Perú IV. Historia Posterior HIST.
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Historia
1. El descubrimiento (1522-28). 2. La colonización (1532-37). 3. La anarquía (1537-48). 4. El virreinato (1544-1824). 5. La guerra separatista (1820-24). 6. La República (1824).1. El descubrimiento (1522-28). Los primeros avances desde Panamá en dirección a las comarcas meridionales, que habrían de culminar con el descubrimiento del P., se remontan a 1522. Por allí (8° de lat. N) quedaba el territorio del cacique Birú, cuyo nombre, desplazándose hacia el S a medida que avanzaban los españoles, terminaría designando el país en pos del cual Andagoya trazó la ruta inicial (R. Porras Barrenechea, El nombre del Perú, Lima 1968). La primera expedición montada decididamente con el propósito de descubrir el litoral que se extendía al Levante de Panamá se organizó por Francisco Pizarro (v.), asociado con Diego de Almagro (v.) y un religioso, Hernando de Luque. El punto extremo alcanzado en esta campaña fue un lugar situado a 7° de lat. N aprox. Las penalidades y la resistencia de los aborígenes obligaron a los expedicionarios a replegarse. Arruinados los tres socios en este intento, les fue preciso solicitar la ayuda económica de los banqueros sevillanos Espinosa. Pudo así alistarse la segunda expedición, que zarpó en 1526. El diminuto destacamento avanzaba lentamente por las costas fangosas de Colombia y ante la urgencia de refuerzos, en tanto que Almagro regresó aPanamá, Pizarro y un corto número de intrépidos compañeros se refugió en la isla del Gallo, en donde se hallaban a cubierto de las asechanzas de los nativos. A principios de 1528 se reanudó el viaje, primero a lo largo de la costa ecuatoriana, y luego recalando en diversos puertos peruanos, hasta tocar los 9° de lat. S. En estos fugaces contactos con los habitantes del país, entonces todavía dominado por los incas, se adquirió una visión cabal de la riqueza y grado de progreso alcanzado en el imperio, con una población aprox. de 3.500.000 vasallos.2. La colonización (1532-37). Con el objeto de ganar la autorización regia y de asegurar la exclusiva de la conquista del floreciente territorio, apenas entrevisto todavía, Pizarro viajó a la metrópoli para ajustar un convenio con la corona. Este acuerdo se conoce con el nombre de capitulación de Toledo, por haber sido suscrito el 26 jul. 1529 en la ciudad imperial. De hecho, la capitulación puede considerarse como la primera Constitución peruana, pues en ella se determina la porción de territorio -Nueva Castilla- sobre la cual Pizarro ejercería su autoridad delegada del monarca (1° de lat. N-13° de lat. S); se especifican los alcances de la investidura de aquél como gobernador, capitán general y adelantado, se regula la acción de los conquistadores con arreglo a normas éticas, se dispensan franquicias y mercedes a quienes interviniesen en la futura conquista, y se transforma la empresa privada en una acción encuadrada por el Estado español dentro de los propósitos de cristianización y transculturación que inspiraban su presencia en el Nuevo Mundo.De regreso a Panamá, pasó Pizarro por su tierra natal, en donde se le unieron sus hermanos y un nutrido grupo de animosos soldados. Siempre con la cooperación de Almagro, se organizó la tercera expedición, que pudo embarcarse a principios de 1531. Durante un año entero recorrerían los extenuados españoles los desolados arenales de la costa ecuatoriana, hasta llegar a las feraces tierras del imperio de los incas. Esta demora había de resultar propicia para los expedicionarios, pues la guerra civil que había estallado entre los partidarios del legítimo soberano, Huáscar, y las huestes del usurpador Atahualpa (v.), embargó la atención de ambos caudillos, y los españoles pudieron penetrar en territorio peruano sin que se les opusiera resistencia. Triunfador a la postre Atahualpa, Pizarro decidió ir a su encuentro. De camino, en septiembre de 1532, se fundó la primera ciudad española en el P., San Miguel de Piura. Escoltado apenas por 180 soldados, de los que un tercio iba a caballo, Pizarro se dirigió hacia el punto en donde lo aguardaba el soberano indígena, el cual, convencido de la superioridad de efectivos, permitió el libre avance de la exigua hueste española.La captura de Atahualpa fue el resultado de un inesperado vuelco de las previsiones que tanto él como Pizarro se habían trazado. Por su lado, el caudillo español no deseaba recurrir a métodos violentos, ante la manifiesta desproporción de ambos ejércitos (cada español tenía frente a sí unos 2.500 indios aguerridos) y porque abrigaba la expectativa de que Atahualpa viniese a someterse voluntariamente, así como Moctezuma (v.) se entregó a Hernán Cortés (v.). A su vez, Atahualpa tenía preparada una sorpresa a los españoles, exterminándolos gracias a la abrumadora superioridad, que hacía ineficaz cualquier intento de resistencia. La entrevista personal entre los dos caudillos se inició con arreglo a las prescripciones señaladas en la capitulación de Toledo, en orden a la prudente conducta de la hueste española, pero la altiva actitud de Atahualpa frustró todo proyecto de avenencia pacífica. Cuando el monarca indígena arengó a su gente para que desarrollara el plan de acción previsto, Pizarro se adelantó haciendo jugar sus armas de fuego y, como simultáneamente irrumpiera la caballería, cundió el pánico entre la masa indígena, que se entregó a la desbandada, dejando caer a su soberano en manos de los españoles (16 nov. 1532). Como Atahualpa tramase no sólo recobrar su libertad, sino la insurrección general contra sus aprehensores, en conformidad con la legislación española que había aceptado, se le abrió proceso, que culminó con su ajusticiamiento (26 jul. 1533). Con ánimo de dilatar su sentencia, ofreció un valioso tesoro, que enriqueció de improviso a los conquistadores y que fue el punto de partida para la leyenda de riqueza mítica que desde entonces acompañó al nombre del P.A fin de ocupar en su totalidad el territorio, inició Pizarro el avance de sus fuerzas hacia el corazón del imperio de los incas, que de un modo tan inesperado había dominado. Tuvo aún que doblegar algunos focos aislados de resistencia, pero la marcha, tras de una detención en el valle de Iauja, en donde se fundó la segunda ciudad española de Nueva Castilla (octubre 1533), prosiguió hasta el Cuzco, en donde se hizo la fundación española con toda solemnidad en marzo de 1534. Con objeto de consolidar asimismo su jurisdicción sobre la costa y de crear un núcleo urbano que permitiese el cómodo contacto con las comunicaciones marítimas, se trasladó a las orillas del Pacífico, en donde estableció la capital de la Gobernación, la ciudad de Los Reyes (Lima), fundada el 18 en. 1535. Meses después, y algo al N, fundó en recuerdo de su ciudad natal la localidad de Trujillo.Entre tanto, su socio Almagro, deseoso de granjeartambién fama y riquezas, se dirigió a Chile, a la cabeza de una nutrida hueste. Aprovechando la ausencia de estas fuerzas, se alzó en armas Manco Inca, a quien los españoles habían exaltado al trono como sucesor de la dinastía incaica. El levantamiento (1536-37) fue la última demostración de resistencia indígena; el saldo fue la pérdida de 500 españoles y de millares de nativos. El foco de la resistencia española fue el Cuzco, en donde Hernando Pizarro (v.), a la cabeza de un puñado de compañeros, hizo frente a las embestidas de oleadas de soldados enemigos. Costó mucho sofocar la revuelta, que requirió auxilios desde México y otros lugares del continente.3. La anarquía (1537-48). Guerra de las Salinas. Frustradas las expectativas que cifrara Almagro en su expedición a Chile, pretendió rehabilitar su mermado prestigio. Así como a Pizarro se le había adjudicado Nueva Castilla, a su compañero se le otorgó posteriormente el distrito de Nueva Toledo. Alegó entonces Almagro que el Cuzco caía dentro de su demarcación. Rechazada por Pizarro la pretensión, estalló la primera guerra civil, que terminó con el combate librado en la llanura de las Salinas (a corta distancia del Cuzco). Almagro fue derrotado (abril 1538), y Hernando Pizarro, vengando antiguos rencores, hizo condenar a la última pena a su rival (v. PIZARRO, FAMILIA). Durante casi tres años gobernó Francisco Pizarro el vasto territorio que estaba bajo su autoridad. En este lapso se realizaron varias expediciones hacia la región selvática -las llamadas entradas-, entre las cuales la más importante, que tuvo su punto de partida en el Cuzco, estuvo al mando de Gonzalo Pizarro y logró el descubrimiento del Amazonas (febrero 1542). Paralelamente, se había desplegado un plan de fundación de ciudades, que actuarían como centros de irradiación de la empresa civilizadora: Chachapoyas (en el N), Huánuco y Huamanga (en el centro) y Arequipa (como cabeza de puente para una eventual conquista de Chile).Guerra de Chupas. La facción almagrista, deseosa de desquite, asaltó la residencia de Francisco Pizarro el mediodía del 26 jun. 1541 y, tras dar muerte a mano airada al gobernador del P., se adueñó del poder. El lic. Cristóbal Vaca de Castro (v.), a quien el emperador Carlos I había enviado para entender en las disensiones entre los conquistadores, convocó a las fuerzas del orden para aplastar a los rebeldes, que fueron derrotados en la llamada guerra de Chupas, cerca de Ayacucho, en septiembre de 1542.La gran rebelión de Gonzalo Pizarro (1544-48). La profunda transformación ética que trajo consigo la promulgación de las Nuevas Leyes (1542) y las medidas punitivas adoptadas por la corona contra quienes habían intervenido en las contiendas que ensangrentaron el territorio peruano, privándolos de las encomiendas, causaron en el P. una verdadera conmoción. Encabezó el movimiento de resistencia, con veleidades separatistas, el último de los hermanos Pizarro, Gonzalo, que hizo frente al primer virrey enviado por el Emperador, Blasco Núñez Vela, carácter intransigente que aguzó el fuego, en lugar de buscar medios de conciliación. Durante cuatro años, el P. estuvo a merced de los rebeldes, que dieron muerte al virrey. Sólo la astucia de un nuevo representante del monarca, el clérigo La Gasca (v.), logró reducir la insurrección, y el ejército insurgente fue deshecho en el campo de Jaquijahuana, en las inmediaciones del Cuzco, en abril de 1548, aplicándose la última pena a Gonzalo Pizarro y sus principales secuaces.En las mencionadas Nuevas Leyes se habían articulado las gobernaciones de Nueva Castilla y [Mueva Toledo en una nueva estructura política: el virreinato. Asimismo se creaba la audiencia de Lima, elemento igualmente sustancial del Estado de derecho que desde ese momento nacía en el antiguo imperio de los incas.4. El virreinato (1544-1824). Asesinado el primer virrey en el curso de la rebelión de Gonzalo Pizarro, el segundo magistrado con esta investidura, Antonio de Mendoza (v.), asumió el poder en 1551. En su tiempo se creó la Univ. de San Marcos (12 mayo 1551). La última expresión de rebeldía contra las autoridades establecidas la encabezó Hernández Girón, que fue derrotado (1554).A pesar de estas turbulencias y de los vaivenes de la autoridad, los progresos de la colonización, iniciada al calor de la fama de las riquezas del P., prosiguieron con paso firme. Comenzó a cimentarse una sociedad en la que los antiguos conquistadores y guerreros se iban transformando en sedentarios encomenderos (beneficiarios de mercedes de tributos, a modo de rentas vitalicias), los cuales a su vez bien pronto hubieron de ceder su papel dominante a los magistrados y funcionarios estatales, que los desplazan a medida que aumenta su número y atribuciones, al compás de la consolidación de la tranquilidad y de la creciente pujanza del aparato estatal. En suma, ocurre el tránsito de una sociedad organizada para la guerra (como la de la España medieval) a una sociedad civil, en la que el tipo humano del religioso constituye factor esencial. Bien pronto también el mestizaje matizaría la estructura de la sociedad. La propiedad territorial va ligada a la disponibilidad de la misma y a la existencia de población autóctona que le atribuya un valor económico como fuente de explotación agrícola.No tardan en hacer su aparición las industrias, primero las derivadas de la agricultura, y luego, ya con carácter de arrolladoras, las relacionadas con la explotación de las minas, cuyo gran centro es Potosí (v.), nutrido por Huancavelica, que suministra el magistral con el cual puede beneficiarse aquel yacimiento argentífero. Las autoridades, algunas especiales para la población aborigen, tienen como norma intensificar la acción civilizadora y facilitar la integración de las masas nativas dentro de los cuadros políticos, cívicos y urbanísticos de la estructura implantada por la corona española. El sistema de las armadas y las flotas, así como la geopolítica misma del virreinato, obligó primero a seguir la ruta de la conquista y la colonización: Panamá, rutas marítimas del Pacífico hasta el punto de distribución -Lima- desde donde se distribuye hasta los más alejados rincones del continente. La archidiócesis, con sede en Lima (v.), tendrá bajo su jurisdicción prácticamente todo el continente sudamericano.La organización (siglo XVI). El virrey más conspicuo en esta etapa fue Francisco de Toledo (v.; 1569-81), cuya capacidad y genio emprendedor le han colocado en lugar relevante en el escalafón de los gobernantes de la época de la dominación española. Para compulsar personalmente la situación del territorio bajo su mando, realizó una inspección que se dilató por cinco años, durante los cuales recorrió el P. y Bolivia. Simultáneamente, un equipo de visitadores asignados a las demás comarcas recogía informes sobre los problemas cuya solución urgía. Las experiencias acumuladas mediante este procedimiento dieron pie para la elaboración de las famosas Ordenanzas de Toledo, que le granjearon el sobrenombre de Solón del Perú. Esas disposiciones contenían normas para el buen gobierno de los indios, trabajo en las minas, régimen de funcionamiento de los corregidores y de los cabildos y reglas para organizar la tributación.Asimismo puso Toledo en práctica las reducciones (v.), esto es, la concentración de la población nativa en núcleos urbanos, que hicieran posible su fácil adoctrinamiento e integración. Entre otras medidas de gobierno de Toledo se cuentan la reforma de los sistemas de explotación de las minas de Potosí y la introducción de nuevas técnicas; la reorganización de la Univ. de San Marcos, a la que concedió vida independiente de la comunidad dominica, y dotó de rentas competentes que permitieron la creación de varias cátedras, y, por último, la extinción del foco de resistencia al dominio español que constituían los últimos restos de la dinastía incaica refugiados en Vilcabamba. La irrupción del primer corsario que se infiltró en el Pacífico a través del estrecho de Magallanes, el inglés Francis Drake (v.), dio lugar al envío de una expedición marítima a las regiones australes, al mando de Sarmiento de Gamboa. Durante el periodo de gobierno de Toledo se registra la implantación del Tribunal del Santo Oficio, cuya misión hasta entonces había sido cubierta por las autoridades eclesiásticas.En 1584 se registra el importante hecho de la aparición del primer libro impreso en Lima: un texto con los elementos de la doctrina cristiana, con traducción al quechua y aymará, a fin de permitir a los misioneros su fácil transmisión al elemento nativo. En lo eclesiástico, la obra de Toledo, se complementa con la que desarrolla el arzobispo Mogrovejo, rector de la archidiócesis limeña, de la cual dependían diez obispados (v. v, 1).Al finalizar el s. XVI, el virreinato del P. comprendía casi todos los dominios españoles de América del Sur. De él, dependían directamente Chile, Paraguay, Río de la Pata y Tucumán, y encuadraba las audiencias de Panamá, Quito, Charcas y la propia de Lima, más las tierras incógnitas de la cuenca amazónica, proyectando inclusive su influencia hasta las remotas islas de Oceanía, adonde se dirigieron para descubrirlas expediciones que zarparon de El Callao (Mendaña, v., en 1567 y 1595; Fernández de Quirós, v., en 1605). La población se asentaba en unas 15 ciudades de españoles, con un total de 25.000 hab., además de 1.500.000 indígenas y unos 60.000 mestizos, mulatos y negros. La economía fiscal se aseguraba mediante la producción argentífera de Potosí, que permitía no sólo atender holgadamente las necesidades del propio P., sino socorrer con fuertes subsidios a regiones deficitarias como Panamá y Chile, y por último, enviar un considerable excedente de metales preciosos a la metrópoli. Esta opulencia excitó la codicia de las naciones enemigas de la corona española, en particular de los Países Bajos, cuyos piratas asolaron con frecuencia el litoral, sembrando el terror en las desguarnecidas poblaciones costeras y perturbando profundamente el intercambio comercial.Por su mayor extensión territorial y por la complejidad de los problemas a que tenía que hacer frente el virrey del P., se consideró este cargo como el de máxima jerarquía dentro de los dominios americanos; y así, fueron nueve los gobernantes que desde México fueron promovidos a Lima.La consolidación (siglo XVII). En esta centuria sobresalieron como gobernantes el marqués de Montesclaros (1607-15); el príncipe de Esquilache, literato de prestigio en el Parnaso español (1615-21); el conde de Chinchón (1629-39), el de Lemos (v.; 1667-72), el duque de la Palata (1681-89) y el conde de la Monclova (1689-1705).Por orden cronológico descuellan entre los acontecimientos más importantes la creación del Trib. del Consulado, especial para los comerciantes (1613); la incursión del pirata holandés Spielbérgen, que consiguió derrotar a la escuadra peruana y saquear algunos puertos (1615), cuya estela siguiera su compatriota L’Hermite, con menor fortuna (1624); las sangrientas banderías en Potosí, entre vizcaínos y criollos; la divulgación de las virtudes febrífugas de la corteza de la quina, que en honor al virrey que gobernaba a la sazón recibió el nombre científico de chinchona; el terremoto que asoló el Cuzco (1651); el descubrimiento de los yacimientos argentíferos de Laicacota (1660), que se transformó a poco en un foco de sedición, que reclamó la presencia personal del enérgico conde de Lemos para extinguir el núcleo rebelde; la ocupación del istmo de Panamá por el filibustero Morgan (1671), que significó la interrupción de todo contacto entre la metrópoli y el virreinato peruano, por lo que el mismo virrey conde de Lemos hubo de organizar una escuadra de doce unidades, a bordo de las cuales envió 3.000 hombres, a fin de desalojar a los invasores; las correrías de otro pirata, Sharp, que precisamente por el mismo camino de Panamá penetró en el Pacífico y saqueó varios puertos del P. y Chile (1680), seguido cinco años después por otro destacamento, a cuya cabeza figuraba Davis, y que hizo necesaria la precaución de construir murallas en torno de Lima y Trujillo; en 1687 sobrevino un intenso movimiento terráqueo, con grandes estragos en Lima y El Callao, en cuya piadosa conmemoración sigue hoy recorriendo la capital del P. la imagen del Señor de los Milagros, enmultitudinaria expresión de fe que tiene lugar cada octubre.Señalan el s. XVII los siguientes rasgos distintivos: profunda religiosidad, aislamiento comercial, apogeo del arte barroco con intensa influencia mestiza; auge económico, aunque con acentuado declive a lo largo de la centuria, al compás de la situación general de la monarquía española, y florecimiento de la cultura, en particular de la literaria, cuya expresión cimera es la epopeya escrita por el P. Hojeda (v.), La Cristiada.La Iglesia católica desarrolla una amplia acción evangelizadora, tanto entre la población aborigen, a la que se procura acercar mediante el conocimiento de sus costumbres, lengua y formas de vida, como entre las tribus salvajes de la región boscosa de la Selva. Figuras preclaras en esta centuria fueron el segundo arzobispo de Lima, S. Toribio de Mogrovejo (v.), que rigió la diócesis desde 1581 hasta 1606; S. Francisco Solano (v.), apóstol del Tucumán (1549-1610); S. Rosa de Lima (v.; Isabel Flores de Oliva, 1586-1617), que a los 53 años de su tránsito fue exaltada a los altares; S. Martín de Porres (v.; 1579-1639); el b. Juan Masías (1585-1645); y el ven. Francisco del Castillo (1615-73). El predominio de las órdenes religiosas reviste importancia en diferentes sectores: en el campo de la educación y la enseñanza, los planteles de formación superior de la juventud son regentados por ellas, distinguiéndose los jesuitas, y las cátedras de la Univ. de San Marcos estaban asimismo acaparadas por dichos institutos; en lo económico, las propiedades que habían acumulado, como resultado de legados piadosos y de una sagaz administración, habían alcanzado un volumen decisivo y las constituían en factores determinantes en el juego de la producción agrícola, aparte de la influencia negativa de los predios urbanos retenidos por dichas órdenes. La acción misional en las regiones amazónicas, a cargo principalmente de los jesuitas y franciscanos, significó un eficaz elemento de civilización de tan vastos territorios.En la estructura social, el comerciante adquiere cada vez mayor importancia, superados los prejuicios que hacían incompatible el ejercicio de actividades lucrativas con la consideración colectiva. El lujo y el refinamiento alcanzan un amplio despliegue en la primera mitad del s. XVII, situación que fue deteriorándose con el transcurso de los años, como consecuencia del agotamiento de los veneros de Potosí, del terremoto de 1687, que arruinó el cultivo del trigo en la costa peruana, obligando a importarlo de Chile, con el consiguiente desnivel en la balanza de pagos, y la interrupción del régimen de flotas y galeones, sistema de monopolio que favorecía incuestionablemente al P. como punto distribuidor de los cargamentos provenientes de la metrópoli y como emporio de concentración de los medios de pago que se remitían a cambio de los mismos.El siglo de los reajustes (XVIII6 centuria). A medida que avanza el s. XVI, el Estado español empieza a contemplar los dominios de América con nueva actitud, a fin de valorarlos al máximo, ya que de su prosperidad y seguridad dependen las de la propia metrópoli y su posición en el tablero de la política europea. La herrumbrosa maquinaria austriaca y una administración pública anquilosada, en la cual el Estado ha perdido buena parte de su acción, exigen profundas reformas. Los reajustes que realizan hombres de la talla del marqués de la Ensenada, de Arriaga o de Gálvez, colocan a las provincias indianas en un nuevo pie de eficacia y de productividad, a tono con las ideas del despotismo ilustrado (v.).La nueva dinastía que asume los destinos de la monarquía española en 1700, al tolerar inicialmente la acción del comercio francés en los hasta entonces cotos vedados, inflige un rudo golpe a convicciones arraigadas en materia de monopolio. Este comercio francés, aunque ilícito, hubo de ser tolerado durante los dos primeros decenios de la centuria, y su primer impacto fue arruinar el gremio de comerciantes peruanos, pero a la postre acarreó también su propia ruina, al saturar el mercado americano con artículos franceses. El primer virrey de esta centuria, el noble catalán marqués de Castelldoríus (1705-10), fue el cabal representante del nuevo espíritu. A lo largo del siglo ocupan lugar de honor otros virreyes: el marqués de Castelfuerte (1724-36); )osé Antonio Manso de Velasco, que en reconocimiento a su labor de reconstrucción del Callao después del terremoto de 1746 mereció del monarca el título de conde de Superunda (1745-61); Manuel Amat (v.; 1761-76), a cuyo cargo corrió la delicada comisión de extrañar a la Compañía de Jesús (1767); Agustín de láuregui (1780-84), que hubo de hacer frente a la revolución capitaneada por Túpac Amaru, y el ilustrado Gil de Taboada y Lemus (1790-96).La enumeración de los sucesos más descollantes permitirá tomar el pulso a esta centuria: recordemos el ya citado comercio ilícito galo, que se desarrollará en forma incontenible en el primer cuarto de siglo; la ruina de la ciudad norteña de Saña, de resultas de una inundación (1720); la rebeldía promovida en el Paraguay, que reclamó toda la energía del marqués de Castelfuerte; la primera desmembración del virreinato, al constituirse (primero desde 1718 hasta 1723, y luego definitivamente en 1739) el virreinato de Nueva Granada, que se formó detrayendo de la autoridad del gobernante peruano la audiencia de Quito; la insurrección de Juan Santos, que sembró la agitación en vastas zonas de la región selvática; el terremoto de 1746, que destruyó totalmente El Callao y el 80% de las construcciones de Lima, habiéndose contemplado inclusive la alternativa de trasladar la capital del virreinato a otro emplazamiento; la revuelta de los indios en Huarochiri (1750); la creación del Convictorio Carolino como centro educativo en reemplazo de los colegios supresos, anteriormente regentados por los jesuitas, violentamente desterrados durante el gobierno del virrey Amat; la creación del virreinato del Río de la Plata, al cual se adjudicaron no sólo la audiencia de los Charcas, sino otras porciones del territorio peruano, desquiciando su economía natural y su tradicional sistema de comercio (1776); la visita de Areche, enviado para analizar las causas del descontento general, que presagiaba inequívocamente el estallido de una profunda conmoción social, cuyo caudillo fue un curaca indígena, Túpac Amaru (que este nombre se impuso a sí mismo José Condorcanqui, para atraerse a la indiada), que puso en serios aprietos a las autoridades al levantarse en armas y trastornar el orden (1780-81), hallando eco aún en distantes lugares del continente; las grandes reformas administrativas: creación de los regentes de las audiencias, descargando de esta misión a los virreyes; instauración de los intendentes y subdelegados, en lugar de los desacreditados corregidores; fundación de una audiencia en el Cuzco (1787); la aparición de la rev. literaria y científica "Mercurio Peruano" (1791-94), el acontecimiento cultural de mayor envergadura en su significado trascendental y, por último, la autonomía de la capitanía general de Chile (1798).Al finalizar la decimoctava centuria, el P. había perdido su papel hegemónico en la porción meridional delcontinente americano: desintegrado en su estructura geopolítica, ya que su área se reducía prácticamente a la superficie que ocupa el P. en la actualidad; abocado a la ruina económica, pues toda la producción minera de Potosí se derivaba hacia Buenos Aires, con lo que el P. quedaba desprovisto de medios de pago, y la misma reversión del flujo comercial sustrajo toda la altiplanicie y las regiones tradicionalmente servidas por el comercio peruano de su zona de influencia; el libre comercio emancipó vastas regiones de la sujeción al sistema tradicional, cuyo emporio era Lima; mermada la población después de las segregaciones territoriales, apenas se contaba con 1.300.000 hab. (800.000 indígenas, 200.000 blancos, y el resto, mestizos y negros).En materia de ideología política, dos siglos y medio dieron pie para la constitución de grupos dirigentes que, frente a las autoridades que envía la corona, al fin y al cabo extranjeras y transitorias, van reduciendo cada vez más el campo de acción de estas últimas, al formar una oposición sorda pero eficaz. A despecho de las cortapisas y prohibiciones legales, acaudalados criollos, con fuertes intereses y estrechos lazos de parentesco en sus lugares de origen, alcanzaban cargos en la Magist,atura,la Iglesia o el Ejército (la audiencia que gobernó el P. de 1705 a 1707 contaba tres limeños entre los cinco magistrados principales). Así fue adquiriendo el patriciado criollo una experiencia política que engendraría a su vez un criterio formativo en materia de gobierno autónomo. de cuya magnitud se van dando cuenta ellos mismos y los gobernantes españoles.El último gran virrey fue Abascal (1806-16), a quien le cupo hacer frente a la efervescencia que había de desembocar en las guerras separatistas. De hecho, por la fuerza de las circunstancias, el P. vino a resultar el haluarte de la fidelidad a la metrópoli; gracias al talento organizador de dicho virrey, se pudo poner en pie de guerra al mermado territorio bajo su mando y resistir airosamente la labor de zapa, en forma de conspiraciones, y organizar cuerpos militares que acudieron a sofocar los brotes de rebeldía en Quito, Chile y las regiones altoperuanas, sin contar con la acción iniciada por Pumacahua (1814), que amenazó el mismo corazón del virreinato.5. La guerra separatista (1820-24). En septiembre de 1820 desembarcaba San Martín (v.), al frente de un ejército de 4.500 soldados, en un punto al S de Lima. Así se iniciaba la acción militar contra las fuerzas virreinales, en su propio territorio. Gobernaba el P. el general Pezuela, que entabló conversaciones con los insurgentes, sin que se alcanzara un acuerdo, por exigir estos últimos la independencia. El aislamiento de España, las disensiones intestinas entre absolutistas y liberales, y la sorda oposición de la plebe, siempre dispuesta a sacudir el yugo de la autoridad, hicieron que Pezuela vacilara en emprender una acción decisiva con las fuerzas enemigas. Ante la actitud del virrey, un grupo de oficiales liberales exigió su dimisión, y asumió el poder el general La Serna. Se reanudaron las negociaciones, pero tampoco pudieron materializar la propuesta de San Martín -independencia del P., bajo un soberano de la casa real española-, única solución que a su juicio garantizaría al país de caer en la anarquía y la desunión. El futuro quedaba librado a las resultas de la guerra.La Serna evacuó Lima, en donde San Martín proclamó solemnemente la independencia el 28 jul. 1821, asumiendo la investidura de protector y dictó las medidas iniciales para la constitución del nuevo Estado, con un fuerte matiz monárquico. Sin embargo, a poco la inacción de San Martín dio lugar a algunos reveses sufridos por sus tropas, y como por el N la arrolladora campaña de Bolívar (v.) se mostraba incontenible, acudió aquél a Guayaquil, a entenderse con el caudillo venezolano. De resultas de la entrevista, San Martín decidió ceder el paso a Bolívar. Se formó en el P. el primer Congreso constituyente (septiembre 1822), que delegó su facultad ejecutiva en un triunvirato. Falto de autoridad, se repitieron las derrotas, y el clamor popular encumbró al primer presidente de la República, José de la Riva-Agüero (febrero 1823). Convencido éste de que era imposible alcanzar la victoria sin la colaboración de Bolívar, pero como simultáneamente entrase en tratos con La Serna, fue depuesto. En esta situación crítica, ante el desconcierto general, la anarquía interna y la recuperación de las fuerzas del virrey, no quedó otra alternativa para la naciente República que acceder a las condiciones impuestas por Bolívar para dispensar su contribución. Asumió éste el gobierno del P. (septiembre 1823), con el título de Libertador, procediendo a clausurar el Congreso. Con energía inaudita dispuso la contraofensiva, que se vio favorecida por la insurrección del general absolutista Olañeta, que privó de importantes efectivos al ejército de La Serna. Las batallas decisivas se libraron en Junín (6 agosto) y Ayacucho (9 dic. 1824), donde se puso fin a la dominación española en el P., con la derrota de las tropas realistas. Todavía un año más resistió en El Callao Rodil, hasta que se vio también obligado a capitular.6. La República (1824). El P. iniciaba su vida republicana en condiciones verdaderamente precarias: sometido a la dictadura bolivariana que derivó en el régimen vitalicio; ocupado por tropas extranjeras; postrado como consecuencia de haber sido escenario de enconadas luchas militares; con población carente de preparación cívica; desprovisto de un caudillo con raigambre popular; desintegrado en sus estructuras sociales, políticas y administrativas después de un periodo de tres siglos; amputado su territorio aún más con la anexión de Guayaquil a la Gran Colombia y la creación de Bolivia como país autónomo; el erario en falencia, urgido de ayuda económica extranjera, y con dirigentes políticos embelesados ante el hechizo de influencias foráneas, que pretendían implantar instituciones, normas jurídicas y una organización estatal calcada de Francia o de los Estados Unidos.La turbulenta etapa inicial (1824-36). No tardó en surgir la oposición a Bolívar y a su régimen vitalicio, por motivos de índole nacionalista -después de la emancipación de España, se hacía necesaria la independencia de Colombia-, por razones de la forma política -la fórmula de un presidente vitalicio venía a ser un remedo de la monarquía-, por las apetencias de los principales jefes militares, que ambicionaban el mando del país, y hasta la suspicacia de los países vecinos -Argentina y Chile- que veían alzarse la posibilidad de una confederación colocada bajo el mando de Bolívar englobando la Gran Colombia, P. y Bolivia. En 1827 la acción popular consiguió la caída del sistema impuesto por Bolívar. Un Congreso constituyente eligió jefe del Estado a La Mar, y promulgó la tercera Carta política de la era republicana, inspirada en el modelo norteamericano, con matiz federalista. Estalló la guerra con la Gran Colombia, promovida por la irritación de Bolívar, que estimaba que toda su obra se estaba destruyendo. Aunque la campaña tuvo un resultado indeciso, de ella surgirá unafuerte personalidad, Agustín Gamarra, que destituye a La Mar y asume la suprema magistratura.La Confederación perú-boliviana (1836-39). Entre los dos P. -el Bajo y el Alto, ahora Bolivia- existía una secular unidad de orden antropológico, geográfico y económico, quebrantada artificiosamente por el deseo de halagar a Bolívar; por otra parte, el equilibrio continental reclamaba la creación de un bloque que compensara al de la Gran Colombia en el N, y frenara los propósitos de hegemonía que abrigada Portales en Chile y Rosas en la Argentina. La fusión de ambos países la llevó adelante el militar boliviano Andrés de Santa Cruz (v.), que asumió el poder en 1836, con el título de protector. La Confederación englobaba tres Estados: Bolivia, el Nor-peruano y el Sur-peruano. La idea de unificación, y sobre todo la eficacia de la acción gubernativa desplegada por Santa Cruz, que promulgó códigos, reorganizó la administración y canalizó un amplio programa de reformas, despertó los recelos de Chile, que no tardó en dispensar asilo a los organizadores de las dos campañas "restauradoras", que al fin alcanzaron su objetivo: aniquilar el régimen santacrucino en la batalla de Yungay (1839).La era de Castilla (1840-64). El periodo siguiente comienza con todo género de contratiempos; hubo de todo: guerra civil, invasión de Bolivia (en la que perdió la vida el presidente Gamarra), Gobiernos efímeros... El ordenamiento radical del país va a ser el resultado de la acción de un mandatario excepcional, Ramón Castilla (v.), que en dos periodos (1845-51 y 1855-62) desempeñó la presidencia con moderación y sagacidad que no excluían la energía. Gracias a su gobierno paternal pudo el país beneficiarse con un largo lapso de paz interna: se formuló entonces el primer presupuesto fiscal (1848); se reunió el primer Congreso americano, con asistencia de representantes de Bolivia, Chile, Ecuador, Nueva Granada y P., con objeto de consolidar la independencia política de dichas naciones, habiéndose aprobado al término de las deliberaciones un tratado de confederación y otro de comercio, en los que se puede contemplar el más remoto precedente de un organismo de unión continental; se comenzaron a amortizar las deudas contraídas con Inglaterra, Nueva Granada y Chile en la época de la emancipación, y surgió una milagrosa fuente de riqueza: el guano, abono que se vendía mediante consignatarios que habilitaron con largueza el erario peruano, pero a la postre lo enfeudaron gravemente.En el intermedio de los dos periodos de Castilla, ejerció el poder el presidente Echenique, bajo el cual continuaron los adelantos materiales: se promovió la navegación por el Amazonas, concertándose un acuerdo diplomático con el Brasil, y se promulgaron los primeros códigos civil y de enjuiciamientos civiles. En 1855 asume el gobierno nuevamente Castilla. En el curso de su campaña, que le condujo a la jefatura del Estado, había decretado la abolición difinitiva del tributo o contribución personal de los indios, así como la manumisión de los esclavos. Se recuerdan como hechos importantes durante este su segundo periodo: la campaña sobre el Ecuador, con motivo de la concesión de tierras de soberanía peruana; las reformas constitucionales de 1860, y la primera crisis fiscal, originada por las campañas militares, la disminución de ingresos como consecuencia de la abolición del tributo indígena y los mayores desembolsos para sufragar el pago de la libertad de los esclavos.El conflicto con España (1864-66). La cuestión española tuvo su arranque en la poca sagacidad con que se condujeron por la vía diplomática ciertas reclamaciones de indemnización, y concluyó degenerando en una contienda armada, que si para España no revistió mayor trascendencia, en el P. y Chile se contempló como asunto de vida o muerte, cuando es pueril considerar que una escuadra alejada miles de millas de sus bases y compuesta por siete unidades pudiese amenazar la independencia de estos países.Aun cuando entre los nacionales del P. y España se mantenían sin inconveniente las relaciones amistosas (todavía no se había reconocido formalmente la independencia política, pues sólo en 1879 se suscribió el tratado definitivo de paz), se habían suscitado cuestiones y disgustos, uno de los cuales -una riña en la que pereció un español- desencadenó el litigio. España reclamó una reparación, y acto seguido ocupó mediante una expedición científica unas islas del litoral peruano. La intemperancia despertó la susceptibilidad patriótica, y como la escuadra española bombardease el puerto chileno de Valparaíso, se concertó una cuádruple alianza para repeler la agresión (P., Chile, Ecuador y Bolivia). El 2 mayo 1866 las naves de guerra españolas se presentaron ante el principal puerto peruano, El Callao, y se libró el combate que decidió el curso posterior de este infortunado episodio histórico (V. CALLAO, BATALLA DE).La crisis económica y financiera (1866-79). Al asumir el mando el presidente Balta (1868-72) las arcas fiscales estaban exhaustas, aparte de una cuantiosa deuda externa e interna que se hallaba en descubierto. Para enjugar esta situación se concertó el llamado contrato Dreyfus, mediante el cual se adelantaba al Gobierno peruano los fondos necesarios, que fueron aplicados a un vasto plan de obras públicas, a ritmo intenso, pero sin que las inversiones fuesen reproductivas en la medida y plazos previstos. La bancarrota fue inevitable. En tan difíciles circunstancias asumió el poder el primer presidente civil al cabo de medio siglo de vida política republicana: Manuel Pardo (v.; 1872-76), que con dificultad pudo detener la crisis fiscal y monetaria que se abatió sobre el país, en vísperas de su más tremendo cataclismo militar.La guerra del Pacífico (1879-83). El descubrimiento de la riqueza guanera y salitrera en Atacama y Tarapacá, de que se beneficiaron exclusivamente Bolivia y el P., había transformado esas extensiones inhóspitas en fuentes de riqueza. Chile no ocultó desde un principio su intención de tener acceso a ellas, ya mediante una acción directa -reivindicación de territorios que se decía usurpados por Bolivia en la costa del Pacífico-, ya mediante una acción oblicua -fomentando la infiltración de capitales chilenos en las empresas explotadoras. Bolivia, en inferioridad de condiciones, buscó el apoyo del P. y de la Argentina. Chile interpretó esta acción como una actitud agresiva, y con el pretexto de la aplicación de unos impuestos por Bolivia, declaró la guerra a este país (v. PACíFICO, GUERRA DEL). El P., para hacer honor a su compromiso, respaldó a su aliado. Las hostilidades tomaron bien pronto cariz netamente favorable para el agresor, pues la campaña marítima terminó al cabo de seis meses con la victoria chilena, en el combate de Punta Angamos (octubre 1879). De esta forma podía su ejército desembarcar sin oposición y avanzar hacia el N. La resistencia peruana fue heroica, pero ante la superioridad de armamento y de preparación, tras sucesivas batallas (Arica, Chorrillos y Miraflores), cayó la ciudad de Lima (1881), adueñándose en corto plazo de todo el país el ejército chileno. En condiciones de total derrota, no quedó al P. otra alternativa que suscribir el tratadode Ancón (1883), por el que los territorios que habían dado pretexto para la contienda se transferían a la soberanía chilena, sin perjuicio de otras cláusulas no menos onerosas, que iban a ensombrecer durante el medio siglo siguiente las relaciones internacionales peruano-chilenas. El P., como consecuencia de este desastre, no solamente se privaba de una importante fuente de recursos económicos, sino que se encontraba abocado a la tarea de una recuperación moral y política que puso a prueba la energía de sus hijos y el civismo de sus gobernantes.La reconstrucción (1884-1930). El renacimiento del país, postrado por una ocupación asoladora y sin recursos económicos para afrontar empresa de tanta responsabilidad, representó una labor colectiva y penosa, en la que se distinguieron gobernantes como Nicolás de Piérola (presidente durante el periodo 1895-99), que supo resolver, con criterio de financiero, la crisis hacendística: estableció el patrón oro e imprimió un fuerte impulso al progreso urbano; José Pardo (1904-08 y 1915-19), que se preocupó profundamente por la renovación de los sistemas de enseñanza y de formación profesional, y sobre todo, Augusto Leguía (v.). La personalidad de este estadista ocupa un puesto destacado a lo largo del primer tercio de este siglo. En su primer gobierno (1908-12) tuvo la habilidad de zanjar las cuestiones territoriales pendientes hasta entonces con Brasil y Bolivia, con ánimo de concentrar los esfuerzos para resolver el problema con Chile. Durante su segunda administración, que se dilató a lo largo de 1 1 años (1919-30), se promulgó una nueva Constitución política, se ajustaron los arreglos limítrofes con Colombia y Chile, se imprimió un eficaz impulso a la vialidad y a las obras públicas en general, sobre todo las de irrigación en el desértico litoral. Su política autoritaria, que impidió la normal evolución de los partidos políticos, a tono con la transformación derivada de la 1 Guerra mundial, y sus métodos de captación de la voluntad popular, sin dar margen a la madurez cívica, causaron un profundo trastorno en el régimen político del país, cuyas consecuencias se hicieron perceptibles a lo largo de cerca de tres lustros después de la caída de Leguía, que sucumbió arrastrado por la ola que trajo consigo en el panorama sudamericano la crisis económica de 1929.El Perú contemporáneo (1930). Puso término a la prolongada etapa de la llamada "Patria Nueva" (como se denominó al oncenio leguiísta por sus panegiristas), que mediante elecciones amañadas y la desintegración de la oposición logró mantenerse en el gobierno, el pronunciamiento militar de Luis Sánchez Cerro, que se alzó en armas en Arequipa en agosto de 1930. Al año siguiente, el mismo Sánchez Cerro fue elegido para ocupar la suprema magistratura del país. Su corto gobierno (193133) estuvo jalonado por sucesivos motines y una intensa agitación interna, que desembocó en un conflicto armado con Colombia, con motivo de una acción reivindicatoria del trapecio de Leticia, cedido a aquella República, de conformidad con el arreglo de límites celebrado en 1922. Un exaltado dio muerte a Sánchez Cerro, y las cámaras legislativas, reunidas en condiciones de extrema gravedad, confiaron el poder al general Óscar Benavides. Durante su mandato (1933-39), negoció el restablecimiento de las relaciones de amistad con Colombia; se promulgó un nuevo CC (1936); se desarrolló una amplia política de legislación laboral y los planes de mejoras viales e industriales se cumplieron gracias a la tranquilidad pública.En 1938 se reunió en Lima la VIII Conferencia Internacional Americana, notable evento de solidaridad continental que adoptó importantes acuerdos, en vísperas del estallido de la II Guerra mundial. Como en la práctica Benavides había regido el país al margen del funcionamiento del poder legislativo, una creciente presión cívica reclamaba el restablecimiento de la normalidad, y, cediendo a ese empuje, se convocaron elecciones, en las cuales resultó triunfador Manuel Prado (v.), político de derechas y ligado a grupos de alta finanza. Casi simultáneamente estalló en Europa el conflicto bélico que hasta 1945 ensangrentó al mundo. La duración de la Guerra mundial coincide casi exactamente con este primer mandato de Prado. Para el P., el conflicto significó una ventaja en el orden económico, por el auge extraordinario que alcanzaron las exportaciones y por la obligada y rápida expansión de las industrias nacionales, que suplieron la dificultad de importar del extranjero.En 1941 el Ecuador, tras un prolongado periodo de discrepancias, entró en conflicto armado con P.; éste, respondiendo de modo inesperado, triunfó en una fugaz campaña, coronando su éxito en el terreno diplomático con el protocolo suscrito en 1942 en Río de Janeiro para solucionar la vieja cuestión de límites pendiente entre ambas naciones. El país se desarrolló en medio de un ambiente de libertades políticas. El presidente Prado cedió en 1945 el mando a José Luis Bustamante y Rivero (v.), austero jurisconsulto y diplomático, que tuvo que hacer frente a una profunda crisis política, cuyo desenlace imprevisto fue la insurrección llamada Restauradora, encabezada por el general Manuel Odría (v.) que, tras desempeñar la jefatura del Gobierno al frente de una junta militar, fue elegido en comicios electorales para ocupar el poder hasta 1956. Su gobierno se caracterizó por una activa campaña de promoción educacional y la puesta en marcha de importantes complejos de industria pesada, aparte de la iniciación de grandes explotaciones mineras, como la de cobre en Toquepala. Por segunda vez asumió el poderManuel Prado en 1956, desempeñándolo hasta 1962, en que fue depuesto por un golpe militar. En 1963 Fernando Belaúnde (v.) fue elegido como esperanza de reformas sociales y promotor de profundos cambios que se concretarían en la reforma agraria y otras iniciativas, encaminadas a reducir los profundos desniveles de la sociedad peruana. En 1968 fue depuesto por una junta revolucionaria, encabezada por el general Velasco Alvarado, pero en las elecciones de mayo 1980 fue de nuevo elegido Presidente (v.II).Vale un Perú... La incorporación del P. a la civilización occidental significó una quimera -El Dorado- hecha realidad. Con él entran también en circulación la leyenda del Estado incaico, perfecto y filantrópico, y el mito del buen salvaje, así como otros elementos más prosaicos: el incalculable flujo de metales preciosos, que originó la transformación económica del Viejo Mundo, la patata, la yuca, la quina o chinchona (uno de los símbolos heráldicos del escudo nacional), la coca, el caucho o goma, y el guano, que determinó la prosperidad de la agricultura europea en el s.XIX.G. LOHMANN VILLEN.A.
BIBL.: Para el período virreinal: R. PORRAS BARRENECHE.A, Fuentes históricas peruanas, Lima 1955; R. VARGAS UGARTE, Manual de Estudios peruanistas, Lima 1959; íD, Historia general del Perú, 6 vol. Barcelona 1966. Para la centuria y media de vida republicana: 1. BASADRE, Historia de la República del Perú, 14 vol. Lima 1968 (abarcan hasta 1933).
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