Pericles HIST.
Categoria:
Historia
Una de, las más atrayentes figuras de la Antigüedad y, por tanto, siempre objeto de estudio y controversia; P. ocupó con su figura años cruciales en la historia griega (461-429 a. C.). Nuestra exposición de su personalidad será tradicional y fáctica, dejando para otro lugar los problemas y discusiones en torno a ella suscitados. Dos historiadores fundamentalmente sirven para reconstruir la biografía de P.: Tucídides (v.), contemporáneo suyo, y Plutarco (v.), que vivió la época comprendida entre los reinados de los emperadores Domiciano y Trajano, esto es, entre el 50 y 120 de nuestra Era. Otros escritores y obras, aunque no de concreto carácter biográfico, son indispensables para conocer el trasfondo y significado de su acción como estadista, destacando entre ellos Aristóteles y Aristófanes. La historiografía moderna se ha servido de los datos suministrados por la biografía de P. hecha por Plutarco dentro del conjunto de sus Vidas paralelas con gran cautela, ya que muchos de sus datos provienen de fuentes no plenamente dignas de crédito.Datos biográficos. Un dato importante, que no suelen pasar por alto los estudiosos de P., es su descendencia de la familia de los Alcmeónidas, una de las más influyentes y antiguas de Atenas, al ser hijo de Jantipo, adversario del aristócrata Cimón, y de Agarista, hija de Hipócrates, el hermano de Clístenes. P., segundo hijo de este matrimonio, n. hacia el 495 a. C. Parece ser que recibió una esmerada educación, destacando entre sus maestros Zenón de Elea y el gran Anaxágoras, con quien mantuvo entrañable amistad, aunque este último no fue a Atenas hasta la época en que P. era ya un adulto. De hecho, P. perteneció al conjunto de intelectuales más destacados de su tiempo; figuraban entre los de su círculo, además de Anaxágoras, Protágoras el Sofista, Heródoto y Fidias, arquitecto director del Partenón y escultor renombrado. Su segunda esposa, la celebérrima Aspasia, participaba igualmente de estas inquietudes, siendo por ello, como se sabe, criticada acerbamente por los ciudadanos de Atenas. Esta formación intelectual se manifestaría en el hecho repetidamente alabado por las fuentes antiguas de que P. fue un gran orador con enormes dotes de persuasión, lo que, sin duda, le valió no pocos de los numerosos triunfos de su carrera política.Anecdóticamente podemos hacer mención del característico aspecto físico de P., ridiculizado por algunos autores cómicos griegos debido a la forma de cebolla de su cabeza, defecto o característica que, según algunos, encubría o pretendía encubrir el alargado casco con el que remataba Crésilas su espléndido retrato de Pericles.De todas formas, lo que interesa es resumir someramente su actividad política al frente de Atenas durante los años centrales del s. v a. C. (v. ATENAS 1n, 6). Tras la muerte de Efialtes (461 a. C.), y después de la condena al ostracismo de Cimón, P. entra en la escena política al frente del partido popular y como jefe del Estado ateniense. En política interior, la acción de P. se entiende como una verdadera continuación de las reformas democráticas de Efialtes.Política interior y exterior. P., como señala el prof. Bengtson, "consolidó el dominio del pueblo soberano deAtenas creando en esta forma, por vez primera en la Historia de Occidente, una democracia". Pero esta democracia de P. no debe considerarse igual a lo que hoy entendemos por este término. En Atenas la omnipotencia o, mejor, el gobierno del pueblo se realizaba y hacía efectiva por medio de la ekklesía (asamblea popular). Pero el demos, pese a disponer de este instrumento único de canalización de su sentir político (junto a otros semejantes, como la boulé, consejo integrado por 500 miembros, 50 por cada una de las diez tribus de Atenas), no siempre respondía con igual sentido de responsabilidad ciudadana (y valga la redundancia), estando en muchas ocasiones ausente de las sesiones de participación. Este fenómeno, unido a otros varios y a la creciente popularidad de P. y a sus repetidas reelecciones como estratego absoluto (gobernó ininterrumpidamente durante casi 30 años), pudieron hacer exclamar a Tucídides que, en su tiempo, el gobierno de Atenas era una democracia sólo de nombre, ya que en realidad gobernaba una sola persona. Prueba de ello podría ser, p. ej., el decreto (de 451450 a. C.) según el cual sólo podrían considerarse como ciudadanos atenienses los descendientes de padre y madre ya ciudadanos. El verdadero sentido o intencionalidad de esta ley, de apariencia evidentemente no democrática, ha sido ampliamente discutida, entendiéndose por algunos que lo que se perseguía era limitar el número de los que vivían a costa del Estado.La política exterior de P. estuvo presidida, en líneas generales, por la idea del debilitamiento de Esparta, la hegemonía ateniense en todos los órdenes (tanto en lo político como en lo militar y lo cultural) y en el enfrentamiento con Persia. Expresión de todo esto es la serie de alianzas concluidas con diversos Estados griegos (Mégara, Mantinea, 463 a. C.), las luchas contra Corinto y Esparta, la derrota de los beocios, la campaña de Egipto (459 a. C.), de la que más tarde (456 a. C.) salió derrotado; la fortificación de los muros del Pireo y Falereo, la intensificación de los trabajos de construcción de naves destinadas a reforzar la confederación ático-délica, nacida para la defensa frente a Persia. Su desarrollo puede resumirse como sigue:En el 453 a. C. se hizo una tregua entre Atenas y Esparta por cinco años. Al regresar Cimón de su ostracismo, se le encargó una expedición contra Chipre, en la que murió el estratego, aunque poco más tarde (450 a. C.) se alcanzó una brillante victoria contra los persas aliados con fenicios y cilicios en Salamina (Chipre). A éstas campañas sucedió la oportuna paz con Persia, negociada por Calias, en Susa, quien el 449 a. C. firmó el pacto que lleva su nombre (paz de Calias). En el 448 a. C. los espartanos, expirada ya la tregua, trataron de eliminar a los focidios del santuario de Delfos, del que eran dueños. Una rápida intervención de P. con tropas atenienses cortó a tiempo las pretensiones espartanas. Al año siguiente tuvo lugar en Beocia una revolución antiateniense y antidemocrática, lo que provocó la rápida intervención de P., que fue derrotado en Coronea y trajo consigo la defección de importantes Estados de la Grecia central de la alianza ateniense. Entre los Estados que aprovecharon esta situación para retirarse de la alianza con Atenas merecen citarse Mégara y Eubea, cuya deslealtad fue enérgicamente reprimida.En el 446 a. C. se concluye un tratado de paz entre Atenas y Esparta por 30 años, al que sigue la convocatoria para celebrar en Atenas un congreso panhelénico que habría de tener como primordial objetivo el mantenimiento de la paz y la reconstrucción de los templos destruidos por los persas. Plutarco (cap. 17) informa que los Iatenienses enviaron 20 embajadores que, repartidos en cuatro grupos distintos, recorrieron las regiones griegas ribereñas del Egeo para presentar allí las propuestas de P. Los lacedemonios, como era de esperar, se opusieron enérgicamente, dado que la aceptación de estas propuestas habría significado, sin lugar a dudas, un reconocimiento de la hegemonía ateniense. Esta decisión de P. ha sido abundantemente discutida, ya que no quedan perfectamente definidas sus verdaderas motivaciones, siendo en opinión de buen número de estudiosos la naturaleza de este acto un puro golpe de efecto propagandístico.Mientras tanto, y por el hecho principalmente de que el tesoro de la confederación ático-délica había sido trasladado a Atenas desde Delos, la posición política y económica de Atenas se iba fortaleciendo, y P., consciente de ello, actuaba cada vez más arbitrariamente, llegando incluso a establecer el principio, tan tremendamente favorable para Atenas como desventajoso para sus aliados, de que no estaba obligado a dar cuenta a ninguno de los componentes de la Liga del destino dado por Atenas a los fondos de la confederación, en tanto la ciudad se ocupara de mantener alejada a Persia de conflictos con los helenos. Esto fue precisamente lo que le permitió disponer de una gran capacidad económica, de la que se sirvió, p. ej., para la reconstrucción en el 444 a. C. de los edificios de la Acrópolis, entre ellos el famoso Partenón, destruido por los persas. Esto fue motivo de graves disidencias y ataques del partido de la oposición (los oligarcas), y fue la causa de que el gran historiador Tucídides fuera condenado al ostracismo.En política exterior, el imperialismo ateniense dirigido por P. se manifestó en la fundación de colonias como la de Turios en Magna Grecia (444-443), fundación en la que tomaron parte eminentes personajes de la época, tales como Heródoto, Empédocles y el célebre arquitecto Hipodamo de Mileto. Con esta nueva expansión es posible que se propusiera P. crear para Atenas nuevas posibilidades de extensión de sus dominios en territorio todavía neutral (como señala Bengtson). El hecho es que esta presencia ateniense en Italia del Sur representaba una seria amenaza para la actividad comercial corintia.La rebelión de Samos, que se enfrentó con Atenas por la disputa de la posesión de Priene, trajo consigo el sitio de la isla y su rendición en el 439 a. C. bajo unas severísimas condiciones. Por diversas razones (sus particulares métodos de gobierno, su política financiera, una serie de procesos políticos en los que fueron reos personas tan estrechamente vinculadas con P. como Aspasia, Anaxágoras, Fidias, etc.), P. fue perdiendo gradualmente prestigio. Es elegido por última vez estratego en el 429 a. C., muriendo al poco tiempo víctima de la horrible peste (con toda probabilidad el tifus exantemático), que azotó Atenas en los primeros tiempos de la nefasta guerra del Peloponeso (v.), y de la que Tucídides nos dejó una espléndida descripción en el libro 11 de su obra.P. ha sido objeto de multitud de ataques por parte de los historiadores, tanto antiguos como modernos, por su política financiera, por haber sido, en opinión de algunos, causa (quizá sólo indirecta) de la desastrosa guerra del Peloponeso, por su despotismo (ilustrado, pero despotismo en cualquier caso), por su desacierto en la elección de sus colaboradores... Pero con todo, hay un hecho innegable y que por sí solo es suficiente para rehabilitar ante la historia la figura de P.: fue capaz de dar al siglo en que vivió su propio nombre, y "siglo de Pericles" es en la historia de Grecia sinónimo de brillantez intelectual, de madurez política, de democracia.J. J. ARCE MARTÍNEZ.
BIBL.: H. BENGTSON, Griechen und Persen. Die Mittelmeerwelt im Altertum, Francfort 1965 (dedica los capítulos 5 a 8 a la política de P. en brillantísimas páginas). Aparte de esta obra casi monográfica, podemos citar numerosos tratados generales de historia de la Grecia antigua. Específicamente consagradas al estudio de la figura de P. y al de su tiempo están: G. DE SANCTIS, Pericle, Milán 1944; J. J. SAYAS, ideario político de Tucídides, Salamanca 1970 (tesis doctoral); M. DELCOURT, Pericles, París 1940; W. G. FORREST, La democracia griega, Madrid 1966; L. Homo, Pericles, México 1959; A. H. M. JONEs, Athenian Democracy, Oxford 1954; E. MEINHARDT, Perikles be¡ Plutarch, Francfort 1957.
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