Pizarro, Francisco
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Biografía GER
Capitán famoso en la historia del Nuevo Mundo por haber sido el conquistador del Perú. N. en Trujillo de Extremadura hacia 1478 como hijo ilegítimo del hidalgo Gonzalo P., sobrenombrado el Largo o el Tuerto, y de Francisca González, mujer de humilde condición. Se dice que en su infancia guardó cerdos y que por habérsele muerto algunos huyó a Sevilla y pasó a Italia donde fue soldado del Gran Capitán. Posteriormente viajó a Indias con Nicolás de Ovando (v.) en 1502 y le sirvió de paje en La Española; luego estuvo con Alonso de Ojeda (v.) en Caribana, quedando allí como su lugarteniente en el fortín de San Sebastián, la primera población española en el continente; participó a continuación con Martín Fernández de Enciso (v.) en la fundación de Nuestra Señora de La Antigua. Con Núñez de Balboa (v.) asistió al descubrimiento del mar del Sur en 1513, y con Pedrarias (v.) a la fundación de Panamá. Estuvo también, siempre como lugarteniente, con Gaspar de Morales en la conquista de las islas de las Perlas; con Juan de Tabira en la jornada del Dabaibe; con Luis Carrillo en la de Abraime y Teruy; y con Gaspar de Espinosa en la de Pocorosa y Comogre.Descubrimiento del Perú. Convertido en rico e influyente vecino de Panamá -donde fue teniente de gobernador, visitador, alcalde y regidor- se asoció con Diego de Almagro (v.) y el clérigo Hernando de Luque para descubrir las tierras de Virú intuidas por Pascual de Andagoya, capitán que abandonó su búsqueda. Al respecto hizo tres viajes por mar. El primero, en 1524, no pasó de simple exploración por el Puerto de Piñas, Puerto delHombre y el fortín del Cacique de las Piedras, lugar éste del que sacó siete heridas en un encuentro con los indios. El segundo viaje fue en 1526, correspondiéndole entonces visitar el río San Juan, Atacames y río de Santiago, terminando la jornada en la célebre isla del Gallo, adonde envió a recogerlos el gobernador de Panamá, al entender los muchos sufrimientos de los soldados. P. se opuso tenazmente al regreso, pero como casi todos optaron por volver a Panamá, desenvainó entonces su espada y trazando una raya en la arena instó a los animosos a quedarse con él para proseguir la conquista del Perú. Trece valientes dieron el paso adelante y se quedaron al lado de su caudillo mientras el resto de los hombres se embarcaba a Panamá. Condolido el capitán Tafur -enviado por el gobernador a recoger la gente- invitó a P. y a sus heroicos compañeros a pasar a la isla de La Gorgona que erü algo más rica en alimentos y agua, aceptando P. la propuesta y quedando en el inhóspito peñón durante varios meses. Recogido finalmente por el piloto Bartolomé Ruiz, prosiguió su viaje descubridor llegando a la gran ciudad de Tumbes y hallando el Tahuantinsuyo o Imperio de los Incas. Habiendo navegado su costa hasta el río Santa, retornó P. a Panamá con deslumbrantes muestras de riqueza y testimonios de una gran cultura, pero al no hallar acogida en el gobernador -por decisión de sus dos socios- viajó a España, capitulando en Toledo con la corona el 26 jul. 1529 la definitiva conquista del Perú.Conquista definitiva. Vuelto a Indias con sus hermanos Hernando, Gonzalo y Juan, tropezó con la incomprensión de Almagro, quien lo acusó de haberle arrebatado el título de gobernador y adelantado de la nueva tierra (v. PIZARRO, FAMILIA). Solucionado el incidente al entender que todo había tenido que ceñirse a la voluntad de la corona, los tres socios aprestaron la expedición final, zarpando ésta de Panamá a fines de 1530. Se navegó hasta la bahía de San Mateo, y por tierra se pasó a Atacames, Cancebí y los Quiximíes; en Coaque padecieron de verrugas, y en Puná las acechanzas y traiciones del cacique de la isla. Pero P. sacó a su gente victoriosa y, siempre luchando con los indios, la desembarcó en Tumbes, llevándola hasta Tangarará, y fundó allí la ciudad de San Miguel. El 24 sept. 1532 P. salió con dirección a Cajamarca, ciudad donde se encontraba el inca Atahualpa (v.), rey intruso y quiteño que había destronado al legítimo inca Huáscar del Cuzco. Atahualpa, que en un principio había identificado a P. con el dios barbado Huiracocha, terminó por conocerlo hombre gracias a sus espías e invitándolo a visitarlo le preparó una celada. P. lo sospechó y, fingiendo no haberse percatado, entró en Cajamarca el 15 nov. 1532, luego del mediodía. Cajamarca (v.), era una gran ciudad de piedra con una plaza de dimensiones superiores a cualquiera de España. En las afueras estaba el gigantesco campamento del inca, en el lugar nombrado Pultumarca. Cuando los españoles lo vieron sintieron un escalofrío de terror: era tan grande que semejaba una crecida población de toldos multicolores. Sin pérdida de tiempo P. ordenó que el griego Pedro de Candia emplazara la artillería en el cerro de Rumitiana, que estaba dentro de Cajamarca; luego despachó a Hernando de Soto (v.), adjuntándole después a Hernando Pizarro, para que con ciertos jinetes fuera a invitar al inca a venir a Cajamarca. La embajada, a través de calles de tiendas repletas de guerreros, se detuvo ante el palacete de piedra donde estaba el inca. Éste no apareció sino después de hacerse esperar mucho. Atahualpa era un indio recio, de hasta 35 años, envuelto en riquísimas galas y con muchos adornos en la cabeza. Se mostró muy seguro de sí y se comportó como Emperador. Al final prometió visitar a P. al siguiente día, pero exigió que para entonces le devolvieran todo lo que los españoles habían tomado en el camino. Antes de despedirse los jinetes, Soto hizo evolucionar su caballo, espoleándolo y haciéndolo correr para luego dirigirlo contra el inca con intención de asustarlo, pero Atahualpa -dando una gran muestra de su dominio personal- no hizo el menor gesto de temor o sorpresa a pesar de que, al parar en seco junto a él, la saliva del equino salpicó sus regias vestiduras.Prisión y muerte de Atahualpa. Vueltos los españoles a Cajamarca contaron a P. lo que habían visto, admirándose todos del poderío del quiteño. El miedo se posesionó de todos y la noche se pasó sin dormir. Pero P., que en todo momento inspiró ánimo a su tropa, forjó el plan definitivo. Empezó por ocultar los tres cuerpos de caballería al mando de Hernando P., Hernando de Soto y Sebastián de Belalcázar (v.), respectivamente, en otros tantos galpones grandes que daban a la plaza; en los mismos recintos escondió a los infantes al mando de Juan P.; finalmente él, con dos docenas de peones, se ocultó en un templete de piedra en el centro de la plaza. Así amaneció el sábado 16 nov. 1532. Desde lo alto del Rumitiana, Candia indicaba que no había novedad en Pultumarca. La tensión era grande, nadie sabía lo que iba a suceder. Por fin, estando el sol en lo mejor, se notó algún movimiento de tropas en el campamento. Al poco tiempo, el camino de piedra se fue cubriendo de batallones indios. A eso de las cinco de la tarde los guerreros entraron en la ciudad, llenando la gran plaza; el inca llegó luego sentado en su litera de oro macizo orlada con plumas de guacamayos. La multitud lo saludó estruendosamente: Cápac Apo Inca, reconociéndolo así Hijo del Sol, Ordenador de la Tierra y Señor de las Cuatro Partes del Mundo. Los españoles no aparecían, y el inca inquirió por ellos. Detenido en el centro de la plaza, disponiéndose a enviar guerreros a buscarlos, sesintió un murmullo: la multitud hizo calle y por aquel pasadizo humano avanzó fray Vicente de Valverde, el capellán de la hueste, Hernando de Aldana, soldado que balbuceaba la lengua quechua, y el indio tallán Martinillo, intérprete oficial de P. Llegado donde estaba el inca, el fraile empezó a decirle el requerimiento, hablándole de Dios, del Papa y del Emperador. Atahualpa no entendió lo que decía o lo entendió muy poco e impacientándose preguntó por los españoles y lo que debían devolverle. De pie sobre su litera, poseído por la ira, el inca dirigía fieras miradas a los edificios de su alrededor. P. comprendió la gravedad del momento y, dispuesto a no perder tiempo, ordenó disparar un arcabuz y agitar una bandera blanca; a estas señas los soldados lo siguieron a la plaza, los caballos se arrojaron contra los indios y la artillería hizo retumbar los aires. Los quiteños, sorprendidos, no atinaron a defenderse y huyeron. La estrategia de P. fue muy audaz. Atahualpa cayó prisionero y, conducido a la Casa de la Sierpe, esa noche pudo ser visto por todos los españoles a la luz de las antorchas. Al día siguiente, Hernando de Soto fue mandado por P. a saquear el campamento del inca. Retornó con miles de prisioneros que no osaban protestar. Los españoles no lo comprendieron, pero aquellos cautivos eran todos partidarios de Huáscar, que servían de cargueros al ejército quiteño. Atahualpa comprendió que los cautivos liberados podían abrir los ojos codiciosos de los españoles y se apresuró a llamar a P. Primero le habló de recuperar su perdida libertad, luego le prometió un cuarto lleno de oro y dos de plata... P. quedó deslumbrado y aceptó.Los acontecimientos se siguieron rápidamente: las caravanas de oro, el viaje de Hernando P. al santuario de Pachacamac, el envío de tres españoles al Cuzco a conocer la ciudad. Atahualpa tampoco quedó inactivo: ordenó secretamente el asesinato de Huáscar y con esto los quechuas quedaron acéfalos, y los quiteños en una rara condición de vencidos vencedores. Desanimados los ejércitos quiteños, acosados por los quechuas que les negaban la comida y ofrecían resistencia, decidieron regresar a Quito. Los españoles entendieron que el inca prisionero estaba movilizando sus tropas en dirección a Cajamarca. Las acusaciones menudearon y Felipillo, un tallán aborrecible que oficiaba de intérprete, propagó versiones alarmistas que creyeron todos. En eso llegó Almagro a Cajamarca y abogó por la muerte del inca; los oficiales reales también la pidieron a una voz. Finalmente, llegó un informe que aseguraba venía sobre Cajamarca un ejército muy grande, y P. -que hasta entonces había hecho lo posible por evitar la pena máxima al monarca- se convenció de que la vida de todos los españoles estaba en inminente peligro: Atahualpa no había cumplido su palabra de respetar las paces; se le haría un juicio sumario y sería condenado por traidor. Efectivamente, al anochecer del 26 jul. 1533, el inca fue ajusticiado en la plaza de Cajamarca, conmutándosele la pena de hoguera por la de garrote gracias a su conversión al cristianismo. De este modo, por una equívoca versión que confundió un ejército quiteño en retirada con otro dispuesto a la ofensiva, el inca perdió la vida sin conocer la verdadera razón.Fundación de Lima y otras ciudades. Muerto Atahualpa, P. ciñó la mascaipacha a Túpac Huallpa y partió con sus hombres a Jauja, donde el nuevo soberano fue envenenado por los espías de Quito. A continuación, tras serias luchas en el camino, P. entró en Cuzco, la ciudad sagrada de los incas, el 15 nov. 1533, en medio del fervor huascanista. Allí -tratando de nombrar otro rey títere- ciñó la mascaipacha a Manco Inca, hermano del difunto Huáscar, y tras fundar la ciudad al hispánico modo, el 23 mar. 1534, regresó a Jauja con intención de erigir allí la verdadera capital de su gobernación, Nueva Castilla. Jauja la fundó entre abril y mayo de ese año, pero creyendo su clima insano, la trasladó al valle del Rímac, donde, el 18 en. 1535, fundó la Ciudad de los Reyes, la que hasta hoy sigue siendo la capital del Perú con el nombre de Lima. Después, el 5 mar. 1535, fundó Trujillo, pero poco tiempo disfrutó de sus nuevas ciudades, pues la fiera rebelión de Manco Inca el año siguiente costó la vida a mil españoles, y la propia Lima soportó un terrible asedio del general quechua Titu Yupanqui. El Cuzco español también estuvo a punto de desaparecer. Derrotados los quechuas por el hambre que los azotó, P. tuvo que enfrentar la altivez de su socio Almagro, quien -al venir fracasado de su gobernación de Nueva Toledo o Chole- alegaba pertenecerle el Cuzco, Lima y aun Trujillo.Guerra entre pizarristas y almagistras. Después de diversos intentos de acercamiento en los que abundaron las embajadas y los plenipotenciarios, así como los recelos de ambas partes, P. no quiso intervenir directamente en la guerra que esto desató y por eso confió el mando de los pizarristas a su hermano Hernando, quien venció a los almagristas en Las Salinas (6 abr. 1538). Muerto Almagro sin que P. tuviera tiempo de intervenir, como era su propósito -aun cuando fue tardío en manifestarlo-, sufrió frecuentes accesos de ira y se le apreció melancólico; se dice que estaba enfermo de tristeza. Pronto se recuperó paseando los Andes y visitando el Titicaca, volviendo a Lima donde se entregó a levantar con grandeza la ciudad. Construyó unos molinos en el río, asistió a la edificación de los conventos y concurrió -como gobernador y capitán general que era- a las frecuentes sesiones del cabildo. Por este tiempo mandó fundar las ciudades de Arequipa y Chuquisaca; interesándose siempre por sus anteriores fundaciones, cumplió -aunque de modo incoloro, por no tener temperamento político- con sus deberes de gobernador. En Lima lo sorprendió un mandato real nombrándolo marqués, con cargo a que escogiera él su marquesado. Nunca lo hizo, muriendo bravamente en la Ciudad de los Reyes, en la mañana del domingo 26 jun. 1541, a manos de una docena de exaltados almagristas que entraron en su palacio a vengar a Almagro el Viejo.Este final, las crónicas lo dicen, no pudo ser más heroico. Se batió bravamente y hasta mató un adversario, bregó media hora con su espada y se hizo respetar hasta el fin. Pero los almagristas por medio de un ardid le embarazaron la espada, lo que aprovecharon para herirlo mortalmente en el cuello. Al caer hizo la cruz con sus dedos empapados en sangre y, al querer besarla, alguien le quebró un cántaro en la cabeza y lo mató. Se le enterró secretamente en la iglesia mayor, hoy catedral de Lima, donde se guardan sus restos. Dicen los escritos de su época que fue valiente a más no poder, de sentimientos nobles y buen corazón; gustaba de la aventura y, sobre todo, de la guerra. A pesar de ser analfabeto, tuvo inteligencia superior, siempre al servicio de las armas. Fue ambicioso de poder y jugador empedernido, pero por encima de todo un soldado de vocación. Taciturno, parco, decidido, dispuesto a dar ejemplo a los demás y siempre en el lugar de más peligro, su figura de conquistador indiano -junto a la de Hernán Cortés- es la máxima gloria soldadesca de España en el Nuevo Mundo.JOSÉ ANTONIO DEL BUSTO.
BIBL.: R. PORRAS BARRENECHEA, Relaciones primitivas de la conquista del Perú, París 1937; G. FERNÁNDEZ DÁVILA, El asesinato de Francisco Pizarro, Lima 1945; 1. A. DEL BUSTO, Francisco Pizarra, el marqués gobernador, Madrid 1966; F. LóPEZ DE JEREZ, Verdadera relación de la conquista del Perú, Madrid 1947; F. LóPEZ DE GómARA, Historia General de las Indias, Barcelona 1954; G. FERNÁNDEZ DE OVIEDo, Historial General y Natural de las Indias, Asunción 1944; A. DE HERRERA, Historia General de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano, Buenos Aires 1944; P. PIZARRO, Relación del descubrimiento y conquista del Perú, Buenos Aires 1944; P. SANCHO DE LA Hoz, Relación de la conquista del Perú, Madrid 1962; D. DE TRUJILLO, Relación del descubrimiento del Reyno del Perú, Sevilla 1948.
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