actitudes "positivistas": diversos biólogos, economistas, evolucionistas, materialistas, naturalistas, pragmatistas, sensualistas y utilitaristas se consideran con positivistas, en sentido sociológico, ético y gnoseológico. Esa amplitud y, en cierto modo, indeterminación del p. hace que resulte muy difícil hacer su historia. No seguiremos, pues, un esquema cronológico, sino sistemático, mencionando a los representantes de esas tres líneas de tipo positivista que acabarnos de señalar. Comenzaremos por la línea sociolfigica, cue es la que, en la historia del pensamiento, ha retenido especialmente el nombre de p.1. Positivismo Sociológico. Aunque este p. está centrado en torno a la figura y el pensamisnto de A. Comte (v.)., partió de una idea según la cual existen dos modos de realización histórica que se suceden reiteradamente: las épocas estructuradas u orgánicas y las críticas, necesarias para evitar que las primeras acaben acartonadas y muertas por los "procesos de fosilización" acumulados por el constante uso social. Esta situación es debida, según Saint-Simon, al carácter mismo de la especie humana, capaz de modificar el medio en que vive: la sociedad. Cuando las estructuras de ésta no corresponden ya al grado de desarrollo del hombre, se hace necesaria la modificación del medio social. Por tanto -concluyeno puede existir una normativa socio-cultural de valor universal y eterno, sino que aquélla está en función del tipo de sociedad conveniente. La nueva época, representada por la naciente sociedad industrial de su tiempo, exige, pues -añade-, una nueva estructura y normativa sociales fundamentales en el aprovechamiento máximo de la capacidad productora de la especie humana. Esto obliga a jerarquizar las clases sociales, pero no de acuerdo con normas ético-religiosas, sino de acuerdo con las necesidades de la producción: lejos de todo igualitarismo ético, en la cumbre deberán situarse los científicos, artistas, ingenieros y directores de industria que dirigen la producción y, bajo su dirección, los trabajadores. Cada una de estas dos clases deberá tener su ideología y su ética; una y otra realizarán, concluye Saint-Simon, el ideal de una "nueva religión" y un "nuevo cristianismo" -que reduce a tina simple fraternidad- donde el "taller" sustituiría al "templo".Los más fieles seguidores de Saint-Simon, como S. A. Bazard (1791-1832) y B. P. Enfantin (1796-1864), evolucionaron hacia posiciones revolucionarias, que acabaron diluyéndose dentro de las corrientes del socialismo precientífico y utópico. Así sucede con F.-Ch. Fourier (v.), que, partiendo de R. Owen y Saint-Simon, y aceptando totalmente la concepción sociológica de este último, concreta su ideal de una sociedad mejor arbitrando un instrumento para realizarla: sus famosos "falansterios". El hombre -piensa- vive aprisionado en la sociedad actual, sin poder realizarse y desarrollarse porque, ignorante de las leyes permanentes del perfeccionamiento social, ha estructurado las formas sociales a base de las impulsividades elementales del egoísmo individual. Es preciso, pues, un cambio de estructura social; para lograr la revolución -añade- no hacen falta medios violentos y coactivos, sino la constitución de grupos sociales autolimitados, de alrededor de un millar de miembros cada uno -a los que llamó "falansterios"-, cuya misión es crear un grupo social capaz de autosa tisfacerse en sus posibilidades de desarrollo. Sólo cuando se universalicen los "falansterios" -pensaba Fourier- se obtendría el auténtico estado social y se alcanzaría la sociedad orgánica y positiva del nuevo tiempo. La tendencia del saintsimonismo hacia la utopía culmina con la actitud de P.-l. Proudhon (v.), cuyo puesto corresponde propiamente al socialismo utópico, siendo uno de los padres del moviirtiento anarquista (v. ANARQUISMO). La sociedad -dice-, siendo condición del hombre, tiene que ser rigurosamente positiva, o sea, adecuada al modo de ser humano; ahora bien, las sociedades que conocemos son radicalmente injustas y, por tanto, deben ser destruidas y sustituidas por la sociedad justa. Esta última no sólo debe prescindir de la opresión de unos hombres por otros, sino incluso del propio Estado, que por su naturaleza es también coercitivo.Esta evolución del saint-simonismo hacia la utopía ha hecho que la Escuela saint-simoniana no sea considerada al Locer la historia del p., y que se presente a A. Comte (v.) como el fundador del psociológico. Pero conviene recordar que Comte fue secretario de Saint-Simon y colaborador en la publicación Le Producteur, órgano oficial del saint-simonismo. Hecha esta reserva hay que reconocer a Comte el carácter de estructurador de la filosofía positivista. Sus líneas fundamentales son:a) Comte no oculta que su propósito último no es exponer una teoría, sino realizar una praxis: la reforma de la sociedad. Esto -dice- sólo puede lograrse por los medios específicos del modo de ser humano, o sea, por el saber; y para reformar a éste hay que partir de su cauce fundamental: el método. Por tanto, será preciso cambiar la metodología del saber humano. Para ello hay que partir de lo más evidente: lo que la historia nos ha ido enseñando acerca de la Humanidad; después habrá que establecer cuáles son los saberes humanos y cómo se organizan y estructuran en una sociedad a nivel de los tiempos; finalmente, podrá considerarse cuál sea la auténtica estructura positiva de la sociedad, lo que permitirá proceder a la reforma de la actual.
b) La filosofía de la historia, que resume la experiencia histórico-social del hombre, se compendia, según Comte, en el principio de la sucesión de "tres estadios": teológico, metafísico y positivo (v. HISTORIA v). De acuerdo con una visión naturalista, Comte intenta reconstruir la historia humana hasta trazar un cuadro en el que su pensamiento aparece como el momento culminante de la humanidad. El hombre -dice- al principio se ocupó sólo de satisfacer sus necesidades primarias, sin tener aún ningún atisbo superior. Sólo luego, satisfechas esas necesidades, quiso explicarse la razón última del inextricable conjunto de fenómenos naturales, psíquicos y sociales, y recurrió para eso a una explicación religiosa, atribuyendo a fuerzas ocultas y sobrenaturales la causalidad de dichos fenómenos y su último y definitivo sentido. Al principio, vinculó dichas fuerzas con objetos concretos (fetichismo); después, con divinidades múltiples y peculiares; finalmente, con un Dios único y todopoderoso. A cada una de estas concepciones corresponde una forma social: la familia, la tribu y la monarquía, respectivamente, con una doble organización: religiosa y político-militar. El monoteísmo teocrático y monárquico, al encerrar todas las fuerzas de lo divino en un solo ser intemporal, eterno y de "otro" mundo, permite la despersonalización y abstracción del estado social, dando así paso al segundo estadio, el metafísico. En éste -dice- la fuerza de lo divino es sustituida por la de las ideas abstractas, permitiendo así el despliegue de las fuerzas intelectuales y la constitución del primer Estado moderno. Pero la fuerza de la razón humana -añade- descubre en seguida que las presuntas ideas del periodo metafísico encierran auténticas hipóstasis tautológicas, que son prejuicios y no resultados, abriendo así el camino al tercer y definitivo "estadio", el positivo. este se corresponde con los "nuevos tiempos" (la era industrial), que exige, en primer lugar, no sólo la ruptura con las supervivencias de los estadios teológico y metafísico, sino también la superación de la fase crítico-escéptica, para la construcción de la auténtica ciencia-positiva y de la futura sociedad positiva. Esta construcción apriorística de la historia -que no sólo reposa en un postulado naturalista y ateo, sino que ha sido desmentida en casi todos sus puntos por las investigaciones etnológicas e historiográficas- rige todo el resto del pensar comtiano.c) La ciencia humana, en cuanto quehacer del hombre, ha tenido -continúa Comte- que pasar también por los "tres estadios"; pero, por la índole misma de la ciencia, la de un estado apunta ya al estadio siguiente. Es ciertoque, en su origen y principio, el saber está vinculado con el periodo social a que pertenece, pero por su virtualidad de indagación anticipa el nuevo periodo, apuntando siempre hacia lo que es su justificación última: su positivización. Esto ha hecho -concluye- que existan ciencias que rápidamente, incluso en el estadio teológico, se hayan positivizado. De hecho el orden en la jerarquía de los saberes corresponde al grado y antigüedad de positivización alcanzados; en este sentido, la base de todo saber la constituye el más antiguo y positivizado de los saberes: la matemática, al que siguen la astronomía, la física, la química y la biología; la cumbre del saber está formada por la última de las ciencias, la sociología, cuya complejidad, tanto por la índole de su objeto (los fenómenos sociales), como por necesitar de los resultados de las otras ciencias, hace que su nacimiento sea reciente y su positivización inmediata. El carácter positivo del saber no reside en su mayor o menor grado de "positivez" intrínseca, sino en su situación actual respecto al estadio positivo; de aquí -afirma- la extraordinaria importancia de la sociología, cuya constitución y desarrollo anuncia el advenimiento del estadio positivo definitivo y total. Ciertamente, añade, para que esto suceda se precisa de un conocimiento del hombre en su dimensión social, que pueda proyectarse, siguiendo el método positivo, en una doble sabiduría: estática y dinámica de la condición social humana.d) La estructura positiva de la sociedad (v.), posibilitada por la sociología positiva, debe partir -y Comte se aproxima así a la praxis- de la nueva jerarquía que estos conocimientos postulan: el poder espiritual para los "sabios", el temporal para los "hombres de empresa", ya que el conocimiento positivo abstracto y general que alcanzan los sociólogos (los sabios por antonomasia según Comte) y el saber concreto que realizan los industriales u hombres de empresa les capacita para estructurar la nueva sociedad positiva. Ni que decir tiene que en esa sociedad no hay lugar para ninguna trascendencia ultramundana ni divina, ni para ninguna realidad metafísica. La misma ciencia positiva, tal y como la concibe Comte, sólo es ciencia en cuanto se limita a observar, medir y verificar las observaciones y medidas. Idea ésta que Comte aplica tanto a los llamados comúnmente fenómenos físicos, como a los fenómenos espirituales, que, según Comte, se reducirían a estrictos fenómenos éticosociales, de índole sustancialmente igual a la de los fenómenos físicos.e) La sociedad positiva no se reduce, en Comte, a una formulación positiva del saber, sino que constituye un Estado total, con su peculiar orden y estructura. El "primer estado moderno" -dice exponiendo su visión del desarrollo de las instituciones políticas-, típico del estadio metafísico, se limitó a reproducir el periodo monárquico del final del estadio teológico, bien que prescindiendo de la "dogmática católica". Protestantismo, revolución y liberalismo han sido, dice, los tres factores críticos que facilitaron la destrucción del sistema precedente, pero que deben ser sustituidos a su vez por un nuevo y definitivo orbe universal: el estadio positivo, cuya sociedad debe organizarse de acuerdo con los principios de unidad y universalidad católicos, bien que separados de la dogmática eclesiástica. La estructura de esta sociedad la ve Comte con mirada saint-simoniana: una sola estructura: el p. total; un solo protagonista: la Humanidad entera en su presente, pasado y futuro; una sola moral: la estática altruista que tiene al amor como principio, el orden como base y al progreso como fin. Era, por tanto, inevitable que -pese a su crítica de las hipóstasis metafísicas-, acabase dando a esa Humanidad única en su pasado, presente y futuro, el papel de "lo divino". Su pensamiento acabó de hecho en el intento de un "paso a la religión de la Humanidad", a cuyo estudio dedicó los últimos años de su esfuerzo especulativo.2. Influencia de Comte. La influencia de Comte fue extraordinaria, aunque matizada por las diversas posiciones de sus seguidores y por las otras tendencias positivistas propias del s. XIX. El ambiente de reacción frente a los excesos dialécticos del idealismo contribuyó a que causara fuerte impacto. En el pensamiento inglés, caracterizado desde el s. XVII por sus posiciones empíricas, difundieron sus ideas J. S. Mill, G. H. Lewes, H. Martineau y R. Congrave. A partir de Inglaterra llegó a Estados Unidos y, de un modo u otro, a la totalidad de los países occidentales. Dejando para después (v. 3) la exposición de las ideas de Mill, tracemos un panorama de la difusión y desarrollo del p. comtiano.a) G. K. Lewes (1817-78), famoso por su relación sentimental con la novelista George Eliot, propagó el pensamiento comtiano, bien que mezclado con ideas peculiares del evolucionismo de Spencer (v.). Lewes parte de lo empírico, pero hacia un "metaempírico" que lo fundamenta y, en cierto modo, lo constituye. El método positivo, tal y como él lo entiende, procura la eliminación, hasta donde es posible, de los elementos metaempíricos, y su sustitución por lo que llama "el pensamiento sintético". H. Martineau (1802-76) fue mucho más estricto en su comtismo, contribuyendo a su difusión a través de la traducción, resumen y comentario del Cours de Philosophie positíve de Comte. R. Congrave (1818-96) atrajo al comtismo a numerosos discípulos, que formarían el grupo de Wadham, que fundó en 1867 la London Positivist Society. En 1893, fue fundada "The Positivisty Review", que cambió su nombre en 1923 por "Humanisty", publicándose hasta 1925. Al grupo de Wadham pertenecieron F. Harrison (1831-1923), J. H. Bridges (1832-1906) y E. S. Beesly (1831-1915).b) En los EE. UU., el p. sociológico de Comte, introducido directamente o a través de la escuela inglesa, se desarrolló principalmente en la dirección del grupo de J. Stuart Mill (v. 3) y fue rápidamente absorbido por el pragmatismo (v.), como sucedió en el caso de W. James (v.).c) Importante fue el comtismo sudamericano, que influyó mucho en la vida social y política de ese subcontinente, y dio origen a la creación de numerosas "sociedades" positivistas, sobre todo en Brasil y, en menor escala, en Argentina y Chile.d) En la Europa no francesa el comtismo fue rápidamente absorbido por las corrientes evolucionistas, materialistas, etc. En España fue recogido por los pensadores procedentes del krausismo (v.), influyendo especialmente en N. Salmerón, lo que raramente se señala, por el casi universal desconocimiento de sus ideas.e) La continuidad del comtismo hay que buscarla sobre todo en el pensamiento francés entre 1848 y 1919. Las figuras más representativas fueron Littré, Laffitte, Taine y Renan, a los que puede añadirse Lévy-Bruhl, de los que tratamos a continuación.É. Littré (1801-81) fue uno de los más fieles seguidores del p. comtiano, sobre todo en su aspecto metodológico y materialista; por eso, al consagrarse Comte a la "religión positivista", Littré rompió con su maestro. No sin razón, Littré consideraba que el p., y más aún en laformulación sociológica de Comte, exigía no sólo el ateísmo, sino la ruptura con toda religiosidad: la aplicación de la teoría de los tres estadios a la evolución de la ciencia postula como solución final un saber que no necesita de nada más: el positivo. Si al atenerse a este saber y a nada más se le quiere dar categoría religiosa, hay que decir que la única religión posible sería la atea. Littré desarrolló su pensamiento entre 1863 y 1871, de acuerdo con los anteriores principios, ejerciendo un verdadero magisterio positivista sociológico y ético durante el Segundo Imperio. A partir de 1871, se dedicó a la vida política, aplicando los principios positivistas al conservadurismo más acendrado.P. Laffitte (1825-1903), profesor de Historia de la ciencia en el College de France, fue captado por el p. de Comte en 1844, convirtiéndose en el más comtiano de los positivistas; ni siquiera cuando Comte empezó a desarrollar la "religión positivista" Laffitte abandona a su maestro. Por esto, poco antes de su muerte, Comte nombró a Laffitte su sucesor, convirtiéndole en "gran sacerdote" de la "religión positivista", cargo que ocuparía Laffitte hasta 1897, cuando, a su vez, fue reemplazado por su discípulo J. Jeannolle. Laffitte no elaboró ningún pensamiento propio. En los dos volúmenes de su Cours de philosophie premiére hizo un excelente resumen bien sistematizado de la filosofía comtiana, consagrando todos sus esfuerzos en difundir, comentar, sistematizar y defender al comtismo contra adversarios y contra los mismos positivistas "heterodoxos".H. Taine (v.; 1828-93), profesor desde 1864 en la École des Beaux Arts de París, desarrolló el p. sociológico en torno a los problemas éticos y estéticos. La parte más original de su pensamiento, que ejerció gran influjo en la literatura francesa del último tercio del s. xix, es su doctrina del "medio ambiente". Todo proceso sociohistórico, según él, está determinado a una peculiar estructura social: le milieu, que puede y debe ser estudiado con la metodología peculiar del resto de los fenómenos naturales. Por tanto, se puede observar, medir, cuantificar y verificar y, sobre estos datos, pueden hacerse extrapolaciones que prevean los acontecimientos sociales. Taine aplica esta concepción a la investigación y explicación de las ciencias históricas, literarias y estéticas. El éxito de Taine está ligado a que, muchas veces, no es fiel al p. que postula, pero también a su intento de crear una morfología de la cultura de tipo constelar. Así, para Taine, todos y cada uno de los hechos socio-históricos de un periodo forman una constelación articulada perfectamente con el conjunto de fenómenos sociales totales. La labor del pensador consistirá en analizar estas constelaciones, verificando cada uno de los hechos con su entorno, para insertarlos de nuevo, dilucidados y explicados, en el orden social total. Este planteamiento hizo que Taine se acercara en algunos puntos a la filosofía de Hegel (v.), introduciendo el principio según el cual la fórmula más total y general de todos los conjuntos de hechos del mundo es, por su propia naturaleza, el creador universal del cosmos; la abstracción más universal sería así el Absoluto, que operaría determinando las constelaciones de fenómenos de cada momento histórico.Renan (v.) suele ser incluido dentro del movimiento positivista sociológico; pero en realidad Renan no sólo no fue comtiano, sino que incluso criticó abiertamente la filosofía de Comte, acusando a éste de superficial y vano. El p. sociológico de Renan procede, pues, más del ambiente positivista del s. XIX que de las influencias de autores positivistas concretos. Posiblemente, ese ambiente pesó ya en la crisis espiritual que le apartó del catolicismo, y en su desconfianza de un hipotético saber metafísico, capaz de explicar al Universo y al hombre. Por tanto, concluye el joven Renan, hay que atenerse al único posible saber: el de las ciencias positivas, únicas de cuya validez, dice, tenemos pruebas. Dentro de estos saberes positivos, la base fundamental está constituida por los tres grandes saberes científicos llenos de novedades en su tiempo: la astronomía, la química y la fisiología, que descubren lo que sea el cosmos y el microcosmos. Sólo a esto puede dársele, si se quiere, el nombre de Dios. Las ciencias histórico-sociales aún no han alcanzado -dice- un nivel de desarrollo positivo tan alto, por la simple razón de que son saberes en permanente devenir. Como Taine, también Renan se acercó a la doctrina hegeliana del devenir histórico y a una implícita metafísica llena de ecos idealistas. Su p. se convierte así, en cierto modo, en idealismo. Pese a su famosa afirmación "soy romántico en oposición al romanticismo", Renan piensa que la nueva ciencia positiva es el sustituto del ideal religioso; sostiene, igualmente, que hay que creer en el progreso (v.) ilimitado de la Humanidad, y no sólo por el continuado y tenaz desarrollo de los saberes positivos, sino por el paulatino proceso de etificación del hombre que culminará con la realización plena del ideal humano. Por otra parte, los rigurosos estudios históricos a que dedicó gran parte de su vida, en especial los escriturarios y semíticos, le libraron de convertir el método positivo en dogma y de encerrar la historia en esquematizaciones. El estudio de los hechos históricos pone de relieve que la historia no es una cadena de determinaciones cerradas y definidas. Lo que observamos -dice- es algo muy diferente: el condicionamiento socio-histórico en el que actúan, condicionados, pero no condenados, los "genios de la historia", que por sus actos pueden conseguir incluso la modificación del medio social en que actúan. Por tanto, concluye, son estos hombres de excepción los que deben tomar a su cargo la orientación, la dirección e incluso el control por medio del poder de los restantes hombres, que, por sí solos, serían incapaces de acceder al progreso por medio de la ciencia positiva y de la realización de la eticidad.Algunos historiadores consideran que el último de los grandes positivistas de la línea sociológica fue L. LévyBruh1 (1857-1939), profesor de la Sorbona y famoso por sus estudios sobre la mentalidad del hombre primitivo. En realidad Lévy-Bruhl piensa que, en cierto modo, el p. sociológico se ha quedado a mitad de camino al reconocer que la eticidad es un fenómeno natural social, pero dándole un valor progresivo absoluto. Por el contrario, la eticidad, según Lévy-Bruhl, es un conjunto de normas y valores morales concretos que pertenecen de modo natural a cada situación histórica y a cada grupo social. La moral, pues, no es absoluta, sino relativa, ya que tiene un ámbito, un milieu, determinado y específico y sólo dentro de él se constituye como absoluta eticidad. La razón de esta situación no es de índole práctica, sino teórica, ya que lo que cambia no son las circunstancias históricas, sino la mentalidad misma del hombre, o sea, la actitud con que el hombre enfrenta y comprende el cosmos. Lévy-Bruhl ejemplifica su concepción mediante el estudio de la mentalidad de los pueblos que acostumbramos a llamar primitivos (v.), y que en puridad no son tales y mucho menos salvajes o no civilizados. Lo que ocurre es que tienen una mentalidad distinta de la nuestra; según él, no pertenecen, pues, a la civilización "lógica",sino a la "mágica" -que sería, dice, "prelógica"-, en la que la imagen y el mito (v.) dominan sobre la abstracción y el sistema de signos y símbolos. Así, cada situación histórica y cada grupo social tienen su peculiar estructura, con la que se vincula la mentalidad del hombre y su concepción ética.3. Positivismo ético. Vamos a referirnos aquí al p. ético de, raíz no sociológica, es decir, distinto del comtiano ya estudiado. Está representado ante todo por el utilitarismo (v.) filosófico, cuyas raíces son muy anteriores al p. comtiano. Este utilitarismo filosófico -distinto de la postura practicista propia del utilitarismo vulgar (egoísmo)- consiste en sostener que las categorías axiológicas coinciden con la utilidad respecto a la especie humana. La naturaleza, para que el hombre pueda desarrollarse y perdurar, lo ha sometido a dos principios de autorregularización: el dolor y el placer; la conducta humana consistirá en un equilibrio que, evitando el primero, permita realizar más y mejor el segundo. Empresa no fácil, sobre todo cuando se entiende el placer, como hace el utilitarismo, como felicidad total del individuo en su condición social, lo que implica también la felicidad de ésta. Lo positivo, pues, consiste en atenerse a esta dimensión utilitaria de la felicidad. Esta concepción ha sido matizada de formas muy diferentes, a lo largo de la historia. Los autores más importantes son J. Bentham y los dos Mill.J. Bentham (v.) orientó decisivamente el p. utilitarista al sentar las ideas sobre el dolor y el placer que acabamos de exponer, y que formula diciendo que la vida está regida por el "principio del interés". Para escapar del egoísmo social que implicaría la realización individual del principio de interés afirma que éste, en cuanto único principio de felicidad válido, pertenece fundamentalmente a la dimensión social de la especie humana. Proyectado, pues, sobre la sociedad, este principio puede formularse diciendo que consiste en proporcionar la mayor cantidad posible de felicidad al número más grande posible de seres humanos; esto le lleva a Bentham a identificar la felicidad posible con el mínimo vital, en todas sus dimensiones, que puede asegurarse a todos los seres humanos. El pensamiento de Bentham influyó fuertemente en el campo de la ideología burguesa liberal.James Mill (Northwater Bridge 1773-Londres 1836), director del "Literary Journal" (1803) y de la "St. James’s Chronicle" (1805). Para J. Mill, la base científica del carácter positivo de la ética utilitarista residía en la reducción de todos los fenómenos psíquicos a un estricto, bien que complicado, mecanismo de asociación y análisis del acto fundamental estrictamente sensible. Dichos mecanismos están regidos por las rigurosas leyes de la asociación, en especial por la de contigüidad espacio-temporal. En el resto de su pensamiento ético, se atiene rigurosamente al utilitarismo de Bentham.John Stuart Mill (v.), por el contrario, advirtió la insuficiencia de la mera cuantificación mecánica asociativa para explicar todo el rico mundo de la conducta ética humana y reconoció que las afecciones tienen que tener una dimensión cualitativa; la experiencia natural enseña que hay tipos de placer más deseables que otros y cuya diferencia de valor no es atribuible a la cantidad sino a su misma índole intrínseca. Por tanto, los placeres intelectuales y las afecciones son superiores a los meramente sensibles. La felicidad no consiste en la mera satisfacción hedonista. Pese a sus coincidencias con Comte, J. S. Mill hizo un esfuerzo por superarlo intentando sentar las bases lógicas y psicológicas del conocimiento positivo. La lógica debe arrancar de la teoría de la inducción, ya que los hechos científicos son fundamentalmente inductivos, y la previsión fenoménica está, por tanto, apoyada en la probabilidad, que, si bien prácticamente es segura, no es cierta de un modo teórico absoluto. La teoría de la inducción se apoya en cuatro reglas principales: concordancia, diferencia, residuos y variaciones concomitantes. La psicología parte del principio general de la asociación; los hechos psíquicos consisten en una asociación, unas veces simple, las más de las veces extraordinariamente complicada, de fenómenos elementales; la psicología debe apoyarse, por tanto, en las relaciones que se establecen entre dichos estados y las leyes que de ellas se derivan. Por tanto, la base real última positiva de todo saber es la experiencia elemental, tanto en psicología y ética, como en lógica y matemática. La ética y demás ciencias morales y sociales se apoyan así, según Mill, bien que indirecta y complejamente, en hechos elementales de cuya concurrencia surgen; son, pues, previsibles y están sometidos a la categoría de cualidad -hay unos que tienen un valor mayor que otros-, y a la de la cantidad, lo que hace que los valores de la totalidad primen sobre los del egoísmo individual.Recientemente, 1. 1. C. Smart (An outline o)< a system o/ utilitarism, Nueva York 1961) ha defendido un p. utilitarista que ha calificado de "extremo". Según él la actitud general positivista sería un simple "positivismo utilitarista de normas". Su posición, por el contrario, respondería al riguroso p.; el utilitarismo de los actos, único científico -dice- en tanto no está condicionado por actitudes ideológicas previas, es positivo (busca la mayor felicidad posible) y es hedonista. Su proyección social se realiza por estricta benevolencia y no por altruismo.4. Positivismo gnoseológico. La raíz fundamental del p. gnoseológico se expresa con claridad en la tesis de F. Brentano (v.): "el método de la filosofía no es distinto del de las ciencias naturales". A la hora de entender esa afirmación las interpretaciones son múltiples, por cuatro razones principales: a) la existencia en la segunda mitad del s. xix de un ambiente positivista que afecta incluso a posiciones procedentes de sistemas metafísicos, como sucede con el neokantismo (v.) -en especial con la escuela de Baden-, con Gatry (1805-72), y con parte de la neoescolástica (v.); b) la distinción entre un p. formalmente expresado y otro históricamente condicionado; c) la mayor o menor amplitud que se dé al contenido material formalmente expresado como positivista; y (1) la distinción entre el p. científico, piedra angular de la ciencia físico-natural del s. xix, y el p. socio-histórico, que se expresa en doctrinas económicas, filosóficas, históricas, políticas, religiosas y sociológicas.La postura de Brentano -cuya esfera de influencias va desde la fenomenología (v.) a la teoría del objeto de Meinong, pasando por la escuela de Praga, la teoría de los valores y el propio "círculo de Viena"- nace de su repulsa de los excesos dialécticos del idealismo, que habían convertido las aulas de filosofía de las universidades alemanas en "fábricas de azufre", como expresaba una inscripción aparecida en la Univ. de Würzburg, y las había dejado desiertas de alumnos. De ahí una decisión o postulado: atenerse a los hechos, a las cosas mismas. Brentano se mantiene en un "positivismo natural", del que creía encontrar precedentes en el empirismo de Aristóteles (v.) y aun en F. Bacon (v.); Husserl (v.), siguiendo y corrigiendo a Brentano, postula un "positivismo total", que en este sentido exige su autosuperación, para desembocar en posiciones metafísicas.En una línea más decididamente positivista podemos mencionar:a) El materialismo fenomenista de E. Mach parte, como el p., de una negación total de la sustancia y de la metafísica. La única realidad positiva estaría constituida por lo que es capaz de ser captado en forma de sensaciones; la realidad sería lo "dado", el conocimiento sería una "adaptación". El p. de Mach, sin embargo, tiene extraordinaria importancia, tanto por su paralelismo con los de Avenarius y Laas, como por su influencia sobre los pensadores condicionistas y funcionalistas, sobre el socialismo ruso y aun sobre los comienzos del círculo de Viena (V. NEOPOSITIVISTAS LÓGICOS).
b) El neokantismo de H. Vaihinger (1852-1933), profesor de Halle, fundador de los Kant-Sutien (1897) y de la Kant-Gessellschaft (1905), partiendo del movimiento de vuelta a Kant, evolucionó rápidamente en forma personal, en una dirección que él mismo llamaría p. idealista. El conocimiento sólo es explicable si se arranca de su radical utilidad ’biológica; la adaptación al medio obliga a un esfuerzo vital, constituyendo así la primera "forma adquirida" de la especie humana para pervivir. Pero la riqueza de medios de los que ha ido disponiendo el hombre ha hecho que aquéllas tendiesen a independizarse y a actuar autárquicamente, creando ficciones que permitan la adaptación a las nuevas situaciones problemáticas. A dichas ficciones, sin negar por ello su carácter, las consideramos como si (als ob). Esta posición, escribe Vaihinger, es auténtico p., porque se basa única y exclusivamente en los contenidos empíricos de la sensación (lo dado).c) El empirocriticismo de Laas y Avenarius es el movimiento que más propiamente pueda ser calificado de p. gnoseológico. E. Laas (1837-85), profesor de la Univ. de Estrasburgo, se presenta como un abierto defensor de la actitud positivista, que para él actúa permanentemente frente a otra posición antagónica: la idealista. A esta última actitud pertenecieron -según él- no sólo Hegel y sus seguidores, sino Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, etc. En cambio, fueron positivistas Heráclito, Protágoras, Pirron, Berkeley, Hume, Marx y Comte. La posición de Laas está más cerca del pensamiento de Hume, 1. Mill y 1. Stuart MM, que del sociologismo comtiano; en este sentido, Laas defiende el correlativismo, que supone que el acto fundacional del conocer, la sensación (v.), consiste en una coincidencia correlativa del sujeto y del objeto.R. Avenarius (1843-96), profesor de Zurich, representó la más científica de las actitudes del p. gnoseológico. El conocimiento científico -dice- sólo puede arrancar de la experiencia; es, pues, preciso -concluye- que aquélla sea una experiencia pura, no contaminada por la proyección de modelos extraños. Para evitar dicha contaminación, Avenarius parte de un análisis crítico de la experiencia bruta, representada por los juicios del sujeto que -diceestán condicionados por la acción de los órganos de los sentidos y sus correlaciones nerviosas, como éstos por los estímulos físicos y la nutrición. Por tanto, sólo el examen crítico de las variaciones de los órganos de los sentidos y del sistema nervioso permite adquirir una experiencia pura no contaminada, bajo la que discurre la constancia de la estimulación física, que representa el "principio de economía" del pensamiento. La posición de Avenarius ejerció amplio influjo, en especial sobre 1. Petzoldt (1862-1929), R. Willy y K. Hauptmann.d) Diversos pensadores materialistas como Helmholtz (v.) y Haeckel (v.) inciden, de un modo u otro, en un p. gnoseológico; para una visión de conjunto, v. MATERIALISMO.5. El positivismo en la actualidad. Si entendemos el p. en su sentido originario, en cuanto vinculado al ambiente de exaltación del progreso (v.) que tan vivo estuvo en el s. XIX, y especialmente en cuanto relacionado con la actitud comtiana, cabe hablar de un fin del movimiento positivista, e incluso datar ese acabamiento: la guerra de 1914-18. Tres razones fundamentales contribuyeron a ello: a) el caos producido por la catástrofe bélica y sus derivaciones, que arruinó la confianza en la idea del progreso ilimitado y en el valor del saber positivo para desarrollar al hombre y etificar su conducta individual y social; b) la irrupción progresiva de la filosofía materialista, en especial del materialismo marxista, que se presenta como una nueva y más radical reducción del hombre a lo humano, acogiendo así uno de los postulados del p., y c) el desarrollo de corrientes filosóficas que, aun con radicales diferencias, ponen de relieve los límites del p. y los estrechos límites en que ha encerrado al hombre, cercenándolo de la realidad: el pensamiento de Bergson (v.) y las diversas filosofías de la vida (v. VITALISMO); la corriente fenomenológica, especialmente las líneas que se orientaron hacia la metafísica y la ética (v. FENOMENOLOGíA); el existencialismo (v.); el espiritualismo (v.); etc.Sería un error concluir de ahí que el p. ha desaparecido por completo. Como actitud más o menos difusa permanece en amplios sectores científicos y universitarios: la fe en la ciencia, propia de la actitud ingenua del s. XIX, ha desaparecido, pero la mentalidad a que esa fe dio lugar aún subsiste. Con frase sintética cabe decir que la confianza en el p. como "ideal de la Humanidad" ha desaparecido, pero el ambiente positivista continúa. Entre otras derivaciones, merece especial mención, en el campo de la filosofía de las ciencias, el Neopositivismo (v. NEOPOSITIVISTAS LÓGICOS).M. CRUZ HERNÁNDEZ.
BIBL.: Dada la amplitud de los autores relacionados con el p., es muy difícil resumir la bibl. Para una visión de conjunto, además de la ya citada en el art. anterior (A), y en las voces MATERIALISMO y UTILITARISMO: B. MAGNINO, Storia del positivismo, Roma 1955; R. L. HAWKINS, Positivism in the United States (1853-61), Nueva York 1938; L. ZEA, El positivismo en México, 2 vol. México 1943-44; íD, Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica: del romanticismo al positivismo, México 1949; R. SOLER, El positivismo argentino, Buenos Aires 1959; W. M. SIMON, European Positivism in the Nineteenth Century, Londres 1963.
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