Polonia (polska) III. Historia Antigua y Medieval. HIST.
Categoria:
Historia
Los vestigios más antiguos de la presencia humana se encuentran en la cueva de Ciemna en Ojcow y en la de Okiennik. En cruce de culturas, los yacimientos prehistóricos de P. reflejan este carácter; se distinguen fundamentalmente tres líneas de influencia: la de Europa central, especialmente en el Norte de Checoslovaquia (cerámica decorada con espirales y meandros); la de la Europa del Nordeste, sobre todo Dinamarca (cerámica de cuello y esférica); la del Sudeste, en particular en Ucrania y Transilvania (cerámica pintada). Más tarde, entre los s. X y V a. C., las presiones de los pueblos del Danubio medio, impregnados de la cultura de los Alpes orientales y la Italia septentrional, introdujeron el hierro. El continuo trasiego de pueblos está escasamente fijado, pero puede admitirse la irrupción de población céltica, proveniente de Moravia, hacia los s. V-IV a. C. y de germanos procedentes de Escandinavia entre los s. I a. C. y I d. C. (godos y gépidos). Estas últimas ramas abandonaron el territorio del Vístula entre los s. II y III, y en el ámbito de la futura P. permaneció, como población dominante, una rama tracia de Transilvania junto a núcleos de pueblos bálticos de gran movilidad. En medio de este trasiego de migraciones y hacia el s. X, P. aparece como territorio histórico, formado por poblaciones eslavas (v. ESLAVOS 1, 4), bajo la dominación de un príncipe: Mieszko I.La formación de Polonia. Del periodo de gestación de la territoriedad polaca sabemos muy poco, aunque puede suponerse que el alejamiento de los centros culturales de Occidente obligó a un progresivo esfuerzo autóctono de superación. En esta línea, podrían aceptarse los logros unificadores de la dinastía Piast (v.), en la región de Poznan (s. IX y X) sobre las tribus básicas: polanos, silesianos, pomeranios, mazovianos y vistulanos. En esa misma época, la política exterior de P. fluctuaba entre un enfrentamiento con los feudales alemanes y la recelosa, pero necesaria, alianza con el Emperador, intentando mantener la supremacía sobre la zona más conflictiva, la del Elba. Tal fue la razón del reconocimiento de Otón I y Otón III por parte de Mieszko I. También en esta segunda mitad del s. X, se completó la cristianización de P. (v.), su autonomía respecto a la Iglesia germánica y la donación explícita de la Iglesia polaca a la Santa Sede por la que se constituía como patrimonio de S. Pedro (966-990), entrando así en la órbita del único poder-capaz de contrarrestar al Imperio. Boleslao I el Grande (992-1025), sucesor de Mieszko, resultó un excelente continuador de la unificación emprendida; aportó, como novedad, a las líneas definidas de la política de su antecesor, la expansión por Oriente (toma de Kiev) y el reconocimiento por la Santa Sede de su status real, largamente solicitado (1024).Mieszko II (1025-34) no fue tan afortunado, a pesar de iniciar su reinado con una impresionante coronación. Las tensiones internas, que la rapidez de la aglutinación había disimulado, y la alarma cada vez más consciente de sus poderosos vecinos, iniciaron una larga tradición en la que se desarrollaron las más amargas etapas de la corona polaca. La amistad frágil con el Imperio, que ya había recibido un duro golpe cuando Boleslao combatió a Enrique II, obligándole a reconocer su dominio sobre Lusacia (paz de Bantzen, 1018), quedó declaradamente deshecha con la lucha entre Mieszko II y Conrado II. Esta vez la coalición imperial, apoyada por rusos y moravos, deshizo incluso la titulación real de P., que quedó de nuevo como tributaria feudal sin calidad de reino (convenio de Merseburg, 1033). Casimiro I (1034-58), hijo de Mieszko II, más realista, volvió a la política de acercamiento al Imperio. El propio Conrado II se mostró partidario de la cooperación, en vistas a la rápida descomposición regional y religiosa, que la dureza de su actuación había iniciado y que prometía causar al Imperio más inquietudes que la existencia de un reino unido de P. Pero a cambio de su cooperación retuvo Lusacia como marca imperial; Pomerania (v.) apenas reconocía el poder de Casimiro.En la larga crisis que siguió, Boleslao II el Valiente (1058-79), aprovechando las tensiones entre Enrique IV y Gregorio VII, fue coronado rey de P. e inició un tímido resurgimiento que no sería duradero. Envuelto en una revuelta político-religiosa, tuvo que exiliarse, y P. cayó en un caos de tribus feudales agravado por las continuas agresiones de rusos, alemanes y checos. En loss del s. XII, Boleslao III Bocatorcida (1102-38) impidió la completa disgregación; venció al emperador Enrique V y obtuvo la soberanía sobre Pomerania, bien que a título de administrador imperial. Preocupado por el problema de la unidad territorial de P., consiguió implantar un nuevo sistema de sucesión que no evitaba el peligro de los repartos territoriales, aunque tenía la ventaja, al menos teórica, de establecer el derecho a la corona de forma independiente a la posesión territorial. Los resultados de tan ambiguo sistema (P. quedaba dividida en cuatro ducados hereditarios y la corona recaería siempre sobre el mayor en edad de la dinastía) no se hicieron esperar. La debilidad interior obligó a Boleslao IV (114673), uno de los sucesores del instaurador del sistema, a aceptar la infeudación de P. al emperador Federico Barbarroja (1157). El sistema de sucesión quedó definitivamente arrinconado, en 1177, cuando el hijo menor de Boleslao III Bocatorcida. Casimiro II el Justo (1177-94), desconociendo los derechos de un hermano mayor, se proclamó duque de Cracovia (v.; el territorio que constituía explícitamente el patrimonio de la corona polaca en la división territorial a la que antes aludimos) y obtuvo el reconocimiento de sus derechos para sus descendientes.La difícil unidad. La obra de Casimiro se insertaba de nuevo en la línea de los grandes luchadores polacos por la unidad territorial, la autonomía respecto al Imperio, e incluso la expansión hacia el E. Pero, en el Oeste, el emperador Enrique el León, uno de los grandes artífices de la expansión germana hacia Oriente, aseguraba la Pomerania para el Imperio (1189). La disgregación interna de los otros ducados polacos (Silesia v.; Mazovia; y la zona de la Gran P.; v.) avivada por la efervescencia de los nobles irreductibles, convertía la unidad de P. en una fórmula, y a lo largo del s. XIII, P. dejó prácticamente de existir, pese a los esfuerzos de la dinastía Casimirida, especialmente los de Leszek 1 (1194-1202 y 1206-27). Pudo mantenerse el ducado de Cracovia, pero los ducados periféricos quedaron desconectados, aglutinándose ocasionalmente en torno a alguno más fuerte (como sucedió a comienzos del s. XIII en torno a Enrique I de Silesia) o tomando decisiones que a la larga afectarían a toda P.; tal, p. ej., la de Conrado de Mazovia cuando en 1226 llamó a la Orden Teutónica (v. ÓRDENES MILITARES) para que cristianizara la Prusia pagana, al N de su ducado. El intervencionismo de la Orden Teutónica y su alianza con los portaespadas livonios resultaría a la larga un problema gravísimo para P. También en ese siglo, funesto para P., los polacos hubieron de enfrentarse a los mongoles, contra los que se distinguieron los últimos representantes de la dinastía Piast alejados de la hegemonía desde la aludida reforma de Casimiro el justo.El final del siglo supuso una aguda crisis en la que se produjeron situaciones contradictorias. Así, la dinastía Casimirida daba líderes autoritarios como Leszek lI el Negro (1279-88) o Enrique I V el Honrado (1288-90), los esfuerzos de la Iglesia polaca, cuya fuerza moral se había fortalecido después de la canonización en 1253 del obispo de Cracovia S. Estanislao (1030-79), declarado patrón de P., habían culminado con la enérgica política del arzobispo Swinka, que consiguió (1295) una vez más la corona real para P., sólo que ahora no se adscribía al ducado de Cracovia sino a Gniezno (en la Gran P.); Silesia se germanizaba abiertamente. En esta coyuntura, Wenceslao II de Bohemia invadió Cracovia primero y la Gran P. después, siendo coronado rey de P. (1300-05) con el apoyo del emperador Alberto I.El periodo de esplendor. Al iniciarse el s. xiv, el resurgir polaco parece arrollador. Ladislao I Lokieteck (1320-33), y sobre todo su hijo, Casimiro III el Grande (1333-70), lograron una P. renovada. Este último se enfrentó con éxito a los grandes problemas de última hora; llegó a un acuerdo con los reyes de Bohemia para que renunciaran a la corona polaca a cambio de Silesia (tratado de Vysehyad, 1339); frenó la agobiante presión teutónica y recortó sus territorios (tratado de Kalisz, 1343); estrechó sus relaciones con Hungría, como contrapeso efectivo contra el Imperio, y, en vista de su falta de descendencia, abrió el acceso al trono polaco a su sobrino, Luis I el Grande de Hungría (tratado de Buda, 1355). Además se lanzó a una reorganización económica, social y cultural, que culminó con la creación de la Univ. de Cracovia (1364). La vinculación de Hungría a la corona polaca no se consiguió sin contrapartida (v. HUNGRÍA III). La aceptación, por parte de la nobleza polaca, del húngaro Luis, hubo de ser pagada en privilegios, que provocaron una debilitación progresiva del poder central y que quedaron estereotipados en el Privilegio de Kassa (Kosice), de exención de impuestos (1374), que reconocía de hecho la autonomía de la nobleza y garantizaba el futuro en ese sentido.Pronto demostró la nobleza el partido que podía sacar de esta situación; poco antes de morir, Luis dejó el trono de P. a su segunda hija, Eduvigis, que casó con el duque de Lituania Ladislao II Jagellón (1386-1434). La unión polaco-lituana, en régimen de igualdad (según el pacto de Vilna, 1401), resultó favorable para ambos Estados, y la inyección de activismo y firmeza en la política exterior, que los Jagellones (v.) lituanos aportaron, dieron su primer y más espectacular fruto en el enfrentamiento con la omnipresente Orden Teutónica, estrepitosamente derrotada en Tannenberg (o Grünwald, 1410) y desmontada progresivamente a lo largo de los decenios siguientes, hasta conseguir la infeudación a la corona polaca de los territorios que controlaban, y la indiscutible soberanía sobre la Orden (tratado de Thorn, o Torun, 1466). Ladislao III Jagellón (1434-44) y Casimiro I V Jagellón (1445-92) elevaron a P. a rango de primera potencia báltica, como uno de los Estados más extensos de Europa (desde el Báltico al Negro, y del Dnieper a los Cárpatos). Pero tanta grandeza escondía la sempiterna debilidad de la falta de una auténtica estructura urbana, al estilo occidental, y de la sein¡independencia de la nobleza feudal, agravada, de forma institucional, por la denominada Constitución de Radom, que aceptaba la incapacidad del rey para legislar sin la aprobación de las dos asambleas nobiliarias (dignatarios y caballeros). Esta cesión total de los destinos del Estado en manos de la nobleza representará, en la Edad Moderna, el talón de Aquiles del poderoso Estado polaco.L. C. ALVAREZ SANTALÓ.
BIBL.: A. P. VLASTO, The Entry ot the Slavs into Christendom, Londres 1970; A. JOBERT, Breve Historia de Polonia, Buenos Aires 1966; R. PORTAL, Les Slaves. Peuples et Nations, París 1965; K. KOSTRZEWSKI, Les origines de la civilisation polonaise, París 1949; J. SOBIESKI, Histoire de la Pologne, París 1934.
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