Pío IX, Papa
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Biografía GER
1. Preparación al Pontificado. Giovanni Maria dei conti Mastai Ferretti n. en Senigallia (prov. de Ancona) el 13 mayo 1792. En 1809 recibió la tonsura. Su vocación fue madurando en él mientras, huésped de su tío Paulino, canónigo en Roma, frecuentaba el hospicio Teta Giovanni, donde continuó su asistencia a los huérfanos incluso después de su ordenación sacerdotal (1819). Tras una breve, aunque interesante, participación en la diplomacia pontificia como componente de una misión a Chile (182325), fue nombrado, a pesar de su juventud, presidente del Hospicio apostólico de S. Miguel en Ripa Grande; introdujo en la vida de aquella institución algunas reformas interesantes, como la de enseñar un oficio a aquellos niños abandonados. Sólo dos años después, a los 35 de su edad, fue elegido obispo de Espoleto. Su episcopado se caracterizó por el celo en la formación del clero, el empeño en regularizar la vida de los monasterios y el impulso por mejorar la moralidad del pueblo. Recorrió toda la diócesis en visita pastoral y se distinguió de modo particular en la asistencia a las víctimas del terremoto de 1832.Trasladado a Imola en 1832, se distinguió también aquí por su amor al pueblo, demostrado en las dos visitas pastorales realizadas, en las numerosas instituciones asistenciales fundadas o impulsadas y en las misiones populares organizadas en 1836 y 1846. Un proyecto suyo, ambicioso entonces pero muy significativo, fue el de procurar contactos entre los obispos vecinos de manera que la conducta pastoral fuese más uniforme y eficaz y se mostrase ante todos la fraternidad episcopal. Se preocupó también de la situación político-administrativa de la población (su diócesis estaba incluida en los Estados Pontificios) y en tal sentido envió a la Santa Sede, en 1845, algunos Pensieri relativi all’Amministrazione pubblica dello Stato pontificio; se trataba de 58 indicaciones entre las que cabe mencionar algunas: "establecer un sistema financiero que nos permita salir de la presente situación de pobreza", "mejorar y corregir el sistema penitenciario", "pagar mejor a los jueces para atraer a esa carrera hombres capaces y honrados", "acelerar los trámites en la administración de la justicia", "establecer un cuerpo de laicos consultores para los problemas administrativos", "ser más estrictos en la concesión de títulos académicos", "estar más en contacto con los obispos", "prestar mayor atención a las obras públicas", "fomentar el establecimiento de industrias", etc.2. Pío IX y el poder temporal de la Iglesia. Con tales precedentes, el card. Mastai Ferretti (había sido elevado a la púrpura en 1840) participaba en el cónclave que tuvo lugar en 1846 a la muerte de Gregorio XVI (v.). Desde los primeros escrutinios los cardenales se dividieron en dos corrientes: los celantes se inclinaban por el card. Lambruschini, que había sido Secretario de Estado del Papa difunto; los moderados, en cambio, por el card. Mastai Ferretti. En el primer escrutinio el primero obtuvo 15 votos y 13 el segundo, pero en el cuarto, el card. Mastai Ferretti, alcanzó la mayoría requerida de dos tercios, con 36 votos, habiendo inclinado hacia su nombre incluso a los cardenales más liberales cuyo candidato era el card. Gizzi. El elegido tomó el nombre de P. IX, inaugurando el más largo Pontificado de la historia (35 años).Las circunstancias de la elección y la personalidad de P. IX dieron pie al equívoco del pretendido liberalismo del nuevo Papa. Su amable bondad, su mentalidad abierta al pensamiento de su tiempo y el deseo de modernizar la administración de los Estados Pontificios crearon rápidamente en torno a su persona una aureola de viva popularidad. P. IX concedió una amnistía a los presos políticos, confió a laicos mayor intervención en la administración pública y el 14 mar. 1848 otorgó un Estatuto que establecía dos Cámaras, una de ellas de elección popular. Estas medidas provocaron una explosión de entusiasmo que hizo nacer el mito de P. IX, la falsa imagen de un Papa liberal destinado providencialmente a encabezar el movimiento de renovación de la nación italiana y a expulsar a los austriacos del suelo de la Península. La falsedad de ese equívoco quedó bien patente tras la alocución del 29 abr. 1848, en la que el Papa declaró que no podía enfrentarse abiertamente con Austria, por cuanto "su paterno afecto debía abrazar a todos los pueblos y a todas las naciones". El Papa rechazó también la idea de quienes "querían hacer del Romano Pontífice el presidente de una cierta República que habrían de constituir unidos todos los pueblos de Italia", y reiteró, en cambio, la necesidad de un Estado Pontificio "dado porDios a esta Santa Sede por su dignidad y para defender el libre ejercicio de su apostolado".El mito de Pío IX, que había surgido de la ilusión de que el nuevo Papa adoptase una actitud incompatible con su misión religiosa y se lanzara a la acción política al servicio de la liberación de Italia, se deshizo con la misma rapidez con que se había formado. Se habló de la "gran traición" de P. IX, surgió contra él una oleada de violenta hostilidad y, tras el asesinato en Roma del Presidente del Gobierno, Pellegrini Rossi, se proclamó la República romana dirigida por un triunvirato encabezado por Giuseppe Mazzini (v.) que declaró extinguido el poder temporal del Papa.P. IX huyó a Gaeta, desde donde no pudo regresar a Roma hasta 1850, después de que las tropas francesas mandadas por el general Oudinot ocupasen la ciudad y dejasen una guarnición para su defensa. La vuelta del Papa a la Ciudad Eterna señala el de una rígida restauración, llevada a cabo, en gran parte, por el Secretario de Estado, card. Antonelli (v.). La experiencia de los años transcurridos impulsó a P. IX a olvidar el proyecto de un gobierno constitucional de los Estados Pontificios y le persuadió más aún de la necesidad del poder temporal, en orden a garantizar la independencia de la Santa Sede. Esta última idea fue recogida en 1864, en los artículos 75 y 76 del Syllabus. Todo esto complicaba la situación nacional italiana. En septiembre de 1864 Napoleón III retiró de Roma la guarnición francesa, mientras la ya constituida Italia se comprometía a respetar las posesiones del Papa, aunque, más tarde, los mismos franceses debieron intervenir en 1867 en ayuda del gobierno pontificio, atacado por voluntarios garibaldinos, y restablecieron la autoridad papal en sus estados.Pero cuando Napoleón III, con motivo de la guerra franco-prusiana, retiró sus tropas de Roma, el gobierno italiano hizo ocupar la ciudad (20 sept. 1870) proclamándola inmediatamente capital del Reino de Italia. El conflicto entre el Papa y el régimen italiano alcanzó así su punto culminante. El gobierno creyó subsanarlo con la Ley de garantías (13 mayo 1871) en la que reconocía la inviolabilidad y los derechos soberanos del Papa, le concedía una renta anual y le asignaba para su uso los palacios del Vaticano y de Letrán con la villa de Castel Gandolfo, al tiempo que se declaraba garante del libre ejercicio de su oficio espiritual. P. IX, no obstante, rechazó la Ley de,garantías, renovó la excomunión contra todos aquellos que habían colaborado a privar al Papa de su poder temporal y se consideró de por vida prisionero en el Vaticano. Nacía así -o, mejor dicho, se agigantaba- la cuestión romana (V. ESTADOS PONTIFICIOS II), destinada a condicionar tanto la actividad de los católicos en Italia, mientras que, a través de las limosnas para el óbolo de San Pedro, los fieles de todo el mundo expresaron su solidaridad al Papa. La protesta de P. IX estuvo siempre llena de dignidad y nunca pidió -como algunos querían y aconsejaban- la intervención de las armas extranjeras.3. Pío IX y el liberalismo. Tanto la doctrina como la praxis del liberalismo contribuyeron a que el Papa adoptase ante él una rígida actitud. La instauración de una sociedad oficialmente no cristiana. fundada sobre las ideas agnósticas y relativistas de la Ilustración (v.), sobre el convencimiento de un continuo progreso racional, sobre nuevos enfoques en cuanto a la función del Estado (al cual se confiaba la educación y la asistencia social, hasta entonces desempeñadas por la Iglesia), había establecido el fin de los privilegios e inmunidades de la Iglesia y del mismo concepto de religión del Estado. Y todo esto no estaba implantándose pacíficamente. La introducción del matrimonio civil, las leyes restrictivas sobre las Congregaciones religiosas, la supresión de los diezmos, la proclamación de la libertad de culto, se llevaron a efecto casi siempre con un animus anticlerical. La fórmula "La Iglesia libre en el Estado libre", nacida de un ambiente como el del catolicismo liberal (v.) -que quería una Iglesia purificada de compromisos políticos y con ambos poderes distintos y autónomos-, transplantada al campo del liberalismo se convirtió más de una vez en pretexto no sólo para anular todo influjo cristiano sobre la sociedad, sino incluso para impedir el libre ejercicio de las funciones sacerdotales y de toda acción cristiana. La legislación piamontesa de los años 1850-60 había sido un claro ejemplo.Ante tal situación la Iglesia se remontó a estudiar los orígenes ideales del movimiento liberal y captó sus graves límites. Todo el pontificado de P. IX, a partir de 1850, estuvo caracterizado por esta mentalidad. La condena de los ochenta "principales errores del tiempo moderno", compendiados en el Syllabus y efectuada con la Enc. Quanta cura (8 dic. 1864), fue el episodio más notable. Panteísmo (v.), naturalismo (v.), liberalismo (v.), socialismo (v.) -que el Papa juzgaba nacido de la misma matriz-, jurisdiccionalismo (V. REGALISMO; GALICANISMo; etc.), fueron solemnemente repudiados y se refutó la afirmación de algunos que pensaban que la Iglesia habría podido y debido llegar a una "componenda" con el "progreso y la cultura moderna", de la cual el liberalismo era por entonces el portaestandarte. Con estas medidas condenatorias, el Papa trataba de mantener incólume la doctrina de la fe frente al agnosticismo (v.) y la irreligiosidad propugnados por la llamada "ciencia moderna", negadora de Dios y cuya fragilidad el paso del tiempo se ha encargado de demostrar. La oportunidad de la condena de la teoría de que el Estado fuese origen y fuente de todo derecho (art. 39), cuya justificación a nivel de principios es innegable, se vio en seguida corroborada por los hechos, ya que el nuevo Estado liberal utilizó tal teoría para inaugurar un absolutismo de Estado como nunca se había conocido.La publicación del Syllabus y de la Quanta cura -unidas más tarde a la proclamación de los dogmas de la infalibilidad (v.) y del primado (v.) del Papa en el Conc. Vaticano 1 (v.)- suscitó vivísima reacción en los ambientes liberales, que la convirtieron en motivo para reforzar su lucha contra la Iglesia. En Prusia, Bismarck (v.), por medio de la Kulturkampf (v.), combatió a la Iglesia suprimiendo los jesuitas, castigando a los predicadores ("parágrafo del púlpito"), controlando las escuelas, regulando el reclutamiento, formación y destino del clero, instituyendo un tribunal real para las cuestiones eclesiásticas, expulsando a todas las órdenes religiosas excepto las hospitalarias y aboliendo la exención militar de los clérigos; fue imitado por otros Estados: Baden, Darmstad, Sajonia, mientras Baviera aplicaba un Kulturkampf solapado. A la muerte de P. IX, sólo cuatro de los 12 obispos prusianos se encontraban en su puesto, todos los seminarios y conventos se habían cerrado, cerca de mil parroquias habían sido suprimidas y varios centenares de sacerdotes expulsados.También en Suiza la lucha político-eclesiástica se exasperó con la reforma de la Constitución de 1874 que exiliaba nuevamente a los jesuitas, impedía la fundación de nuevos monasterios y acentuaba tanto la autoridad del Estado sobre la Iglesia que se habló de un Kulturkampfhelvético. Y en Francia, tras la caída de Napoleón III (v.), Léon Gambetta había lanzado a la Cámara el lema del momento: "Le cléricalisme, voilá 1’ennemi", señalando a la Iglesia como enemiga del Estado, de la República, de la Constitución e iniciando con los ministros Ferry y Bert una profunda lucha cultural contra la educación católica.4. Pío IX y la vida de la Iglesia. Ante estas amenazas y peligros el Papa vio necesario el robustecimiento de una actitud firme en la reorganización de la Iglesia. Frente a las concepciones liberales, que querían reducir la religión a un hecho personal, fue expuesta la eclesiología católica según la cual la Iglesia es una sociedad perfecta junto al Estado, e incluso de orden superior con una organización estrictamente jerárquica. A este respecto destacan, en 1870, el Conc. Vaticano I, que junto a la posibilidad del conocimiento racional de Dios (V. DIOS IV) definió los dogmas del primado y de la infalibilidad del Papa; y también el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra y Holanda, la institución de muchísimas nuevas diócesis, vicariatos y prefecturas apostólicas, la reestructuración de los seminarios y la constitución de muchísimas Congregaciones religiosas masculinas y femeninas nuevas. Desde el punto de vista cultural destaca el resurgir de la neoescolástica (v.) y la difusión de la prensa católica. También se impulsó la organización del laicado católico (en 1848 se iniciaron en Maguncia los congresos católicos en Alemania; en 1864 se celebró el congreso católico internacional de Malinas; en 1875 surgió en Italia la Opera dei Congressi y los Comités católicos) tanto de acción religiosa o económico-social como política (en 1852 se formó en el Parlamento prusiano una fracción católica de la cual nació en 1854 el famoso Zentrum).Entre los acontecimientos que caracterizaron el Pontificado de P. IX se deben recordar la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (v.) en 1854, el apoyo a la obra de dom Pitra para un mejor conocimiento del Oriente cristiano y a las iniciativas de dom Guéranger sobre el movimiento litúrgico (v.) y la restauración del canto gregoriano (v.).5. Pío IX y los pueblos ibéricos e iberoamericanos. Inmediatamente después de su elección, superando las rémoras de desconfianza del tiempo de Gregorio XVI, P. IX había restablecido las relaciones diplomáticas con España, ratificando los nombramientos de obispos hechos por el gobierno y firmando una convención de 46 artículos (el Concordato de 1851) a través de la cual se reconocían a la Iglesia muchos de sus derechos, aunque ésta perdía algunos de sus antiguos privilegios, como el del fuero eclesiástico, y quedaba bastante a merced del Estado en el sistema de nombramiento de obispos. Hasta la Revolución de 1868 las relaciones con España conocieron una época de relativa paz, sancionada por el nuevo acuerdo con la Santa Sede que tuvo lugar en 1860. Tal situación produjo en España una cierta restauración religiosa con un aumento considerable de los candidatos al sacerdocio que llenó los Seminarios y con la fundación de algunas nuevas Congregaciones religiosas (v. CLARETIANOS; ADORATRICES; etc.).Los liberales volvieron al poder en 1868, expulsando a la reina Isabel II (v.), y votaron en 1869 una nueva Constitución que decretaba la libertad de culto y establecía, entre otras cosas, el matrimonio civil. Tras la Restauración de Alfonso XII (v.) fueron restablecidas las relaciones diplomáticas con la Santa Sede y el Concordato, aunque manteniendo la libertad de culto en la nueva Constitución de 1876 (art. 11), hecho que dio origen a una controversia diplomática con el Vaticano. También en Portugal, el 21 oct. 1848, el conde de Tomar, ministro de la reina María II, firmó con el internuncio un tratado, ampliado en 1857 para los territorios de Ultramar, que, a pesar de ratificar la confiscación de los bienes eclesiásticos y la supresión de los diezmos, permitía el regreso de los religiosos expulsados y concedía una subvención para el mantenimiento de los párrocos. El movimiento anticlerical, sostenido por la masonería (v.), se hizo, sin embargo, sentir nuevamente, sobre todo a partir de 1865, año en que tuvo lugar una violenta campaña en favor del matrimonio civil.El influjo del racionalismo y del positivismo, las renovadas oleadas de anticlericalismo, la escasez de clero, la confusión entre derechos y privilegios de la Iglesia, etc., habían producido situaciones análogas en los países iberoamericanos. En 1859 en México (v.), con las leyes de reformas incorporadas después en la Constitución de 1874; en 1871 en Chile (v.), donde fue proclamada la libertad de cultos, se introdujo el matrimonio civil y se suprimió la jurisdicción eclesiástica; en otros lugares como Brasil o Perú se notó sobre todo una decadencia interna de la vida religiosa. La acción del Papa respecto a estos países fue abundante y variada. Trató de establecer Concordatos con los diversos Estados y lo consiguió en 1852 con Guatemala y Costa Rica, en 1860 con Haití, en 1861 con Nicaragua y Honduras, en 1852 con El Salvador, Venezuela y Ecuador. Continuó después su obra a través de delegados apostólicos, buscando sobre todo el consolidar la jerarquía, la multiplicación de las diócesis, el perfeccionamiento de la formación del clero (cfr. la carta del 27 jun. 1870 al arzobispo de Quito), por medio de la petición de ayuda a las órdenes religiosas y, especialmente, mediante la institución en Roma en 1858 del Colegio Pío-latinoamericano, con objeto de que los clérigos más capaces se preparasen para ser los futuros guías de las iglesias locales. Por todas estas medidas P. IX fue llamado "el Papa de Iberoamérica".6. Conclusión. Es todavía difícil hacer un juicio de conjunto sobre la personalidad y acción de P. IX. Quizá el mejor sea el que él mismo hizo en una confidencia a mons. Czacki poco antes de su muerte acaecida el 7 feb. 1878: "Mi sucesor -había afirmado en aquella ocasiónsólo deberá tomar mi ejemplo en mi profundo amor a la Iglesia y en mi deseo de hacer el bien. En cuanto al resto, todo ha cambiado a mi alrededor. Mi sistema y mi política han quedado anticuados, pero yo soy ya demasiado viejo para cambiar de dirección. Ésa será labor de mi sucesor".Está en curso el proceso de beatificación y canonización.V. t.: CONTEMPORÁNEA, EDAD II; LIBERALISMO; Cuestión romana (en ESTADOS PONTIFICIOS II); ITALIA VI, D.SILVIO TRAMONTIN.
BIBL.: Documentos: Acta Pü IX Pontificis Maximi, 7 vol. Roma 1854 ss.; Collectio Lacensis, 7 vol. Friburgo Br. 1870-90,P. DE FRANCisci, Discorsi del Santo Padre Pio IX pronunzian in Vaticano dal principio della sua prigionia, 4 vol. Roma 187278; RIANICY, Recueil des actes de Pie IX, París 1853 ss.; ASS 1863 ss.; CANI, Processo romano per la causa de beatificazione e canonizazione del servo di Dio Pio IX, Torre del Greco 1908; Summarium super introductione causae beatificationis et canonisationis S. D. Pü IX Summi Pontificis, Ciudad del Vaticano 1954; Romana seu senogallensis, Spoletina, Imolensis et Neapolitana beatificationis et canonisationis serví Dei Pü IX positio super virtutibus, 3 vol. Ciudad del Vaticano 1961-62.
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