Posesos REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
Se entiende por p. aquel hombre de cuyo espíritu se ha apoderado otro espíritu, generalmente maligno, que obra en él como agente interno y unido a él. La Historia de las Religiones no cristianas atestigua con toda evidencia la existencia, e incluso frecuencia, de la posesión diabólica -mejor, posesión por espíritus malignos, ya total, ya parcial-, aunque ofrece pocos casos concretos y detallados de ella.Por una parte, los documentos religiosos se detienen más bien en describir ritos y prácticas apotropaicos de exorcismos y conjuros, que no en detallar los casos concretos a que esos ritos se aplicaban: tales casos concretos se suponen, pero no suelen describirse. Y cuando se hace, se trata más de casos típicos legendarios que de casos actuales -así, p. ej., los casos griegos de Edipo y de Orestes, perseguidos y en realidad poseídos por las Erinias-; casos míticos en que se funda el rito de purificación presente.Por otra parte, los historiadores de religiones no suelen detenerse en este aspecto de posesión maligna. Si no son creyentes, los relegan al ámbito de superstición (v.) no objetiva; si son creyentes, incluso católicos, los consideran como fenómenos secundarios en el orden religioso -y en esto tienen razón-, por lo que suelen dedicarle muy poco espacio. Con frecuencia, se contaminan incluso de los autores no creyentes, dando toda esta materia como algo meramente supersticioso, y tratándolo bajo el epígrafe de magia (v.).No obstante, hay una serie de elementos de orden general, cuya contemplación da a conocer, mejor que caso alguno concreto, la acción maligna entre los hombres, y el temor que en todas las religiones se le tuvo, a veces hasta el punto de depender en gran manera la vida y actitud religiosa de la existencia de esa acción.El primero es la creencia absolutamente universal en espíritus malignos que actúan en daño del hombre, a los que se tiene un gran temor. Creencia que se da, no sólo en las religiones de tendencia dualista -como el mazdeísmo (v.)- lo cual es obvio, sino también en todas las religiones tanto primitivas como históricas. A veces la religión casi se reduce a la lucha contra esos espíritus, especialmente cuando casi se olvida al Ser Supremo; como ejemplos pueden valer el taoísmo (v.) religioso chino, así como los papúes de Nueva Guinea, cuya religiosidad, prácticamente olvidado el Ser Supremo, se centra en el culto a los espíritus con una psicosis de temor a ellos. A veces, aun siendo viva la creencia en el Ser Supremo y el culto a É1, coexiste una especie de culto a esos espíritus malignos para propiciárselos, cual constató el P. Las Casas en los indios de Centroamérica, especialmente en los de la región de Chiapas (v. t. DIFUNTOS I; ESPIRITU II).Es igualmente creencia prácticamente universal que todos los males, desgracias y enfermedades humanas se deben a la acción de esos espíritus malignos. Se exceptúa la muerte (v.), que suele atribuirse a decreto del Ser Supremo, que es también en muchos pueblos, especialmente primitivos, quien la envía inapelablemente a cada uno. Por eso el chamán yamana cree poder curar todo mal y enfermedad, combatiendo a esos espíritus; mas cuando la enfermedad se declara incurable, tiene el recurso a mano: el Ser Supremo ha decretado la muerte, y nada puede hacer el chamán contra la decisión de Dios. Esta creencia se basa en la convicción de la bondad de Dios -o de los dioses-; Dios es bueno, y ama al hombre y desea y procura su bien; si da la muerte, es como castigo de un primer pecado; en realidad su voluntad era hacer al hombre inmortal, y fue el hombre quien incurrió en la muerte por su maldad. Aquejando tantos males al hombre, no pueden ser causados por Dios, sino por espírituscarentes de bondad, que actúan en el hombre por permisión divina, y culpa del mismo hombre.La génesis de esa permisión divina nos la explica otra creencia también prácticamente universal. El pecado (v.) del hombre hace que Dios se aleje de él, perdiendo su protección, y quedando así entregado al poder maligno, que se apodera de él, sustituyendo a Dios: "el que hace el pecado es esclavo del pecado", y mediante él, del espíritu del Mal (v. DEMONIO). Así se salva la bondad divina en esa permisión: no es Dios quien abandona al hombre en poder del Maligno; es el hombre, quien pecando se separa de Dios; impulsa a Dios a alejarse de él, y así queda sin protector ante el Maligno. Esta idea es vivísima en casi todas las religiones; y todos los ritos para liberar al hombre de la esclavitud contraída tienden a destacarla.Consecuencia de todas estas creencias es la existencia en todas las religiones de ritos diversos de liberación: exorcismos, conjuros, encantamientos, con los que se pretende liberar al hombre del poder maligno que se cree le domina. De estos ritos suelen hablar los historiadores de religiones bajo el epígrafe de magia, cuando no de supersticiones. Lo creemos desacertado, o, cuando menos, equívoco y conducente a error, prejuzgando la cuestión. En efecto, tales ritos forman parte de la religión oficial como profesada por el pueblo respectivo; no son algo al margen de ella, y menos todavía opuesto a ella, como serían magia y superstición en sentido estricto. Por eso ordinariamente son llevados a cabo por la misma autoridad religiosa, a cuyo cargo corren los demás ritos de la religión: sacerdotes especializados en las religiones históricas; chamán o hechicero oficial en las arcaicas. En esos mismos ambientes, cuando ritos similares son usados por otras personas no vinculadas a la religión -ordinariamente para hacer mal- se consideran como algo opuesto a la religión y condenable, incluso castigándose con pena de muerte.Además, en esos ritos de la religión oficial destacan elementos de la más pura religiosidad intrínseca, sin los cuales se cree que el rito no tendría eficacia alguna. Tales son: la confesión y arrepentimiento de los pecados para lograr la reconciliación del hombre con Dios, cuya protección le ha de liberar en definitiva del poder del Maligno (v. PENITENCIA I); la oración (v.) y súplica insistente a Dios o a los dioses para que hagan eficaz el rito conjuratorio; la ausencia de toda compulsoriedad con relación a Dios o a los dioses, de quienes se busca obtener el resultado mediante súplica: el rito es compulsorio con relación al poder maligno, no con relación a la Divinidad. Nada hay, pues, aquí que propiamente pueda llamarse magia, o superstición.Es verdad que se añaden gestos, acciones, simbolismos, que parecen mágicos o semimágicos. Lo parecen, pero no lo son. Porque la eficacia no se atribuye directamente a esos gestos, acciones o símbolos, sino más bien a Dios mismo, que actúa por esos ritos. Dichos ritos se consideran como medios o símbolos sensibles para expresar la actitud religiosa de súplica concreta a Dios; o incluso se toman como instituidos o revelados por Él, como símbolo sensible adaptado a la mentalidad del hombre, para significar y producir el efecto deseado. El origen divino de todos esos ritos se confiesa explícitamente en muchas religiones. En los pueblos arcaicos suelen atribuirse al primer antepasado, que los recibiría del mismo Dios su creador; con frecuencia se completan con "revelaciones" posteriores, p. ej., de un Salvador, que instruyó a los hombres en los ritos de parte del Ser Supremo. Donde hay chamanismo (v.) -por cierto muy extendido- suele añadirse la "iluminación" particular alcanzada por el chamán -de ordinario procede de un espíritu bueno, más que del Ser Supremo-. En todo caso, siendo el último origen Dios, todos confiesan que ningún rito puede forzar a Dios.La misma idea de una "revelación" aparece en las religiones históricas; baste citar dos ejemplos. El de Egipto -donde estos ritos están más desvinculados de la religión oficial-, con el texto de la Instrucción para Merikaré: Dios "ha dado a los hombres la magia como un arma (para torcer el curso de los acontecimientos), cuya protección se ejerce tanto de día como de noche"; esos ritos se hacían derivar principalmente de los dioses Thot y Ptah (V. EGIPTO vli). En Mesopotamia, todos los ritos de exorcismos se hacían derivar del dios Enki- el benefactor de los hombres-, y de su hijo Marduk: habrían sido comunicados a Adapa, el primer hombre, creado y favorecido por Enki (V. BABILONIA III; ASIRIA III).De todo ese conjunto de creencias y ritos se concluye que la acción diabólica o maligna, e incluso la posesión verdadera, era cosa frecuente, aunque carezcamos de detalles concretos. Sería inviable una creencia tan firme y universal si no la avalara la experiencia cotidiana. Y especialmente la frecuencia y universalidad de los ritos de exorcismo y conjuro no hubiera podido mantenerse de comprobarse absolutamente ineficaz. Por lo mismo esos ritos, en cuanto expresiones de una religiosidad natural, eran eficaces, al menos con la suficiente frecuencia para que se siguiera prestando fe a ellos. Pero evidentemente carecían de toda eficacia cuando sólo se trataba de males o enfermedades naturales. Por lo mismo, se daban con frecuencia males y enfermedades provenientes de acción de espíritus malignos, que con los ritos se remediaban.Para la posesión diabólica en la Revelación verdadera, de la Biblia y cristianismo, V.: DEMONIO III; EXORCISMOS.A. PACIOS LÓPEZ.
BIBL.: J. BOSON, La religión sunierioacádica y asiriobabilónica, en P. TACCHI-VENTURI, Historia de las religiones, 1, Barcelona 1947, 187-251; E. DRIOTON, La religion égyptienne, en Histoire des religions, dir. M. BRILLANT, París 1953, III, 1-147; M. RUTTEN, Les religions assianiques, ib. IV,1-117; R. LARGEMENT, La religion sumero-akkadienne, ib. IV,118-176; W. KoPPERS, Primitiae Man and his World Picture, Londres 1952; R. PETTAZZONi, La confession des Péchés, París 1932; E. MANGENOT, Démon, en DTC IV, 321-400 y 407-409; Satán, en Études Carmélitaines, 27 (París 1948) 660-664; P. J. DE TONQUÉDEC, Les maladies neroeuses ou mentales et les manifestations diaboliques, París 1938.
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