Pobreza II. Sagrada Escritura. REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
1. Precedentes en el Antiguo Testamento. Los términos usados en hebreo para designar al pobre son abundantes, entre otros `ebyón, `áni y `ánaw. Con ellos se expresa al hombre oprimido, esclavizado y humillado. Antes del Exilio es temida esta situación y no se la considera objeto de virtud. Así, p. ej., Agur pide a Dios lo necesario para la vida: "No me des -dice- pobreza ni riqueza, déjame gustar mi bocado de pan, no sea que llegue a hartarme y reniegue y diga ¿quién es Yahwéh?, o no sea que, siendo pobre, me dé al robo, e injurie el nombre de Dios" (Prv 30,8-9).En los umbrales del Exilio se opera un cambio importante en el concepto de p. predicado por los Profetas. El pobre aparece como el humillado, el hombre entregado a la voluntad de Dios. Así exhorta el profeta Sofonías por el a. 630: "Buscad a Yahwéh vosotros todos, humildes (`ánawim) o pobres de la tierra, que cumplís sus normas" (Soph 2,3). Los `ánawim (v. POBRES DE YAHWÉH) son para Sofonías los sumisos a la voluntad de Dios. En ellos se apoya la promesa del resto de Israel: "Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre y en el nombre de Yahwéh se cobijará el resto de Israel" (Soph 3,12). En este contexto religioso, los pobres, los humildes, son los piadosos, los temerosos de Dios, quienes atentos a su voluntad ejecutan sus promesas. A ellos se refiere Isaías cuando dice: "El espíritu de Yahwéh está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahwéh y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres (`ánawim), para vendar los corazones rotos" (Is 61,1).Ya en el posexilio se matiza más, y aun cuando se avanza en la misma línea de los `ánawim, se cuida mucho de no identificar al pobre con el justo. Ellos, los pobres, son sujetos receptores del mensaje mesiánico, por ser humildes, piadosos. De ahí, con toda razón, puede tenerse por dudoso que el A. T. tenga conceptualmente por incompatible la riqueza con la piedad. Tanto para los pobres como para los ricos, el A. T. -que va más allá de lo cuantitativamente medible- pide la p. de espíritu; pobres de espíritu serán, por tanto, aquellos que tanto en la abundancia como en la indigencia saben descubrir la voluntad de Dios apoyados en su piedad.2. Continuidad en el Nuevo Testamento. El Magnificat constituye uno de los puentes de unión con el A. T. En él se menciona expresamente a los ’ánawim como los humildes, a quienes Dios exalta. De ellos se habla también posteriormente en la sinagoga de Nazaret, cuando Jesús comienza su misión en Galilea. Ve cumplido aquel día lo que profetizó Isaías: fue enviado "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" (Lc 4,18).Enlaza también con el lenguaje del A. T. el Sermón de la Montaña (V. BIENAVENTURANZAS), donde para deshacer toda duda respecto al concepto de pobre, Mateo puntualiza: "Bienaventurados los pobres de espíritu" (Mt 5,3). Pobres y p. relativa, por tanto, a la disposición del corazón. Los pobres que menciona S. Lucas (4,18 y 6,20) no pueden juzgarse, por tanto, desde un punto de vista social o económico, sino religioso. Son, como en los Salmos o en Isaías, los humildes, quienes conscientes de su propia insuficiencia, todo lo esperan de Dios y nada del mundo. Puede decirse que el N. T. no emite juicio de valor sobre la p., pero simpatiza con los pobres, con los humildes. A este respecto puede verse la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro (Lc 16,19-31); el óbolo de la viuda (Mc 12,41-44), etc. Y, como contrapunto, nos habla también de Zaqueo, rico publicano (Lc 19,1-10); de los acomodados hermanos de Betania (lo 12,1-8); de José de Arimatea y de Nicodemo (lo 19,38-39), todos ellos de -,orazón humilde y generoso a quienes se alaba por su uberalidad.En este sentido habrá que entender la carta de Santiago. Revela ciertamente simpatía por los pobres y hostilidad para con los ricos (1,9-11; 2,1-13; 5,1-6), en la medida en que sólo quien está desasido de sus bienes y los emplea rectamente es verdaderamente humilde.3. La actitud de jesús. Por la consideración detenida de los textos del N. T. se observa en la actitud de Jesús una unidad estrecha entre lo que debió de ser su vida de trabajo en Nazaret -atiende con su trabajo una necesidad familiar- y la vida pública, en la que de diverso modo atiende las necesidades del prójimo. Así en Cana, en las dos multiplicaciones de los panes, etc. Son dos modos de vida claramente diferenciados; en Nazaret no consta que hiciera ningún milagro: satisface las necesidades materiales por el medio natural a todos los hombres: el trabajo. En su ministerio público tampoco deja de atender esas mismas necesidades, pero interviene con frecuencia con su poder creador, propio de Dios. Junto al uso normal de los bienes materiales, destacan los sinópticos -principalmente S. Lucas- una nota que será constante en todo el ministerio público de Jesús: el desapego del corazón ante esos bienes. Refiere así el encuentro de Jesús con un hombre que deseaba seguirle sin condiciones (Lc 9,57). Jesús le responde: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Lc 9,58). No se puede pensar por los términos de esta respuesta en una situación mísera de Jesús y los Doce. Basta comprobar lo 12,6 y lo 13,29 en que se menciona la bolsa que administraba Judas; lo 19,23, donde se habla de la túnica sin costura que llevaba Jesús, vestido distinguido en el contexto social de la época; Mt 26,6-13, donde Judas no entiende el usó del perfume rico: ahí se dice explícitamente "pobres siempre los tendréis con vosotros", mientras al grupo de los Doce les pide la p. de espíritu. De ahí se deduce que lo exigido por Jesús es el desprendimiento del corazón y no la renuncia a los bienes como norma, necesarios por otra parte, como es obvio, para el desarrollo de la vida misma.Por esta razón no pueden sacarse conclusiones de tipo económico o social aplicadas a la p. de Jesucristo. Sólopuede afirmarse, a partir de los textos del N. T., la libertad de Jesús ante los bienes materiales, que le lleva a usar de ellos cuando los necesita, y, a la vez, sabe vivir desprendido e incluso gozarse si alguna vez le falta lo necesario. Dos constantes, pues, uso y desprendimiento en la p. de Jesús, desde Nazaret hasta los acontecimientos más insignificantes de su ministerio público. "Esa pobreza del Señor y Creador del mundo -dirá Pío XII- elegida deliberadamente por Él, que le acompañará también en el hogar de Nazaret y durante todo el tiempo de su vida pública, significa y manifiesta aquel señorío y superioridad que tenía sobre las cosas materiales, indicando así con poder y eficacia la natural y esencial ordenación de los bienes terrenos a la vida del espíritu y a una más alta perfección social, moral y religiosa necesaria al hombre".Así entendida la virtud de la p., desaparece la aparente contradicción en la actitud de Jesús al dejarse invitar de los ricos (Lc 7,36; 14,1); al decir de éstos que lo imposible para ellos no lo es para Dios (Mc 10,27); al disfrutar frecuentemente de la hospitalidad de la acomodada casa de Betania (Lc 10,38-42; lo 11,1); al aceptar la ayuda de mujeres ricwy piadosas que le seguían (Lc 8,3), hasta el punto de soportar de sus enemigos la acusación de hombre "comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores" (Mt 11,19).La virtud de la p. en Jesús transcurre, pues, en un ámbito estrictamente religioso. Por esta razón no excluye del reino de Dios a hombres como Nicodemo (v.) y José de Arimatea (v.), al rico publicano Zaqueo (v.) y a los amigos que le asisten con su generosidad. Quiere demostrar así cómo puede llegarse a la santidad cuando se usan rectamente los bienes y se ordenan al servicio del prójimo y a la gloria de Dios. Toda acción moral en este sentido debe recibir, pues, su luz de la disposición interior, porque "donde está tu tesoro allí estará también tu corazón" (Mt 6,21).4. Primeros cristianos. La virtud de la pobreza que vive y enseña Jesús cristaliza en las comunidades cristianas que afloran después de Pentecostés. Entre ellas destacan los Hechos de los Apóstoles la comunidad de Jerusalén y las comunidades fundadas por S. Pablo.a. La comunidad de Jerusalén. En ella se da la primera realización práctica de la virtud de la p., como imitación de Jesús, que fue pobre y pide esa virtud a los discípulos. Los primeros allí reunidos -dice el libro de los Hechos"vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno", de modo que la multitud de creyentes que se inicia en Pentecostés "tenía un solo corazón y una sola alma, y ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común..." (Act 4,32-33). Así entiende el espíritu de p. aquella primera comunidad. No había, como se ve por el diálogo entre S. Pedro y Ananías (Act 5,4), ninguna obligación de renunciar a los bienes propios ni a entregar el importe de lo vendido a la comunidad; si se hacía, era libremente, por virtud. Por otra parte, la entrega real de los bienes era algo excepcional, puesto que se alaba de manera particular el gesto de Bernabé (cfr. Act 5,36-37). En consecuencia, la aportación de cada uno a la comunidad no estaba motivada por una negación radical del principio de la propiedad privada -"¿es que mientras lo tenías no era tuyo, y una vez vendido no podías disponer del precio?", le dirá S. Pedro a Ananías (Act 5,4)-, sino más bien por un principio de caridad que llega a los más necesitados de aquella comunidad.b. Las comunidades fundadas por S. Pablo. Aquí no se habla de comunidad de bienes; se insiste, sí, en el trabajo, en la liberalidad, en la humildad y confianza en Dios. El mismo S. Pablo se pone como ejemplo: "vosotros mismos sabéis cómo nos habéis de imitar, pues estando entre vosotros no vivimos desconcertados, no comimos de balde el pan de nadie, sino que día y noche, con fatiga y cansancio, trabajamos para no ser una carga a ninguno de vosotros... Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma" (2 Thes 3,8-10). La misma idea repite a los de Corinto: "hasta la hora presente pasamos hambre, sed, desnudez... nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos" (1 Cor 4,11-12). Aunque S. Pablo insiste especialmente en el trabajo, en el recto empleo de los bienes, habla también del desprendimiento, en esa tensión que entraña la virtud de la p. entre el uso y el desapego: "Aprendí a bastarme con lo que tengo. Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación" (Philp 4,12). Es la misma actitud interior que ya vimos en Jesús: es decir, S. Pablo vive la libertad de espíritu frente a los bienes materiales.c. Diferencias entre estos dos tipos de comunidades. A grandes rasgos quizá pueda afirmarse que mientras en la comunidad de Jerusalén se insiste más en el desprendimiento, en la renuncia a los bienes, en las comunidades de S. Pablo se subraya el trabajo como medio para conseguir los bienes necesarios, a la vez que se insiste en la responsabilidad en el uso de esos bienes, mediante los cuales ayudarán a los más necesitados. En definitiva, podríamos decir con Vandenbroucke (cfr. o. c. en bibl., 731) que los primeros cristianos parecen haber oscilado entre dos modos de p.: de una parte, la representada por la comunidad de Jerusalén, que parece que interpreta y toma al pie de la letra él consejo de Jesús al joven rico (Mc 10,17-21) y pone por esta razón el acento en la renuncia a los bienes; de otra, las comunidades de S. Pablo destacan la ley del trabajo, inscrita por Dios en el Génesis, vivida y santificada por el mismo Jesús en Nazaret durante aquellos largos años de oscuro trabajo.5. Conclusión. El ejemplo y recuerdo de estas primeras comunidades cristianas suscitó muy pronto entre los ascetas de primera hora una marcada tendencia a la práctica de la virtud de la p., para la que tomaron como modelo a la comunidad de Jerusalén. Vino a ser para ellos como la norma de vida de todo cristiano: "lo que poseemos lo ponemos en común y lo compartimos con todos los necesitados" (S. Justino, Apologia, 1,14). La explicación de esta polarización parece encontrarse en la corriente de interpretación que trató de imponer la secta judeo-cristiana de los ebionitas, que ensalzaba de modo especial el ideal religioso de p., concebido como renuncia total a los bienes materiales (cfr. Clemente de Alejandría, Hom. 15,9). Ante estas exageraciones, el mismo S. Clemente de Alejandría observaba que los bienes sólo son obstáculo si el ánimo está excesivamente apegado a ellos, y por eso no duda en afirmar que "los bienes entre nosotros son instrumentos útiles que han de ser bien empleados" (Quis dives salvetur?, 25; cfr. S. Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 8,6).La corriente rígida ascética que empezó a subrayar la renuncia hasta el extremo de rechazar la riqueza, y la más realista que enseñaba a hacer buen uso de los bienes, confluyen, como ha señalado Felici, en el Pastor de Hermas (Símil. 1, F.1). Se llega a una posición equilibrada: el cristiano mientras está en la tierra debe vivir como peregrino, sabiendo que su verdadera riqueza está en el cielo; mientras tanto, que use los bienes en lo necesario y lo demás que lo dé a los pobres para alcanzar la salvación.Quizá no se haya sabido presentar desde entonces, según se deduce de los textos del N. T., cómo el cristiano puedevivir de dos modos la virtud de la p.; dos modos, puesto que no se trata de dos virtudes diferentes. Estos dos modos, secular y religioso, cada uno acomodado al estado propio en que se encuentran los fieles en la Iglesia, pueden insistir en un aspecto de la virtud de la p.: en el uso de los bienes, mediante el trabajo en las tareas temporales, o en la renuncia si, por vocación, se apartaron del mundo y de la tarea secular; en ambos casos deben estar unidos el uso con el desprendimiento.V. t.: BIENAVENTURANZAS; POBRES DE YAHWÉH.A. FUENTES MENDIOLA.
BIBL.: A. FEUILLET, La Béatitude de la Pauvreté, "Verbum Salutis" 73 (1945) 511-527; A. GELIN, Les pauvres de Yahwéh, París 1953; A. FUENTES, La pobreza en el Nuevo Testamento, "Palabra" 72-73 (1971) 15-19; M. 1. LAGRANGE, Évangile selon Saint Matthieu, París 1923; R. SCHNACKENBURG, El testimonio moral del N. T., Madrid 1965, 100-109; R. SPADAFORA, Pobreza y riqueza, en Diccionario Bíblico, 2 ed. Barcelona 1968, 481-482; íD, Temi d’esegesi, Rovigo 1953, 320-344; C. SPICQ, Teología moral del N. T., Pamplona 1970-73 (v. índice); F. VAN DENBROUCKE, Histoire de la pauvreté, Vie Sp. III.
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