Poesía Social I. Literatura Española. LIT.
Categoria:
Literatura
La poesía social como forma de poesía. Si bien es cierto que todo arte es social en cuanto que responde a la sensibilidad de un hombre (el artista) estrechamente vinculado, de una manera consciente o inconsciente, a una circunstancia social e histórica concreta, es necesario precisar al máximo al hablar de p. s., pues la afirmación anterior deja la cuestión en un nebuloso estado de vaguedad, abarcando por igual a maneras diametralmente opuestas de concebir el hecho poético.Una primera definición sería la que Arnold Hauser emplea al hablar de la poesía hesiódica: "una poesía más del pueblo, y que se mueve en el mundo de los campesinos. (...) No es que sea precisamente poesía popular, esto es, poesía que el pueblo se transmite de boca en boca, ni tampoco una poesía que pudiese, en las tertulias reunidas alrededor del fuego, hacer la competencia a las anécdotas picantes. Sin embargo, sus temas, sus cánones e ideales son los de los campesinos, los del pueblo oprimido por la nobleza terrateniente". Es decir, sería p. s. la que reflejara como en un espejo los sentimientos de una clase determinada, que de este modo se expresaría a través de la voz de los poetas, o como más tarde dirá Gabriel Celaya: "Lo importante no es hablar del pueblo, sino hablar con el pueblo".Esta definición no es tampoco, sin embargo, del todo exacta, porque los sentimientos expresados pueden ser tanto religiosos, como cívicos o políticos, y evidentemente hallaríamos tres tipos de poesía diferentes. Leopoldo de Luis (n. 1918), en el prólogo de su Antología de la poesía social, aclara: "La poesía social -en mi opinión-, no es lo mismo que la poesía civil. Esta última parte de un principio exaltador de valores, no siempre coincidentes, con la realidad viva del momento histórico. Tienen de común su historicidad, su realismo y su participación épica o narrativa. Pero en tanto que la segunda va a cantar, con tono más heroico que emocionado, la primera va a fundirse con la situación real de las gentes de su tiempo". O más adelante: "La poesía social se vale, con algunos poetas, de la sátira, como hicieron los poetas latinos o como hizo nuestro Quevedo. Pero por ese costado suele escorarse más el poeta hacia la poesía política, cuyo objeto es siempre explícito y claro, llegando al panfleto (...). Por los mismos caminos que con la poesía política, la poesía social puede confundirse con la poesía religiosa, en algunas de sus modalidades. Pero tanto la poesía política como la poesía religiosa, tienen o creen tener a mano solución para los problemas expuestos en su temática, en tanto que la poesía social no prejuzga soluciones, sino que denuncia estados que han de corregirse". Y acaba: "quiere decirse que la poesía social es protestataria, se alza contra una situación que considera injusta y es revolucionaria porque va motivada por un deseo de que se transformen determinadas estructuras sociales".La poesía social como movimiento poético español. En principio, tal aserto lleva directamente a un aspecto importante de la cuestión: el que, al contrario de lo ocurrido con la poesía pura (v.), aquí se trata más de la poesía escrita por un grupo específico de poetas en una época concreta española -años de la posguerra- que de una forma de acercarse a la poesía. Alarcos Llorach, en su estudio sobre la poesía de Blas de Otero (n. 1916), explica la triple vertiente por la que se desarrolló la poesía española de aquellos años: a) la esteticista, nacida bajo el signo de Garcilaso, cuyo centenario había sido celebrado únos años antes, en 1936, "como reacción ante una realidad hosca" que se quería ignorar, o bien en otros casos como medio de "acallar los gritos interiores", dado el temor justificado de muchos poetas a ser demasiado sinceros, pues nada mejor que hacerlo distrayéndose con "minucias primorosas y abalorios formalistas"; b) la religiosa, que trae un Dios, "creído o creado" por el poeta con el que dialogar buscando refugio o fortaleza; y c) la "poesía desarraigada", en frase de D. Alonso, que lleva a cabo lo que de una manera profética había vaticinado A. Machado años antes, la conducción de la poesía hacia metas de temporalidad . e historicidad concretas y localizables.Si el libro de D. Alonso (v.), Hijos de la ira, publicado en 1944, es el aldabonazo que marca el comienzo de la nueva época, no puede olvidarse que la tendencia estaba en el ambiente y, de hecho, ya había dado varias obras importantes dentro de la misma generación del 27 (v.), como Las Nubes de Luis Cernuda, publicado en 1943, y Entre el clavel y la espada de Rafael Alberti (v.), en 1941 (y no citamos los poemas últimos de Miguel Hernández (v.), por su aparición posterior a la del libro de D. Alonso). Sin embargo, la lejanía geográfica y la calidad de exiliados políticos dificultaba en aquellos momentos la entrada de sus libros, así como los del resto de poetas que abandonaron España en las postrimerías de la contienda, por lo que en justicia corresponde a D. Alonso el puesto de iniciador del movimiento dentro de la Península. Hijos de la ira, en frase de Alarcos Llorach, "rompe violentamente con el formalismo, irrumpe virulento en el marasmo poético y sacude las conciencias, transformando esa poesía de plegarias e imprecaciones generales a la divinidad en confesión profunda, tremenda en algún caso, aunque no trernendista". Desde su primer verso "Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas", fluye áspero, hiriendo una sensibilidad demasiado acostumbrada por entonces a la suavidad expresiva, falsa y acaramelada. Con todo, la influencia mayor, menos sonora pero más efectiva, la ejerció otro poeta, también del 27, Vicente Aleixandre (v.), que en ese mismo año publica Sombra del Paraíso, evocación nostálgica del mundo en estado de pureza primigenia perdido por el hombre. Aunque expresivamente aún está dentro de la línea de su libro anterior La destrucción o el Amor, ya ha dado un enorme paso adelante hacia la consecución de un lenguaje diferente, tal y como aparecerá en su obra posterior Historia del corazón. Temáticamente, en poemas como Padre mío, Ciudad del Paraíso, o Hijos de los campos queda marcada la evolución hacia la humanización de un poeta cuyo canto se había dirigido con anterioridad hacia lo cósmico del mundo.En realidad, salvo Gerardo Diego (v.), el terrible impacto de la Guerra española, despertando su conciencia social, condujo a toda la generación superviviente del 27 hacia una poesía más cercana a la realidad histórica del momento. Ya Cernuda en su Historial de un libro, dice refiriéndose a aquellos años: "Ninguna otra vez en mi vida he sentido como entonces el deseo de ser útil y de servir". Naturalmente, el compromiso a que se adscriben los poetas del 27, en su segunda época, y los de las recientes generaciones es un tanto ambiguo. Y desde la postura serena, pero negativa, de Cernuda (baste recordar sus versos: "¿España? -dijo-. Un nombre/. España ha muerto") o el mismo Alberti (v.), hasta la exaltada de León Felipe (v.) o la sarcástica de Jorge Guillén (v.) (Potencia de Pérez), no desprovista de amargura, pasando por el humanitarismo más literario que real del último Neruda (v.), son demasiadas las divergencias de cada poeta, si bien todos ellos mantienen una común preocupación por el hombre, real e históricamente considerado. De ahí que buscando un mayor acercamiento a los demás el poeta emplee un lenguaje volcado hacia lo coloquial y directo, en contraposición con el lenguaje de alquimia y laboratorio de las generaciones anteriores. Es significativo que un libro de uno de estos poetas de la posguerra, Blas de Otero, lleve por título el lema A la inmensa mayoría, réplica a aquel "a la inmensa minoría", a la que Juan Ramón Jiménez (v.) se jactaba de dirigir su obra.Sin embargo, hay una diferencia entre los poetas del 27 y esta nueva generación. Mientras aquéllos aprovechan su enorme experiencia formal anterior, de manera que suspoemas, no por estar al servicio de un contenido social, dejan de ser "estéticamente" poemas, algunos de los poetas de la nueva hornada, los de acento más premeditadamente social, no siempre lo logran, y, a fuerza de buscar un lenguaje cotidiano y directo, acaban en muchos casos por caer en vulgar prosaísmo y en composiciones formalmente defectuosas, con lo cual muy improbablemente el supuesto "mensaje" del poeta gane en eficacia, porque como ya dijo alguien poco sospechoso de enemistad con la función social de la poesía, Mao Tse-tung, lo primero que debe exigírsele a un poeta revolucionario o social es que sea buen poeta, ya que de lo contrario la asociación de ambos términos sería un contrasentido.El desprecio con que algunos de estos poetas se refieren a esta parte, esencial en el acto de creación ("Técnica: ¡Qué aburrimiento! ", dice Gloria Fuertes, n. 1918), no deja de ser, como en el caso de Unamuno (v.), una postura poco convincente, sobre todo si se piensa que perfección estética y verdad humana o social no tienen por qué ser términos que se excluyan. Por eso, cuando Gabriel Celaya (pseudónimo de Rafael Múgica, n. 1911) dice: Maldigo la poesía concebida como un lujo/cultural, por los neutrales/que, lavándose las manos se desentienden y evaden, cabría preguntarse, en general, si no se estará alterando el orden lógico del problema. Si la cultura es un lujo de los neutrales es debido a la mayor o menor incultura del pueblo, al que por causas de dominio de clase no se ha educado para gustarla o entenderla. Es esto último lo que hay que solucionar, y la mejor manera de hacerlo, no es eliminando las ventajas que la cultura ofrece al artista. El que arte y clase dominante puedan ir paralelos no equivale a poder afirmar su interdependencia. Naturalmente, este aspecto negativo no alcanza a la generación en su totalidad, sino sólo a una parte.En general, los poetas considerados como estrictamente sociales no puede decirse que hayan aportado nada especial. Pero ése es defecto que, como muy bien dice José Hierro (n. 1922), debe achacarse a determinados poetas más que a la p. s. en general, "hoy le ha llegado a la poesía social la hora de sentarse en el banquillo. Se la juzga por errores de los falsos poetas. Comienza a olvidarse no sólo la razón histórica de su existencia sino, lo que es peor, sus logros poéticos, que es lo que realmente importa. A quien se condena no es a un tema, sino a una escuela".Evidentemente, de los poetas de la década del 40, puede decirse que tienen validez, hoy, más que los que cantaron el hombre-masa, los que buscaron su inspiración en el hombre-individuo, y lo cantaron desde dentro, no como pretendían algunos, despersonalizándose en los demás. El mismo Aleixandre, por mucho que persiga en su poema En la plaza fundirse entre el resto de los hombres, nunca deja aparte la idea de que a pesar de todo sigue siendo "él" y sólo "desde él mismo" puede dirigirse a los demás. Postura, a la postre, más válida que la representada de una manera pomposa y falsa, a fuerza de literaria, por los poetas dogmáticos del movimiento social. Y es que como dijo José Ángel Valente (n. 1929) "parece ser que el tal género ha venido a dar de bruces y masivamente en un realismo de superficie o en un fenómeno neto de lo que otra ocasión se ha llamado formalismo temático". Los poetas acabaron por guiarse más por la moda de lo social que por una verdadera necesidad fatal de expresarse así. Por otra parte, según Leopoldo de Luis, la mayoría de los poetas no parten de postulados "revolucionarios", sino "rebeldes", y en algún caso hasta de rebeldía gratuita. Lo cual quita validez en la práctica a mucha de la poesía supuestamente social. Más válida como definición de p. s. sería la que da el mismo José Hierro: "Sociales fueron a su modo los cantares de gesta, el Arcipreste y López de Ayala, la poesía social y censoria del Barroco, las sátiras del xviii, la Oda de Roosevelt, etc. Sociales pueden ser -pero exclusivamente sociales no- los poetas de hoy y de mañana. Porque la solidaridad con el nombre plural, sometido a unas determinadas condiciones históricas es algo más que una moda". Pues el hombre vive entre los demás, de ellos procede y a ellos fatalmente ha de volver "a través de la poesía, que es lo más noble que el ser humano puede ofrecer a los demás".JENARO TALÉNS.
BIBL.: L. DE Luis, Antología de la poesía social, Madrid 1965 (recoge las obras poéticas de la mayoría de los poetas citados); E. ALARCOS LLORACH, La poesía de Blas de Otero, Salamanca 1966; 1. M. CASTELLET, Un cuarto de siglo de poesía española, Barcelona 1966. Para bibl. de los poetas en particular, v. las antologías citadas.
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